Home Quienes Somos Internacional Voluntariado Buscador 20/11/2008
 

JUAN PABLO II
 
 
 



 

Íngrid Betancourt revela cómo Dios le ha tocado el corazón


Confidencias tras la audiencia con Benedicto XVI

 


CIUDAD DEL VATICANO, martes, 2 septiembre 2008 (ZENIT.org).- Tras los 25 minutos de encuentro con Benedicto XVI, este lunes, en el palacio apostólico de Castel Gandolfo, la ex candidata a la presidencia de Colombia, Íngrid Betancourt, reveló en una rueda de prensa cómo Dios le ha tocado el corazón en su cautiverio.

Antes de ser secuestrada, en febrero de 2002, Ingrid era una mujer de poca fe. Ella misma lo reconoce. Sin embargo, durante los casi siete años que permaneció en poder de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), en el sur de la selva colombiana, los únicos libros que tenía consigo eran la Biblia y el diccionario, así que durante los largos días de cautiverio se dedicaba a leer y meditar la Palabra de Dios.

Consagración al Sagrado Corazón
Ingrid todos los días escuchaba la radio para poder entretenerse e informarse. Un mes antes de su liberación, el pasado 1 de junio, estaba oyendo la Radio Católica Mundial y escuchó las promesas que experimentaría quien se consagre al Sagrado Corazón.

Si bien Ingrid reconoce que no las recuerda todas, las enumeró a los periodistas: la primera es tocar el corazón duro de quienes le hagan sufrir; la segunda bendecir los proyectos del interesado; y la tercera, la ayuda del para cargar la cruz y que le esperará en el tránsito de la muerte.

Cuenta Íngrid que al escuchar estas promesas dijo: "Eso es para mí. Yo necesito que Dios toque el corazón duro de la guerrilla, que toque el corazón duro de todos aquellos que no dejan que se produzca la libertad nuestra".

"Yo necesito que la empresa mía, que es la de obtener la libertad de todos nosotros, Él la tome para sí, la bendiga y permita que esto suceda. Y yo necesito que Él me acompañe a llevar esta cruz porque yo sola ya no puedo más", comentó la ciudadana colombo-francesa.

Luego de conocer estas promesas, cuenta Ingrid que le dijo al Sagrado Corazón: "Jesús, yo en estos años nunca te he pedido nada. Pero hoy sí te voy a pedir algo: como este es el mes del Sagrado Corazón, tu mes, te voy a pedir que me hagas el milagro, no de mi liberación porque no creo que sea posible, pero hazme el milagro de que yo sepa cuándo voy a ser liberada porque si yo sé cuándo, por más de que sea dentro de muchos años, yo voy a tener la fuerza de aguantar. Si tu me haces ese milagro, Señor mío, seré tuya".

Ingrid cuenta que le dijo al Santo Padre: "Yo no sé lo que quiere decir ser de Cristo". Él le respondió: "Él te va a mostrar la vía"

El 27 de junio un comandante de las FARC fue a hablar con Íngrid: "Hay una comisión internacional que va a visitar a los prisioneros y es muy probable que algunos de ustedes sean liberados", le dijo.

Cuenta Ingrid que el Santo Padre le respondió: "Él te hizo el milagro de tu liberación, porque tú supiste pedirle. Porque tú no le pediste tu liberación, tú le pediste que se hiciera su voluntad y que te ayudara a entender su voluntad"


Creerle a Dios

Betancourt aprovechó la ocasión para invitar a todos aquellos que no creen: "Hay muchas personas que están enojadas con Dios y no quieren creer y tantas personas a quienes les da vergüenza creer en Dios. Yo lo único que les puedo decir es que hay alguien que nos oye y nos habla con palabras y que si nosotros entendemos cómo hablarle a él, él nos va a ayudar".

Tras la audiencia, Ingrid aseguró que Benedicto XVI siempre ora por los secuestrados: "El Papa lleva el dolor de los que sufren en su alma", es un "hombre de luz".

Igualmente envió un mensaje de aliento a aquellos que fueron sus compañeros de cautiverio y que aún no han sido liberados: "Sé que esta voz va a llegar a la selva colombiana. Sé que pronto los voy a abrazar en la libertad".

También hizo un llamado a los miembros de la guerrilla, que actualmente tienen cerca de 3 mil secuestrados en su poder: "Ustedes me tuvieron siete años cautiva. Los conozco profundamente, conozco su organización su manera de pensar sus objetivos. Hoy quiero decirles que el mundo los está esperando. El mundo quiere que haya espacios en su mente para que ustedes logren la paz en Colombia. (...) La respuesta esta en el corazón de ustedes no en los cálculos militares y políticos", concluyó

Por Carmen Elena Villa Betancourt

Puede verse un testimonio de Íngrid Betancourt a las cámaras de televisión en http://www.h2onews.org


 

 

Al recibir las cartas credenciales del nuevo embajador de la República del Ecuador ante la Santa Sede, el Pontífice afirma que “es de esperar que el nuevo ordenamiento constitucional contemple las más amplias garantías para la libertad religiosa de los ecuatorianos”

 

Sábado, 27 oct (RV).- El Santo Padre comenzó sus actividades públicas esta mañana a las 11,00 recibiendo en audiencia al Sr. Fausto Cordovés Chiriboga, nuevo Embajador de Ecuador ante la Santa Sede. En su discurso el Papa ha dicho que “es necesario y urgente trabajar por la construcción de un orden interno e internacional que promueva la convivencia pacífica, la cooperación, el respeto de los derechos humanos y, ante todo, el reconocimiento de la persona y de su inviolable dignidad”. En este sentido, y pensando en los numerosos ecuatorianos que emigran a otros países en condiciones difíciles, “buscando un futuro mejor para sí mismos y sus familias”, el Pontífice ha señalado que “no podemos olvidar que ‘el amor-caritas’ siempre será necesario, incluso en la sociedad más justa”. Sigue el discurso que Benedicto XVI dirigió al diplomático:

Señor Embajador:

1. Me es grato recibir las Cartas que lo acreditan como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de la República del Ecuador ante la Santa Sede. A la vez que le doy mi cordial bienvenida en este solemne acto, quiero expresar una vez más el sincero afecto que siento por todos los hijos e hijas de esa noble Nación.
Le agradezco el deferente saludo que ha tenido a bien transmitirme de parte del Señor Presidente Constitucional, Dr. Rafael Correa Delgado, así como las amables expresiones para con esta Sede Apostólica y mi persona, las cuales testimonian también los filiales sentimientos del pueblo ecuatoriano. Le ruego, pues, que tenga la bondad de hacerle llegar mi sincero reconocimiento.

2. Durante mi visita al Ecuador, como representante del Papa Juan Pablo II en el año 1978, tuve la dicha de encontrarme con un pueblo pacífico, sencillo y acogedor, pero sobre todo muy arraigado en la fe cristiana que, como usted ha destacado en sus palabras, ha dado tantos frutos a lo largo de varias generaciones. En este sentido quiero recordar a Santa Marianita de Jesús y de modo especial a la joven seglar, Beata Narcisa de Jesús, tan querida por el pueblo fiel, el cual desea poder verla pronto canonizada.
En sus Santos, los fieles cristianos descubren el fruto maduro de una fe que ha marcado su historia. Se trata de un patrimonio transmitido a lo largo de los siglos, y que bajo diversas expresiones de piedad popular y del arte, junto con los valores morales, cívicos y sociales, forma parte de su identidad como Nación.

3. La humanidad se encuentra hoy ante nuevos escenarios de libertad y esperanza, turbados a menudo por situaciones políticas inestables y por las consecuencias de estructuras sociales débiles. Además, se va ampliando cada vez más la interdependencia entre los Estados. Por esto es necesario y urgente trabajar por la construcción de un orden interno e internacional que promueva la convivencia pacífica, la cooperación, el respeto de los derechos humanos y el reconocimiento, ante todo, del puesto central de la persona y de su inviolable dignidad.
En este sentido, y pensando en los numerosos ecuatorianos que emigran a otros países en condiciones difíciles, buscando un futuro mejor para sí mismos y sus familias, no podemos olvidar que “el amor -caritas- siempre será necesario, incluso en la sociedad más justa. No hay orden estatal, por justo que sea, que haga superfluo el servicio del amor. Quien intenta desentenderse del amor se dispone a desentenderse del hombre en cuanto hombre” (Deus caritas est, 28). La caridad es, pues, la que, como generoso don de sí mismo al otro, ha generado y sigue generando ese entramado de obras educativas, asistenciales, de promoción y desarrollo, que honran a la Iglesia y a la sociedad ecuatoriana.

4. La Iglesia católica, mediante su propio ministerio pastoral, y que “en virtud de su misión y su naturaleza, no está ligada a ninguna forma de cultura humana o sistema político, económico o social” (Gaudium et spes, 42), realiza una importante aportación al bien común del País. De ahí se ve la necesidad de promover y afianzar el ámbito de libertad que le han reconocido los textos constitucionales y legales del Ecuador. Por eso “es de esperar también que el nuevo ordenamiento constitucional contemple las más amplias garantías para la libertad religiosa de los ecuatorianos”, de modo que la Nación pueda contar con un marco legal, conforme también al contexto y a los acuerdos internacionales.

5. La libertad de acción de la Iglesia, además de ser un derecho inalienable, es condición primordial para llevar a cabo su misión entre el pueblo, incluso en circunstancias difíciles. Por eso, “lo que hace falta no es un Estado que regule y domine todo, sino que reconozca y apoye generosamente, de acuerdo con el principio de subsidiaridad, las iniciativas que surgen de las diversas fuerzas sociales” (Deus caritas est, 28).
No puede tampoco ser otra la aspiración de un gobierno democrático empeñado en fomentar una cultura de respeto e igualdad ante la ley, así como un ejercicio ejemplar de la autoridad, orientada a servir a todo el pueblo. Por todo ello, el Gobierno ecuatoriano ha manifestado su decidida voluntad de atender con prioridad a los más necesitados, inspirándose en la Doctrina Social de la Iglesia. Es de desear, pues, que los ciudadanos puedan disfrutar de todos los derechos, junto con sus correspondientes obligaciones, obteniendo mejores condiciones de vida y un acceso más fácil a una vivienda digna y al trabajo, a la educación y a la salud, en el pleno respeto de la vida desde su concepción hasta su término natural.

Señor Embajador, antes de concluir este encuentro deseo expresarle mis mejores deseos por el feliz desempeño de su alta misión, que ayude a fortalecer los tradicionales lazos de diálogo y cooperación entre el Ecuador y la Santa Sede, rogándole que tenga la bondad de hacerse intérprete de mis sentimientos ante su Gobierno y demás Autoridades nacionales. Al mismo tiempo, tengo presente en mi plegaria al querido pueblo ecuatoriano, a la vez que imploro abundantes bendiciones del Altísimo sobre el Ecuador, sobre usted, su distinguida familia y sus colaboradores.

 

 

 

 

El Papa con representantes de la Comunidad de San Egidio en vísperas del encuentro de líderes religiosos


CASTEL GANDOLFO, lunes, 28 agosto 2006 (ZENIT.org).- Benedicto XVI ha recibido en audiencia este lunes al fundador de la comunidad de San Egidio, el profesor Andrea Riccardi, acompañado por monseñor Vincenzo Paglia, obispo de Terni-Narni-Amelia (Italia), y consejero espiritual de esta nueva realidad eclesial.

La audiencia tuvo lugar en la residencia pontificia de Castel Gandolfo, según ha informado la Oficina de Prensa de la Santa Sede.

Continúa de este modo la costumbre que ya había comenzado Juan Pablo II de encontrarse con los exponentes de esta comunidad en vísperas del encuentro internacional «Hombres y religiones» que San Egidio organiza para mantener el espíritu de las Jornada Mundial de Oración por la Paz, convocada por ese Papa en octubre de 1986 en Asís.

Veinte años después, el encuentro volverá en la ciudad de San Francisco del 4 al 5 de septiembre.

El Encuentro, previsto en un esfuerzo común --«sin confusiones», precisa la Comunidad de San Egidio-- de trazar un camino espiritual y amplio de colaboración por una «globalización desde un rostro humano», contará con la presencia, entre otros, del gran rabino Cohen de Haifa, de los rabinos Elio Toaff y Riccardo Di Segni de Roma, así como de Ibrahim Ezzedine, consejero de la Presidencia de los Emiratos Árabes Unidos.

Igualmente se prevé la presencia del secretario de la Federación Luterana Mundial, el doctor Ishmael Noko Noko; del presidente de la Conferencia de las Iglesias Europeas, el pastor Jean-Arnold de Clermont; del patriarca armeno Karekine II, Catholicos de Cilicia; del cardenal Paul Poupard, presidente de los Consejos Pontificios para la Cultura y para el Diálogo Interreligioso; del cardenal Stanislao Dziwisz, arzobispo metropolita de Cracovia, secretario de Juan Pablo II durante décadas; y de representantes de todas las confesiones cristianas de Oriente y Occidente, con fuerte presencia de regiones de «frontera», como Israel y Oriente Medio, Pakistán, Extremo Oriente y Mediterráneo.

La Comunidad de San Egidio (http://www.santegidio.org/) fue fundada por el historiador Andrea Riccardi en Roma en 1968, a la luz del Concilio Vaticano II.

Hoy es un movimiento (Asociación pública de laicos de la Iglesia católica) al que pertenecen más de 50.000 personas; está comprometido en la evangelización y en la caridad en Roma, en el resto de Italia y en más de 70 países de distintos continentes.

Miembros del movimiento han sido mediadores decisivos para desactivar conflictos civiles y promover acuerdos de paz en varios países del mundo.

 


 

 

 

 

Entrevista del Papa Benedicto XVI a la Bayerischer Rundfunk (ARD), ZDF, Deutsche Welle; Radio Vaticano.

Pregunta: Santo Padre, en septiembre usted visitará Alemania o, con más precisión, naturalmente Baviera. “El Papa tiene nostalgia de su patria”, así han dicho sus colaboradores en el curso de la preparación de este viaje. ¿Qué temas desearía tocar en particular durante la visita, y el concepto de “patria” forma parte de los valores que desea proponer en particular?

Benedicto XVI: Ciertamente. El motivo de la visita es precisamente que quería volver a ver los lugares, las personas con las que he crecido, que me han marcado y han formado parte de mi vida. Personas a las que quería agradecer. Y naturalmente también expresar un mensaje que vaya mas allá de mi tierra, como es coherente con mi ministerio. Simplemente he dejado que las conmemoraciones litúrgicas me indicaran los temas. El asunto fundamental es que debemos redescubrir a Dios, no a un Dios cualquiera, sino al Dios con el rostro humano, porque cuando vemos a Jesucristo vemos a Dios. Y partiendo de esto debemos encontrar los caminos para encontrarnos en la familia, entre las generaciones y también entre las culturas y los pueblos, entre los caminos de la reconciliación y la convivencia pacifica en este mundo, y los caminos que conducen hacia el futuro. Y estos caminos hacia el futuro no los encontraremos si no recibimos la luz desde lo alto. Por tanto, no he decidido temas muy específicos, pero, por así decirlo, es la liturgia la que me guía a expresar el mensaje fundamental de la fe, que naturalmente se inserta en la actualidad de hoy, en la que sobre todo queremos buscar la colaboración de los pueblos y los caminos posibles hacia la reconciliación y la paz.

Pregunta: Como Papa, usted es responsable de la Iglesia en el mundo entero. Pero naturalmente su visita hace que la atención se dirija a la situación de los católicos en Alemania. Ahora todos los observadores concuerdan que la atmósfera es buena, también gracias a su elección. Pero naturalmente los antiguos problemas permanecen. Sólo por poner algunos ejemplos: cada vez menos practicantes, cada vez menos bautizados, sobre todo cada vez menos influencia en la vida social. ¿Cómo ve la actual situación de la Iglesia católica en Alemania?

Benedicto XVI: Ante todo diría que Alemania forma parte de Occidente, si bien con sus características particulares, y en el mundo occidental hoy vivimos una ola de un nuevo iluminismo drástico o laicidad, o como se le quiera llamar. Creer se ha vuelto más difícil, porque el mundo en el que nos encontramos está hecho completamente por nosotros mismos y en el que, por decirlo así, Dios ya no aparece directamente. Ya no se bebe directamente de la fuente, sino del recipiente que se nos presenta ya lleno, etc. Los hombres se han construido el propio mundo, y encontrar a Él en este mundo se ha convertido en algo muy difícil. Esto no es específico de Alemania, si no que es algo que se constata en todo el mundo, de manera particular en el occidental. Por otra parte, Occidente viene hoy tocado fuertemente por otras culturas, en las que el elemento religioso de origen es muy poderoso, y quedan horrorizadas por la frialdad que encuentran en Occidente en lo que respecta a Dios. Y esta presencia de lo sagrado en otras culturas, aunque si velada de muchas maneras, toca nuevamente al mundo occidental, nos toca a nosotros, que nos encontramos en el “cruce” de tantas culturas. Y también de lo más profundo del hombre en Occidente, y en Alemania, surge la pregunta de algo “más grande”. Vemos que en la juventud aparece la búsqueda de ese “más”; vemos cómo en cierto modo el fenómeno religión -como se dice- vuelve, también si se trata de un movimiento de búsqueda a menudo indeterminado. Pero con todo esto la Iglesia está de nuevo presente, la fe se ofrece como respuesta. Pienso que justamente esta visita, como ya la de Colonia, será una oportunidad para que se vea que creer es algo bello, que el gozo de una gran comunidad universal posee una fuerza que arrastra, que tras ella hay algo de importante y que por lo tanto junto a los nuevos movimientos de búsqueda, existen también nuevas desembocaduras de la fe que nos llevan los unos hacia los otros y que son positivas también para la sociedad en su conjunto.

Pregunta: Santo Padre, hace exactamente un año usted estaba en Colonia con los jóvenes, y creo que en esa oportunidad haya experimentado que la juventud está extraordinariamente lista a acoger, y que usted haya sido muy bien acogido. En este próximo viaje ¿lleva quizá un mensaje especial para los jóvenes?

Benedicto XVI: Quisiera decir antes que nada: que estoy muy contento de que haya jóvenes que quieran estar juntos, que quieran estar juntos en la fe, y que quieran hacer el bien. La disponibilidad al bien es muy fuerte en la juventud, basta pensar en las diversas formas de voluntariado. El compromiso para ofrecer en primera persona una contribución propia ante las necesidades de este mundo es una gran cosa. Un primer impulso puede ser por lo tanto alentar a esto: ¡id adelante! ¡Buscad las ocasiones para hacer el bien! ¡El mundo necesita de esta voluntad, necesita de este compromiso! Y luego quizás una palabra sería: ¡el valor de decisiones definitivas! En la juventud hay mucha generosidad, pero ante el riesgo de comprometerse por toda la vida, ya sea en el matrimonio o en el sacerdocio, se experimenta miedo. El mundo está en movimiento de manera dramática: ahora puedo disponer continuamente de mi vida entera con todos sus imprevisibles eventos futuros: con una decisión definitiva ¿no ato mi libertad y no me privo de la libertad de movimiento? Despertar el valor de osar decisiones definitivas, que en realidad son las únicas que hacen posible el crecimiento, el camino hacia adelante y el alcanzar cualquier cosa importante en la vida, las únicas que no destruyen la libertad, si no que le ofrecen la justa dirección en el espacio. Arriesgar esto, este salto -por así decir- en el definitivo, y con eso acoger plenamente la vida, esto es algo que con dicha quisiera poder comunicar.

Pregunta: Santo Padre, una pregunta sobre la política exterior. La esperanza de la paz en Oriente Medio en las pasadas semanas se ha nuevamente debilitado. ¿Qué posibilidades ve usted para la Santa Sede en relación a la actual situación? ¿Qué influencia puede ejercer ésta en el desarrollarse de la situación en Oriente Medio?

Benedicto XVI: Naturalmente no tenemos ninguna posibilidad política, y no queremos ningún poder político. Pero queremos hacer un llamamiento a los cristianos y a todos aquellos que se sienten de alguna manera interpelados por la palabra de la Santa Sede, para que sean movilizadas todas las fuerzas que reconocen que la guerra es la peor solución para todos. No aporta nada bueno para nadie, ni siquiera para los supuestos “vencedores”. En Europa lo sabemos muy bien, como consecuencia de las dos Guerras Mundiales. La paz es lo que todos necesitan. Existe una fuerte comunidad cristiana en el Líbano, hay cristianos también entre los árabes, hay cristianos en Israel, y los cristianos de todo el mundo se empeñan por estos países tan queridos a todos nosotros. Existen fuerzas morales listas a hacer comprender que la única solución es que debemos vivir juntos. Estas son las fuerzas que nosotros queremos movilizar: los políticos deben encontrar los caminos para que esto pueda acontecer lo más pronto posible y sobre todo de forma duradera.

Pregunta: Como Obispo de Roma usted es sucesor de san Pedro. ¿Cómo puede mostrarse en los tiempos actuales el ministerio de Pedro? ¿Cómo ve usted la relación de tensión y equilibrio entre el primado del Papa por una parte y la colegialidad de los obispos por otra?

Benedicto XVI: Una relación de tensión y equilibrio existe naturalmente, y nosotros decimos que así debe ser. Multiplicidad y unidad deben siempre encontrar nuevamente su relación recíproca, y esta relación debe incluirse de una manera siempre nueva en las cambiantes situaciones del mundo. Hoy en día existe una nueva polifonía de las culturas, en la cual Europa ya no es más la única que determina, sino que las comunidades cristianas de los diversos continentes están adquiriendo su propio peso, su propio color. Debemos aprender siempre de esta fusión de los diversos componentes. Por esto hemos desarrollado diversos instrumentos; las llamadas “visitas ad limina” de los obispos, que han existido siempre, son en la actualidad mucho más aprovechadas para hablar con todas las instancias de la Santa Sede y también conmigo. Yo hablo personalmente con cada obispo. Ya he hablado con casi todos los obispos de África y con muchos de los de Asia. Ahora vendrán los de Europa central, Alemania, Suiza, y en estos encuentros, en los que precisamente el centro y las afueras se encuentran juntos en un intercambio franco, yo pienso que crezca la correcta relación recíproca en esta tensión equilibrada. Además tenemos otros instrumentos, como el Sínodo, o el Consistorio, que mantendré regularmente y que querría desarrollar. En ellos, aún no teniendo un orden del día importantísimo, se discutirán juntos los problemas actuales, intentando encontrar soluciones. Por un lado sabemos que el Papa no es un monarca absoluto, pero tiene que –por decirlo de alguna forma- personificar la totalidad que se une en escucha de Cristo. Pero la conciencia de la necesidad de una instancia unificadora, que garantice también la independencia de las fuerzas políticas y que los “cristianismos” no se identifiquen demasiado con la nacionalidad, esta conciencia precisamente, que necesita de una tal instancia amplia y superior, que cree unidad en la integración dinámica del todo, y por otro lado que acoja y promueva la multiplicidad, esta conciencia es muy fuerte. Por eso creo que se trata una adhesión íntima al ministerio petrino que se expresa en la voluntad de desarrollarlo ulteriormente, de forma que responda tanto a la voluntad del Señor, como a las necesidades de los tiempos.

Pregunta: Alemania como tierra de Reforma está marcada naturalmente y de forma particular por las relaciones entre las distintas confesiones. Las relaciones ecuménicas son una realidad sensible, que encuentra siempre nuevas dificultades. ¿Qué posibilidad ve de mejorar la relación con la Iglesia evangélica, o qué dificultad ve en este camino?.

Benedicto XVI: Quizá sea importante decir, antes que nada, que la Iglesia evangélica presenta una notable variedad. En Alemania tenemos, si no me equivoco, tres comunidades principales: Luteranos; Reformistas; y la Unión Prusiana. Además hoy se forman numerosas Iglesias libres (Freikirchen) y, en el interior de las Iglesias clásicas, movimientos, como la “Iglesia confesante” entre otras. Por lo tanto, se trata también de un conjunto con muchas voces, con las cuales tenemos que entrar en diálogo en la búsqueda de unidad con respecto a la multiplicidad de voces, y con las que quiero colaborar. Creo que lo primero que hay que hacer es que en esta sociedad, todos juntos nos preocupemos por hacer que sena claras, de encontrar y de traducir en hechos, las grandes directrices éticas, para garantizar de este modo la consistencia ética de la sociedad, sin la cual ésta no puede llevar a cabo las finalidades de la política, que son la justicia para todos, una buena convivencia y la paz. En este sentido creo que ya se ha conseguido mucho, que nosotros nos encontramos realmente unidos bajo un pilar cristiano común, frente a los grandes desafíos morales. Naturalmente, después hay que testimoniar a Dios en el mundo, que tiene dificultades a la hora de encontrarle, como ya hemos dicho, y de hacer visible a Dios en el rostro humano de Jesucristo, y de ofrecer a los hombres el acceso a esas fuentes, sin las cuales la moral se aridece y pierde sus referencias, y también donar la felicidad, porque no estamos solos en este mundo. Sólo de este modo nace la felicidad ante la grandeza del hombre, que no es un producto mal conseguido de la evolución, sino imagen de Dios. Nos tenemos que mover en estos dos sentidos –por decirlo de algún modo- el de las grandes referencias éticas, y el que muestra –a partir del interior y orientándose hacía el- la presencia de Dios, de un Dios concreto. Si lo hacemos, y sobre todo, si en todos nuestros agrupamientos singulares buscamos no vivir la fe de forma industrial, sino a partir de raíces más profundas, entonces quizá no lleguemos tan rápido a las manifestaciones externas de unidad, sino que maduraremos hacia una unidad interior, que si Dios quiere un día llegará también a exteriorizarse.
  Pregunta: Tema: la familia. Hace un mes usted estuvo en Valencia para celebrar el Encuentro Mundial de las Familias. Quien ha escuchado con atención –como hemos intentado hacerlo desde Radio Vaticana- se ha dado cuenta de que usted no ha pronunciado la palabra “matrimonio homosexual”, no ha hablado de aborto, ni de contraconcepción. Atentos observadores se han dicho: ¡Interesante!, evidentemente su intención es anunciar la fe y no dar la vuelta al mundo como “apóstol de la moral”. ¿Nos puede hacer un comentario al respecto?.

Benedicto XVI: Claro que sí. Sobre todo tengo que decir que tuve solamente dos ocasiones de veinte minutos para hablar. Teniendo tan poco tiempo no se puede abarcar todo. Sobre todo tenemos que saber qué es lo que queremos decir, ¿no es así?. Y el cristianismo, el catolicismo no es un cúmulo de prohibiciones, sino una opción positiva. Y es muy importante que esto se vea nuevamente, ya que hoy esta conciencia ha desaparecido casi completamente. Hemos oído tanto hablar de lo que no está permitido que ahora hay que decir: Pero nosotros tenemos una idea positiva que proponer; que el hombre y la mujer están hechos el uno para el otro, que la escala –por decir de algún modo-: sexualidad, éros, ágape, indica las dimensiones del amor y sobre este camino crece desde siempre el matrimonio, como encuentro entre un hombre y una mujer, culmen de la felicidad y de la bendición, y después la familia, que garantiza la continuidad entre generaciones, en la que las generaciones se reconcilian entre ellas y en la que también las culturas se pueden encontrar. Por lo tanto, sobre todo es importante poner de relieve lo que queremos. En segundo lugar, se puede ver después también el porqué nosotros no queramos algo. Y yo creo que sea necesario ver y reflexionar, ya que no se trata de una invención católica el hecho de que un hombre y una mujer estén hechos el uno para el otro para que la humanidad continúe a vivir: lo saben todas las culturas. En relación al aborto, no pertenece al sexto, sino al quinto mandamiento: “No matarás”. Y esto tenemos que presuponerlo como obvio y tenemos que rebatir siempre que: la persona humana inicia en el seno materno y permanece persona humana hasta su último respiro. El hombre tiene que ser respetado siempre como hombre. Pero todo esto queda más claro, si antes hemos explicado lo positivo.

Pregunta: Santo Padre, mi pregunta se une en cierto modo a la del padre von Gemmingen. En todo el mundo los creyentes esperan de la Iglesia católica respuestas a los problemas globales más urgentes, como el SIDA y la superpoblación. ¿Por qué la Iglesia católica insiste tanto sobre la moral en lugar de intentar soluciones concretas para estos problemas cruciales de la humanidad, por ejemplo en el continente africano?

Benedicto XVI: Ya, éste es el problema: ¿insistimos realmente tanto sobre la moral?. Yo diría –cada vez estoy más convencido tras mi diálogo con los obispos africanos- que la cuestión fundamental, si queremos dar pasos adelante en este sentido, se llama educación, formación. El progreso puede ser progreso real sólo si sirve a la persona humana y si la propia persona humana crece, no crece sólo su poder técnico, sino también su capacidad moral. Y creo que el verdadero problema de nuestra situación histórica sea el desequilibrio entre el crecimiento increíblemente rápido de nuestro poder técnico y el de nuestra capacidad moral, que no crece de forma proporcional. Por eso la formación de la persona humana es la verdadera receta, la llave de todo diría, y ésta es también nuestra vida. Y esta formación tiene –para resumir- dos dimensiones. Sobre todo naturalmente tenemos que aprender, adquirir saber, capacidad, “know-how” como se suele decir. En esta dirección Europa, y en los últimos decenios América, han hecho mucho, y se trata de una cosa importante. Pero si sólo se difunde el “know-how”, si sólo se enseña como se construyen y se usan las máquinas, y como se emplean los métodos de contracepción, entonces no hay que maravillarse de que al final nos encontremos con guerras y con epidemias de SIDA. Porque nosotros necesitamos dos dimensiones: es necesaria al mismo tiempo la formación del corazón –si me puedo expresar de este modo- con el que la persona humana adquiere referencias y aprende también de este modo a usar correctamente su técnica. Y esto es lo que estamos intentando hacer. En toda África, y también en muchos países de Asia, tenemos una gran red de escuelas de todos los niveles, donde sobre todo se puede aprender, adquirir verdadero conocimiento, capacidad profesional, y con ello alcanzar autonomía y libertad. Pero en estas escuelas nosotros intentamos precisamente comunicar no sólo el “know-how”, sino formar a personas humanas que quieran reconciliarse, que sepan que tenemos que construir y no destruir, y que tenemos las referencias necesarias para saber convivir. En gran parte de África, las relaciones entre musulmanes y cristianos son ejemplares. Los obispos han formado comités comunes junto a los musulmanes para ver como crear paz en las situaciones de conflicto. Y esta red de escuelas, de aprendizaje y formación humana, que es muy importante, viene completada por una red de hospitales y de centros de asistencia, que alcanzan de forma capilar a las aldeas más remotas. Y en muchos lugares, a pesar de las destrucciones de la guerra, la Iglesia es la única fuerza que ha permanecido intacta. ¡Ésta es una realidad!”. Es donde se cura, donde se cura también el SIDA, y por otro lado se ofrece educación, que ayuda a establecer relaciones justas con los demás. Por eso creo que se debería corregir la imagen según la cual sembramos entorno a nosotros rígidos No. Justo en África se trabaja mucho, para que las diferentes dimensiones de la formación se puedan integrar y así sea posible la superación de la violencia y también de la epidemia, entre las que están también la malaria y la tuberculosis.

Pregunta: Santa Padre, el cristianismo se ha difundido por todo el mundo partiendo de Europa. Ahora, muchos piensan que el futuro de la Iglesia se encuentra en los otros continentes. ¿Es verdad? O en otras palabras, ¿qué futuro tiene el cristianismo en Europa, donde parece que se está reduciendo a asunto privado de una minoría?

Benedicto XVI: Sobre todo yo querría introducir algún matiz. En realidad, como sabemos, el cristianismo nació en Oriente Próximo, y durante mucho tiempo su desarrollo principal se quedó allí difundiéndose por Asia mucho más de lo que nosotros pensamos tras los cambios traídos por el Islam. Por otro lado, justo por este motivo su eje se trasladó sensiblemente hacia Occidente y Europa, y Europa –estamos orgullosos y nos alegramos- ha desarrollado ulteriormente el cristianismo en sus grandes dimensiones también intelectual y cultural. Pero creo que es importante que recordemos a los cristianos de Oriente, ya que es el periodo en el que ellos, que han sido siempre una minoría importante, en relación fructuosa con el contexto circunstante, ahora emigren. Existe el peligro de que justo estos lugares que dieron origen al cristianismo se queden sin cristianos. Pienso que debemos ayudar mucho para que se puedan quedar. Pero ahora contesto a su pregunta. Europa se ha transformado sin lugar a dudas en el centro del cristianismo y de su movimiento misionero. Hoy los demás continentes, las otras culturas, entran con igual peso en el concierto de la historia del mundo. De este modo crece el número de voces de la Iglesia, y este es un bien. Es bueno que se puedan expresar los diferentes caracteres, los dones propios de África, de Asia y de América, en particular de América Latina. Naturalmente todos ellos tocados no sólo por la palabra del cristianismo, sino también por el mensaje secular de este mundo, que lleva también a los demás continentes la prueba irrebatible que hemos vivido en nosotros mismos. Todos los obispos del resto del mundo dicen: todavía necesitamos a Europa, aunque si Europa es sólo una parte de un todo más grande. Todavía tenemos la responsabilidad que nos da nuestra experiencia, de la ciencia teológica que ha sido desarrollada aquí, de nuestra experiencia litúrgica, de nuestras tradiciones, y también de las experiencias ecuménicas que hemos acumulado: todo esto es muy importante también para los otros continentes. Por eso es necesario que nosotros no nos rindamos, compadeciéndonos y diciendo: “Ya está, somos sólo una minoría, intentemos al menos conservar nuestro número reducido”; sino que tenemos que conservar vivo el dinamismo, abrir relaciones de intercambio, para que en consecuencia de ahí nos lleguen nuevas fuerzas. Hoy hay sacerdotes indios y africanos en Europa, también en Canadá, donde muchos sacerdotes africanos trabajan de modo muy intenso. Es un dar y recibir recíprocos. Pero si nosotros en un futuro recibimos más, tendremos que continuar a dar con un valor y un dinamismo crecientes.

Pregunta: Se trata de un argumento que ha sido ya tocado, Santo Padre. Las sociedades modernas en las decisiones importantes sobre política y ciencia no se orientan en valores cristianos y la Iglesia –lo sabemos por las encuestas- está considerada la mayor parte de las veces sólo como una voz que amonesta o que incluso frena. ¿La Iglesia no debería salir de esta posición defensiva y asumir una actitud más positiva en lo relacionado al futuro y a su construcción?.

Benedicto XVI: Diría que en cualquier caso tenemos nuestro deber de poner de relieve lo que nosotros queremos de positivo. Y esto sobre todo tenemos que hacerlo a través del diálogo de culturas y de religiones, ya que, como ya he dicho, el continente africano, el alma africana y también el alma asiática están horrorizadas de la frialdad de nuestra racionalidad. Es importante que vean que aquí no hay sólo esto. De forma recíproca es importante que nuestro mundo laicista se de cuenta de que la fe cristiana no es un impedimento, sino un puente para el diálogo con los otros mundos. No es justo pensar que la cultura puramente racional, gracias a su tolerancia, tenga un acercamiento más fácil a las otras religiones. Le falta en gran parte “el órgano religioso” y con este el punto de enganche a partir del cual y hacia el cual los otros quieren entrar en relación. Por eso debemos y podemos mostrar que justo por la nueva interculturalidad en la que vivimos la pura racionalidad desenganchada de Dios no es suficiente, sino que es necesaria una racionalidad más amplia, que ve a Dios en armonía con la razón, y es consciente de que la fe cristiana que se ha desarrollado en Europa es también un medio para hacer confluir juntas razón y cultura y para integrarlas también con las acciones en una visión unitaria y comprensiva. En este sentido creo que tenemos un gran deber, es decir, mostrar que esta Palabra, que nosotros poseemos, no pertenece –por decirlo de algún modo- a los trastos de la historia, sino que es necesaria precisamente hoy”.

Pregunta: Santo Padre hablemos de sus viajes. Usted está en el Vaticano, posiblemente le cueste estar un poco lejos de la gente y separado del mundo, también aquí en el bellísimo ambiente de Castelgandolfo. Pero usted dentro de poco tendrá 80 años. ¿Piensa, con la ayuda de Dios, poder realizar muchos viajes? ¿Tiene idea de los que piensa realizar? ¿A Tierra Santa, Brasil? ¿Lo sabe?

Benedicto XVI: Verdaderamente no estoy tan solo. Efectivamente existen – por decirlo de alguna manera – las murallas que dificultan el acceso, pero hay una “familia pontificia”, todos los días muchas visitas, en particular cuando estoy en Roma. Llegan obispos, otras personas, hay visitas de Estado, de personalidades que quieren hablar conmigo también personalmente y no solamente de cuestiones políticas. En este sentido hay una multiplicidad de encuentros que gracias a Dios se me dan continuamente. Y es también importante que la sede del Sucesor de Pedro sea un lugar de encuentro, ¿no es verdad? Desde el tiempo de Juan XXIII, después el péndulo ha cambiado en otra dirección: son los papas los que han comenzado a visitar. Debo decir que no me siento tan fuerte de apuntar en la agenda muchos y grandes viajes, pero donde estos permiten dirigir un mensaje, donde – digamos así – responden a un verdadero deseo, los quisiera hacer, con la “dosis” que me es posible. Alguna cosa está ya prevista: el próximo año en Brasil hay un encuentro del CELAM, el consejo Episcopal Latino Americano, y pienso que estar allí sea un paso importante en el contexto de las vicisitudes que América del Sur está viviendo intensamente, y para reforzar la esperanza que está viva en aquella región. Después quisiera ir a Tierra Santa, y espero poder visitarla en tiempo de paz, y del resto veremos que me reserva la Providencia.
  Pregunta: Permítame insistirle. Los austriacos hablan también alemán y Le esperan en Mariazell.

Benedicto XVI: Si, ha sido concordado. Yo lo he prometido sencillamente, de manera un poco imprudente. Es un lugar que me ha gustado tanto que he dicho: Sí, volveré a la Magna Mater Austriae. Naturalmente ésta se ha convertido inmediatamente en una promesa, que mantendré, y la mantendré con gusto.

Pregunta: Insisto todavía. Yo Le admiro cada miércoles, cuando celebra la audiencia general. Hay 50.000 personas. Debe ser cansino, muy cansino. ¿Usted consigue resistir?

Benedicto XVI: Sí, el Buen Dios me da la fuerza necesaria. Y cuando se ve la acogida cordial, naturalmente se queda uno animado.

Pregunta DW: Santo Padre, usted acaba de decir que ha hecho una promesa un poco imprudente. Quiere decir que a pesar de Su ministerio, con sus abundantes vínculos protocolarios, ¿No se deja arrebatar su espontaneidad?

Benedicto XVI: De todas formas, yo lo intento. Además, aunque las cosas puedan estar concretadas, yo quisiera conservar y realizar también alguna cosa personal.

Pregunta: Santo Padre, las mujeres son muy activas en las diversas funciones en la Iglesia católica. ¿Su aportación no quedaría más visible, también, en lugares de mayor responsabilidad en la Iglesia?

Benedicto XVI: Sobre este argumento naturalmente se reflexiona mucho. Como usted sabe, nosotros pensamos que nuestra fe, la constitución del Colegio de los Apóstoles, nos obliga y no nos permite conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres. Pero además no hay que pensar que en la Iglesia la única posibilidad de tener un papel sea la de ser sacerdote. En la historia de la Iglesia hay muchísimos deberes y funciones. Para comenzar las hermanas de los Padres de la Iglesia, para llegar a la Edad Media, cuando grandes mujeres han desarrollado un papel determinante, hasta la época moderna. Pensemos en Ildegarda de Bingen, que con fuerza protestaba respecto a los obispos y del Papa; a Catalina de Siena y a Brígida de Suecia. También en los tiempos modernos las mujeres deben – y nosotros con ellas – buscar por decirlo de alguna manera su justo lugar. Hoy, están bien presentes también en los Dicasterios de la Santa Sede. Pero existe un problema jurídico: el de la jurisdicción, es decir el hecho que según el Derecho Canónico el poder de tomar decisiones jurídicamente vinculantes va unido al Orden sagrado. Desde este punto de vista hay límites, pero creo que las mismas mujeres, con su empuje y su fuerza, con su superioridad, con aquella que definiría su “potencia espiritual”, sabrán hacerse espacio. Y nosotros deberemos intentar ponernos a la escucha de Dios, para que no seamos nosotros a impedirlo, es más nos alegramos de que el elemento femenino obtenga en la Iglesia el pleno lugar de eficacia que le conviene, comenzando por la Madre de Dios y de María Magdalena.

Pregunta: Santo Padre, en tiempos más recientes se habla de una nueva fascinación del catolicismo. ¿De qué y de dónde la vitalidad y la capacidad de futuro de esta institución por otra parte antiquísima?

Benedicto XVI: Diría que ya todo el pontificado de Juan Pablo II ha impactado a los hombres y les ha reunido. Aquello que ha ocurrido en ocasión de su muerte permanece como muy especial históricamente: como cientos de miles de personas se dirigían disciplinadamente hacia la Plaza de San Pedro, permanecían de pie por horas, y en lugar de desfallecer resistían movidas por una fuerza interior. Y después, lo hemos revivido en ocasión de mi pontificado y después en Colonia. Es muy hermoso que la experiencia de la comunidad se convierta al mismo tiempo en una experiencia de fe, que se haga experiencia de la comunidad no solamente en un lugar cualquiera, sino que esta experiencia se convierta en más viva y de al catolicismo su luminosidad intensa precisamente allí donde son los lugares de la fe. Naturalmente esto debe durar también en la vida cotidiana. Las dos cosas deben ir juntas. Por una parte los grandes momentos, en los que se experimenta que es hermoso estar aquí, que el Señor está presente y que nosotros formamos una gran comunidad reconciliada más allá de todos los confines. Pero después desde aquí es menester también coger el empuje, para resistir durante las fatigosas peregrinaciones cotidianas, y vivir a partir de estos puntos luminosos y orientarse hacia ellos, y saber invitar también a otros a formar parte de la comunidad en camino. Pero quiero aprovechar esta ocasión para decir: yo me siento enrojecer por todo aquello que se hace en preparación a mi visita, por todo aquello que la gente está haciendo. Mi casa ha sido pintada nuevamente, una escuela profesional ha rehecho el recinto. El profesor de religión evangélico ha colaborado para mi recinto. Estos son pequeños particulares, pero son la señal de lo muchísimo que se hace. Todo esto lo encuentro extraordinario, y no me refiero a mi mismo, lo considero signo de una voluntad de pertenecer a esta comunidad en la fe y de servir todos a otro. Demostrar esta solidaridad y dejarse inspirar en esto por el Señor: Es una cosa que me afecta y por ello quiero también dar gracias de todo corazón.

Pregunta: Santo Padre, usted ha hablado de la experiencia de la comunidad. Usted vendrá ahora a Alemania, ya por segunda vez tras Su elección. En la Jornada Mundial de la Juventud, y posiblemente también, por otra cuestión, por el campeonato mundial de fútbol, la atmósfera en un cierto sentido ha cambiado. Se tiene la impresión de que los alemanes se hayan convertido en más abiertos al mundo, más tolerantes, más alegres. ¿Qué cosa desea Usted todavía para nosotros los alemanes?

Benedicto XVI: Diría que naturalmente con el final de la segunda Guerra Mundial comenzó una transformación interior de la sociedad alemana, también la mentalidad alemana, que ha sido reforzada además por la reunificación. Nosotros nos hemos inserido mucho más profundamente en la sociedad mundial y naturalmente hemos sido transformados por esta mentalidad. Y de esta forma salen a la luz también aspectos del carácter alemán del que antes los demás desconocían. Y posiblemente hemos sido caracterizados un poco como si todos fuéramos siempre disciplinados y reservados, cosa que también tiene su fundamento. Pero si ahora se ve mejor aquello que todos estamos viendo, lo encuentro hermoso: los alemanes no solamente son reservados, puntuales y disciplinados, también son espontáneos, alegres y hospitalarios. Esto es muy bonito. Y esto deseo: que estas virtudes crezcan todavía, y que reciban empuje y permanencia también en la fe cristiana.

Pregunta: Santo Padre, su Predecesor ha declarado beatos y santos a un grandísimo número de cristianos. Algunos piensan, que demasiados. Aquí mi pregunta: las beatificaciones y las canonizaciones aportan a la Iglesia algo de nuevo, sólo si las personas pueden ser consideradas como verdaderos modelos. Alemania da relativamente pocos santos y beatos respecto a otros países. ¿Se puede hacer algo para que esta dimensión pastoral se desarrolle, y para que la necesidad de beatificaciones y canonizaciones den un verdadero fruto pastoral?

Benedicto XVI: Al inicio yo también era de la idea de que la gran cantidad de beatificaciones casi nos aplastase y que a lo mejor era necesario elegir más figuras que entrasen más claramente en nuestra conciencia. Entre tanto he descentralizado las beatificaciones, para que se hagan más visibles estas figuras en los lugares específicos a los que estas pertenecen. Quizá un santo de Guatemala no interesa en Alemania y viceversa, uno de Altötting quizá no interesa en Los Ángeles, ¿no es así?. Además creo que esta descentralización sea afín a la colegialidad del episcopado, con su estructura colegial, y que sea una cosa oportuna justamente para poner de relieve que los diferentes países tienen sus propias figuras y que estas son eficaces en particular en sus propios países. También he observado, que estas beatificaciones en diferentes lugares, tocan a innumerables personas y que la gente dice: “¡Finalmente es uno de nosotros!” y va a él y vuelve inspirada. El beato pertenece a ellos, y nosotros estamos contentos de que haya muchos. Y si gradualmente también nosotros, con el desarrollo de la sociedad mundial, les conocemos mejor, es hermoso. Pero sobre todo es importante que también en este campo exista la multiplicidad y por eso es importantísimo que también nosotros en Alemania aprendamos a conocer a nuestras propias figuras y a alegrarnos de ellas. Cerca de estas están las canonizaciones de las figuras más grandes, que son de relieve para toda la Iglesia. Yo diría que cada Conferencia episcopal debería elegir, debería ver que es apto para nosotros, que nos transmite realmente algo y deberían volverse visibles estas figuras –no demasiado numerosas- que dejan una profunda impresión. Pueden hacerlo a través de la catequesis, la predicación, quizá se podrían presentar también a través de una película. Puedo imaginarme películas muy hermosas. Yo naturalmente sólo conozco muy bien a los Padres de la Iglesia: una película sobre Agustín, también una sobre Gregorio Nacianceno y su particular figura, su escapar continuo de las responsabilidades cada vez mayores que le venían asignadas etc.… Hay que estudiar: no existen sólo situaciones desagradables entorno a las cuales hablan tantas películas nuestras, sino que hay figuras maravillosas de la historia, que no son para nada aburridas, y que son de gran actualidad. Por último, hay que intentar no cargar demasiado a la gente, y hacer visible para muchos las figuras que son actuales y que nos inspiran.

Pregunta: ¿Historias en las que haya también humor? En 1989 en Munich se le hizo entrega de la condecoración del Kart Valentin Orden. ¿Qué papel juega en la vida de un Papa el humor y la ligereza del ser?.

Benedicto XVI: (ríe) Yo no soy un hombre al que le vengan en mente continuamente chistes. Pero saber ver también el aspecto divertido de la vida y la dimensión feliz y no tomarse todo de forma trágica, esto lo considero muy importante, y diría que es también necesario para mi ministerio. Un escritor dijo que los ángeles pueden volar porque no se toman demasiado en serio. Y nosotros quizá podríamos volar un poco más, sino nos diéramos tanta importancia.

Pregunta: Cuando se tiene un deber tan importante como el suyo, Santo Padre, se viene de forma natural observado. Los demás hablan de usted. Y leyendo, me sorprendió lo que dicen muchos observadores, que el Papa Benedicto es una personalidad diferente del cardenal Ratzinger. ¿Cómo se ve a si mismo?, si me puedo permitir hacerle esta pregunta.

Benedicto XVI: He sido ya seccionado en diferentes ocasiones: como profesor durante un primer periodo y el periodo intermedio, como cardenal primero y en el periodo sucesivo. Ahora llega una nueva división. Naturalmente las circunstancias y las situaciones y también los hombres influyen, ya que se asumen responsabilidades diferentes. Pero –digamos así- mi personalidad fundamental y mi visión fundamental han crecido, pero en todo aquello que es esencial se han quedado idénticas, y yo me alegro de que ahora se pongan de relieve aspectos, que antes nadie notaba.

Pregunta: ¿Se podría decir qué su deber le gusta, qué no es un peso para usted?

Benedicto XVI: Esto sería decir demasiado, porque en realidad es cansado, pero de todas formas intento encontrar la felicidad también en esto.

Conclusión (Bellut – ZDF): También en nombre de mis compañeros le agradezco muy sinceramente esta entrevista, en esta primicia mundial. Estamos orgullosos de su próxima visita a Alemania, en Baviera. ¡Hasta pronto!.


 

Ratzinger, la memoria del pescador

Por IGNACIO RUIZ QUINTANO

El alemán Peter Seewald es la persona que en dos maravillosas conversaciones -«La Sal de la Tierra» y «Dios y el Mundo»- con Joseph Ratzinger más nos ha acercado a la formidable personalidad de «este príncipe de la Iglesia».

Seewald había dejado de pertenecer a la Iglesia hacía tiempo: «Antes, nada más entrar en la casa de Dios, uno se sentaba allí y en seguida se sentía torpedeado por minúsculas partículas cargadas de una fe de siglos. Ahora, en cambio, todo se ha hecho cuestionable y la Tradición queda cada vez más lejana... ¿Cómo tendría que ser, en realidad, la Iglesia y cómo podríamos volver a confiar en ella?». Éste fue, allá por 1996, el asunto de la primera conversación.

Cuatro años después, Seewald y Ratzinger hablaron otra vez, ahora sobre cuestiones más complejas de la fe. «Abandonar la Iglesia, que desde hacía muchos años me parecía vacía y reaccionaria, no es fácil, pero regresar es mucho más difícil aún -anotó entonces Seewald-. Uno no sólo desea creer lo que sabe, sino también saber lo que cree. Montañas de preguntas insolubles obstaculizan el camino... Pero cuando el cardenal Joseph Ratzinger, gran sabio de la Iglesia, se sentó frente a mí y me contó con paciencia el evangelio, la fe cristiana desde la creación del mundo hasta su final, logré vislumbrar cada vez con mayor claridad algo del misterio que proporciona la coherencia más profunda del mundo».

Un gran sabio, Joseph Ratzinger, que hoy es Papa, cuyo verdadero sentido reside en ser «abogado de la memoria cristiana». El Papa, enseña Ratzinger, desarrolla la memoria cristiana y la defiende de las amenazas provenientes de una subjetividad olvidadiza de su fundamento, por una parte, y por la otra, de una presión del conformismo cultural y social.

Nadie ha pensado mejor a Europa que Joseph Ratzinger, el autor católico más leído en los círculos culturales laicos, a quienes en su condición de creyente hace («El cristianismo en la crisis de Europa») una proposición intelectualmente deslumbrante: «La Ilustración procuró entender y definir las normas morales fundamentales desde la afirmación de que tales normas serían válidas «etsi Deus non daretu» aun en el caso de que Dios no existiera... Llevar al extremo nuestro intento de comprender al hombre prescindiendo totalmente de Dios nos conduce cada vez más al borde del abismo, o sea, a prescindir completamente del hombre. Por tanto, tendremos que dar la vuelta al axioma de los ilustrados y afirmar que aun el que no logra encontrar el camino de la libre aceptación de Dios debería tratar de vivir y organizar su vida «veluti si Deus daretur», como si Dios existiera. Que ése es el consejo que da Pascal a su amigo agnóstico: empieza con la locura de la fe, y terminarás en el conocimiento».

Ratzinger, que ha debatido la cuestión en la Universidad de Munich con Habermas, exponente máximo de la visión laicista del Estado, explica cómo la fe cristiana desterró la idea de la teocracia política. Dicho en términos modernos: promovió la laicidad del Estado. En las tentaciones de Jesús lo que está en juego es el rechazo de la teocracia política, la relatividad del Estado, el derecho propio de la razón y la libertad de elección para cada hombre. El Estado laico es resultado de la originaria opción cristiana. Este carácter secular del Estado se opone al laicismo como ideología, que querría edificar un Estado de la pura razón, separado de toda raíz histórica y que, por tanto, no puede reconocer más fundamentos morales que los que son evidentes para toda razón, de modo que al final sólo le queda el criterio positivista del principio mayoritario, del que se sigue la decadencia de un derecho gobernado por la estadística. Si Europa recorre este camino, avisa, no podrá resistir la presión ejercida por las ideologías y las teocracias políticas. No puede existir un estado cuya razón sea abstracta y ahistórica. Y cita a Murt Hübner: «Se podrá evitar el choque con las culturas que hoy nos son hostiles sólo si al final conseguimos refutar la dura acusación de que hemos olvidado a Dios y recuperar plena conciencia de lo profundamente enraizada que está nuestra cultura en el cristianismo».

El cristianismo, insiste Ratzinger, debe recordar continuamente que es la religión del Logos. He ahí su fuerza filosófica, pues el problema está en saber si el mundo proviene del ámbito irracional, de modo que la razón no sería más que un «subproducto» de esa evolución, o si el mundo procede, más bien, de la razón que, en consecuencia, es su criterio y su meta.

Porque una razón nacida del ámbito irracional, y que es en sí misma irracional, no es una solución a nuestros problemas. Por ejemplo: «La cuestión de qué es bien, y de por qué hay que realizarlo incluso en perjuicio propio, es una pregunta fundamental todavía sin respuesta».

Es curioso recordar lo que el «racionalista» New York Times -para Tom Wolfe, periódico católico patrocinado por judíos para chasquear a los protestantes- decía hace exactamente un año: «Ratzinger no tiene ninguna posibilidad de llegar a la cátedra de Pedro».

 

 

 

CONVERSACION DEL CARDENAL JOSEPH RATZINGER CON PETER SEEWALD

Se trata de un fragmento de una larga entrevista que hace referencia a su relación con Juan Pablo II y publicado en el libro:

LA SAL DE LA TIERRA

¿Supo previamente que el Papa venido de Polonia, a quien ya conocía desde hacía tiempo, le llamaría a Roma?

No. Le vi por primera vez en el Sínodo del año 1977, y después nos conocimos un poco más en el Cónclave de 1978; es decir, no hace tanto tiempo que nos conocemos. Me entendí muy bien con él, de forma espontánea; desde el primer momento, pero no se me ocurrió en absoluto que el Papa pudiera pensar en mí para nada.


¿Y esa decisión, fue únicamente de Juan Pablo II?


Supongo que sí, pero nunca se lo he preguntado. También podría ser que hubiera pedido el parecer de otras personas. Pero creo que fue decisión suya, personal.


¿Cree que el hecho de ser alemán fue una ventaja o una desventaja?


Por ahí se suele pensar en el alemán según una imagen muy difundida. Quiero decir con esto, que, cuando mis decisiones no gustan, se atribuyen de inmediato a la conocida tozudez de los alemanes, que son gente algo intolerante, inflexibles; casi todo se atribuye al hecho de que soy alemán. Cuando me inventaron el epíteto Panzerkardinal, era también por alusión a mi nacionalidad. Pero, bueno, nadie utiliza tal alusión con tono hostil, ni tampoco lo destaca. Ahora todo el mundo sabe que no hago mi política particular en privado, y que, sobre todo, me gusta actuar colegialmente; por eso estoy tan convencido de que todo cuanto hago no es sólo expresión personal de mi carácter alemán, sino que más bien procede de un ensamblaje de diversas estructuras de los servicios y oficios propios de la Curia romana.


¿Qué le une más en particular al Papa? ¿Cree tener alguna semejanza de idiosincrasia con él?


Ante todo, su trato humano, tan directo y descomplicado, esa cordial apertura para todo el mundo, que emana de él. También su sentido del humor y, por supuesto, esa piedad suya que vemos todos, sin alardes, porque es fruto de su vida interior. Se nota enseguida que es un hombre de Dios. Es un hombre que no trata de aparentar nada, que es realmente un hombre de Dios, y también, por añadidura, muy original. Tiene en su haber una larga historia, muy digna de reflexión. Todo eso se capta casi de inmediato. El Papa es un hombre que conoce el sufrimiento de cerca. También decidió su vocación después de haberlo meditado mucho. En Polonia tuvo que sufrir primero la invasión alemana y luego la rusa, y después tuvo que vivir bajo un régimen comunista. Él mismo se forjó su propio camino intelectual. Le interesó mucho la filosofía alemana y también se metió de lleno en la historia del pensamiento europeo. Y además, llegó a puntos particularmente fundamentales de la historia de la teología por caminos muy apartados de la vía ordinaria. Su riqueza intelectual y su facilidad para conversar e intercambiar ideas fueron también otros aspectos que, lógicamente, me resultaron especialmente atractivo desde el primer momento.


Ambos eran hombres muy cultos y prudentes, eran jóvenes y muy polémicos. Según un observador, en el fondo los dos eran «dos inteligentes reformadores de personalidad conciliadora, pero cuyo pesimismo les hizo ver el mundo de hoy al borde de una catástrofe universal». ¿Hubo algún entendimiento previo entre los dos, en los fines y objetivos con respecto a la dirección de la Iglesia?


No. En absoluto. El Papa me dijo en una ocasión que tenía intención de llamarme a Roma, y yo le expuse mis inconvenientes; «entonces», me dijo, «lo pensaremos un poco más». Pero después de su atentado, volvimos a vernos y entonces me hizo saber que seguía pensando lo mismo. Y yo volví a ponerle trabas, porque me sentía más atraído por la teología y creía tener cierto derecho a dedicarme a mis propias publicaciones; quería dedicar tiempo a mi propia obra, y no pensaba que eso fuera compatible con ninguna otra obligación. Pero, al parecer, ya había otros que ya lo estaban haciendo compatible antes que yo, así que el Papa me contestó, «no, eso no es un obstáculo, podemos arreglarlo». Eso fue todo, nunca hubo una conversación programática ni nada parecido.


La Congregación para la Doctrina de la Fe no es precisamente una de las instituciones más apreciadas. Nadie puede olvidar que antiguamente era la Santa Inquisición. ¿Qué aspecto nuevo ha deseado impulsar en esta responsabilidad suya?


Yo, antes que nada, quería que las decisiones se tomaran colegialmente en vez de ser individuales, y dar mayor relieve a cada uno de sus órganos separadamente. Además, quería establecer también un diálogo con la teología Y con los teólogos, y, por supuesto, con todos los obispos que -no olvidemos- son nuestros inmediatos interlocutores. Pero no sabría decir hasta qué punto se ha conseguido ya todo esto. De todas formas, a estas alturas ya se ha hecho mucho por reforzar contactos con los obispos. Hemos viajado por los cinco continentes, para hablar directamente con las respectivas Comisiones episcopales para la Doctrina de la Fe y los obispos que las componen, y ahora comenzaremos otro nuevo ciclo de viajes. También se han intensificado las visitas ad limina y hemos ampliado el equipo asesor de teólogos cuanto hemos podido, sobre todo en la Comisión teológico internacional y en la Pontifica comisión bíblica. Estos eran los puntos más destacados que yo quería llevar a cabo y son los que sigo fomentando.


Y saber que podría utilizar su influencia personal, ¿no le ha servido de estímulo para realizar su trabajo?


Esa idea, al principio, más bien me asustaba, porque si lo personal sale fácilmente a la luz, lógicamente tiene que interferir también en el cumplimiento de los encargos. Pero, por otra parte, colaborar y ayudar todo lo posible a la Iglesia en la actual situación, ponerme a su disposición, es algo que siempre me motiva mucho.

Para algunos, el Papa Juan Pablo II es inconcebible sin el Cardenal Ratzinger y, para otros, el Cardenal Ratzinger es inconcebible sin el Papa Juan Pablo II. A los dos se les considera dos teólogos geniales con una misma filosofía. No es fácil distinguir qué ha sido voluntad del Papa y qué idea de Ratzinger usted ha conseguido dar una gran impronta a este Pontificado. Sin este particular binomio Woityla-Ratzinger, la Iglesia de fin del milenio hubiera sido diferente.


Esa es una cuestión sobre la que yo no puedo opinar, Pero sí quisiera dejar constancia de que se sobreestima mi papel. Es cierto que tengo una tarea que cumplir muy importante, que el Papa confía en mí, que los dos hablamos y discutimos -ahora también- sobre algunas cuestiones doctrinales muy relevantes. Es natural que yo tenga algo que decir, o que aportar, a un pronunciamiento doctrinal del Papa, y seguramente eso ha dejado alguna impronta en el Pontificado. Pero, no obstante, el Papa tiene una línea muy clara propiamente suya.

Antes de mi llegada, el Papa ya había comenzado su tríptico -las tres Encíclicas sobre la Redención de la humanidad, sobre el Espíritu Santo y sobre la Misericordia divina-, y a eso hay que añadir todo el sector de la ética social, es decir, las otras Encíclicas que ya se habían publicado sobre la Doctrina social de la iglesia. Esos temas son los que más le preocupan y están muy arraigados en lo profundo de su alma, en su personalidad -tal vez «arraigado» no sea un adjetivo muy dinámico-, pero es lo que él lleva en su interior. Y, además, tenía otras cuestiones importantes para consultar conmigo, pero no sólo conmigo. En todo esto hay unanimidad de criterios. Algún día, la cristiandad -y la humanidad entera- se darán cuenta del enorme bien que les ha ocasionado.


¿Nunca ha habido diferencias entre el Papa y su principal guardián de la fe? ¿No ha tenido que contradecir en nada al Papa, no ha tenido que desobedecerle en nada?


Diferencias, en el sentido estricto de la palabra, no, nunca. Aunque, lógicamente, cuando tenemos que hacer un intercambio de informaciones puede suceder que tengamos que corregirnos mutuamente, «esto es así» o «no es así», etc, o que incluso haya que frenar algo por no tener suficiente información. Y, a veces, también nos gusta discutir la lógica de los asuntos desde puntos de vista diferentes. Pero nunca ha habido una diferencia propiamente dicha entre los dos. Y yo nunca le he desobedecido.


Esas reuniones de trabajo, ¿cómo se llevan a cabo, con qué frecuencia se suelen ver?


Hay un ritmo de trabajo bastante rutinario. El Prefecto de la Congregación, generalmente, tiene audiencia con el Papa los viernes por la tarde. Entonces le entrega los trabajos realizados por la Congregación cardenalicia. Pero, una vez al mes, también puede hacerlo el Secretario y, en otras ocasiones, también puede ocurrir que el Papa, por alguna razón, suspenda la audiencia. Esa es la frecuencia y la forma normal de dar a conocer nuestro trabajo al Papa. Le entregamos las actas y comentamos con él los resultados obtenidos; entonces, el Papa nos da su dictamen.

Pero, aparte de esto, hay reuniones extraordinarias para casos singulares, siempre que el caso lo requiera.

Pablo VI inició la costumbre de reservar el viernes para estos asuntos, y el actual Papa ha seguido esa norma. Al Santo Padre le gusta mucho reunirse una hora u hora y media antes del almuerzo con algún grupo de personas que luego se quedan a almorzar con él. De esa forma, podemos conversar con el Papa de diversos temas, de 12.00 a 15.00 de la tarde. Esto sucede con bastante frecuencia, y ya es casi una rutina normal de trabajo. El círculo de personas que rodea al Papa en estos encuentros es algo mayor. En las audiencias del viernes, el Prefecto despacha a solas con el Papa.

Hay también otras reuniones con él de grupos diferentes -incluso de todos los obispos de un país- con los que el Papa desea conversar y conocer sus experiencias, pero, en esos casos, antes se le ha informado de la posición mantenida por cada uno, para que el Santo Padre esté previamente advertido y pueda charlar y discutir con todos. Es decir, el Papa recibe primero información suficiente y conoce los argumentos de las distintas partes -si son de opinión diferente- para comprender mejor sus litigios y poder llegar a la conclusión más conveniente. Ésta sería la segunda posibilidad -en la escala de importancia de hablar con el Santo Padre; es decir, puedo hablar con el Papa en una audiencia o en una conversación con él, los viernes al mediodía.


¿Podría citarme algún tema de los que tratan?


Hablamos de todo lo que nosotros hayamos recibido y requiera una decisión. Puede ser de la teología de la liberación, o de la cuestión sobre la función de los teólogos en la Iglesia, o de cuestiones de bioética, y de otras muchas cosas. De cualquier tema que sea motivo de estudio para nuestra Congregación.

Cuando tratamos de grandes proyectos, entonces intercambiamos los documentos periódicamente. Si se trata, por ejemplo, de una Encíclica, solemos discutir sobre su mejor enfoque. Entonces se hace una primera propuesta y luego se comenta entre todos. No acometemos los grandes temas en su totalidad, se van estudiando por etapas. De ese modo el Papa conoce las opiniones de todos e interviene cuando le parece conveniente.


¿Y después se interesa por saber en qué ha acabó todo aquello?


Si aún no le hemos informado, sí.


El Papa, como Jefe de Estado, es el último Príncipe absolutista de Europa y, como cabeza de la Iglesia y sucesor de los Apóstoles, es también la última instancia de la fe. El Vaticano se ha quedado muy anticuado. Sólo hay un pequeño círculo de ancianos, que se bastan a sí mismos, muy distanciados de los problemas y necesidades de la comunidad exterior. Serviría para ilustrar esto la referencia popular «con lentitud vaticana» con el que se quiere aludir a una espera que se hace infinita. ¿Qué opina de todo esto, desde su punto de vista de inquilino?


Habría que empezar por decir que el Papa, el Jefe del Estado del Vaticano, teóricamente tiene, en efecto, todos los derechos, pero tácticamente casi nunca ejerce esa función de Jefe de Estado. Es un Estado diminuto, pero que, lógicamente, exige un mínimo de trabajo administrativo; así que hay un gobernador y un gobierno propio del Vaticano. Actualmente están delegadas algunas funciones en determinados colaboradores, para evitar que su forma de gobierno resultara realmente muy pasada de moda.

En cuanto al segundo aspecto de su pregunta, el Papa efectivamente, también es la máxima instancia de los guardianes de la fe, eso es absolutamente cierto. Pero, ni aun así, decide de forma absolutista, al contrario, toma las decisiones después de oír las opiniones de todo el Colegio episcopal. El Vaticano es lento, ciertamente, pero eso se debe a que las instancias se estudian paso a paso, y también, al cuidado y al esmero con que se estudian. Tampoco habría que olvidar que su lentitud también está originada por la escasez de personal, por una parte, y por otra, por el volumen de trabajo que va llegando al mismo tiempo y que, generalmente, no es de proceso rápido. Pero en el gobierno de la Iglesia, esto no me parece una desventaja, porque precisamente la prisa sería totalmente desaconsejable, mientras que la paciencia parece mucho más indicada. Ha habido ocasiones en que las cuestiones se han resuelto solas, simplemente con un poco de tiempo, sin haber llegado a estudiarlas.

El círculo de cardenales está compuesto por gente mayor, o, al menos, no precisamente jóvenes, pero eso es perfectamente natural. Tiene la ventaja de que no suelen precipitarse en las decisiones y de que, además, tienen mucha más experiencia y eso les hace ser más indulgentes, No obstante, también tienen que suplir el elemento de la juventud. Ahora se ha establecido la regla de que cuando se incorpore un nuevo colaborador, deberá tener menos de 35 años, y tampoco puede permanecer eternamente. De ese modo, la media de edad de nuestros colaboradores tendrá otra imagen.

 

    

 


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