Home Quienes Somos Internacional Voluntariado Buscador 20/11/2008
 

JUAN PABLO II
 
 
 



 

El Papa recuerda la importancia de la labor de los voluntarios cuyo trabajo “es un servicio a la dignidad del hombre fundada en su ser creado a imagen y semejanza de Dios”

 

Domingo, 9 sep (RV).- En el Palacio de conciertos de Viena Benedicto XVI se ha encontrado esta tarde con los voluntarios del país. A ellos el Pontífice ha dirigido palabras de admiración por su trabajo: “Es bonito encontrar personas que en nuestra sociedad intentan dar al mensaje del Evangelio un rostro; ver a personas ancianas y jóvenes, que hacen concretamente experimental, en la Iglesia y en la sociedad, ese amor del cual nosotros como cristianos estamos conquistados: es el amor de Dios que nos hace reconocer en el otro al prójimo, al hermano o a la hermana”.

Y es que, como ha reconocido Benedicto XVI, pueden ser muchas las motivaciones que llevan a una persona a trabajar en el voluntariado –hacer algo que tenga sentido, el amor por el prójimo etc- “cualquiera que ésta sea –ha dicho el Papa- es un bien y os agradezco vuestro trabajo”, porque la labor del voluntariado no se puede delegar: “El amor del prójimo no se puede delegar; el Estado y la política, con las premuras justas para el alivio en los casos de necesidad y para las prestaciones sociales, no pueden sustituirlo. Esto requiere siempre el empeño personal y voluntario, para el cual ciertamente el Estado tiene que crear condiciones generales favorables. Gracias a este empeño, la ayuda mantiene su dimensión humana y no viene impersonalizada. Es justo por esto que vosotros voluntarios no sois “tapagujeros” en las redes sociales, sino que sois personas que contribuyen al rostro humano y cristiano de nuestra sociedad”.

Benedicto XVI ha destacado de este modo una de las características del voluntariado: la gratuidad. “Es gratuitamente que hemos recibido la vida de nuestro creador, gratuitamente –ha proseguido recordando el Papa- hemos sido liberados de la vía ciega del pecado y del mal, gratuitamente nos ha sido dado el Espíritu con sus múltiples dones”. Porque como escribió el propio Pontífice en su Encíclica Deus Caritas Est: “El amor es gratuito; no se ejercita para alcanzar otros objetivos”. Ya que la “disponibilidad espontánea vive y se demuestra más allá del cálculo y del intercambio mismo. El empeño voluntario es un servicio a la dignidad del hombre fundada en su ser creado a imagen y semejanza de Dios”.

Benedicto XVI ha querido recordar a los voluntarios, la importancia de la fuerza de la oración en el trabajo caritativo. “Los cristianos continúan creyendo, –ha recordado el Papa- a pesar de todas las incomprensiones y confusiones del mundo que les rodea, en la ‘bondad de Dios’ y en ‘su amor por los hombres’. Ellos, aún viviendo inmersos como los otros hombres en la dramática complejidad de las vivencias de la historia, permanecen firmes en las certeza de que Dios es Padre y nos ama, aunque si su silencio nos es incomprensible para nosotros”.

 “Cuando uno no cumple sólo su deber en la profesión y en la familia –y para hacerlo bien es necesaria mucha fuerza y gran amor- sino que se empeña, además, por los otros, poniendo su precioso tiempo libre al servicio del hombre y de su dignidad, su corazón se dilata”. Por último el Santo Padre ha expresado la cercanía de la Iglesia para con quienes realizan “este precioso servicio”. “Qué el buen Dios –ha concluido- os esté siempre cerca y os guíe continuamente mediante la ayuda de su gracia”.

 

 

 

Carta del Papa a los niños: "Mantened una fe límpida y genuina"
Obra Pontificia de la Infancia Misionera


VIENA, 09 Sep. 07 / 07:23 am (ACI).- Terminado el Ángelus Dominical, el Papa Benedicto XVI entregó una carta dirigida a los niños, que publicamos a continuación:

“¡Queridos niños!

Con ocasión de mi visita apostólica a Austria, estoy feliz por poder dirigirme particularmente a vosotros, que participáis activamente en las iniciativas de la Obra Pontificia de la Infancia Misionera. Os agradezco de corazón por las cartitas y por los dibujos que habéis querido regalarme como signos de vuestro afecto y de vuestra cercanía a mi misión. En ellos se expresan aquellos sentimientos de fe y de amor por los cuales Jesús amaba tanto a los más pequeños y los acogía con los brazos abiertos, poniéndolos como ejemplo a sus discípulos: ‘A quien es como ellos –decía- pertenece el Reino de Dios’.

Deseo deciros que aprecio mucho vuestro compromiso en la Infancia Misionera. Veo en vosotros pequeños colaboradores al servicio que el Papa realiza a la Iglesia y al mundo: vosotros me sostenéis con vuestra oración y también con vuestro compromiso de difundir el Evangelio. Existen en efecto tantos niños que aún no conocen a Jesús. Y lamentablemente existen también muchos otros privados de lo necesario para vivir: de comida, de cuidados sanitarios, de instrucción; a muchos falta la paz y la serenidad. La Iglesia les reserva una atención especial, especialmente mediante los misioneros; y también vosotros os sentís llamados a ofrecer vuestro aporte, tanto personalmente como en grupo. ¡La amistad con Jesús es un don tan bello que no se puede tener para uno mismo! Quien recibe este don siente la necesidad de transmitirlo a los otros; y en este modo el don, compartido, ¡no disminuye mas se multiplica! ¡Continúen así! Vosotros estáis creciendo y pronto os convertiréis en adolescentes y jóvenes: ¡no perdáis vuestro espíritu misionero! Mantened una fe siempre límpida y genuina, como la de san Pedro.

Queridos pequeños amigos, os confío todos a la protección de la Virgen. Rezo por vosotros, por vuestros padres y hermanos. Rezo por vuestros grupos misioneros y vuestros educadores, y a todos imparto de corazón la Bendición Apostólica.

Desde Castelgandolfo, 3 de septiembre del 2007

BENEDICTUS PP XVI”

 

 

 

HOMILÍA COMPLETA


Queridos hermanos y hermanas,
Con nuestra gran peregrinación a Mariazell celebramos la fiesta patronal de este Santuario, la fiesta de la Natividad de María. Hasta aquí, desde hace 850 años, acuden personas de varios pueblos y naciones, personas que rezan llevando consigo los deseos de sus corazones y de sus Países, las preocupaciones y las esperanzas más íntimas. Así Mariazell se ha convertido para Austria, y mucho más allá de sus fronteras, en un lugar de paz y de unidad reconciliada. Aquí las personas experimentan la bondad consoladora de la Madre; aquí encuentran a Jesucristo, en el cual Dios está con nosotros como afirma el pasaje evangélico de hoy - Jesús, de quien la lectura del profeta Miqueas dice “y El será la Paz” (cfr 5,4). Hoy nos insertamos en esta gran peregrinación de muchos siglos. Nos detenemos ante la Madre del Señor y le pedimos Muéstranos a Jesús. Muestra a nosotros peregrinos Aquel que al mismo tiempo es el camino y la meta: la verdad y la vida.


El pasaje evangélico, que acabamos de escuchar, abre ulteriormente nuestra mirada. Este presenta la historia de Israel a partir de Abraham como una peregrinación que, con subidas y bajadas, por caminos breves y por caminos largos, al final conduce a Cristo. La genealogía con sus figuras luminosas y oscuras, con sus éxitos y sus fracasos, nos demuestra que Dios también escribe derecho sobre los renglones torcidos de nuestra historia humana. Dios nos deja nuestra libertad y, sin embargo, sabe encontrar en nuestro fracaso nuevos caminos para su amor. Dios no fracasa. Así esta genealogía es una garantía de la fidelidad de Dios; una garantía de que Dios no nos deja caer, es una invitación para orientar nuestra vida siempre nuevamente hacia El, para caminar siempre de de nuevo hacia Cristo.


Ir en peregrinación significa estar orientados en cierta dirección, caminar hacia una meta. Esto atribuye también al camino y a su fatiga una belleza propia. Entre los peregrinos de la genealogía de Jesús estaban algunos que se habían olvidado la meta y querían colocar a sí mismos como meta. Pero siempre de nuevo el Señor había suscitado también personas que se habían dejado impulsar por la nostalgia de la meta, orientándoles la propia vida. El impulso hacia la fe cristiana y el inicio de la Iglesia de Jesucristo ha sido posible, porque existían en Israel personas con un corazón en búsqueda – personas que no se acomodaron a la costumbre, sino que escrutaron a lo lejos en búsqueda de algo más grande: Zacarías, Isabel, Simeón, Ana, María y José, los Doce y muchos otros. Y dado que sus corazones estaban a la espera, podían reconocer en Jesucristo a aquél que Dios había mandado y ser así el inicio de su familia universal. La Iglesia de las gentes fue posible, porque tanto en el área del Mediterráneo como en Asia, a donde llegaban los mensajeros de Jesucristo, había personas a la espera que no se conformaban con lo que hacían y pensaban todos, sino que buscaban la estrella que podía indicarles el camino hacia la Verdad misma, hacia el Dios vivo.


De este corazón inquieto y abierto tenemos necesidad. Es el núcleo de la peregrinación. También hoy no es suficiente ser y pensar en algún modo como todos los demás. El proyecto de nuestra vida va más allá. Nosotros tenemos necesidad de Dios, de aquel Dios que nos ha mostrado su rostro y abierto su corazón: Jesucristo. Juan, con toda razón, afirma que “El es el Hijo único, que está en el seno del Padre” (Jn 1,18); así sólo El, desde lo íntimo de Dios mismo, podía revelarnos a Dios – revelarnos también quienes somos nosotros, de donde venimos y hacia donde vamos. Cierto, existen numerosas grandes personalidades en la historia que han hecho bellas y conmovedoras experiencias de Dios. Permanecen, sin embargo, experiencias humanas con su límite humano. Sólo El es Dios y por ello sólo El es el puente, que pone en contacto inmediato a Dios y al hombre. Si nosotros, por lo tanto, lo llamamos el único Mediador de la salvación válido para todos, que interesa a todos y del cual, en definitiva, todos tienen necesidad, esto no significa de ninguna manera desprecio hacia las otras religiones ni absolutización soberbia de nuestro pensamiento, sino únicamente el haber sido conquistados por Aquel que interiormente nos ha tocado y colmado de dones, para que nosotros a la vez también podamos hacer don de ellos a los demás. De hecho, nuestra fe se opone decididamente a la resignación que considera al hombre incapaz de la verdad –como si esta fuera demasiado grande para él. Esta resignación de frente a la verdad es el origen de la crisis de Occidente, de Europa. Si para el hombre no existe una verdad, él, en fondo, no puede ni siquiera distinguir entre el bien y el mal. Entonces los grandes y maravillosos conocimientos de la ciencia se hacen ambiguos: pueden abrir perspectivas importantes para el bien, para la salvación del hombre, pero también –lo vemos- pueden convertirse en una terrible amenaza, en la destrucción del hombre y del mundo. Nosotros tenemos necesidad de la verdad. Es cierto, a causa de nuestra historia tenemos miedo de que la fe en la verdad comporte intolerancia. Si este miedo, que tiene sus buenas razones históricas, nos asalta, es tiempo de mirar a Jesús como lo vemos aquí en el santuario de Mariazell. Lo vemos en dos imágenes: como niño en brazos de su Madre y, sobre el altar principal de la basílica, como crucificado. Estas dos imágenes de la basílica nos dicen: la verdad no se afirma mediante un poder externo, porque es humilde y se dona al hombre solamente mediante el poder interior de su ser verdadera. La verdad se demuestra a sí misma en el amor. Nunca es propiedad nuestra, o un producto nuestro, como también el amor no se puede producir, sino solamente recibir y transmitir como don. Tenemos necesidad de esta fuerza interior de la verdad. De esta fuerza de la verdad nosotros como cristianos tenemos confianza. De ella somos testigos. Debemos transmitirla en don del mismo modo en el cual la hemos recibido.


“Mirar a Cristo” es el lema de este día. Esta invitación, para el hombre que busca, se transforma siempre en una espontánea petición, una propuesta dirigida en particular a María, que nos ha dado a Cristo como Hijo suyo: “Muéstranos a Jesús. Rezamos hoy así con todo el corazón; rezamos así también más allá de esta ahora, interiormente, en la búsqueda del Rostro de Redentor. “Muéstranos a Jesús”. María responde, presentándonoslo ante todo como niño. Dios se ha hecho pequeño por nosotros. Dios no viene con una fuerza exterior, sino que viene en la impotencia de su amor, que es lo que constituye su fuerza. Se nos da en nuestras manos. Pide nuestro amor. Nos invita a convertirnos en pequeños, a descender de nuestros altos tronos y aprender a ser niños ante Dios. El nos ofrece el Tú. Nos pide que nos fiemos de El y aprendamos así a estar en la verdad y en el amor. El niño Jesús nos recuerda también a todos los niños del mundo, a través de los cuales quiere venir a nuestro encuentro. Los niños que viven en la pobreza; que son explotados como soldados; que no han podido experimentar nunca el amor de sus padres; los niños enfermos y los que sufren, pero también en aquellos alegres y sanos. Europa se ha convertido en pobre de niños: nosotros queremos todo para nosotros mismos, y tal vez no nos fiamos demasiado del futuro. Pero la tierra se verá privada de futuro sólo cuando se apaguen las fuerzas del corazón humano y de la razón iluminada por el corazón –cuando el rostro de Dios no luzca ya sobre la tierra. Donde está Dios, allí hay futuro.


“Mirar a Cristo”: lancemos todavía brevemente una mirada al Crucificado sobre el altar mayor. Dios ha redimido el mundo no con la espada, sino con la Cruz. Muriendo, Jesús extiende los brazos. Este es ante todo el gesto de la Pasión, en la que El se deja clavar por nosotros, para darnos su vida. Pero los brazos extendidos son al mismo tiempo la actitud del orante, una posición que el sacerdote asume cuando, en la oración, extiende los brazos: Jesús ha transformado la pasión –su sufrimiento y su muerte- en oración, en un acto de amor a Dios y a los hombres. Por eso los brazos extendidos son también un gesto de abrazo, con él cual El quiere atraernos hacia sí, encerrarnos en las manos de su amor. Así El es imagen del Dios vivo, es Dios mismo, a El podemos confiarnos.


“Mirar a Cristo”. Si hacemos esto caemos en la cuenta de que el cristianismo es más y algo distinto de un sistema moral, de una serie de preceptos y leyes. Es el don de una amistad que perdura en la vida y en la muerte: “No os llamo siervos sino amigos” (Jn 15,15) dice el Señor a los suyos. Nos confiamos a esta amistad. Justamente por que el cristianismo es más que una moral, es el don de la amistad, justamente por esto trae consigo una gran fuerza moral de la cual nosotros, ante los desafíos de nuestro tiempo, tenemos tanta necesidad. Si con Jesucristo y con su Iglesia releemos siempre de manera nueva el Decálogo del Sinaí, penetrando en sus profundidades, entonces éste se nos revela como una gran enseñanza. Es sobretodo un “sí” a Dios, a un Dios que nos ama y nos guía, que nos sostiene y que además nos deja nuestra libertad, es más, la transforma en verdadera libertad (los primeros tres mandamientos). Es un “sí” a la familia (cuarto mandamiento), un “sí” a la vida (quinto mandamiento), un “sí” a un amor responsable (sexto mandamiento), un “sí” a la solidaridad, a la responsabilidad social y a la justicia (séptimo mandamiento) un “sí” a la verdad (octavo mandamiento), y un “sí” al respeto del prójimo y aquello que le pertenece (noveno y décimo mandamiento). En virtud de la fuerza de nuestra amistad con el Dios viviente, nosotros vivimos este múltiple “sí”, y al mismo tiempo lo llevamos como indicador del recorrido dentro de nuestro mundo.


“¡Muéstranos a Jesús!” con esta petición a la Madre del Señor nos hemos puesto en camino hacia este lugar. Esta misma petición nos acompañará en nuestra vida cotidiana. Y sabemos que María escucha nuestra oración: sí, en cualquier momento, cuando miramos a María, ella nos muestra a Jesús. Así podemos encontrar el camino justo, seguirlo paso a paso, plenos de la gozosa confianza en que ese camino conduce en la luz - en el gozo del amor eterno. Amén. (Radio Vaticana)
 
 

 

 

El aborto, «profunda herida social» de Europa, asegura el Papa
Ante políticos austriacos

 

VIENA, viernes, 7 septiembre 2007 (ZENIT.org).- Benedicto XVI considera que el aborto es una «profunda herida social» en la Europa de hoy.

En su discurso del viernes por la tarde, en la espléndida residencia imperial de Hofburg, durante el encuentro con los dirigentes políticos austriacos y con el Cuerpo Diplomático, el Santo Padre hizo un llamamiento a la defensa de los derechos humanos.

«El derecho humano fundamental, el presupuesto para todos los demás derechos, es el derecho a la vida misma», aclaró el pontífice ante buena parte de los miembros del parlamento austriaco y del mundo de la cultura.

«Esto debe aplicarse a la vida desde la concepción hasta su ocaso natural. El aborto, por tanto, no puede ser un derecho humano, es su contrario».

«Es una “profunda herida social”», dijo, recordando una famosa expresión del cardenal Franz König, difunto arzobispo de Viena.

«Al decir esto, no expreso un interés específicamente eclesial --reconoció--. Más bien, me hago abogado de una petición profundamente humana y me siento portavoz de los que todavía no han nacido y no tienen voz».

«No cierro los ojos antes los problemas y los conflictos de muchas mujeres --aseguró-- y me doy cuenta de que la credibilidad de nuestro mensaje depende también de lo que hace la Iglesia misma para ayudar a las mujeres afectadas».

«Hago un llamamiento por tanto a los responsables de la política para que no permitan que los hijos sean considerados como casos de enfermedad ni que se quite la calificación de injusticia atribuida en vuestro sistema jurídico al aborto», aclaró.

El Papa hizo también referencia a la «ayuda activa a morir».

«Es de temer que un día pueda ejercerse una presión no declarada o incuso explícita a personas gravemente enfermas o ancianas para que pidan la muerte o se la impongan por su cuenta», advirtió.


 

 

 

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Queridos hermanos y hermanas,
Con nuestra gran peregrinación a Mariazell celebramos la fiesta patronal de este Santuario, la fiesta de la Natividad de María. Hasta aquí, desde hace 850 años, acuden personas de varios pueblos y naciones, personas que rezan llevando consigo los deseos de sus corazones y de sus Países, las preocupaciones y las esperanzas más íntimas. Así Mariazell se ha convertido para Austria, y mucho más allá de sus fronteras, en un lugar de paz y de unidad reconciliada. Aquí las personas experimentan la bondad consoladora de la Madre; aquí encuentran a Jesucristo, en el cual Dios está con nosotros como afirma el pasaje evangélico de hoy - Jesús, de quien la lectura del profeta Miqueas dice “y El será la Paz” (cfr 5,4). Hoy nos insertamos en esta gran peregrinación de muchos siglos. Nos detenemos ante la Madre del Señor y le pedimos Muéstranos a Jesús. Muestra a nosotros peregrinos Aquel que al mismo tiempo es el camino y la meta: la verdad y la vida.


El pasaje evangélico, que acabamos de escuchar, abre ulteriormente nuestra mirada. Este presenta la historia de Israel a partir de Abraham como una peregrinación que, con subidas y bajadas, por caminos breves y por caminos largos, al final conduce a Cristo. La genealogía con sus figuras luminosas y oscuras, con sus éxitos y sus fracasos, nos demuestra que Dios también escribe derecho sobre los renglones torcidos de nuestra historia humana. Dios nos deja nuestra libertad y, sin embargo, sabe encontrar en nuestro fracaso nuevos caminos para su amor. Dios no fracasa. Así esta genealogía es una garantía de la fidelidad de Dios; una garantía de que Dios no nos deja caer, es una invitación para orientar nuestra vida siempre nuevamente hacia El, para caminar siempre de de nuevo hacia Cristo.


Ir en peregrinación significa estar orientados en cierta dirección, caminar hacia una meta. Esto atribuye también al camino y a su fatiga una belleza propia. Entre los peregrinos de la genealogía de Jesús estaban algunos que se habían olvidado la meta y querían colocar a sí mismos como meta. Pero siempre de nuevo el Señor había suscitado también personas que se habían dejado impulsar por la nostalgia de la meta, orientándoles la propia vida. El impulso hacia la fe cristiana y el inicio de la Iglesia de Jesucristo ha sido posible, porque existían en Israel personas con un corazón en búsqueda – personas que no se acomodaron a la costumbre, sino que escrutaron a lo lejos en búsqueda de algo más grande: Zacarías, Isabel, Simeón, Ana, María y José, los Doce y muchos otros. Y dado que sus corazones estaban a la espera, podían reconocer en Jesucristo a aquél que Dios había mandado y ser así el inicio de su familia universal. La Iglesia de las gentes fue posible, porque tanto en el área del Mediterráneo como en Asia, a donde llegaban los mensajeros de Jesucristo, había personas a la espera que no se conformaban con lo que hacían y pensaban todos, sino que buscaban la estrella que podía indicarles el camino hacia la Verdad misma, hacia el Dios vivo.


De este corazón inquieto y abierto tenemos necesidad. Es el núcleo de la peregrinación. También hoy no es suficiente ser y pensar en algún modo como todos los demás. El proyecto de nuestra vida va más allá. Nosotros tenemos necesidad de Dios, de aquel Dios que nos ha mostrado su rostro y abierto su corazón: Jesucristo. Juan, con toda razón, afirma que “El es el Hijo único, que está en el seno del Padre” (Jn 1,18); así sólo El, desde lo íntimo de Dios mismo, podía revelarnos a Dios – revelarnos también quienes somos nosotros, de donde venimos y hacia donde vamos. Cierto, existen numerosas grandes personalidades en la historia que han hecho bellas y conmovedoras experiencias de Dios. Permanecen, sin embargo, experiencias humanas con su límite humano. Sólo El es Dios y por ello sólo El es el puente, que pone en contacto inmediato a Dios y al hombre. Si nosotros, por lo tanto, lo llamamos el único Mediador de la salvación válido para todos, que interesa a todos y del cual, en definitiva, todos tienen necesidad, esto no significa de ninguna manera desprecio hacia las otras religiones ni absolutización soberbia de nuestro pensamiento, sino únicamente el haber sido conquistados por Aquel que interiormente nos ha tocado y colmado de dones, para que nosotros a la vez también podamos hacer don de ellos a los demás. De hecho, nuestra fe se opone decididamente a la resignación que considera al hombre incapaz de la verdad –como si esta fuera demasiado grande para él. Esta resignación de frente a la verdad es el origen de la crisis de Occidente, de Europa. Si para el hombre no existe una verdad, él, en fondo, no puede ni siquiera distinguir entre el bien y el mal. Entonces los grandes y maravillosos conocimientos de la ciencia se hacen ambiguos: pueden abrir perspectivas importantes para el bien, para la salvación del hombre, pero también –lo vemos- pueden convertirse en una terrible amenaza, en la destrucción del hombre y del mundo. Nosotros tenemos necesidad de la verdad. Es cierto, a causa de nuestra historia tenemos miedo de que la fe en la verdad comporte intolerancia. Si este miedo, que tiene sus buenas razones históricas, nos asalta, es tiempo de mirar a Jesús como lo vemos aquí en el santuario de Mariazell. Lo vemos en dos imágenes: como niño en brazos de su Madre y, sobre el altar principal de la basílica, como crucificado. Estas dos imágenes de la basílica nos dicen: la verdad no se afirma mediante un poder externo, porque es humilde y se dona al hombre solamente mediante el poder interior de su ser verdadera. La verdad se demuestra a sí misma en el amor. Nunca es propiedad nuestra, o un producto nuestro, como también el amor no se puede producir, sino solamente recibir y transmitir como don. Tenemos necesidad de esta fuerza interior de la verdad. De esta fuerza de la verdad nosotros como cristianos tenemos confianza. De ella somos testigos. Debemos transmitirla en don del mismo modo en el cual la hemos recibido.


“Mirar a Cristo” es el lema de este día. Esta invitación, para el hombre que busca, se transforma siempre en una espontánea petición, una propuesta dirigida en particular a María, que nos ha dado a Cristo como Hijo suyo: “Muéstranos a Jesús. Rezamos hoy así con todo el corazón; rezamos así también más allá de esta ahora, interiormente, en la búsqueda del Rostro de Redentor. “Muéstranos a Jesús”. María responde, presentándonoslo ante todo como niño. Dios se ha hecho pequeño por nosotros. Dios no viene con una fuerza exterior, sino que viene en la impotencia de su amor, que es lo que constituye su fuerza. Se nos da en nuestras manos. Pide nuestro amor. Nos invita a convertirnos en pequeños, a descender de nuestros altos tronos y aprender a ser niños ante Dios. El nos ofrece el Tú. Nos pide que nos fiemos de El y aprendamos así a estar en la verdad y en el amor. El niño Jesús nos recuerda también a todos los niños del mundo, a través de los cuales quiere venir a nuestro encuentro. Los niños que viven en la pobreza; que son explotados como soldados; que no han podido experimentar nunca el amor de sus padres; los niños enfermos y los que sufren, pero también en aquellos alegres y sanos. Europa se ha convertido en pobre de niños: nosotros queremos todo para nosotros mismos, y tal vez no nos fiamos demasiado del futuro. Pero la tierra se verá privada de futuro sólo cuando se apaguen las fuerzas del corazón humano y de la razón iluminada por el corazón –cuando el rostro de Dios no luzca ya sobre la tierra. Donde está Dios, allí hay futuro.


“Mirar a Cristo”: lancemos todavía brevemente una mirada al Crucificado sobre el altar mayor. Dios ha redimido el mundo no con la espada, sino con la Cruz. Muriendo, Jesús extiende los brazos. Este es ante todo el gesto de la Pasión, en la que El se deja clavar por nosotros, para darnos su vida. Pero los brazos extendidos son al mismo tiempo la actitud del orante, una posición que el sacerdote asume cuando, en la oración, extiende los brazos: Jesús ha transformado la pasión –su sufrimiento y su muerte- en oración, en un acto de amor a Dios y a los hombres. Por eso los brazos extendidos son también un gesto de abrazo, con él cual El quiere atraernos hacia sí, encerrarnos en las manos de su amor. Así El es imagen del Dios vivo, es Dios mismo, a El podemos confiarnos.


“Mirar a Cristo”. Si hacemos esto caemos en la cuenta de que el cristianismo es más y algo distinto de un sistema moral, de una serie de preceptos y leyes. Es el don de una amistad que perdura en la vida y en la muerte: “No os llamo siervos sino amigos” (Jn 15,15) dice el Señor a los suyos. Nos confiamos a esta amistad. Justamente por que el cristianismo es más que una moral, es el don de la amistad, justamente por esto trae consigo una gran fuerza moral de la cual nosotros, ante los desafíos de nuestro tiempo, tenemos tanta necesidad. Si con Jesucristo y con su Iglesia releemos siempre de manera nueva el Decálogo del Sinaí, penetrando en sus profundidades, entonces éste se nos revela como una gran enseñanza. Es sobretodo un “sí” a Dios, a un Dios que nos ama y nos guía, que nos sostiene y que además nos deja nuestra libertad, es más, la transforma en verdadera libertad (los primeros tres mandamientos). Es un “sí” a la familia (cuarto mandamiento), un “sí” a la vida (quinto mandamiento), un “sí” a un amor responsable (sexto mandamiento), un “sí” a la solidaridad, a la responsabilidad social y a la justicia (séptimo mandamiento) un “sí” a la verdad (octavo mandamiento), y un “sí” al respeto del prójimo y aquello que le pertenece (noveno y décimo mandamiento). En virtud de la fuerza de nuestra amistad con el Dios viviente, nosotros vivimos este múltiple “sí”, y al mismo tiempo lo llevamos como indicador del recorrido dentro de nuestro mundo.


“¡Muéstranos a Jesús!” con esta petición a la Madre del Señor nos hemos puesto en camino hacia este lugar. Esta misma petición nos acompañará en nuestra vida cotidiana. Y sabemos que María escucha nuestra oración: sí, en cualquier momento, cuando miramos a María, ella nos muestra a Jesús. Así podemos encontrar el camino justo, seguirlo paso a paso, plenos de la gozosa confianza en que ese camino conduce en la luz - en el gozo del amor eterno. Amén.

 

 

 

 

El Santo Padre llega a Austria para decir que «tenemos necesidad de Cristo»
VIENA, viernes, 7 septiembre 2007 (ZENIT.org).- En el vuelo de Roma a Viena, Benedicto XVI ha explicado que con su séptimo viaje apostólico internacional a Austria quiere decir che «tenemos necesidad de Cristo».

En el tradicional encuentro con los periodistas a bordo del vuelo papal, el Papa confesó los motivos que le han impulsado a visitar este país que considera como una segunda patria.

«Voy a Austria para confirmar a la gente en la fe, pues hoy tenemos necesidad de Dios y una vida sin Dios no tiene orientación», subrayó.

«El relativismo lo relativiza todo, el bien y el mal ya no se distinguen --reconoció--. Tengo que decir que tenemos necesidad de Cristo».

Benedicto XVI quiso aclarar que su viaje no es político, sino una peregrinación que busca confirmar a los austriacos «en la conciencia de sus raíces cristianas».

Consultado sobre las dificultades vividas por la Iglesia en Austria en los últimos tiempos, en parte a causa de escándalos de algunos miembros del clero, el Papa dio las gracias a «todos los que han sufrido y que en tiempos difíciles han permanecido fieles a la Iglesia y han reconocido el rostro de Cristo».

«Gracias a todos ellos, laicos y religiosos», aclaró.


 

 

 

El Papa encomienda a la Virgen en Viena la paz en el mundo
Primera etapa de su visita apostólica en Austria

 

VIENA, viernes, 7 septiembre 2007 (ZENIT.org).- Benedicto XVI puso este viernes en manos de la Virgen la paz en Austria, en Europa y en el mundo, en su primera etapa en Viena, la Mariensäule (la columna de María), que se encuentra en la plaza «Am Hof».

«¡Ayúdanos a todos nosotros a seguir tu ejemplo y a orientar nuestra vida totalmente hacia Dios!», dijo en la oración que elevó a María en el primer acto público de su visita de tres días

«Haz que, contemplando a Cristo, nos hagamos cada vez más semejantes a Él: ¡verdaderos hijos de Dios! », añadió en una ceremonia, comenzada en torno a las 12.30, bañada por la lluvia, con la participación de varios miles del personas.

«Entonces, también nosotros, llenos de toda bendición espiritual, podremos corresponder cada vez mejor a su voluntad y convertirnos así en instrumentos de paz para Austria, Europa y el Mundo», aseguró.

El Papa se encontraba en un balcón de la fachada de la Iglesia «Am Hof de los Nueve Coros Angélicos», y fue acogido e introducido por el arzobispo de Viena, el cardenal Christoph Schönborn.

En su discurso, el Santo Padre explicó que había escogido como primera etapa de su peregrinación la «Mariensäule» de la capital austriaca «para reflexionar un momento con vosotros sobre el significado de la Madre de Dios para la Austria del pasado y del presente, así como sobre su significado para cada uno de nosotros».

«En su seno materno, María acoge también hoy bajo su protección a personas de todos los idiomas y culturas para llevarlas juntas, con una unidad multiforme, hacia Cristo. A ella nos podemos dirigir en nuestras preocupaciones y necesidades», explicó.

«Pero de ella también tenemos que aprender a acogernos mutuamente con el mismo amor con el que nos acoge a todos nosotros: cada uno, individualmente, querido como tal y amado por Dios», advirtió el Papa.

«En la familia universal de Dios, en la que para toda persona está previsto un lugar, cada quien debe desarrollar los propios dones por el bien de todos», subrayó.

Al final del encuentro, el Papa entró en la iglesia para participar en un acto de adoración del Santísimo Sacramento, que continuarán los jóvenes durante toda la duración del viaje papal.

 


 

 

 

Tributo del Papa a las víctimas del Holocausto judío
VIENA, viernes, 7 septiembre 2007 (ZENIT.org).- Al comenzar su viaje apostólico a Austria, Benedicto XV quiso rendir un solemne tributo a las víctimas austriacas del Holocausto en la «Judenplatz» (la plaza de los Judíos) de Viena.

El Papa fue acogido bajo la lluvia por el rabino jefe de Viena, Paul Chaim Eisenberg, ante el austero monumento que conmemora a los 65.000 judíos vieneses que murieron en los campos de concentración nazis.

Horas antes, mientras viajaba en avión de Roma a Viena, el obispo de Roma había explicado a los periodistas que con este gesto quería expresar «la tristeza, el arrepentimiento y la amistad con los hermanos judíos para continuar adelante con el diálogo».

Un diálogo, aclaró, que debe continuar obviamente con las demás confesiones cristianas y con los musulmanes.

 

 

 

 

Benedicto XVI peregrino al corazón materno de Austria
Ceremonia de bienvenida en el aeropuerto de Viena

 

VIENA, viernes, 7 septiembre 2007 (ZENIT.org).- Al llegar a Viena en la mañana de este viernes, Benedicto XVI explicó que en su séptimo viaje apostólico internacional viene como peregrino al corazón maternal de Austria.

El objetivo fundamental de la visita de tres días a este país, al que considera casi como una segunda patria, pues lo conoce desde la infancia, es la celebración de los 850 años de la fundación del lugar sagrado de Mariazell.

«Este santuario de la Virgen representa en cierto sentido el corazón maternal de Austria y posee desde siempre una particular importancia para los húngaros y para los pueblos eslavos», explicó el Papa en su discurso de llegada.

El santuario, que cada año acoge a más de un millón de peregrinos, añadió, es «símbolo de una apertura que no sólo supera fronteras nacionales, sino que en la persona de María presenta una dimensión esencial del hombre: la capacidad para abrirse a la Palabra de Dios y a su verdad».

Explicando el espíritu de su viaje, el obispo de roma añadió: «guiados y alentados por María, queremos agudizar la mirada cristiana para afrontar los desafíos con el espíritu del Evangelio y, llenos de gratitud y esperanza, por un pasado que en ocasiones ha sido difícil, pero siempre rico de gracia, nos encaminamos hacia un futuro lleno de promesas».

Austria acogió al Santo Padre con los honores militares y con las afectuosas palabras de bienvenida del presidente de la República, Heinz Fischer.

La lluvia, que desde hace días baña sin interrupción Viena, condición la ceremonia de acogida, prevista en un primer momento al aire libre, y después celebrada en uno de los hangares del aeropuerto.

El primer discurso del Papa se convirtió de este modo en una meditación sobre la palabra «peregrinación».

«Concibo mi peregrinación a Mariazell como un ponerme en camino junto a los peregrinos de nuestro tiempo», aclaró.

El lema de la visita apostólica es «Mirar a Cristo», actitud mostrada por la estatua de la Virgen de Mariazell. El poblado donde se encuentra el santuario, enclavado en el corazón de Austria, a unos 160 kilómetros al sudoeste de Viena, cuenta con unos dos mil habitantes. Es una pequeña estación de montaña, a 870 metros de altura. El Papa celebrará la misa este sábado en el santuario.


 

 


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