Jornada de estudio en el Vaticano para profundizar sobre la actual crisis económica
Viernes, 24 oct (RV).- La Santa Sede exhorta a impulsar la solidaridad y reitera el llamamiento a los gobiernos para que, a pesar de la actual situación de crisis económica, mantengan los compromisos establecidos en lo que se refiere al desarrollo integral de los pueblos. Lo recordaba ayer el presidente del Pontificio Consejo Justicia y Paz, Card. Renato Martino, en los trabajos de la Jornada de estudio organizada por este mismo dicasterio en el Vaticano, para profundizar en la actual crisis económica, el desarrollo y la fiscalidad.
La cita en vista de la Conferencia de las Naciones Unidas - que tendrá lugar en Doha, capital de Qatar, del 29 de noviembre al 2 de diciembre – reunió a un grupo de expertos mundiales. En la primera parte del encuentro, por la mañana, se examinaron las repercusiones de «la actual grave crisis económica y financiera mundial sobre el proceso de desarrollo y sobre las decisiones que tomará al respecto la comunidad internacional en Doha».
La coordinación del encuentro estuvo a cargo del director de la Oficina para la Financiación al Desarrollo del Departamento de Asuntos Económicos y Sociales de Naciones Unidas, Oscar de Rojas, que nos habla de la importancia de que la comunidad internacional se reúna para encontrar soluciones:
La segunda parte de esta Jornada, ayer por la tarde, se centró en el estudio de posibles innovaciones y mejoras de la presión fiscal, para aumentar los recursos financieros nacionales e internacionales que se proponen dedicar al desarrollo:
Benedicto XVI aprecia el esfuerzo de los pastores de la Iglesia de Nicaragua en compartir las vicisitudes de su pueblo creando “un clima de diálogo, defendiendo sus derechos y el bien común”
Sábado, 6 sep (RV).- También esta mañana, Benedicto XVI ha recibido a los miembros de la Conferencia Episcopal de Nicaragua al final de su visita ad limina apostolorum, durante la cual han expresado sus desvelos apostólicos y los anhelos e inquietudes del pueblo nicaragüense. En su discurso el Papa ha empezado hablando de “la valiosa ayuda” de los Catequistas y Delegados de la Palabra, que son un cauce a través del cual el don de la fe crece en los niños e ilumina las diversas etapas de la vida en lugares recónditos donde es prácticamente imposible la presencia estable de un sacerdote.
“Mucho debe la Iglesia a estas personas que presentan la Buena Noticia y la doctrina cristiana con espíritu fraterno, cara a cara, día a día y de viva voz”, ha dicho el Papa. Por eso es imprescindible que estos generosos servidores y colaboradores en la misión evangelizadora de la Iglesia reciban el aliento de sus Pastores.
El Pontífice también se ha hecho eco de la necesidad de clero bien preparado espiritual, intelectual y humanamente, que ha llevado a los obispos nicaragüenses a revisar el planteamiento de los seminarios, esperando poder ofrecer así una mejor formación a los seminaristas, “sin ceder en el cuidadoso discernimiento de los candidatos, ni en las rigurosas exigencias necesarias para llegar a ser sacerdotes ejemplares”. El Santo Padre ha indicado que es de esperar que mejore también la debida asistencia religiosa en los hospitales, centros penitenciarios y otras instituciones.
También la religiosidad popular, tan arraigada en el pueblo de Nicaragua es una gran riqueza, para Benedicto XVI, que ha dicho que “ha de ser algo más que una simple tradición recibida pasivamente, revitalizándola continuamente mediante una acción pastoral que haga brillar la hondura de los gestos y los signos, iluminando la mente, colmando el corazón y comprometiendo la vida”.
Para el Santo Padre uno de los grandes retos a los que se enfrentan los obispos nicaragüenses es precisamente la sólida formación religiosa de sus propios fieles. Y esto es particularmente importante en una situación en que a la pobreza y a la emigración se suman acusadas desigualdades sociales y una radicalización política, especialmente en los últimos años.
Benedicto XVI se ha dicho satisfecho al observar el esfuerzo que realizan los obispos en crear un clima de diálogo y distensión, sin renunciar a defender los derechos fundamentales del hombre y denunciar las situaciones de injusticia y a fomentar una concepción de la política que, más que ambición por el poder y el control, sea un servicio generoso y humilde al bien común. “Os aliento en este camino, exhortándoos al mismo tiempo a promover y acompañar tantas iniciativas de caridad y solidaridad con los más necesitados” ha añadido el Santo Padre.
En este, como en otros muchos campos, no se ha de olvidar el dinamismo, la entrega y creatividad de los religiosos y religiosas, un tesoro para la vida eclesial en Nicaragua. “Que no les falte -ha subrayado el Papa- el reconocimiento de los Pastores ni el aliento para permanecer fieles a su propio carisma y misión específica en la Iglesia”.
Para finalizar una mención especial la ha dedicado el Papa a las instituciones educativas, en particular las escuelas católicas a las que acude la mayor parte del alumnado nicaragüense, cumpliendo así, en medio de grandes dificultades y falta de la debida ayuda, una misión esencial de la Iglesia y un inestimable servicio a la sociedad. El Papa ha exhorta, a los pastores a que animen a los educadores y preserven los derechos que tienen los padres de formar a sus hijos según sus propias convicciones y creencias.
Durante la Audiencia General Benedicto XVI recuerda que la santidad no es un lujo de pocos, sino la vocación de todo cristiano, y expresa su solidaridad para con las víctimas del mal tiempo en Polonia
Miércoles, 20 ago (RV).- Benedicto XVI ha invitado, durante la Audiencia General de hoy, a profundizar, durante el periodo de vacaciones, en el conocimiento de los Santos que cada día la Iglesia propone a la atención de los creyentes. Ante más de 4.000 fieles congregados en el patio del palacio Apostólico de Castelgandolfo, el Santo Padre ha celebrado la tradicional Audiencia General de los miércoles expresando además, solidaridad a la nación polaca, afectada en días pasados por una grave ola de mal tiempo que ha causado numerosas víctimas y graves daños.
Hablando sobre los Santos, el Papa ha recordado que éstos son una “viva interpretación” de las palabras de Jesús, y de este modo ha invitado a “cultivar” su conocimiento, porque los Santos son “la vivencia misma del Evangelio”.
“Su experiencia humana y espiritual muestra que la santidad no es un lujo, no es un privilegio de pocos, sino el destino común de todos los hombres llamados a ser hijos de Dios, la vocación universal de todos los bautizados. La santidad se ofrece a todos, aunque si todos los santos son diferentes, y no es necesariamente un gran santo quien posee carismas extraordinarios. De hecho, hay muchísimo cuyos nombres sólo conoce Dios, porque en la tierra han llevado una existencia aparentemente normal”.
Los Santos recordados de forma breve durante la Audiencia General de hoy han sido los que la Iglesia ha conmemorado estos días: san Juan Eudes –devoto de los corazones de Jesús y María-; san Bernardo di Claraval –gran defensor de la fe y gran doctor de la Iglesia-; santa Rosa de Lima -la primera canonizada en Sudamérica-; y san Pío X, de quien el Papa ha evocado las palabras pronunciadas por el Siervo de Dios Juan Pablo II en 1985: “Ha luchado y sufrido por la libertad de la Iglesia, y por esta libertad se ha revelado preparado a sacrificar privilegios y honores, y afrontar incomprensiones y burlas, en cuanto valoraba esta libertad como garantía última para la integridad y la coherencia de la fe”.
Benedicto XVI ha concluido la Audiencia General con saludos en seis idiomas, en particular, dirigiéndose a los peregrinos polacos, ha expresado su cercanía a las víctimas de la tempestad y de los huracanes que se han producido en estos últimos días en ese país. “A cuantos han sufrido un daño quiero asegurarles mi cercanía espiritual y el recuerdo en mi oración”, ha finalizado el Papa saludando acto seguido en español: “Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los sacerdotes de Toledo y de otras diócesis de España, que constituyen la Fraternidad sacerdotal en el Corazón de Cristo. Os encomiendo en mi oración, para que continuéis aspirando cotidianamente a la santidad, ejerciendo vuestro ministerio con alegría, sencillez de corazón y fidelidad al Evangelio y a la Iglesia. La conducta ejemplar de un sacerdote y el testimonio de su amor a Dios y a los hermanos son fuente de gracias incesantes para el pueblo de Dios y una invitación constante para que otros respondan con generosidad a la llamada del Señor. Os bendigo a todos con afecto”.
Como siempre antes de finalizar la Audiencia el Papa se ha dirigido a los jóvenes a los enfermos y a los recién casados. Invito a todos, les ha dicho Benedicto XVI, a dedicar cada vez más tiempo a la formación cristiana, para ser fieles discípulos de Cristo, camino, verdad y vida.
Defensa y promoción de todos los derechos humanos sin excepción
Intervención vaticana ante el Consejo de Derechos Humanos
GINEBRA, sábado, 21 junio 2008 (ZENIT.org).- Publicamos la intervención que pronunció el arzobispo Silvano M. Tomasi, observador permanente de la Santa Sede ante las oficinas de las Naciones Unidas en Ginebra, durante la octava sesión del Consejo de Derechos Humanos, el 4 de junio de 2008.
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En la lucha contra la pobreza, en especial la pobreza extrema, la comunidad internacional se ha puesto objetivos específicos como los Objetivos de Desarrollo del Milenio, que son una importante ruta que llevará a un desarrollo más universal. Los diversos "instrumentos pertinentes de las Naciones Unidas y de sus organismos especializados relativos al desarrollo integral del ser humano y al progreso y desarrollo económicos y sociales de todos los pueblos" (Declaración sobre el Derecho al Desarrollo, Res. 41/128, de 4 de diciembre de 1986) mantienen, de hecho, una cultura de justicia y solidaridad global.
El Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales (ICESCR) sirve de importante marco para el logro de estos objetivos. Los pasos que se han dado para aumentar su eficacia a través de nuevos mecanismos son un signo de la permanente determinación de buscar la implementación de todos los derechos humanos de forma equilibrada.
El valor universal de la dignidad humana requiere la promoción y la protección de todos los derechos humanos sin distinción de ninguna clase. El nuevo Protocolo Opcional del ICESCR, por tanto, representa un paso positivo hacia un orden social e internacional justo.
Históricamente, los derechos económicos, sociales y culturales se consideraban demasiado vagos para ser objeto de la justicia y base de un procedimiento de queja individual. De alguna forma eran vistos como derechos humanos de segunda clase. Ahora, el texto presentado en la 8ª Sesión del Consejo de Derechos Humanos es un buen compromiso. El nuevo Protocolo Opcional, a través de su sistema de Investigación y Comunicación, da la posibilidad a los individuos y a los grupos de buscar justicia por las violaciones, y refuerza los mecanismos existentes para un control eficaz de la actividad de los estados.
La experiencia de otros cuerpos del Tratado muestra que estos procedimientos pueden ayudar a aclarar y a implementar el contenido normativo de un precepto particular; a llevar a los sistemas de control una visión legal más centrada y ordenada; a concentrarse en una violación concreta de los derechos humanos, teniendo en mente que es necesaria una coherencia que evite su fragmentación.
Aunque pueden surgir diversas posturas ante los derechos humanos, a la luz de "la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana" (Declaración Universal de los Derechos Humanos, Preámbulo, 1), es posible llegar a un acuerdo justo. De este modo, las diferencias deberían abrirse camino a un reconocimiento, promoción y protección más dinámicas de los derechos humanos y no sofocar su implementación universal. En conexión con esto, existe la necesidad de adoptar una postura comprehensiva y holística bajo la cual se ampararan todos los derechos humanos y no se permitieran reservas.
Señor Presidente,
El nuevo Protocolo completará un vacío en el sistema internacional de derechos humanos. No obstante, nuestra labor no estará terminada hasta que cada persona goce del derecho "un nivel de vida adecuado que le asegure, así como a su familia, la salud y el bienestar" (Declaración Universal de los Derechos Humanos, artículo 25).
Gracias, Señor Presidente.
[Traducción del original inglés realizada por Justo Amado]
Cultura y Humanismo: El premio de la Fundación católica Path to Pace entregado al presidente de El Salvador
Miércoles, 11 jun (RV).- El prestigioso premio que la Fundación Path to Peace (Sendero para la Paz) concede anualmente le fue entregado ayer en Nueva York al mandatario salvadoreño Elías Antonio Saca González. Cada año esta fundación, -instituida en 1991 y presidida por el arzobispo Celestino Migliore, nuncio apostólico y Observador Permanente de la Santa Sede ante la ONU-, otorga este premio en reconocimiento a un relevante liderazgo personal en la comunidad internacional.
Según se lee en el acta de concesión del galardón, El Salvador responde, entre otros motivos, al "haber diseñado un mapa de la pobreza que identifica las zonas de extrema miseria para poder trabajar así en su erradicación" y a "su colaboración en el Acuerdo para el Proceso de Paz".
De hecho, Elías Antonio Saca González fue nombrado presidente de la república de El Salvador en 2004 y una de sus primeras medidas fue, explica el comunicado, "nombrar un responsable para el gobierno democrático que, a su vez, creó un grupo donde estaban incluidos representantes de todos los partidos políticos para resolver asuntos de interés nacional".
Este prestigioso galardón lo han ganado personalidades como: Sheika Haya Rashed Al Califa, presidenta de la 65º Asamblea General de Naciones Unidas, ganadora del premio del pasado año; la Gran Duquesa de Luxemburgo Maria Teresa, en 2006; Kofi Annan en 2000; Corazón Aquino en 1995, o Boutros Ghali en 1993, entre otras personalidades internacionales.
En esta ocasión, el premio a Elías Antonio Saca González, manifiesta el reconocimiento al compromiso adquirido por el gobernante salvadoreño desde el día de su nombramiento. De hecho, en el discurso de apertura de su gobierno, Saca manifestó su voluntad de dar mayor atención a los temas sociales. El gobierno de Saca implementó un plan denominado "Red Solidaria" para otorgar un subsidio a las familias que viven en situación de extrema pobreza severa en los municipios menos desarrollados del país. Asimismo, Saca impulsó una Reforma Fiscal con la que se buscó suavizar un poco la grave crisis fiscal que vive el país. Algunos economistas califican la situación salvadoreña como muy cercana a la vivida por Argentina a finales de los 90 con niveles de endeudamiento del 50%.
El Presidente de El Salvador fue recibido en lunes en la sede de la Nunciatura Apostólica de Nueva York por el representante de Su Santidad Benedicto VXI ante las Naciones Unidas, Monseñor Celestino Migliori, y otros miembros de la Fundación Path to Peace, que ayer martes hicieron entrega el Premio ‘Sendero hacia la paz’ en la sede de la ONU.
El representante del Papa y también Presidente de la referida fundación, dijo al Presidente Saca que el premio es en reconocimiento a su liderazgo por la búsqueda y mantenimiento de las condiciones que hacen florecer una paz social duradera entre los salvadoreños. Asimismo reconoció los programas sociales como Red Solidaria y los esfuerzos que se realizan desde la oficina de Gobernabilidad Democrática, creada por el Presidente Saca, que generan oportunidades de desarrollo y convivencia pacífica entre las familias salvadoreñas.
El Presidente agradeció al Nuncio por el premio y dijo que lo considera un reconocimiento al trabajo de todo un pueblo que se esforzó no solo por encontrar el fin de la guerra, sino el mantenimiento de las condiciones de convivencia y desarrollo.
El Nuncio Migliore ofreció un almuerzo de bienvenida al gobernante salvadoreño y a los miembros de su comitiva, integrada entre otros por la canciller, Marisol Argueta, los Secretarios Privado y de Comunicaciones, Elmer Charlaix y Julio Rank, respectivamente, así como por los firmantes de los acuerdos de paz, Salvador Samayoa y Oscar Santamaría
El Papa inaugura el Encuentro eclesial: “Jesús ha resucitado. Educar a la esperanza y a la oración”
Domingo, 8 jun (RV).- También este año, el Papa inaugurará, en la Catedral de Roma, el Encuentro eclesial de su diócesis. La cita es para mañana, a las siete y media de la tarde. El tema elegido es “Jesús ha resucitado. Educar a la esperanza y a la oración”.
Hay una gran expectativa ante este encuentro, que terminará el próximo jueves, como ha señalado el cardenal Vicario del Papa, Camillo Ruini. Ya se han inscrito más de cuatro mil participantes -sacerdotes, diáconos, religiosos y religiosas, fieles laicos, miembros de institutos seculares, movimientos y comunidades– todos ellos muy activos en el compromiso pastoral romano.
El Card. Ruini ha subrayado que el mensaje que se propone el tema de este año es el de “seguir impulsando el compromiso dedicado a la educación”. Teniendo también como telón de fondo la emergencia educativa, señalada en la Carta que Benedicto XVI ha dirigido a toda la ciudad de Roma; haciendo hincapié, de forma especial, en la esperanza y siguiendo la exhortación de su Encíclica Spe Salvi. Es decir - como alienta el Santo Padre – “educar a la esperanza cristiana”.
Cardenal Martino: "Que las diferencias religiosas no impidan el diálogo"
Intervención del purpurado en la Universidad Politécnica de las Marcas
ANCONA, jueves, 22 mayo 2008 (ZENIT.org).- Las diferencias culturales y religiosas, sociales, económicas y políticas no deben constituir un obstáculo al diálogo o a la colaboración, afirmó el cardenal Renato Raffaele Martino este miércoles en Ancona, Italia.
Dirigiéndose a los profesores y estudiantes de la Universidad Politécnica de las Marcas, el purpurado, presidente del Consejo Pontificio Justicia y Paz, recordó que “la Iglesia reconoce en todas las culturas semillas de verdad y valores auténticamente humanos y humanizadores, y por tanto aprecia y favorece con todos sus medios un diálogo fructífero con ellas para servir mejor al bien integral de todos los hombres”.
“Para la Iglesia –informa una nota del dicasterio vaticano enviada a Zenit- esto constituye un deber y un desafío a los que no puede renunciar”.
Del mismo modo, añade, espera que “se realice un diálogo entre los diversos grupos sociales, especialmente cuando hay divergencias que recomponer”.
Por este motivo, el cardenal Martino subrayó que “el diálogo debe favorecer la dignidad integral de la persona humana y que la vida social es un campo especialmente propicio para instituir tal diálogo, sobre todo cuando los desafíos que tenemos delante se manifiestan con el rostro terrorífico de la violencia terrorista”.
Esto no es sin embargo suficiente: del diálogo se debe pasar a la cooperación, “el instrumento del que disponen las relaciones internacionales para garantizar una comprensión solidaria y concreta unidad de acción entre los estados, las organizaciones interestatales y los entes no gubernamentales”.
Para lograr este resultado, constata el purpurado, es necesario salvar la brecha provocada por los diversos grados de desarrollo, tanto a nivel económico como a nivel de la fuerza política y de la capacidad de los estados de participar en las relaciones internacionales como protagonistas.
El cardenal Martino, recuerda el comunicado, ha insistido también en el hecho de que “la colaboración en el desarrollo de todo el hombre y de cada hombre es un deber de todos y se debe realizar en todas partes del mundo, en caso contrario no puede darse sino a costa de las otras”.
Por tanto, hay que “concebirla en sentido íntegramente humano, es decir no limitarse a los contenidos económicos sino abarcar también la dimensión espiritual, con respeto de todos los derechos fundamentales de la persona y entre estos, en especial, los inherentes a la conciencia humana”.
La cooperación internacional, pensada como “semilla de paz”, para el purpurado “no se puede reducir a la ayuda y a la asistencia, incluso mirando a las ventajas de retorno de los recursos puestos a disposición”.
Por el contrario, concluye el texto, “debe expresar un compromiso concreto y tangible de solidaridad, tal que haga a los pobres protagonistas de su desarrollo y permita al mayor número de personas expresar, en las concretas circunstancias en las que viven, la creatividad propia del ser humano, de la que depende la verdadera riqueza de las naciones”.
Traducido del italiano por Nieves San Martín
Ver los movimientos como «don providencial»: invitación a obispos del mundo
Recuerda del cardenal Rylko, presidente del Pontificio Consejo para los Laicos
ROCCA DI PAPA, jueves, 15 mayo 2008 (ZENIT.org).- El presidente del Pontificio Consejo para los Laicos llama a los obispos del mundo a contemplar los movimientos eclesiales y nuevas comunidades no como un «problema», sino como «un don providencial» que Iglesia debe recibir con gratitud y responsabilidad.
Así ha abierto este jueves el cardenal Stanislaw Rylko el Seminario de Estudio -en la localidad romana de Rocca di Papa- en el que, convocados por el dicasterio (v. www.zenit.org/article-27280?l=spanish ), un centenar de prelados de más de cincuenta países de los cinco continentes profundizan sobre el significado teológico-eclesial y pastoral del fenómeno de los movimientos eclesiales, así como en su deber de pastores ante los mismos.
Clave de estas jornadas es la invocación comunitaria al Espíritu Santo para «conocer y comprender mejor el proyecto de Dios en estos nuevos carismas, discernir correctamente el carácter genuino y el uso ordenado en el seno de las comunidades cristianas, acogerlos con confianza y gratitud en el tejido de las Iglesias encomendadas a nuestra atención pastoral» y brindar el acompañamiento «en su misión con auténtico sentido de paternidad espiritual», explica el cardenal Rylko.
La exhortación de Benedicto XVI (en 2006, a un grupo de obispos), «Os pido que salgáis al encuentro de los movimientos con mucho amor», es la guía del Seminario, apoyado en el magisterio de los dos últimos pontífices sobre las nuevas realidades eclesiales -que siempre han contemplado con confianza--, «uno de los frutos más significativos del Concilio Vaticano II», apunta el purpurado.
Y es que, «una vez más --añade--, el Espíritu Santo intervino en la historia, donando a la Iglesia carismas portadores de un extraordinario dinamismo misionero y respondiendo tan oportunamente a los dramáticos desafíos de nuestra época», entre los que subrayaba el Papa Karol Wojtyla el dominio «de una cultura secularizada que fomenta y reclama modelos de vida sin Dios».
«Es innegable» -continúa el cardenal Rylko- que «movimientos y nuevas comunidades se han convertido para millones de bautizados, en todo rincón del planeta, en verdaderos "laboratorios de la fe", auténticas escuelas de santidad y de misión»; con todo, «representan un recurso que aún no se conoce o valora plenamente».
«Los movimientos lanzan el desafío de una Iglesia misionera, valientemente proyectada a nuevas fronteras», «y en nuestros días la Iglesia tienen gran necesidad de abrirse a esta novedad generada por el Espíritu Santo»; «de estas "cosas nuevas" deberían ser los pastores los primeros en percatarse», «pero sabemos que no siempre es así», lamenta el cardenal Rylko.
Y exhorta: «Los pastores -y esto hay que subrayarlo con fuerza- no deben contemplar los movimientos y nuevas comunidades como un "problema" más del que se tienen que ocupar, sino más bien como un "don providencial" que la Iglesia debe recibir con gratitud y sentido de responsabilidad, para no desperdiciar el recurso que representan».
Puntos de discernimiento
Tal don comporta deberes para los laicos y para los obispos, subraya el cardenal Stanislaw Rylko en su intervención introductiva; de hecho, el propio Juan Pablo II «insistía mucho en el hecho de que estas nuevas realidades están llamadas a insertarse en las diócesis y en las parroquias "con humildad"», «al servicio de la misión de la Iglesia y evitando todo tipo de exclusivismo y de absolutización de sus propias experiencias» o «actitud de superioridad unas respecto a otras».
Pero el desaparecido pontífice «también pedía a los Pastores -obispos y párrocos- que las acogieran "con cordialidad" y con paterna solicitud».
El deber de discernimiento de estos carismas compete a los pastores de la Iglesia, y a ello ayudan «cinco "criterios de eclesialidad"» que formuló Juan Pablo II y recuerda el cardenal Rylko al centenar de obispos: «Que se dé primacía, en el seno de cualquier agregación de fieles laicos, a la vocación a la santidad; la obediencia al magisterio de la Iglesia; el testimonio de una comunión sólida y convencida con los obispos y con el Sucesor de Pedro; la evangelización; la presencia incisiva en la sociedad como levadura evangélica».
Asimismo, como recuerda el purpurado, el Papa Karol Wojtyla, respecto a la identidad eclesial de los movimientos, subrayaba que «en la Iglesia no existe contraste y contraposición entre la dimensión institucional y la dimensión carismática, de la que los movimientos son una expresión significativa».
Ambas «son co-esenciales a la constitución divina de la Iglesia fundada por Jesucristo --añadía--, porque concurren a hacer presente el misterio de Cristo y su obra salvífica en el mundo».
Estando al frente de la Congregación vaticana para la Doctrina de la Fe, el cardenal Joseph Ratzinger también brindó puntos para el discernimiento y la inserción de estas nuevas realidades en el tejido de las Iglesias particulares: «La integración --decía-- jamás puede significar homologación porque la comunión eclesial no es uniformidad absoluta, sino unidad en la diversidad».
«Como pontífice [Joseph Ratzinger] sigue insistiendo en la importancia del criterio de la docilidad a la acción del Espíritu en el seno de la comunión eclesial», señala; también constata el Papa en los movimientos su fuerza en testimoniar la belleza de ser cristianos.
Sobre la relación «Iglesia/movimientos», el actual pontífice ha expresado la prioridad de la regla paulina: «no apaguéis los carismas», y como segunda regla: «la Iglesia es una», y sintetiza ambas directrices en las palabras «gratitud, paciencia y aceptación también de los sufrimientos que son inevitables», cita el cardenal Rylko.
E insiste: «El Papa Benedicto XVI pide a los obispos abiertamente "salir al encuentro de los movimientos con mucho amor". Aquí y allí [estos] deben ser corregidos, introducidos en el conjunto de la parroquia o de la diócesis. Pero debemos respetar el carácter específico de sus carismas y estar alegres de que nazcan formas comunitarias de fe en donde la Palabra de Dios se hace vida"».
Más que simple acogida
Siguiendo el magisterio de Benedicto XVI --explica el cardenal Rylko--, es necesario un acompañamiento paterno de los nuevos carismas por parte del obispo que los acoge en el seno de la propia Iglesia particular.
«No basta con acoger un movimiento; es necesario seguirlo con la debida solicitud pastoral», una tarea -recalca el purpurado- que implica esfuerzo y «conocimiento adecuado de las realidades singulares presentes y activas en la diócesis», «diálogo paciente» y respeto de sus carismas específicos.
En esta tarea de acompañamiento también se cuenta con el Pontificio Consejo para los Laicos, «casa común -describe su presidente- de los movimientos eclesiales y de las nuevas comunidades, y expresión directa, respecto a estos, de la paternidad del Sucesor de Pedro».
Estos puntos sobresalientes del magisterio de los dos últimos pontífices -en perfecta continuidad-- permiten comprender «la importancia del fenómeno de los movimientos eclesiales», si bien siguen requiriendo profundización.
«Pero es indudable que el rostro de la Iglesia del tercer milenio dependerá de nuestra capacidad de escuchar lo que el Espíritu Santo dice hoy a la Iglesia, también mediante estos nuevos carismas --admite el cardenal Rylko ante los prelados--. Dependerá de nuestra capacidad de dejarnos sorprender por el Espíritu Santo y de la prudencia pastoral de saber acoger los dones "con amor"».
Benedicto XVI recibirá a los participantes del Seminario el próximo sábado.
Por Marta Lago
El cardenal Bertone, promovido al orden cardenalicio de los obispos
CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 11 mayo 2008 (ZENIT.org).- Benedicto XVI ha promovido al orden de los obispos del colegio de los cardenales al cardenal Tarcisio Bertone, secretario de Estado, asignándole la iglesia suburbicaria de Frascati, según informó esta sábado la Oficina de Información de la Santa Sede.
El cardenal Bertone es secretario de Estado del Papa desde septiembre de 2006 y juró como cardenal camarlengo (el purpurado que atiende asuntos de la Iglesia entre la muerte de un Papa y la elección del sucesor) en julio de 2007.
La sede de Frascati estaba vacante tras el fallecimiento del cardenal colombiano Alfonso López Trujillo, el pasado 19 de abril.
El cardenal Bertone, religioso salesiano, nacido en 1934 fue de 1995 a 2002 secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe, cuyo prefecto era el entonces cardenal Joseph Ratzinger y entre 2002 y 2006 arzobispo de Génova.
Los cardenales, surgidos de los presbíteros de los 25 títulos o iglesias cuasiparroquiales de Roma, de los 7 (luego 14) diáconos regionales y 6 diáconos palatinos y de los 7 (en el siglo XII, 6) obispos suburbicarios, fueron consejeros y colaboradores del Papa.
A partir del año 1150 formaron el colegio cardenalicio con un decano, que es el obispo de Ostia, y un camarlengo en calidad de administrador de los bienes. Desde el año 1059 son electores exclusivos del Papa. En el siglo XII se comenzaron a nombrar cardenales también a los prelados que residían fuera de Roma.
Desde el siglo XII, preceden a los obispos y arzobispos; desde el siglo XV también a los patriarcas (Bula Non mediocri de Eugenio IV, año 1439); y, aun siendo simples sacerdotes, tienen voto en los concilios.
El número de los cardenales, en los siglos XIII-XV, ordinariamente no superior a 30, fue fijado por Sixto V en 70: 6 cardenales obispos, 50 cardenales presbíteros, 14 cardenales diáconos (constitución Postquam verus, del 3 de diciembre de 1586).
En el consistorio secreto del 15 de diciembre de 1958, Juan XXIII derogó el número de cardenales establecido por Sixto V y confirmado por el Código de Derecho Canónico de 1917 (can. 231). También Juan XXIII, con el motu proprio Cum gravissima, del 15 de abril de 1962, estableció que todos los cardenales fueran honrados con la dignidad episcopal.
Pablo VI, con el motu proprio Ad Purpuratorum Patrum, del 11 de febrero de 1965, determinó el lugar de los patriarcas orientales en el colegio cardenalicio.
El mismo pontífice, con el motu proprio Ingravescentem aetatem, del 21 de noviembre de 1970, dispuso que con el cumplimiento de los 80 años de edad los Cardenales: a) cesan de ser miembros de los dicasterios de la Curia Romana y de todos los organismos permanente de la Santa Sede y del Estado de la Ciudad del Vaticano; b) pierden el derecho de elegir al romano pontífice y, por ende, también el derecho de entrar en cónclave.
En el consistorio secreto del 5 de noviembre de 1973 el mismo Pablo VI estableció que el número máximo de cardenales que tienen la facultad de elegir al romano pontífice se fijara en 120.
Los cardenales pertenecen a las distintas congregaciones romanas: se les considera príncipes de la sangre, con el título de eminencia; los que residan en Roma, incluso fuera de la Ciudad del Vaticano, son ciudadanos de la misma para todos los efectos (Tratado Lateranense, art. 21).
La Orquesta Filarmónica China ofrecerá un concierto al Papa
Interpretará el «Réquiem» de Mozart en el Vaticano
CIUDAD DEL VATICANO, martes, 29 abril 2008 (ZENIT.org).- Como prueba de que el lenguaje de la música es capaz de tender puentes de diálogo entre pueblos y culturas, la Orquesta Filarmónica China y el Coro de la Shanghai Opera House interpretarán en honor y la presencia de Benedicto XVI el Réquiem de Wolfgang Amadeus Mozart.
El concierto tendrá lugar el 7 de mayo a las 18.00 horas, en el Aula Pablo VI del Vaticano.
«Con esta interpretación en el Vaticano de una gran obra clásica de la música europea de inspiración religiosa, la música se confirma lenguaje y medio precioso de diálogo entre los pueblos y las culturas», explica el diario, «L'Osservatore Romano», al informar sobre la noticia.
La Filarmónica China de Pekín, que visita Europa para ofrecer una serie de conciertos, es la orquesta sinfónica más famosa de ese país.
Fundada en el año 2000, a partir de la China Broadcasting Symphony Orchestra, está dirigida por Long Yu. Es consultora de la orquesta Deng Rong, la hija del líder chino Deng Xiaoping (1904-1997).
Mensaje del presidente del Pontificio Consejo para el Diálogo interreligioso a las comunidades budistas en la fiesta Vesakh 2008
Martes, 29 abr (RV).- El presidente del Pontificio Consejo para el Diálogo interreligioso, cardenal Jean-Louis Tauran ha enviado un mensaje de felicitación a las comunidades budistas en ocasión de la fiesta Vesakh 2008. En el texto se pone en evidencia las buenas relaciones existentes entre católicos y budistas, que “sirven de base para reforzar y profundizar en la recíproca comprensión y continuar a trabajar juntos para construir un mundo mejor”.
“La experiencia nos enseña -subraya el cardenal Tauran- que el diálogo promueve el deseo de compartir la simpatía y la armonía que ya existen, y nos acercan cada vez más a los otros, dispuestos juntos a afrontar los desafíos y las dificultades que puedan surgir”.
El purpurado ha recordado el mensaje de Benedicto XVI para la Jornada Mundial de la paz 2008, cuando observa que “para la familia humana la casa es el planeta tierra: el ambiente que Dios Creador nos ha dado para que lo habitemos con responsabilidad”. “Tenemos que cuidar el ambiente que ha sido confiado al hombre, para que lo custodie y cultive con libertad responsable”.
La Asamblea General de Naciones Unidas ha declarado 2008 Año Internacional del planeta Tierra. “En cuanto habitantes de la tierra y creyentes, cristianos y budistas -señala el cardenal Tauran- hemos de respetar la creación y el ambiente que compartimos. “La tutela del ambiente, la promoción del desarrollo sostenible y una particular atención a los cambios climáticos son materia de grave preocupación para todos”.
El presidente del Pontificio Consejo para el Diálogo interreligioso afirma que muchos gobiernos, ONG, compañías multinacionales e institutos de investigación, reconociendo las implicaciones éticas en todo el desarrollo económico y social, están invirtiendo recursos financieros en el campo de la biodiversidad, del cambio climático y en la tutela y conservación del ambiente”. Y observa el cardenal que también los líderes religiosos ofrecen su contribución.
“El cristianismo y el budismo han promovido siempre un gran respeto por la naturaleza y han enseñado que debemos ser gratos administradores de la tierra”. De hecho sólo a través de una profunda reflexión entre Creador divino, creación y criaturas los esfuerzos realizados para responder a las preocupaciones ambientales no se verán comprometidos por la codicia o interrumpidos por los intereses particulares”.
El reciclaje, el ahorro energético, la prevención de la destrucción indiscriminada de plantas y de animales, y la protección del agua, todo lleva a una más atenta administración y a promover cordiales relaciones entre los pueblos. De este modo, cristianos y budistas juntos pueden ser portadores de esperanza para un mundo limpio, seguro y armonioso.
Benedicto XVI bautiza en la Vigilia de Pascua a un famoso convertido del islam
Magdi Allam ha encontrado en el catolicismo «la certezza della verità»
CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 23 marzo 2008 (ZENIT.org).- Benedicto XVI bautizó en la Vigilia de la Noche a siete personas, cinco mujeres y dos hombres de diferentes países, entre los que se encontraba el famoso periodista de origen egipcio Magdi Allam, convertido del islam.
«Siempre hemos de ser "convertidos", dirigir toda la vida a Dios. Y siempre tenemos que dejar que nuestro corazón sea sustraído de la fuerza de gravedad, que lo atrae hacia abajo, y levantarlo interiormente hacia lo alto: en la verdad y el amor», dijo el Papa en la homilía dirigiéndose a todo bautizado.
La Vigilia, el momento más importante del año litúrgico, en la que se revive la resurrección de Jesús, comenzó en el atrio de la Basílica de San Pedro con la sugerente bendición del fuego y la iluminación del cirio pascual.
Como es tradición, en esta noche el Papa administró el Bautismo y los otros dos sacramentos de la iniciación cristiana (Confirmación y Comunión) a adultos de diferentes nacionalidades y condición, que han realizado el necesario camino de preparación espiritual y catequística, que en la tradición cristiana se llama «catecumenado».
Las siete personas que en esta ocasión han recibido el Bautismo proceden de Italia, Camerún, China, Estados Unidos, y Perú.
Magdi Allam, subdirector de «Il Corriere della Sera», el diario de mayor tirada en Italia, de 55 años, quien vive en Italia desde hace 35, recibe protección policial desde hace un lustro por las amenazas recibidas a causa de sus críticas al islamismo radical violento.
Explicando los motivos que han llevado al Papa a administrar en esta ocasión el bautismo al periodista, el padre Federico Lombardi S.I., director de la Oficina de Información de la Santa Sede, ha aclarado que «para la Iglesia católica toda persona que recibe el Bautismo, tras una profunda búsqueda personal, una decisión plenamente libre y una adecuada preparación, tiene el derecho a recibirlo».
«El Santo Padre administra el Bautismo en el curso de la liturgia pascual a los catecúmenos que le han sido presentados, sin hacer "acepción de personas", es decir, considerándolos a todos igualmente importantes ante el amor de Dios y bienvenidos en la comunidad de la Iglesia», añade el portavoz vaticano.
En una carta escrita este domingo en «Il Corriere della Sera», Allam, que como bautizado ha tomado el nombre de «Cristiano», explica que en su conversión han desempeñado un papel decisivo los testimonios de católicos que «poco a poco se han convertido en un punto de referencia a nivel de la certeza de la verdad y de la solidez de los valores».
Entre ellos cita al presidente del movimiento eclesial Comunión y Liberación, don Julián Carrón; al rector mayor de los salesianos, don Pascual Chávez Villanueva; al cardenal Tarcisio Bertone, secretario de Estado; y al obispo Rino Fisichella, rector de la Pontificia Universidad Lateranense, quien le ha «seguido personalmente en el camino espiritual de aceptación de la fe cristiana».
Pero reconoce que quizá el papel más decisivo lo ha desempeñado Benedicto XVI, «a quien he admirado y defendido como musulmán por su maestría para plantear el lazo indisoluble entre fe y razón como fundamento de la auténtica religión y de la civilización humana, al que adhiero plenamente como cristiano para inspirarme con nueva luz en el cumplimiento de la misión que Dios me ha reservado».
«Para mí es el día más bello de mi vida», reconoce.
En su homilía el Papa explicó que la conversión no es sólo la decisión de un día, sino una actitud de fondo que debe realizarse diariamente.
La conversión, aclaró, consiste en «dirigir nuestra alma hacia Jesucristo y, de ese modo, hacia el Dios viviente, hacia la luz verdadera».
Es levantar «el corazón, fuera de la maraña de todas nuestras preocupaciones, de nuestros deseos, de nuestras angustias, de nuestra distracción».
Convertirse, añadió, significa que «siempre debemos apartarnos de los caminos equivocados, en los que tan a menudo nos movemos con nuestro pensamiento y obras».
El Santo Padre concluyó su meditación con esta plegaria: «Sí, Señor, haz que nos convirtamos en personas pascuales, hombres y mujeres de la luz, colmados del fuego de tu amor».
Por Jesús Colina
El cardenal Rodé invita a «volver a la autenticidad de la vida religiosa»
CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 19 marzo 2008 (ZENIT.org).- «Volver a la autenticidad de la vida religiosa» es la propuesta del cardenal France Rodé, prefecto de la Congregación para los Institutos de Vida Religiosa y las Sociedades de Vida Apostólica, comentando la situación de la vida religiosa en Francia.
«Francia forma parte ciertamente de la realidad de Europa occidental y allí la secularización ha ido bastante fuerte en estos 40 años, tras el Concilio», reconoció el purpurado a «Radio Vaticano».
«Se puede decir que ciertas congregaciones tradicionales sufren a causa de esta mentalidad secularizante que ha penetrado en ellas».
Benedicto XVI, ha subrayado el cardenal, «pone en guardia continuamente contra el peligro de la que llama secularización interna».
«Huir de este espíritu mundano, por tanto, y poner el acento en la vida en comunidad, sobre la vida fraterna, sobre la oración, sobre la pobreza, sobre la obediencia, sobre la castidad vivida en la alegría del corazón y en la libertad interior. He aquí lo que debemos recuperar, lo que debemos vivir intensamente», ha propuesto.
«Vivir intensamente el carisma, volver a la autenticidad de la vida religiosa» es la que el purpurado define «la única vía para salir de esta situación de crisis en la que se encuentra la vida religiosa».
A pesar de los aspectos difíciles, ha admitido, hay también «reacciones sorprendentes».
En este sentido, ha reconocido experimentar «una gran admiración y alegría cuando encuentras jóvenes monjes, jóvenes padres carmelitas, dominicos, religiosas benedictinas, y los ves llenos de alegría, transparentes, con una gran libertad interior».
«Están visiblemente en su lugar, donde Dios los quiere y viven su vocación en la alegría y en la paz del corazón».
«Este pienso que es el primer testimonio que estos religiosos dan y es un testimonio muy convincente, muy creíble --concluye--. Como decía, en otros tiempos, el filósofo Bergson su existencia es una llamada, no tienen necesidad de hablar».
Traducido del italiano por Nieves San Martín
En su cordial bienvenida a la nueva embajadora de Estados Unidos, Benedicto XVI señala que el progreso de la familia humana está amenazado no sólo por la plaga del terrorismo internacional
Viernes, 29 feb (RV).- Mientras se aproxima su viaje Pastoral a Estados Unidos - que será del 15 al 20 del próximo mes de abril y en el que visitará también la sede de la ONU en Nueva York- Benedicto XVI ha recibido esta mañana a la nueva embajadora estadounidense, Mary Ann Glendon, para el acto de presentación de sus Cartas Credenciales.
En su discurso de bienvenida, tras recordar que, desde sus comienzos, la República de Estados Unidos ha valorado «el papel de las creencias religiosas en favor de un orden democrático vibrante y ético, aunando a todas las personas de buena voluntad, sin distinción de raza, nacionalidad o credo», el Santo Padre ha destacado «la urgente prioridad, de impulsar la reconciliación en la unidad y diversidad de toda la familia humana, cada vez más conciente de su interdependencia y de la necesidad de solidaridad efectiva, ante los desafíos globales y en la construcción de un futuro de paz para las generaciones venideras».
Evocando la triste experiencia del siglo pasado, con su elevado coste de guerras y violencia, que culminó con el plan de exterminio de pueblos enteros, Benedicto XVI ha reiterado que «está claro que el futuro de la humanidad no depende del mero compromiso político». Sino que, «aún más, debe ser fruto de un profundo consenso, basado en el reconocimiento de las verdades universales, fundadas en la razonable reflexión de nuestra humanidad común».
Benedicto XVI ha citado, en este contexto, la Declaración Universal de los Derechos Humanos, cuyo sesenta aniversario se cumple este año, y que «surgió de la conciencia mundial de que un orden global justo se puede basar sólo en el reconocimiento y defensa de la dignidad y de los derechos inviolables de cada hombre y mujer». Reconocimiento que «debe motivar toda decisión que afecta al futuro de la familia humana y a todos sus miembros», ha insistido el Papa, añadiendo que confía en que Estados Unidos - país que se funda «en la verdad evidente de que el Creador ha dotado a todo ser humano de derechos inalienables - pueda seguir encontrando en los principios de la ley moral común, contemplados en sus documentos fundacionales, una guía segura para ejercer su liderazgo en la comunidad internacional».
«La construcción de una cultura jurídica global, inspirada en los ideales de justicia, solidaridad y paz nos convoca a un compromiso firme, de esperanza y generosidad», ha recordado Benedicto XVI manifestando su aprecio ante los esfuerzos estadounidenses con el fin de «aliviar los graves problemas que afrontan numerosas naciones y pueblos en el mundo».
Una vez más, el Papa ha recordado que para la construcción de un futuro seguro para toda la familia humana es «necesario trabajar por el desarrollo integral de los pueblos», que conlleva «el acceso a los cuidados sanitarios, la eliminación de las pandemias como el SIDA, las oportunidades educativas para los jóvenes, la promoción de las mujeres y la lucha contra la corrupción y la militarización, que derrochan recursos preciosos para nuestros hermanos y hermanas en los países pobres».
«El progreso de la familia humana está amenazado no sólo por la plaga del terrorismo internacional, sino también por amenazas contra la paz como el incremento de la carrera armamentista y el proseguimiento de las tensiones en Oriente Medio», ha afirmado con firmeza el Santo Padre, destacando que quería aprovechar esta oportunidad para expresar su esperanza en que «negociaciones pacientes y transparentes puedan llevar a la reducción y eliminación de las armas nucleares y que la reciente conferencia de Annapolis pueda ser el primero de una serie de pasos en favor de una paz duradera en la región».
La resolución de éste y de otros problemas similares nos apremia a un compromiso en ámbito internacional, incluyendo a las Naciones Unidas, con el fin de impulsar el diálogo y el entendimiento, de reconciliar las divergencias y de desarrollar políticas y estrategias capaces de satisfacer los múltiples desafíos de nuestro complejo mundo, que cambia tan rápidamente, ha señalado el Papa, antes de concluir este denso discurso, en el que no ha querido dejar de manifestar su gratitud «por la importancia que Estados Unidos atribuye al diálogo interreligioso e intercultural, como fuerza positiva para construir la paz».
Y es que «la Santa Sede está convencida de la gran potencialidad espiritual de este diálogo, en particular en la promoción de la no violencia y del rechazo de ideologías que manipulan y desfiguran la religión, con fines políticos, y que justifican la violencia en nombre de Dios». Benedicto XVI ha alentado asimismo a los estadounidenses a recordar su histórico reconocimiento y aprecio del «papel de la religión en la vida pública», que ilumina la sociedad, y «a asegurar la protección legal a la vida humana, desde la concepción hasta la muerte natural, la salvaguarda de la institución del matrimonio, como unión estable entre un hombre y una mujer, y la de la familia».
Recordamos que la nueva embajadora de Estados Unidos ante la Santa Sede, la señora Mary Ann Glendon - como ha señalado también Benedicto XVI - conoce de cerca la actividad de la Santa Sede, pues ha sido, hasta hace poco y desde 2004, Presidenta de la Pontificia Academia de Ciencias Sociales. Y, entre otros cargos, encabezó la Delegación de la misma Santa Sede en la IV Conferencia Mundial sobre la Mujer, celebrada en Pekín en 1995.
Jesús actúa en la liturgia de la palabra en la Misa, explica el padre Cantalamessa
Subraya el predicador apostólico ante el Papa y la Curia
CIUDAD DEL VATICANO, viernes, 22 febrero 2008 (ZENIT.org).- «Hay un ámbito y un momento en la vida de la Iglesia donde Jesús habla hoy de la manera más solemne y más segura: la liturgia de la palabra en la Misa», constató este viernes, ante Benedicto XVI, el predicador de la Casa Pontificia.
Y es que «la Palabra de Dios es viva y eficaz», expresión paulina (Hebreos 4,12) que recorre las predicaciones de esta Cuaresma a cargo del padre Raniero Cantalamessa O.F.M. Cap. en la capilla «Redemptoris Mater» del palacio apostólico del Vaticano.
El tema orienta no sólo este itinerario de reflexión para preparar la Pascua, sino también el camino hacia Sínodo de los Obispos, la gran convocatoria del próximo octubre sobre «La Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia».
Punto de partida propuesto este viernes por el predicador del Papa, «La Palabra de Dios en la vida de Cristo» se concreta en el propio Jesús «que predica».
Él es la «Palabra» de Dios, la Buena Nueva de la venida del Reino de Dios entre los hombres, o sea, Jesús es el «sujeto» mismo de la predicación. «A las realizaciones provisionales de la palabra de Dios en los profetas, sucede ahora la realización plena y definitiva», recalcó.
«La Carta a los Hebreos (1,1-2) expresa así la novedad -indicó--: "Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo"».
Por ello, las «palabras-evento» --la palabra de Dios que, sobre todo en los profetas, «crea una situación que lleva a cabo siempre algo nuevo en la historia»-- han dado paso a las «palabras-sacramento».
Estas últimas «son las palabras de Dios "sucedidas" una vez para siempre y recogidas en la Biblia, que vuelven a ser "realidad activa" cada vez que la Iglesia las proclama con autoridad y el Espíritu que las ha inspirado vuelve a encenderlas en el corazón de quien las escucha», definió el padre Cantalamessa.
En Jesús la Palabra de Dios «se hizo carne» (Jn 1, 14). «¡El evento ahora es una persona!», recalcó.
Por medio de su Hijo, Dios habla «también hoy en la Iglesia». Para tomar conciencia de ello, el predicador de la Casa Pontificia apuntó la afinidad entre Palabra y Eucaristía.
«El sacrificio de Cristo está consumado y concluido en la cruz», pero «sabemos que existe todavía un sacrificio y es el único sacrificio de la Cruz que se hace presente y operante en el sacrificio eucarístico», de forma que «el evento continúa en el sacramento»; «algo análogo sucede con la palabra de Cristo: ha cesado de existir como evento, pero existe aún como sacramento», advirtió.
La «sacramentalidad de la palabra de Dios» se ve cuando tantas veces «actúa manifiestamente más allá de la comprensión de la persona», «más allá de toda explicación humana», con «una desproporción evidente entre el signo y la realidad que produce, cosa que permite pensar, precisamente, en la eficacia de los sacramentos», subrayó el padre Cantalamessa.
Ejemplificó con san Agustín: «Al leer las palabras de Pablo a los Romanos (13, 11 ss.): "Despojémonos de las obras de las tinieblas... Como en pleno día, procedamos con decoro: nada de lujurias y desenfrenos", sintió una "luz de serenidad" que le asaltaba el corazón y comprendió que se había curado de la esclavitud de la carne».
En la Misa la «liturgia de la Palabra» es «la actualización litúrgica del Jesús que predica», sintetizó; es el momento en el que «las palabras y los episodios de la Biblia no sólo se narran, sino que se reviven», «lo que sucedió "en aquel tiempo", ocurre "en este tiempo", "hoy"».
Por eso, siguiendo al predicador del Papa, «en la liturgia, las lecturas bíblicas adquieren un sentido nuevo y más fuerte que cuando se leen en otros contextos»; su horizonte es «reconocer a Quien se hace presente al partir el pan, iluminar cada vez un aspecto particular del misterio que se va a recibir».
Así sucedió con los dos discípulos de Emaús --evocó--: «Fue escuchando la explicación de las Escrituras como su corazón empezó a arder, de manera que fueron capaces de reconocer [a Jesús] después al partir el pan».
Por eso «no somos sólo oyentes de la palabra, sino interlocutores y actores en ella» realmente, insistió el predicador del Papa. Y recordó los consejos de Orígenes, en cuanto al sumo cuidado y veneración que se tiene hacia la Eucaristía, el cuerpo del Señor: «Sabed -decía el padre apostólico de los primeros tiempos de la Iglesia-- que descuidar la palabra de Dios no es culpa menor que descuidar su cuerpo».
Por Marta Lago
Benedicto XVI: Crear espacio para la palabra y la imagen
Encuentro del Papa con los párrocos y el clero de Roma (VI)
CIUDAD DEL VATICANO, lunes, 18 febrero 2008 (ZENIT.org).-Como es tradicional a inicios de Cuaresma, Benedicto XVI se reunió con los párrocos y el clero de la diócesis de Roma el pasado día 7 de febrero. El encuentro se desarrolló en forma de diálogo entre el Santo Padre y los participantes. Publicamos la última pregunta y la respuesta que brindó espontáneamente el Papa.
Se han ofrecido las diez intervenciones procurando su agrupación temática, pues no siguieron un orden determinado. Por partes, I (Dimensión y visibilidad del diaconado), II (La formación del corazón en lo esencial), III (El diálogo respetuoso no excluye el Evangelio) y IV (Pecado, juicio, purgatorio, infierno, paraíso) y V (Liturgias masivas, comunidad, abandono en Dios) se han publicado en Zenit, respectivamente, el 11, 12, 13, 14 y 15 de febrero de 2008.
* * *
[Don Massimo Tellan, párroco:]
Santidad, vivimos inmersos en un mundo con inflación de palabras, a menudo sin significado, que desorientan el corazón humano hasta el punto de que lo hacen sordo a la Palabra de verdad: Dios hecho carne con el rostro de Jesús. Esa Palabra queda oscurecida en medio de la selva de imágenes ambiguas y efímeras con las que nos bombardean sin cesar. ¿Cómo educar en la fe, a través del binomio palabra-imagen? ¿Cómo podemos volver a recuperar el arte de narrar la fe e introducir el misterio, como se hacía en el pasado, a través de la imagen? ¿Cómo educar en la búsqueda y la contemplación de la verdadera belleza? A este propósito, queremos regalarle un icono de Cristo atado a la columna, imagen de la humanidad que asumió el Verbo.
[Benedicto XVI:]
Gracias por este hermosísimo regalo. Me alegra que no sólo tengamos palabras, sino también imágenes. Vemos que también hoy la meditación cristiana suscita nuevas imágenes; renace la cultura cristiana, la iconografía cristiana. Sí, vivimos en una inflación de palabras, de imágenes. Por eso, es difícil crear espacio para la palabra y para la imagen. Me parece que precisamente en la situación de nuestro mundo, que todos conocemos, que es también nuestro sufrimiento, el sufrimiento de cada uno, el tiempo de Cuaresma cobra un nuevo significado. Ciertamente, el ayuno corporal, durante algún tiempo considerado pasado de moda, hoy se presenta a todos como necesario. No es difícil comprender que debemos ayunar. A veces nos encontramos ante ciertas exageraciones debidas a un ideal de belleza equivocado. Pero, en cualquier caso, el ayuno corporal es importante, porque somos cuerpo y alma, y la disciplina del cuerpo, también la disciplina material, es importante para la vida espiritual, que siempre es vida encarnada en una persona que es cuerpo y alma.
Esta es una dimensión. Hoy crecen y se manifiestan otras dimensiones. Me parece que precisamente el tiempo de Cuaresma podría ser también un tiempo de ayuno de palabras y de imágenes. Necesitamos un poco de silencio, necesitamos un espacio sin el bombardeo permanente de imágenes. En este sentido, hacer accesible y comprensible hoy el significado de cuarenta días de disciplina exterior e interior es muy importante para ayudarnos a comprender que una dimensión de nuestra Cuaresma, de esta disciplina corporal y espiritual, es crearnos espacios de silencio y también sin imágenes, para volver a abrir nuestro corazón a la imagen verdadera y a la palabra verdadera.
Me parece prometedor que también hoy se vea que hay un renacimiento del arte cristiano, tanto de una música meditativa -como por ejemplo la que surgió en Taizé-, como también, remitiéndome al arte del icono, de un arte cristiano que se mantiene en el ámbito de las grandes reglas del arte iconológico del pasado, pero ampliándose a las experiencias y a las visiones de hoy.
Donde hay una verdadera y profunda meditación de la Palabra, donde entramos realmente en la contemplación de esta visibilidad de Dios en el mundo, de la realidad palpable de Dios en el mundo, nacen también nuevas imágenes, nuevas posibilidades de hacer visibles los acontecimientos de la salvación. Esta es precisamente la consecuencia del acontecimiento de la Encarnación. El Antiguo Testamento prohibía todas las imágenes y debía prohibirlas en un mundo lleno de divinidades. Había un gran vacío, que se manifestaba en el interior del templo, donde, en contraste con otros templos, no había ninguna imagen, sino sólo el trono vacío de la Palabra, la presencia misteriosa del Dios invisible, no circunscrito por nuestras imágenes.
Pero luego el paso nuevo consistió en que ese Dios misterioso nos libró de la inflación de las imágenes, también de un tiempo lleno de imágenes de divinidades, y nos dio la libertad de la visión de lo esencial. Apareció con un rostro, con un cuerpo, con una historia humana que, al mismo tiempo, es una historia divina. Una historia que prosigue en la historia de los santos, de los mártires, de los santos de la caridad, de la palabra, que son siempre explicación, continuación -en el Cuerpo de Cristo- de esta vida suya divina y humana, y nos da las imágenes fundamentales, en las cuales -más allá de las superficiales, que ocultan la realidad- podemos abrir la mirada hacia la Verdad misma. En este sentido, me parece excesivo el período iconoclástico del posconcilio, que sin embargo tenía su sentido, porque tal vez era necesario librarse de una superficialidad de demasiadas imágenes.
Volvamos ahora al conocimiento del Dios que se hizo hombre. Como dice la carta a los Efesios, él es la verdadera imagen. Y en esta verdadera imagen vemos -por encima de las apariencias que ocultan la verdad- la Verdad misma: "Quien me ve, ve al Padre". En este sentido, yo diría que, con mucho respeto y con mucha reverencia, podemos volver a encontrar un arte cristiano y también las grandes y esenciales representaciones del misterio de Dios en la tradición iconográfica de la Iglesia. Así podremos redescubrir la imagen verdadera, cubierta por las apariencias.
Realmente, la educación cristiana tiene la tarea importante de librarnos de las palabras por la Palabra, que exige continuamente espacios de silencio, de meditación, de profundización, de abstinencia, de disciplina. También la educación con respecto a la verdadera imagen, es decir, al redescubrimiento de los grandes iconos creados en la cristiandad a lo largo de la historia: con la humildad nos libramos de las imágenes superficiales. Este tipo de iconoclasma siempre es necesario para redescubrir la imagen, es decir, las imágenes fundamentales que manifiestan la presencia de Dios en la carne.
Esta es una dimensión fundamental de la educación en la fe, en el verdadero humanismo, que buscamos en este tiempo en Roma. Hemos redescubierto el icono con sus reglas muy severas, sin las bellezas del Renacimiento. Así podemos volver también nosotros a un camino de redescubrimiento humilde de las grandes imágenes, hacia una liberación siempre nueva de las demasiadas palabras, de las demasiadas imágenes, para redescubrir las imágenes esenciales que nos son necesarias. Dios mismo nos ha mostrado su imagen y nosotros podemos volver a encontrar esta imagen con una profunda meditación de la Palabra, que hace renacer las imágenes.
Así pues, pidamos al Señor que nos ayude en este camino de verdadera educación, de reeducación en la fe, que no sólo es escuchar, sino también ver.
[Traducción distribuida por la Santa Sede
Benedicto XVI: Liturgias masivas, comunidad, abandono en Dios
Encuentro del Papa con los párrocos y el clero de Roma (V)
CIUDAD DEL VATICANO, viernes, 15 febrero 2008 (ZENIT.org).- Como es tradicional a inicios de Cuaresma, Benedicto XVI se reunió con los párrocos y el clero de la diócesis de Roma el pasado 7 de febrero. El encuentro se desarrolló en forma de diálogo entre el Santo Padre y los participantes. Proseguimos con la publicación de las preguntas y de las respuestas que brindó espontáneamente el Papa.
Se procura ofrecer las diez intervenciones agrupadas temáticamente, pues no siguieron un orden determinado. Por partes, I (Dimensión y visibilidad del diaconado), II (La formación del corazón en lo esencial), III (El diálogo respetuoso no excluye el Evangelio) y IV (Pecado, juicio, purgatorio, infierno, paraíso) se han publicado en Zenit, respectivamente, el 11, 12, 13 y 14 de febrero de 2008.
* * *
[Don Alberto Orlando, vicario parroquial de Santa María Madre de la Providencia:]
Soy don Alberto Orlando, vice párroco de la parroquia de Santa María Madre de la Providencia. Desearía presentarle una dificultad vivida en Loreto con los jóvenes al año pasado [donde se celebró el Ágora de los jóvenes italianos -al que acudieron medio millón- el 1 y 2 de septiembre. Ndt]. Pasamos en Loreto una jornada bellísima, pero entre tantas cosas estupendas percibimos una cierta distancia entre usted y los jóvenes. Llegamos por la tarde. No conseguimos acomodarnos, ver ni oír. Cuando llegó la noche usted se marchó y nos quedamos como a merced de la televisión, que en cierto sentido nos usó. Pero los jóvenes tienen necesidad de calor. Una joven me dijo, por ejemplo: «Normalmente el Papa nos llama "queridos jóvenes"; en cambio hoy nos ha llamado "jóvenes amigos"». Y estaba muy contenta por ello. ¿Cómo no subrayar este particular, esta cercanía? La conexión televisiva con Loreto era muy fría, muy lejana; también el momento de la oración tuvo dificultades, porque estaba ligado a los puntos de luz que permanecieron cerrados hasta tarde, al menos hasta que no terminó el espectáculo televisivo. Lo segundo que nos creó alguna dificultad fue en cambio la liturgia del día después, un poco agotadora sobre todo en cantos y música. En el momento del Aleluya, por poner un ejemplo, una joven observó que, a pesar del calor, estas canciones y la música se prolongaban muchísimo, como si a nadie le importara la incomodidad del que se veía estrechado por la multitud. Y se trataba de chavales que todos los domingos participan en misa. Estas son las dos preguntas: ¿por qué esta distancia entre usted y ellos? Y ¿cómo conciliar el tesoro de la liturgia en toda la solemnidad con el sentimiento, el afecto y la emotividad que nutre a los jóvenes, cosa que necesitan tanto? Desearía asimismo un consejo: cómo equilibrarnos entre solemnidad y emotividad. También porque somos nosotros mismos, los sacerdotes, los que con frecuencia nos preguntamos qué capacidad tenemos de vivir con sencillez la emoción y el sentimiento. Y siendo ministros del sacramento desearíamos poder orientar sentimiento y emotividad hacia un justo equilibrio.
[Benedicto XVI:]
El primer punto que se me propone está relacionado con la situación organizativa: la encontré así como estaba, así que no sé si era posible tal vez organizarlo de una manera distinta. Considerando los miles de personas que había, era imposible, me parece, conseguir que todos estuvieran igual de próximas. Es más, por ello hicimos un recorrido con el vehículo, para tener un poco de cercanía con cada una. Pero tendremos en cuenta esto y veremos si en el futuro, en otros encuentros con miles y miles de personas, es posible hacer algo diferente. Con todo, me parece importante que crezca el sentimiento de una cercanía interior, que encuentre el puente que nos une aunque estemos físicamente lejanos. Un gran problema es, en cambio, el de las liturgias en las que participan masas de personas. Recuerdo que en 1960, durante el gran congreso eucarístico internacional de Munich, se intentaba dar una nueva fisonomía a los congresos eucarísticos, que hasta entonces eran sólo actos de adoración. Se quería poner en el centro la celebración de la Eucaristía como acto de la presencia del misterio celebrado. Pero inmediatamente surgió la cuestión sobre cómo hacerlo posible. Adorar -se decía- se puede hacer también a distancia; pero para celebrar es necesaria una comunidad limitada que pueda interactuar con el misterio, por lo tanto una comunidad que debía ser asamblea en torno a la celebración del misterio. Muchos eran contrarios a la celebración de la Eucaristía en público con cien mil personas. Decían que no era posible precisamente por la estructura misma de la Eucaristía, que exige la comunidad para la comunión. Había también grandes personalidades, muy respetables, entre los contrarios a esta solución. Después el profesor Jungmann, gran liturgista, uno de los grandes arquitectos de la reforma litúrgica, creó el concepto de statio orbis, esto es, regresó a la statio Romae donde justamente en tiempo de Cuaresma los fieles se reúnen en un punto, la statio: así que permanecen en statio como los soldados por Cristo; luego van juntos a la Eucaristía. Si ésta, dijo, era la statio de la ciudad de Roma, donde la ciudad de Roma se reúne, entonces ésta es la statio orbis. Y desde aquel momento tenemos las celebraciones eucarísticas con la participación de masas. Para mí, debo decirlo, permanece un problema, porque la comunión concreta en la celebración es fundamental y por lo tanto no encuentro que se haya dado realmente con la respuesta definitiva. También en el Sínodo pasado planteé este interrogante, que en cambio no halló respuesta. Igualmente promoví otra cuestión, sobre la concelebración en masa: porque si concelebran, por ejemplo, mil sacerdotes, no se sabe si existe aún la estructura querida por el Señor. Pero en todo caso son interrogantes. Y así, se le ha presentado a usted la dificultad al participar en una celebración de masa durante la cual no es posible que todos estén involucrados por igual. Por lo tanto se debe elegir un cierto estilo para conservar esa dignidad que siempre es necesaria para la Eucaristía, y la comunidad no es uniforme y la experiencia de la participación en lo que allí se vive es diferente; para algunos es ciertamente insuficiente. Pero no ha dependido de mí, sino más bien de quienes se ocuparon de la preparación.
Se debe reflexionar bien sobre qué hacer en estas situaciones, cómo responder a los desafíos de estos momentos. Si no me equivoco, había una orquesta de discapacitados que interpretaban la música y tal vez la idea era precisamente mostrar que también ellos pueden animar la sagrada celebración y no deben verse nunca relegados, sino ser actores primarios. De tal forma todos, amando a aquellos, no se sintieron relegados, sino más bien involucrados. Me parece una reflexión muy respetable y la comparto. Naturalmente, en cambio, persiste el problema fundamental. Pero me parece que también aquí, sabiendo qué es la Eucaristía, aunque no se tenga la posibilidad de una actividad exterior como se desearía para sentirse copartícipes, se entra en ella con el corazón, como dice el antiguo imperativo en la Iglesia, creado tal vez precisamente para los que estaban detrás en la basílica: «¡Levantemos el corazón! Ahora todos salimos de nosotros mismos, así todos estamos con el Señor y estamos juntos». Como he dicho, no niego el problema, pero si seguimos realmente esta palabra, «¡Levantemos el corazón!», encontraremos a todos, también en situaciones difíciles y a veces discutibles, en la verdadera participación activa.
[Monseñor Renzo Martinelli, delegado de la Pontificia Academia de la Inmaculada:]
Santo Padre: desearía sobre todo agradecerle las especificaciones que hizo el domingo pasado en el Ángelus respecto a sus intenciones, porque siempre formamos a los fieles para que oren por el Papa, y cuando usted pide rezar por los consagrados, por la jornada de la vida, por los frutos de conversión de la Cuaresma, la concreción de estos puntos evidencia aún más una comunión interior, pero también la consciencia de estar cerca de sus intenciones. También es de estos días la gracia de poder orar ante la Inmaculada en el aniversario de Lourdes. Volviendo al problema de la emergencia educativa, la pregunta es ésta: recientemente usted ha dicho a los obispos eslovenos esta frase: «Si por ejemplo se concibe al hombre según una tendencia hoy difundida de manera individualista», cómo justificar el esfuerzo por la construcción de una comunidad justa y solidaria. Entré en el seminario a los once años y fui educado un poco en una mentalidad en la que existía mi yo, y después junto a mi yo otro yo un poco moralista para conformarse a Cristo, y al final mi libertad, como dice usted en su libro Jesús de Nazaret, es como si se condujera de forma esclava, como esclavitud, cuando comenta el tema del hermano mayor de la parábola del hijo pródigo. Y todo esto crea división: cómo proponer en cambio a los jóvenes aquello en lo que usted insiste siempre, esto es, que el yo del cristiano, cuando se ha investido de Cristo, ya no es más yo. La identidad del cristiano, dijo usted con mucha profundidad en Verona, es el yo que ya no es yo, porque existe el sujeto de comunión de Cristo. Cómo proponer, Santidad, esta conversión, esta nueva modalidad, esta originalidad cristiana de ser una comunión que propone eficazmente la novedad de la experiencia cristiana.
[Benedicto XVI:]
Es la gran cuestión que todo sacerdote que es responsable de otros se plantea hoy en día. También para él mismo, naturalmente. Es verdad que en el siglo XX existía la tendencia a una devoción individualista, para salvar sobre todo la propia alma y crear méritos también calculables que se podían, en ciertas listas, hasta indicar con números. Y ciertamente todo el movimiento del Concilio Vaticano II quiso superar este individualismo.
No desearía juzgar a estas generaciones pasadas, que en cambio, a su modo, intentaron servir así a los demás. Pero allí estaba el peligro de que sobre todo se quisiera salvar la propia alma; a ello le seguía una exteriorización de la piedad que al final encontraba la fe como un peso, no como una liberación. Y ciertamente es voluntad fundamental de la nueva pastoral indicada por el Concilio Vaticano II salir de esta visión demasiado restringida del cristianismo y descubrir que yo salvo mi alma sólo donándola, como nos ha dicho hoy el Señor en el Evangelio; sólo liberándome de mí, saliendo de mí; como Dios hizo en el Hijo, que sale de ser Él mismo Dios para salvarnos a nosotros. Y nosotros entramos en este movimiento del Hijo, buscamos salir de nosotros mismos porque sabemos dónde llegar. Y no caemos en el vacío, sino que nos dejamos a nosotros mismos abandonándonos en el Señor, saliendo, poniéndonos a su disposición, como quiere Él, no como pensemos nosotros.
Ésta es la verdadera obediencia cristiana, que es liberad: no como querría yo, con mi proyecto de vida para mí, sino poniéndome a su disposición, para que Él disponga de mí. Y poniéndome en sus manos soy libre. Pero es un gran salto que nunca se hace definitivamente. Pienso aquí en San Agustín, quien muchas veces nos ha dicho esto. Inicialmente, después de la conversión, pensaba que había llegado a la cumbre y que vivía en el paraíso de la novedad de ser cristiano. Después descubrió que el dificultoso camino de la vida proseguía, si bien desde aquel momento siempre en la luz de Dios, y que era necesario dar cada día de nuevo este salto desde uno mismo; dar este yo para que muera y se renueve en el gran yo de Cristo que es, de una determinada forma muy cierta, el yo común de todos nosotros, nuestro yo.
Pero diría que nosotros mismos debemos, precisamente en la Eucaristía -que es este gran y profundo encuentro con el Señor donde me dejo caer en sus manos--, dar este gran paso. Cuánto más lo aprendamos nosotros mismos, más podremos expresarlo a los demás y hacerlo comprensible, accesible a otros. Sólo caminando con el Señor, abandonándonos en la comunión de Iglesia a su apertura, no viviendo para mí -ya sea para una vida terrenal gozosa, ya sea sólo por una felicidad personal--, sino haciéndome instrumento de su paz, vivo bien y aprendo este valor ante los desafíos de cada día, siempre nuevos y graves, frecuentemente casi irrealizables. Me abandono porque tú lo quieres, y estoy seguro de que así avanzo bien. Podemos sólo rogar que el Señor nos ayude a hacer este camino cada día, para ayudar, iluminar de esta manera a los demás, motivarles para que puedan ser así liberados y redimidos.
Traducción del original italiano por Marta Lago
Benedicto XVI: Pecado, juicio, purgatorio, infierno, paraíso
Encuentro del Papa con los párrocos y el clero de Roma (IV)
CIUDAD DEL VATICANO, jueves, 14 febrero 2008 (ZENIT.org).- Como es tradicional a inicios de Cuaresma, Benedicto XVI se reunió con los párrocos y el clero de la diócesis de Roma el 7 de febrero. El encuentro se desarrolló en forma de diálogo, entre el Santo Padre y los participantes. Proseguimos con la publicación de las preguntas y de las respuestas que brindó espontáneamente el Papa.
Se procura ofrecer las diez intervenciones agrupadas temáticamente, pues no siguieron un orden determinado. La parte I (Dimensión y visibilidad del diaconado), II (La formación del corazón en lo esencial) y III (El diálogo respetuoso no excluye el Evangelio) de este encuentro se publicaron en Zenit, respectivamente, el 11, 12 y 13 de febrero de 2008.
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[Don Pietro Riggi, salesiano del Borgo Ragazzi Don Bosco:]
Santo Padre: trabajo en un oratorio y en un centro de acogida para menores en situación de riesgo. Desearía preguntarle: el 25 de marzo de 2007 pronunció un discurso espontáneo lamentando que hoy se hable poco de los Novísimos. De hecho, en los catecismos de la CEI [Conferencia Episcopal italiana. Ndt] utilizados para la enseñanza de nuestra fe a los chavales que se preparan para la confesión, la primera comunión y la confirmación, me parece que se omiten algunas verdades de fe. Nunca se habla de infierno, jamás de purgatorio, una sola vez de paraíso, una sola vez de pecado, sólo del pecado original. Al faltar estas partes esenciales del credo, ¿no le parece que se desmorona el sistema lógico que conduce a contemplar la redención de Cristo? Si falta el pecado, no se habla de infierno, también la redención de Cristo acaba por disminuirse. ¿No le parece que se favorece la pérdida del sentido de pecado y por lo tanto del sacramento de la reconciliación y la propia figura salvífica, sacramental, del sacerdote que tiene poder de absolver y de celebrar en nombre de Cristo? Actualmente por desgracia también nosotros, sacerdotes, cuando en el Evangelio se habla de infirmo, esquivamos el Evangelio mismo. No se habla de ello. Nos arriesgamos a dar a la fe una dimensión sólo horizontal o bien demasiado desprendida esta horizontal de su dimensión vertical. Y ello lamentablemente, en la catequesis juvenil, si no en la iniciativa de los párrocos, falta en los cimientos. Si no me equivoco, este año se celebra el 25º aniversario de la consagración de Rusia al Corazón Inmaculado de María. Para la ocasión, ¿no se podría pensar en renovar solemnemente esta consagración para el mundo entero? Ha caído el muro de Berlín, pero quedan tantos muros de pecado que deben desplomarse aún: el odio, la explotación, el capitalismo salvaje. Muros que deben desmoronarse y esperamos que triunfe el Corazón Inmaculado de María para poder realizar también esta dimensión. Desearía observar que la Virgen jamás temió hablar del infierno y del paraíso a los niños de Fátima, quienes, precisamente, tenían edad de catequesis: siete, nueve y doce años. Y nosotros muchas veces omitimos esto. ¿Podría hablarnos sobre este tema?
[Benedicto XVI:]
Ha hablado usted con acierto sobre los temas fundamentales de la fe, que por desgracia raramente aparecen en nuestra predicación. En la Encíclica Spe salvi he querido precisamente hablar también del juicio final, del juicio en general, y en este contexto asimismo sobre purgatorio, infierno y paraíso. Pienso que todos nosotros estamos aún afectados por la objeción de los marxistas, según los cuales los cristianos sólo han hablado del más allá y han descuidado la tierra. Así, queremos demostrar que realmente nos comprometemos por la tierra y no somos personas que hablan de realidades lejanas, que no ayudan a la tierra. Pero aunque sea justo mostrar que los cristianos trabajan por la tierra -y todos nosotros estamos llamados a trabajar para que esta tierra sea realmente una ciudad para Dios y de Dios-- no debemos olvidar la otra dimensión. Sin tenerla en cuenta, no trabajamos bien por la tierra. Mostrar esto ha sido para mi uno de los objetivos fundamentales al escribir la Encíclica. Cuando no se conoce el juicio de Dios, no se conoce la posibilidad del infierno, del fracaso radical y definitivo de la vida, no se conoce la posibilidad y la necesidad de la purificación. Entonces el hombre no trabaja bien por la tierra dado que pierde al final los criterios, ya no se conoce a sí mismo, al no conocer a Dios, y destruye la tierra. Todas las grandes ideologías han prometido: tomaremos las cosas en nuestras manos, ya no descuidaremos la tierra, crearemos el mundo nuevo, justo, correcto, fraterno. En cambio han destruido el mundo. Lo vemos con el nazismo, lo vemos también con el consumismo, que han prometido construir el mundo tal como debería haber sido y sin embargo han destruido el mundo.
En las visitas ad limina de los obispos de países ex comunistas, veo siempre de nuevo cómo en esas tierras se ha destruido no sólo el planeta, la ecología, sino sobre todo, y con mayor gravedad, las almas. Reencontrar la conciencia verdaderamente humana, iluminada por la presencia de Dios, es el primer trabajo de reedificación de la tierra. Ésta es la experiencia común de aquellos países. La reedificación de la tierra, respetando el grito de sufrimiento de este planeta, se puede llevar a cabo sólo reencontrando en el alma a Dios, con los ojos abiertos hacia Dios.
Por ello usted tiene razón: debemos hablar de todo esto precisamente por responsabilidad hacia la tierra, hacia los hombres que viven hoy. Debemos hablar también y precisamente del pecado como posibilidad de destruirse a uno mismo y también otras partes de la tierra. En la Encíclica he intentado demostrar que precisamente el juicio final de Dios garantiza la justicia. Todos queremos un mundo justo. Pero no podemos reparar todas las destrucciones del pasado, a todas las personas injustamente atormentadas y asesinadas. Sólo Dios mismo puede crear la justicia, que debe ser justicia para todos, también para los muertos. Y como dice Adorno, un gran marxista, sólo la resurrección de la carne, que él considera irreal, podría crear justicia. Nosotros creemos en esta resurrección de la carne, en la que no todos serán iguales. Actualmente se suele pensar: qué es el pecado, Dios es grande, nos conoce, así que el pecado no cuenta, al final Dios será bueno con todos. Es una bella esperanza. Pero existe la justicia y existe la verdadera culpa. Quienes han destruido al hombre y la tierra no pueden sentarse de inmediato en la mesa de Dios junto a las víctimas. Dios crea justicia. Debemos tenerlo presente. Por ello me parecía importante escribir este texto también sobre el purgatorio, que para mí es una verdad tan obvia, tan evidente y también tan necesaria y consoladora, que no puede faltar. He intentado decir: tal vez no son muchos los que se han destruido así, los que son insanables para siempre, los que carecen de elemento alguno sobre el que pueda apoyarse el amor de Dios, los que no tienen en sí mismos una mínima capacidad de amar. Esto sería el infierno. Por otra parte, son ciertamente pocos -o en cualquier caso no demasiados-- los que son tan puros que pueden entrar inmediatamente en la comunión de Dios. Muchísimos de nosotros esperamos que haya algo sanable en nosotros, que haya una voluntad final de servir a Dios y de servir a los hombres, de vivir según Dios. Pero hay tantas y tantas heridas, tanta inmundicia. Tenemos necesidad de ser preparados, de ser purificados. Ésta es nuestra esperanza: incluso con tanta suciedad en nuestra alma, al final el Señor nos da la posibilidad, nos lava por fin con su bondad que viene de su cruz. Nos hace así capaces de existir eternamente para Él. Y de tal forma el paraíso es la esperanza, es la justicia por fin cumplida. Y nos da también los criterios para vivir, para que este tiempo sea de alguna forma paraíso, una primera luz del paraíso. Donde los hombres viven según estos criterios, aparece un poco de paraíso en el mundo, y esto es visible. Me parece también una demostración de la verdad de la fe, de la necesidad de seguir el camino de los mandamientos, de los que debemos hablar más. Estos son realmente indicadores del camino y nos muestran cómo vivir bien, cómo elegir la vida. Por ello debemos también hablar del pecado y del sacramento del perdón y de la reconciliación. Un hombre sincero sabe que es culpable, que debería recomenzar, que debería ser purificado. Y ésta es la maravillosa realidad que nos ofrece el Señor: existe una posibilidad de renovación, de ser nuevos. El Señor comienza con nosotros de nuevo y nosotros podemos recomenzar así también con los demás en nuestra vida.
Este aspecto de la renovación, de la restitución de nuestro ser después de tantos errores, después de tantos pecados, es la gran promesa, el gran don que la Iglesia ofrece. Y que, por ejemplo, la psicoterapia no puede ofrecer. La psicoterapia hoy está muy difundida y es también necesaria ante tantas psiquis destruidas o gravemente heridas. Pero las posibilidades de la psicoterapia son muy limitadas: sólo puede intentar un poco reequilibrar un alma desequilibrada. Pero no puede brindar una verdadera renovación, una superación de estas graves enfermedades del alma. Y por eso sigue siendo siempre provisional, jamás definitiva. El sacramento de la penitencia nos da la ocasión de renovarnos hasta el fondo con el poder de Dios --ego te absolvo-- que es posible porque Cristo cargó sobre sí estos pecados, estas culpas. Me parece que ésta es precisamente hoy una gran necesidad. Podemos ser sanados. Las almas que están heridas y enfermas, como es la experiencia de todos, necesitan no sólo consejos, sino una verdadera renovación que sólo puede venir del poder de Dios, del poder del Amor crucificado. Me parece éste el gran nexo de los misterios que al final inciden realmente en nuestra vida. Nosotros mismos debemos volver a meditarlos y así acercarlos de nuevo a nuestra gente.
Traducción del original italiano por Marta Lago
Benedicto XVI: El diálogo respetuoso no excluye el Evangelio
Encuentro del Papa con los párrocos y el clero de Roma (III)
CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 13 febrero 2008 (ZENIT.org).- Como es tradicional a inicios de Cuaresma, Benedicto XVI se reunió con los párrocos y el clero de la diócesis de Roma el pasado jueves. El encuentro se desarrolló en forma de diálogo, entre el Santo Padre y los participantes. Proseguimos con la publicación de las preguntas y de las respuestas que brindó espontáneamente el Papa.
Se procura ofrecer las diez intervenciones agrupadas temáticamente, pues no siguieron un orden determinado. La parte I (Dimensión y visibilidad del diaconado) y II (La formación del corazón en lo esencial) de este encuentro se publicaron en Zenit, respectivamente, el 11 y 12 de febrero de 2008.
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[Don Paul Chungat, vicario parroquial de San Giuseppe Cottolengo:]
Me llamo don Chungat, soy de la India, actualmente vicario de la parroquia de San Giuseppe en Valle Aurelia. Desearía darle las gracias por la oportunidad que me ha dado de servir en la diócesis de Roma durante tres años. Ha sido para mí, para mis estudios, una gran ayuda, así como creo que lo es para todos los sacerdotes estudiantes que permanecen en Roma. Ha llegado el tiempo de regresar a mi diócesis en la India, donde los católicos representan sólo el uno por ciento, mientras que el noventa y nueve son no cristianos. En estos días me ha dado mucho que pensar la situación de la evangelización misionera en mi patria. En la reciente nota de la Congregación para la Doctrina de la Fe hay algunas palabras difíciles de entender en el campo del diálogo interreligioso. Por ejemplo, en el número 10 se escribe «plenitud de la salvación», y en la parte introductiva se lee «necesidad de incorporación formal en la Iglesia». Se trata de conceptos difíciles de hacer entender cuando lleve estas cosas a la India y tenga que hablar a mis amigos hindúes y a los fieles de otras religiones. Mi pregunta es: la plenitud de la salvación, ¿hay que entenderla en sentido cualitativo o en sentido cuantitativo? Si es en sentido cuantitativo, hay alguna dificultad. El Concilio Vaticano II dice que existe posibilidad de una semilla de luz también en los demás credos. Si es en sentido cualitativo, además de la historicidad y de la plenitud de la fe, ¿cuáles son los otros elementos para mostrar la unicidad de nuestra fe en relación con el diálogo interreligioso?
[Benedicto XVI:]
Gracias por su intervención. ¡Bien sabe usted que la amplitud de sus preguntas requerirían un semestre de teología! Intentaré ser breve. Usted conoce la teología, hay grandes maestros y muchos libros. Ante todo, gracia por su testimonio, porque usted se muestra gozoso de poder trabajar en Roma siendo indio. Para mí se trata de un fenómeno maravilloso de la catolicidad. Ahora no sólo los misioneros van de Occidente a los demás continentes, sino que existe un intercambio de dones: indios, africanos, sudamericanos trabajan aquí, y desde aquí se acude a los otros continentes. Es un dar y recibir de todas partes: precisamente ésta es la vitalidad de la catolicidad, en la que todos somos deudores de los dones del Señor, y además podemos donarnos el uno al otro. Es en esta reciprocidad de dones, de dar y de recibir, en la que vive la Iglesia católica. Vosotros podéis aprender de estos ambientes y experiencias occidentales, y nosotros no menos de vosotros. Veo que precisamente este espíritu de religiosidad que existe en Asia, como en África, sorprende a los europeos, que con frecuencia son un poco más fríos en la fe. Y así esta vivacidad, al menos del espíritu religioso que existe en estos continentes, es una gran don para todos nosotros, sobre todo para los obispos del mundo occidental y en particular de aquellos países en los que es más notorio el fenómeno de la inmigración, Filipinas, la India, etcétera. Nuestro catolicismo frío se reaviva por este fervor que viene de vosotros. Así que la catolicidad es un gran don.
Vamos a las preguntas que usted me ha planteado. No tengo delante en este momento las palabras exactas del documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe, que usted ha recordado; pero en todo caso desearía decir dos cosas. Por un lado, es absolutamente necesario el diálogo, conocerse recíprocamente, respetarse y buscar colaborar de todos los modos posibles por los grandes objetivos de la humanidad, o por sus grandes necesidades, para superar los fanatismos y crear un espíritu de paz y de amor. Y esto está también en el espíritu del Evangelio, cuyo sentido es precisamente que el espíritu de amor, que hemos aprendido de Jesús, la paz que Jesús nos ha dado mediante la cruz, se haga presente universalmente en el mundo. En este sentido el diálogo debe ser verdadero diálogo, en el respeto del otro y en la aceptación de su diversidad; pero debe ser también evangélico, en el sentido de que su objetivo fundamental es ayudar a los hombres a vivir en el amor y a hacer que este amor se pueda extender en todas partes del mundo.
Pero esta dimensión del diálogo, tan necesaria, esto es, la del respeto del otro, de la tolerancia, de la cooperación, no excluye la otra, o sea, que el Evangelio es un gran don, el don del gran amor, de la gran verdad, que no podemos quedarnos sólo para nosotros mismos, sino que debemos ofrecerlo a los demás considerando que Dios les da la libertad y la luz necesaria para encontrar la verdad. Es ésta la verdad. Y por lo tanto éste es también mi camino. La misión no es imposición, sino ofrecer el don de Dios dejando a Su bondad que ilumine a las personas a fin de que se extienda el don de la amistad concreta con el Dios de rostro humano. Por ello deseamos y debemos testimoniar siempre esta fe y este amor que vive en nuestra fe. Habríamos descuidado un deber verdadero, humano y divino, si hubiéramos dejado a los demás solos y si hubiéramos reservado la fe que tenemos sólo para nosotros. Seríamos infieles a nosotros mismos si no ofreciéramos esta fe al mundo, si bien siempre respetando la libertad de los demás. La presencia de la fe en el mundo es un elemento positivo, aunque no se convierta nadie; es un punto de referencia.
Me han dicho representantes de religiones no cristianas: para nosotros la presencia del cristianismo es un punto de referencia que nos ayuda, aunque no nos convirtamos. Pensemos en la gran figura de Mahatma Gandhi: aún estando fuertemente ligado a su religión, para él el Sermón de la Montaña era un fundamental punto de referencia que formó toda su vida. Y así el fermento de la fe, aún no convirtiéndole al cristianismo, entró en su vida. Y me parece que este fermento del amor cristiano que trasluce el Evangelio es -además de la labor misionera que busca ampliar los espacios de la fe-- un servicio que hacemos a la humanidad.
Pensemos en san Pablo. He vuelto a profundizar recientemente en su motivación misionera. Hablé de ello también a la Curia con ocasión del encuentro de finales de año. Estaba él conmovido por la palabra del Señor en su sermón escatológico. Antes de todo acontecimiento, antes del regreso del Hijo del hombre, el Evangelio debe ser predicado a todas las gentes. Condición para que el mundo alcance su perfección, para su apertura al paraíso, es que el Evangelio sea anunciado a todos. Él puso todo el celo misionero en que el Evangelio pudiera llegar a todos si era posible ya en su generación, para dar respuesta al mandamiento de que «se anunciara a todas las gentes». Su deseo no era tanto bautizar a todas las gentes cuanto la presencia del Evangelio en el mundo y por lo tanto el cumplimiento de la historia como tal. Me parece que hoy, viendo el curso de la historia, se puede comprender mejor que esta presencia de la Palabra de Dios, que este anuncio que llega a todos como fermento, es necesario para que el mundo pueda realmente llegar a su meta. En este sentido deseamos, sí, la conversión de todos, pero dejamos que sea el Señor quien actúe. Es importante que quien quiera convertirse tenga la posibilidad de hacerlo y que aparezca en el mundo, para todos, esta luz del Señor como punto de referencia y como luz que ayuda, sin la cual el mundo no puede encontrarse a sí mismo. No sé si me he explicado bien: diálogo y misión no sólo no se excluyen, sino que una cosa pide la otra.
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[Padre Umberto Fanfarillo: párroco de Santa Dorotea en Trastevere:]
Santo Padre: soy el párroco de Santa Dorotea en Trastevere, el padre Umberto Fanfarillo, franciscano conventual. Junto a la comunidad cristiana del territorio parroquial, me urge señalar una notable aunque no profunda presencia de otros contextos religiosos, con los que tenemos relación diariamente en la estima recíproca, en el conocimiento y también en una respetuosa convivencia. En esta sustancial positividad de intenciones, puedo incluir el empeño de la Academia de los Linces [la academia italiana de las ciencias. Ndt], de la Universidad americana John Cabot, con más de ochocientos alumnos procedentes de unos sesenta países y con articulaciones religiosas que van desde los católicos hasta los luteranos, de los judíos a los musulmanes. Son precisamente estos jóvenes los que, a la muerte de Juan Pablo II, se recogieron en oración en nuestra iglesia. Son algunos de ellos los que, frecuentando los locales de la parroquia, expresan respeto y serenidad ante nuestros símbolos religiosos como el crucifijo y las imágenes de María, de los santos y del Papa. En el territorio de la parroquia, la Casa de Peter Pan acoge a niños enfermos de cáncer y está ligada al hospital Bambin Gesù [hospital pediátrico de la Santa Sede. Ndt]. También aquí la interreligiosidad realiza altísimos momentos de caridad y de religiosa atención al hermano enfermo y necesitado. Análoga realidad y respetuoso encuentro entre las recordadas expresiones tenemos en la cárcel de Regina Coeli, igualmente en el territorio de la parroquia. Recientemente, en el clima de respeto y de testimonio, se administró el sacramento de la Confirmación a dos jóvenes anglicanos convertidos al catolicismo. Santo Padre, todos estamos en busca de nuevas y más equilibradas actitudes de conocimiento y de respeto. Siempre hemos apreciado sus intervenciones, caracterizadas por el respeto y el diálogo en la búsqueda de la verdad. Ayúdenos de nuevo con su palabra.
[Benedicto XVI:]
Gracias por este testimonio de una parroquia verdaderamente multidimensional y multicultural. Me parece que usted ya ha concretado un poco lo que se ha mencionado anteriormente con nuestro hermano indio: este todo, de diálogo, de convivencia respetuosa, respetándose los unos a los otros, aceptándose los unos a los otros, como se es en la diversidad, en la comunión. Y al mismo tiempo la presencia del cristianismo, de la fe cristiana como punto de referencia al que todos pueden dirigir una mirada, como un fermento que en el respeto de las libertades es una luz para todos y nos reúne precisamente en el respeto de las diferencias. Esperamos que el Señor nos ayude siempre en este sentido a aceptar al otro en la diversidad, a respetarle y a hacer a Cristo presente en el gesto del amor, que es la verdadera expresión de su presencia y de su palabra. Y que nos ayude así a ser realmente ministros de Cristo y de su salvación para el mundo. Gracias.
Traducción del original italiano por Marta Lago
Benedicto XVI: La formación del corazón en lo esencial
Encuentro del Papa con los párrocos y el clero de Roma (II)
CIUDAD DEL VATICANO, martes, 12 febrero 2008 (ZENIT.org).- Como es tradicional a inicios de Cuaresma, Benedicto XVI se reunió con los párrocos y el clero de la diócesis de Roma el pasado jueves. El encuentro se desarrolló en forma de diálogo, entre el Santo Padre y los participantes. Proseguimos con la publicación de las preguntas y de las respuestas que brindó espontáneamente el Papa.
Se procura ofrecer las diez intervenciones agrupadas temáticamente, pues no siguieron un orden determinado. La parte I (Dimensión y visibilidad del diaconado) de este encuentro está disponible en Zenit, 11 de febrero de 2008.
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[Padre Graziano Bonfitto, vicario parroquial de la parroquia de Ognissanti:]
Santo Padre: soy originario de un pueblo de la provincia de Foggia, San Marco in Lamis. Soy un religioso de Don Orione y sacerdote desde hace año y medio, actualmente vice-párroco en la parroquia de Ognissanti, en el barrio Appio. No le oculto mi emoción, y también la increíble alegría que tengo en este momento, para mí tan privilegiado. Usted es el obispo y el pastor de nuestra Iglesia diocesana, pero es siempre el Papa y por lo tanto el pastor de la Iglesia universal. Por ello la emoción se multiplica irremediablemente. Desearía en primer lugar expresarle mi agradecimiento por todo lo que, día tras día, hace no sólo por nuestra diócesis de Roma, sino por la Iglesia entera. Sus palabras y sus gestos, sus atenciones hacia nosotros, pueblo de Dios, son signo del amor y de la cercanía que usted alimenta por todos y cada uno. Mi apostolado sacerdotal se ejerce en particular entre los jóvenes. Es precisamente en nombre de ellos que desearía darle hoy las gracias. Mi santo fundador, san Luigi Orione, decía que los jóvenes son el sol o la tempestad del mañana. Creo que en este momento histórico en que nos encontramos los jóvenes son tanto el sol como la tempestad, no del mañana, sino de ahora. Los jóvenes sentimos actualmente, más que nunca, la fuerte necesidad de tener certezas. Deseamos sinceridad, libertad, justicia, paz. Deseamos contar con personas que caminen con nosotros, que nos escuchen. Exactamente como Jesús con los discípulos de Emaús. La juventud desea personas capaces de indicar el camino de la libertad, de la responsabilidad, del amor, de la verdad. O sea, los jóvenes hoy tienen una inagotable se de Cristo. Una sed de testigos gozosos que hayan encontrado a Jesús y hayan apostado por Él toda su existencia. Los jóvenes quieren una Iglesia siempre en el terreno y cada vez más próxima a sus exigencias. La quieren presente en sus opciones de vida, aunque persista en ellos cierta sensación de indiferencia respecto a la Iglesia misma. El joven busca una esperanza fidedigna -como usted escribió en la última carta que nos dirigió a los fieles de Roma-- para evitar vivir sin Dios. Santo Padre -permítame llamarle «papá»--, qué difícil es vivir en Dios, con Dios y por Dios. La juventud se siente insidiada por muchos frentes. Son tantos los falsos profetas, los vendedores de ilusiones. Demasiados los insinuadores de falsas verdades e ideales innobles. Con todo, la juventud que cree hoy, aún sintiéndose acorralada, está convencida de que Dios es la esperanza que resiste a todas las desilusiones, que sólo su amor no puede ser destruido por la muerte, aunque la mayor parte de las veces no es fácil encontrar espacio y valor para ser testigos. ¿Qué hacer entonces? ¿Cómo comportarse? ¿Vale efectivamente la pena seguir apostando la propia vida por Cristo? La vida, la familia, el amor, el gozo, la justicia, el respeto de las opiniones ajenas, la libertad, la oración y la caridad, ¿son todavía valores que hay que defender? La vida de los santos, que se mide por las bienaventuranzas, ¿es una vida idónea para el hombre, el joven del tercer milenio? Mil gracias por su atención, por su afecto y su premura por los jóvenes. La juventud está con usted: le estima, le quiere y le escucha. Siga siempre cerca, indíquenos cada vez con más fuerza la vía que lleva a Cristo, camino, verdad y vida. Ayúdenos a volar alto. Cada vez más alto. Y ruegue siempre por nosotros. Gracias.
[Benedicto XVI:]
Gracias por este bello testimonio de un joven sacerdote que está con los jóvenes, les acompaña y, como ha dicho, les ayuda a caminar con Cristo, con Jesús. ¿Qué decir? Todos sabemos lo difícil que es para un joven de hoy vivir como cristiano. El contexto cultural, el contexto mediático, aporta todo lo contrario del camino hacia Cristo. Parece precisamente que hace imposible ver a Cristo como centro de la vida y vivir la vida como Jesús la muestra. Sin embargo, me parece también que muchos sienten cada vez más la insuficiencia de todas estas ofertas, de este estilo de vida que al final deja vacío.
En este sentido me parece que justamente las lecturas de la liturgia de hoy, la del Deuteronomio (30, 15-20) y el pasaje evangélico de Lucas (9, 22-25), responden a cuanto, en sustancia, deberíamos decir a los jóvenes y siempre a nosotros mismos. Como usted ha mencionado, la sinceridad es fundamental. Los jóvenes deben percibir que no decimos palabras que no vivamos nosotros mismos, sino que hablamos porque hemos encontrado y buscamos encontrar cada día la verdad como verdad para mi vida. Sólo si estamos en este camino, si procuramos asimilar nosotros mismos esta vida y asociar nuestra vida a la del Señor, entonces también las palabras pueden ser creíbles y tener una lógica visible y convincente. Insisto: hoy ésta es la gran regla fundamental no sólo para la Cuaresma, sino para toda la vida cristiana: elige la vida. Ante ti tienes muerte y vida: elige la vida. Y me parece que la respuesta es natural. Son sólo pocos los que alimentan en lo profundo una voluntad de destrucción, de muerte, de no querer ya la existencia, la vida, porque todo es contradictorio para ellos. Lamentablemente, en cambio, se trata de un fenómeno que se amplía. Con todas las contradicciones, las falsas promesas, al final la vida parece contradictoria, ya no es un don, sino una condena y así hay quien desea más la muerte que la vida. Pero normalmente el hombre responde: sí, quiero la vida.
La cuestión sigue siendo cómo encontrar la vida, qué elegir, cómo elegir la vida. Y las ofertas que normalmente se hacen las conocemos: ir a la discoteca, conseguir todo lo posible, considerar la libertad como hacer todo lo que se quiera, todo lo que se ocurra en un momento determinado. Pero sabemos en cambio -y podemos mostrarlo-- que éste es un camino de falsedad, porque al final no se encuentra la vida, sino realmente el abismo de la nada. Elige la vida. La misma lectura dice: Dios es tu vida, has elegido la vida y has hecho la elección: Dios. Esto me parece fundamental. Sólo así nuestro horizonte es lo suficientemente amplio y sólo así permanecemos en la fuente de la vida, que es más fuerte que la muerte, que todas las amenazas de la muerte. Así que la elección fundamental es ésta que se indica: elige a Dios. Es necesario entender que quien emprende el camino sin Dios al final se encuentra en la oscuridad, aunque pueda haber momentos en los que parezca que se ha hallado la vida.
Un paso más es cómo encontrar a Dios, como elegir a Dios. Aquí llegamos al Evangelio: Dios no es un desconocido, una hipótesis del primer inicio del cosmos. Dios tiene carne y hueso. Es uno de nosotros. Le conocemos con su rostro, con su nombre. Es Jesucristo, quien nos habla en el Evangelio. Es hombre y es Dios. Y siendo Dios, eligió al hombre para hacernos posible la elección de Dios. Así que es necesario entrar en el conocimiento y después en la amistad de Jesús para caminar con Él.
Considero que éste es el punto fundamental de nuestra atención pastoral de los jóvenes, para todos, pero sobre todo para los jóvenes: atraer la atención sobre la elección de Dios, que es la vida. Sobre el hecho de que Dios existe. Y existe de modo muy concreto. Y enseñar la amistad con Jesucristo.
Hay también un tercer paso. Esta amistad con Jesús no es una amistad con una persona irreal, con alguien que pertenece al pasado o que está lejos de los hombres, a la diestra de Dios. Él está presente en su cuerpo, que sigue siendo un cuerpo de carne y hueso: es la Iglesia, la comunión de la Iglesia. Debemos construir y hacer comunidades más accesibles que reflejen la gran comunidad de la Iglesia vital. Es un todo: la experiencia vital de la comunidad, con todas las debilidades humanas, pero sin embargo real, con un camino claro y una vida sacramental sólida en la que podemos tocar también lo que puede parecernos tan lejano, la presencia del Señor. De esta manera podemos igualmente aprender los mandamientos -por volver al Deuteronomio, del que partí. Porque la lectura dice: elegir a Dios quiere decir elegir según su Palabra, vivir según la Palabra. Por un momento esto parece casi positivista: son imperativos. Pero lo primero es el don: su amistad. Después podemos entender que los indicadores del camino son explicaciones de la realidad de esta amistad nuestra.
Podemos decir que ésta es una visión general, que brota del contacto con la Sagrada Escritura y la vida de la Iglesia de cada día. Después se traduce paso a paso en los encuentros concretos con los jóvenes: guiarles al diálogo con Jesús en la oración, en la lectura de la Sagrada Escritura -la lectura común, sobre todo, pero también personal-- y en la vida sacramental. Son todos pasos para hacer presentes estas experiencias en la vida profesional, aunque el contexto esté marcado frecuentemente por la plena ausencia de Dios y por la aparente imposibilidad de verle presente. Pero justamente entonces, a través de nuestra vida y de nuestra experiencia de Dios, debemos intentar que entre en este mundo lejano de Dios la presencia de Cristo.
La sed de Dios existe. Hace poco recibió la visita ad limina de obispos de un país en el que más del cincuenta por ciento se declara ateo o agnóstico. Pero me dijeron: en realidad todos tienen sed de Dios. Escondidamente existe esta sed. Por ello empecemos antes nosotros, con los jóvenes que podamos encontrar. Formemos comunidades en las que se refleje la Iglesia, aprendamos la amistad con Jesús. Y así, llenos de esta alegría y de esta experiencia, podemos también hoy hacer presente a Dios en este mundo nuestro.
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[Don Paolo Tammi, párroco de San Pío X; profesor de religión:]
Deseo expresarle sólo uno de los muchos agradecimientos por el esfuerzo y la pasión con que ha escrito su libro sobre Jesús de Nazaret, un texto que, como usted mismo ha dicho, no es un acto de magisterio, sino fruto de su búsqueda personal del rostro de Dios. Ha contribuido a poner en el centro del cristianismo la persona de Jesucristo y con seguridad está contribuyendo y seguirá haciéndolo en una paciente justicia de las visiones parciales del acontecimiento cristiano, como la visión política en la que se desarrolló la mayor parte de mi adolescencia y la de mis coetáneos, o la moralista, demasiado insistente -en mi opinión-- en la predicación católica, o finalmente la que ama definirse desmitificadora de la figura de Jesucristo, como la ciertos maestros del pensamiento laico que, con poca sorpresa, la verdad, de golpe se ocupan hoy del Fundador del cristianismo y de su aventura humana para negar su historicidad o para atribuir su divinidad a una fantasía de la Iglesia apostólica. Usted en cambio no deja de enseñarnos, Santidad, que Jesús es verdaderamente todo; que de Él, hombre y Dios, sólo es posible enamorarse, que no es precisamente lo mismo que tener carné de partido, suponiendo que existiera, o llenarse de él la boca sólo para salvar una identidad cultural. Me limito a añadir que en un ambiente laico como la escuela, donde las motivaciones históricas y filosóficas a favor o en contra de la religión obviamente tienen su legítimo espacio, veo cada día a los chavales mantener una gran distancia emotiva, mientras que he visto a otros conmoverse en Asís, donde les llevé hace algunos días, al escuchar un apasionado testimonio de un joven fraile menor. Le pregunto: ¿cómo puede la vida de un sacerdote apasionarse cada vez más en lo esencial, que es el esposo Jesús? Y también: ¿en qué se ve que un sacerdote está enamorado de Jesús? Sé que ha respondido varias veces, pero es cierto que la respuesta puede ayudarnos a corregirnos, a retomar esperanza. Le ruego que lo haga otra vez con sus sacerdotes.
[Benedicto XVI:]
¡Cómo puedo corregir a los párrocos, que trabajan tan bien! Podemos sólo ayudarnos recíprocamente. Así que usted conoce este ambiente laico con distancia no sólo intelectual, sino sobre todo emotiva de la fe. Y debemos, según las circunstancias, buscar la forma de crear puentes. Me parece que las situaciones son difíciles, pero usted tiene razón. Debemos pensar siempre: qué es lo esencial, si bien después puede ser distinto el punto en el que es posible enlazar el kerigma, el contexto, el modo de actuar. Pero la cuestión debe ser siempre: ¿qué es esencial? ¿Qué es necesario descubrir? ¿Qué desearía dar? Y aquí repito siempre: lo esencial es Dios. Si no hablamos de Dios, si no se descubre a Dios, nos quedamos siempre en las cosas secundarias. Por lo tanto me parecería fundamental que al menos naciera la pregunta: ¿existe Dios? Y ¿cómo podría vivir sin Dios? ¿Es Dios verdaderamente una realidad importante para mí?
Me sigue pareciendo impresionante que el [Concilio] Vaticano I quisiera precisamente entablar este diálogo, entender con la razón a Dios -si bien en la situación histórica en la que nos encontramos necesitamos que Dios nos ayude y purifique nuestra razón. Me parece que ya se está buscando responder a este desafío del ambiente laico respecto a Dios como la cuestión fundamental, y después respecto a Jesucristo como la respuesta de Dios. Naturalmente diría que existen los preambula fidei, que tal vez constituyen el primer paso para dejar abierto el corazón y la mente hacia Dios: las virtudes naturales. Estos días he recibido la visita de un jefe de Estado, quien me dijo: no soy religioso, el fundamento de mi vida es la ética aristotélica. Es ya algo muy bueno, y nos sitúa junto a santo Tomás, en camino hacia la síntesis de Tomás. Y por lo tanto puede ser éste un punto de contacto: aprender y hacer compresible la importancia para la convivencia humana de esta ética racional, que después se abre interiormente -si se vive consecuentemente-- a la cuestión de Dios, a la responsabilidad ante Dios.
Así que me parece que, por un lado, debemos tener claro ante nosotros qué es lo esencial que queremos y debemos transmitir a los demás y cuáles son los preambula en las situaciones en las que podemos dar los primeros pasos: en verdad precisamente hoy una primera educación ética es un paso fundamental. Es lo que hizo también el cristianismo antiguo. Cipriano, por ejemplo, nos dice que antes su vida era totalmente disoluta; después, viviendo en la comunidad catecumenal, aprendió una ética fundamental y de tal modo se abrió el camino hacia Dios. También san Ambrosio en la vigilia pascual dice: hasta ahora hemos hablado de la moral, ahora vayamos a los misterios. Habían hecho el camino de los preambula fidei con una educación ética fundamental, que creaba la disponibilidad para comprender el misterio de Dios. Por lo tanto diría que tal vez debemos realizar una interacción entre educación ética -hoy tan importante-- por un lado, también con su evidencia pragmática, y al mismo tiempo no omitir la cuestión de Dios. Y en este entrelazamiento de dos caminos me parece que tal vez un poco conseguimos abrirnos a ese Dios que sólo puede dar la luz.
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[Don Daniele Salera, vicario parroquial en Santa María Madre del Redentor en Tor Bella Monaca; profesor de religión:]
Santidad: soy don Daniele Salera, sacerdote desde hace 6 años, vicario parroquial en Tor Bella Monaca; allí enseño religión. Al leer su carta sobre la tarea urgente de la educación he tomado nota de algunos aspectos para mí significativos y de los que me gustaría dialogar con usted. Ante todo encuentro importante su orientación para la diócesis y la ciudad. Esta distinción da razón de las distintas identidades que la componen e interpela, en la libertad a la que usted, Santidad, alude, también a los no creyentes. Desearía transmitirle es estos pocos instantes la belleza de trabajar en la escuela con colegas que por diversos motivos ya no tienen una fe viva o no se reconocen en la Iglesia; sin embargo, me dan ejemplo en la pasión educativa y en la recuperación de adolescentes que tienen una vida marcada por el crimen y la degradación. Percibo en muchas personas con las que trabajo en Tor Bella Monaca una auténtica ansia misionera. Por caminos distintos, pero convergentes, luchamos contra esa crisis de esperanza que siempre se agazapa cuando, a diario, se tiene relación con chavales que parecen interiormente muertos, sin deseos de futuro o tan profundamente envueltos por el mal que no logran percibir el bien que se les desea o las ocasiones de libertad y de redención que en cualquier caso existen en su camino. Frente a tal emergencia humana no hay espacio para las divisiones; me repito frecuentemente una frase del Papa Roncalli, quien decía: «Buscaré siempre lo que une, más que lo que separa». Santidad, esta experiencia me permite vivir cotidianamente con jóvenes y adultos que jamás habría encontrado si me hubiera concentrado sólo en las actividades internas de la parroquia, y observo que es cierto: muchos educadores están renunciando a la ética en nombre de una afectividad que no da certezas y crea dependencia. Otros temen defender las reglas de la convivencia civil porque piensan que aquellas no dan razón de las necesidades, de las dificultades y de la identidad de los jóvenes. Con un eslogan, diría que, a nivel educativo, vivimos en una cultura del «sí, siempre» y del «no, jamás». Pero es el «no» pronunciado con amorosa pasión por el hombre y su futuro el que a menudo traza la línea entre el bien y el mal; límite que en la edad evolutiva es fundamental para la construcción de una identidad personal sólida. Por una parte estoy convencido de que, ante la