...el hombre y la mujer sirven entoces la existencia de otra persona que es su propio hijo, sangre de su sangre y cuerpo de su cuerpo. Esta persona es al mismo tiempo una confirmación y una prolongación de su propio amor. El orden de la existencia no crea un conflicto para el amor de las personas , sino, antes al contrario, está con él en estrecha armonía.
pag. 53-54 en Amor y Responsabilidad (Karol Wojtyla)
KAROL WOJTYLA FILOSOS-MORALISTA
Cuando, en otoño del año 1954, apareció en la Universidad católica de Lublin un joven profesor de la Universidad Jagellónica de Cracovia, el Dr. Karol Wojtyla,el tono de la Ética en el ambiente universitario de Lublin lo marcaban dos personas: el dominico Prof. Feliks Bednarski, sucesor en la cátedra del padre Jacek Woroniecki, y el profesor Jerzy Kalinowski, entonces Decano de la Facultad de Filosofía. Losdos, fascinados por los logros de la Lógica de la escuela de Lwów-Warszawa, procuraron –cada uno a su manera- realizar un programa de perfeccionamiento de la metodología de la filosofía de Santo Tomás de Aquino, en particular de la Ética, fundada en el concepto del fin último del hombre.
En este clima, y junto con sus aspiraciones, llega Karol Wojtyla. Le interesan vivamente estos asuntos y no prescinde de sus ambiciones en este campo. Desde hace mucho tiempo, madura en él la idea de una reelaboración radical de la estructura metodológica de la Ética. En Lublin, esta idea cristaliza definitivamente: no basta limitarse a la metodología alcanzada en la presentación del sistema ético, que toma como punto de partida la idea del fin último del hombre. Las razones metodológicas obligan a sustituir este modelo de Ética por otro. ¿Por qué? El cardenal Wojtyla ve dos motivos. Aunque, en último término, se reduce a uno.
En primer lugar: el deber moral que experimentamos y que nos lleva a tomar una determinada decisión o a actuar de una manera concreta, en modo alguno se manifiesta como dependiente de la conciencia del fin y del deseo de alcanzarlo. ¿Cómo puede depender el deber de ayudar a una persona en peligro de muerte, del propósito consciente de la relación que tiene con alcanzar el fin último? El deber moral no esta, pues, en función del último fin del hombre. Así lo pone de manifiesto la experiencia.
En segundo lugar, esta misma experiencia del deber moral aparece como incondicionada. ¿En qué sentido es incondicional? Lo demuestra un sencillo ejemplo: si dos amigos, A y B, no están de acuerdo acerca de si se debe o no ocultar la verdad sobre el estado de salud de su amigo C, incurable, su deber –independientemente de la postura concreta que se elija: ocultarle o no la verdad- lo en exclusivamente como el deseo del bien de su amigo, como su afirmación. El bien del amigo es aquí lo más importante, lo único necesario y suficiente para que surja el deber para A y B. Ninguna otra consideración o circunstancia se tiene en cuenta. Al contrario, la prueba misma de hacer depender el deber del acto, del deseo de alcanzar su fin último, le quita al deber moral su auténtica realidad, lo transforma en otra cosa que está fuera de lo moral. Es –como dice Wojtyla- heterogénea. Por lo tanto, la experiencia del deber moral, no solamente revela su relación con la tendencia alfil último, su dependencia de la tendencia a la felicidad; sino, al contrario, la experiencia del deber moral se pronuncia a favor de rechazar el modelo de ética que tiene como punto de partida la idea de fin último. Las referencias metodológicas obligan a sustituir este modelo de ética por otro.
¿Por qué? ¿Desde qué punto debe empezar la Ética? Wojtyla dice: desde la experiencia de la moralidad. A ella hay que dejarle hablar, hay que dejar expresarse a la experiencia. La Ética no es nada más que la expresión sistemática de los contenidos de esta experiencia, la exploración plena de su contenido.
Por otra parte, el que se dedica a la ética –el ético- es la persona que ayuda a la experiencia a expresarse plenamente: se hace, en este sentido, el servidor de la experiencia moral. No es casualidad que la experiencia y el testimonio tengan la misma raíz. No sólo, ni exclusivamente, en el campo del lenguaje. La visión de la ética como la visión plena de la experiencia de la moralidad, que tiene que expresarse y que obliga para que dé el testimonio.
¿Y qué sucede con el fin último del hombre, con la felicidad? Es una pregunta que aparece temerosa. ¿Acaso Wojtyla está en contra de la relación del deber moral de obrar conforme al fin último? De ningún modo. Quiere únicamente poner de manifiesto, lo mejor posible, de qué depende. La obligación moral de realizar una determinada acción no depende del deseo de alcanzar la felicidad. El éxito en alcanzar la felicidad depende del cumplimiento del deber moral. Esta unión es irrevocable, no se puede invertir. Habla de nuevo la experiencia. La felicidad la encuentra aquel que no la busca, y <<salva su alma>> aquel que está dispuesto a perderla.
¿Qué es la experiencia de la moralidad? Wojtyla conocía perfectamente el sistema filosófico de Santo Tomás de Aquino, cuando se acercó a la lectura de la obra que es –según algunos- el monumento más grande levantado a la ética de Kant y la mejor y su más profunda crítica. Se trata de la obra fundamental de Max Scheler, Der Formalimus in der Ethik und die materiale Wertethik. ¿Acaso no se puede decir lo mismo del tratado de Karol Wojtyla en relación a la ética del principal fenomenólogo? Un tratado que lleva un título La valoración de la posibilidad de construir una ética cristiana según los principios del sistema de Max Scheler, y que fue publicada por la TN Universidad Católica de Lublin en 1959.
Wojtyla, que tenía ya su punto de vista sobre la importancia de la experiencia en la ética –antes de tratar la ética de Scheler publicó ya varios trabajos sobre la experiencia religiosa en San Juan de la Cruz- no podía omitir la declaración metodológica principal de Max Scheler: <<Todo conocimiento está radicado en la experiencia y también la ética debe basarse en la experiencia>>. Tampoco podía no quedar fascinado por el sentido auténtico de la experiencia de los fenómenos morales que encontramos en las páginas de la obra de Max Scheler. Si el bien y el mal moral, son realmente el contenido de las emociones que nos mueven, ¿cómo no estar de acuerdo con esto? De esto nos habla precisamente la experiencia. Pero, ¿qué puede reprochar Wojtyla a Scheler? Le reprocha que arranca el contenido esencial de esta auténticas experiencias de su natural –y más importante- fundamento dado por la experiencia misma: que el obrar está vinculado al sujeto del obrar; en definitiva, que separa la acción del agente del acto: la persona.
¿Acaso en la experiencia del bien y del mal moral no constatamos y nos experimentamos a nosotros mismos, como buenos o malos, precisamente a través de nuestras obras, de las que nosotros mismos somos autores y a través de las cuales pasamos a ser buenos o malos? La experiencia sobre esto es unívoca. También Santo Tomás de Aquino lo subraya con la misma fuerza
La esencia de la crítica de Karol Wojtyla a Max Scheler radica en que este fenomenólogo, en contra de su propia declaración metodológica, no dio crédito a la experiencia de la moralidad; que, el ir en contra de esta experiencia, le permitió expresarse únicamente de modo parcial y no en su totalidad; que sólo reconoció como totalidad una parte –en contra de su contenido- de lo que viene dado en la experiencia. Absolutizó un aspecto, tomando la parte por el todo.
¿Cuál es la causa remota de esto? ¿Acaso Scheler, antes de analizar la experiencia de la moralidad, ya tenía su teoría de la experiencia? Opinó de antemano arbitrariamente: experimentando, voy a abstraer si lo que experimento existe realmente. Aparentemente, con este planteamiento parece que da la oportunidad a todo lo que puede aparecer como objeto de la experiencia. En realidad, aparta todos los contenidos que conservan su identidad solamente bajo la condición de su existencia real.
¿Qué es –preguntamos con Wojtyla- el deber moral privado de su realidad? El deber moral que no me obliga realmente deja de existir, deja de ser tal deber moral. Sencillamente no es nada. Ésta puede ser la causa de que Shceler hable tanto de la experiencia del bien y del mal, y casi nada sobre… el deber moral. ¡Nada sorprendente! Supuesto el principio ya en la misma concepción de la experiencia, algunos fenómenos nunca aparecen en su campo, con su originalidad y su forma no deformada. Con toda seguridad, nunca aparece en la experiencia el deber moral de realizar la acción. La conclusión de Wojtyla sólo podía se ésta: ¡no empecemos desde la teoría de la experiencia, empecemos desde la experiencia! La teoría de la experiencia la haremos <<aprovechando la ocasión>> de la experiencia. Descubramos lo que experimentamos sin imponer condiciones previas, ni para la cosa experimentada, ni para la experiencia de las cosas. ¡Seamos empiristas radicales en la ética, si queremos ser éticos! ¡Seamos portavoces de la experiencia de la moralidad integral y no limitada, si queremos ser moralistas; es decir, los testigos de la experiencia!
Santo Tomás es, en este asunto, considerado el testigo de la relación inseparable, dada por la experiencia, del bien y del mal con el obrar y con su sujeto: la persona. Según Wojtyla, ¿qué le falta aquí a Santo Tomás? Le falta mostrar que se trata de la unión del bien y del mal moral con el obrar; esto es, la peculiaridad moral del bien y del mal. ¿De dónde surge esta falta? ¿No será que Santo Tomás forzó lo peculiar, lo genuino, al dedicarse a deducir de la relación del acto con el fin último del agente?
Esfuerzo en vano,. Lo peculiar, lo originario, lo que es específico, no se puede deducir de ninguna teoría, no se puede reconstruir por la vía de las operaciones lógicas: definiciones o deducciones… Lo que es peculiar y genuino sólo puede ser reconocido directamente, ¡experimentado! La deducción no suple a la experiencia. Santo Tomás se condujo por la experiencia, pero falló esencialmente en el contenido de la moralidad y su conexión interior. Cuando empezó a “apoyarse” en la “deducción”, desde que intentó reconstruir el fenómeno de la moralidad apoyándose en la acción del obrar con el fin último del agente, empezó a introducir inconscientemente en este fenómeno los contenidos ajenos, los contenidos “heterogéneos”. En este sentido, el bien moral dejaba de ser moralmente bueno, empezaba a perder su propio rostro. La conclusión de Wojtyla como testigo de lo heterogéneo tenía que se parecida a la de Scheler: dejemos expresarse a la experiencia misma, para determinar qué es la moralidad. La teoría vendrá después. ¡Antes, nunca! Ni como teoría de la experiencia, ni como teoría del hombre, incluyendo su último fin.
Sin embargo, esta crítica negativa de los dos geniales clásicos de la ética no puede ocultarnos el resultado final positivo. Este resultado es el postulado de la experiencia integral e integrante. A la luz de esta experiencia, se perfectamente la unión interna de lo que, por una parte en Scheler y por otra en Santo Tomás, fue inadvertida y separada. Es indivisible. La experiencia obliga a poner “y” en lugar de “o”. no “el acto” o “la experiencia”, si no “el acto” y “la experiencia”. No es necesario unir artificialmente las corrientes de pensamiento presentadas por la ética de Scheler y la de Santo Tomás. Es suficiente mirar en profundidad, dejarse guiar plenamente por lo que se contempla, para descubrir cómo estas corrientes se exigen mutuamente. Por supuesto, la misión de la ética, del ético, del testigo de la experiencia de la moralidad, cosiste en indicar esos puentes, dirigir la atención de los otros para que puedan describirlos solos; para que puedan experimentarlos y, experimentado, testifiquen.
Wojtyla supo magistralmente indicar esos puentes. Lo hacía con pasión, pasión moderada, pero pasión. Esta pasión moderada es uno de los imanes de Karol Wojtyla. Los títulos de sus conferencias monográficas, de sus libros, son títulos puente: El acto y la experiencia; El valor y el bien; La norma y la felicidad; Amor y responsabilidad. Descubrir a alguien el puente allí donde sólo veía el abismo, una brecha entre dos cosas, sería como construirle el puente. Wojtyla es el maestro del “puente” en la ética y en la filosofía. Puente, en latín, es pons. El constructor del puente, es pontifex. ¡Impresionante! Pontifex significa también sacerdote. En Roma se llama al Papa Pontifex Maximus. ¿Realmente todos los caminos conducían a nuestro maestro de la Ética a Roma?
Veamos aquí el ejemplo de otro puente, en nombre de la experiencia del deber moral. ¿Qué es este deber moral? ¿No es el deber de afirmar a alguien por el acto, de afirmar a alguien por su dignidad personal? No porque alguien lo haya mandado. El mandato aquí no es esencial. Ni tampoco porque conduzca a alcanzar su último fin, la felicidad, aunque sea sólo porque la realización de este deber le ponga en el camino de alcanzarlo. Pero tampoco esto es importante como génesis y razón de ser del deber. ¿Entonces, por qué?
¿De verdad preguntas por qué? Si preguntaras seriamente eso, te darías cuenta del motivo que…¿Cuál? ¡Es que no ves al hombre! Sí, precisamente porque no lo ves. No que no conoces una teoría del hombre. No se trata de una teoría. Se trata de percibir que el hombre es incomparable con nada que esté fuera de él; y que es, cada uno en particular, incomparable también con cualquier otro. Distinto de los distintos, irrepetible. Es su diferencia, es inexpresable. ¡Mira el rostro! Estando en presencia del otro, estás en presencia de la cima. La cumbre es cada hombre que se levanta de esta tierra y cada uno es esta … expresó Wojtyla poeta.
¿Qué ve Wojtyla…, el filósofo? ¿Qué ve el hombre Wojtyla, uno de los mil millones, convencido de que habla no solamente en su nombre, sino en nombre de todos? Y hablar en nombre propio y en el de los otros significa dar testimonio de la propia experiencia, con el convencimiento de que expresa la experiencia de todos los demás. ¿Qué dice finalmente la experiencia del deber moral, sino que este deber moral es el deber de proclamar la dignidad de la persona, con el acto de afirmación de que esta persona es digna, en primer lugar, del “amor”? “La persona es el ser al que, de modo propio y pleno, se refiere el amor”. El amor es la responsabilidad de la dignidad de la otra persona (Amor y responsabilidad). El deber moral es el amor como algo que pertenece a la persona, por el título de ser persona; es la respuesta a la persona digna de ser persona, la respuesta medida por el objeto de la respuesta y por el sujeto de la respuesta. La experiencia prohíbe diferenciar el amor del deber y el deber del amor, y aclara que el deber moral es deber de amar a la persona y, a la vez, que el amor de la persona respecto a la persona es deber. La Ética es el tratado sobre el amor que es debido a la persona, o el tratado de la necesidad de responder a la persona con amor. La persona es el objeto y, al mismo tiempo, el sujeto de este amor debido. El ético, si tiene clara conciencia de esta experiencia, no puede dejar de mostrar el puente que existe entre el amor y el deber, los lazos internos entre ellos. Wojtyla hace esto en su obra a la que no se podía dar mejor título que Amor y responsabilidad. Esta obra es la expresión de la experiencia del hombre en el aspecto de su dignidad; es el testimonio de la dignidad de la persona y de lo que este título merece: Amor. ¿Acaso no es éste otro nombre de la responsabilidad a favor de la dignidad de la persona? Amor y responsabilidad es la obra del testigo de la dignidad personal del hombre, en el campo en que el hombre está particularmente llamado a afirmar esta dignidad en el otro y en sí mismo: en el campo de la unión matrimonial de las personas.
Y ahora, todavía otro puente que, sin embargo, no existe y que no hay necesidad de levantarlo. Contra la existencia de esta necesidad, protesta de nuevo la experiencia.
De la experiencia y del testimonio de la experiencia surge la moralidad y la ética, nace el ético. Surge también el metaética. Lo propio del sabio no sólo es analizar la realidad y expresarla. Lo propio del sabio es también introducir el orden en el conocimiento de la realidad, en su experiencia; tener conciencia del valor para su conocimiento. Sapientes est ordinare: así, de nuevo, Santo Tomás de Aquino. En el nacimiento de la meta-ética de Farol Wojtyla, tuvieron su papel sobre todo dos maestros: Santo Tomás de Aquino y Max Scheler. En el nacimiento, la ayuda es importante. Sin embargo, en el fondo no es la madre la que da a luz al hijo. El hijo nace solo. Junto a la indudable ayuda que recibió Wojtyla como ético, filósofo y metafilósofo, nació solo. Su postulado metodológico ateórico, radicalmente el punto de partida experimental, se refiere no sólo a la Ética, sino a la Filosofía en general:
Hay que experimentar
Hay que empezar desde la experiencia
de lo que es,
de lo que existe,
tal como es,
como se manifiesta,
sin ninguna condición a priori superpuesta, ni en la experiencia, ni en el desarrollo de la misma.
Ya hemos reconocido los frutos de este método: son estos puentes allí donde parecía existir un abismo. Pero hay que mencionar también otro fruto de este método, el fruto más precioso para la teoría de la ética, es decir, la Metaética. En nombre de la experiencia, Wojtyla introdujo –como recordamos- el veto contra la eliminación del deber moral, de su realidad: no podemos poner entre paréntesis su realidad. Me obliga solamente lo que me obliga realmente. ¡El deber moral existe! ¿Qué significa esto? Significa que es una existencia real. De acuerdo que esta existencia es un poco peculiar. Pero es existencia. Afirmar el deber es afirmar la existencia, afirmar el ser… Wojtyla, al mostrar radicalmente el programa del punto de vista experimental de la Ética, sabía lo que hacía. Sapientis est ordinare. Sin embargo, aportó tanto a la Ética, que aparece la tentación de decir que hizo más de lo que pensó. Al decir esto, empiezo a comprender a Chopin cuando, después de componer el famosos Etiuda E-dur, se levantó del piano y dijo: no sabía lo que escribí. ¿No sabía? ¿Quién lo sabía mejor que él? Pero precisamente por eso, sólo el tenía el derecho a decir precisamente lo que dijo. Wojtyla, al mostrar el programa del punto de partida experimental de la ética, liquida de una sola vez el problema que, desde hace dos siglos, quitó el sueño a muchos estudiosos de la ética. Se trata del “abismo” entre el ser y el deber ser, el tema del enlace de la ética con la Antropología filosófica y, finalmente, con la Metafísica con la teoría del ser. El problema clásico del puente,; del puente-fantasma. Max Black lo llamó “la guillotina de Hume”.
A la luz de lo que hizo Wojtyla, este problema no existe. “El problema” se queda en pseudo problema, liquidado, tachado de la lista de asuntos de los que merece la pena ocuparse. “Ex post”: así de sencillo. Y, sin embargo, frente a la convicción universal de los éticos sobre la realidad de este problema, la conclusión de Wojtyla es digna de generalizarse a escala mundial. Algo se ha hecho y se sigue haciendo en esta dirección. Sin embargo… en los mercados mundiales no se venden nuestras ideas, por la carencia de palabras. No, no sentimos ninguna congoja por este motivo. Pero estamos preparados para combatir. Recordemos: en el mismo punto de partida de la ética, la experiencia del deber moral manifiesta una igualdad ente el “deber” y el “ser”. ¡El deber existe! Habiendo hecho su descripción (del deber moral) en cuanto un hecho sui generis, hace falta finalmente explicarlo en su dimensión existencial y óntica. En esta perspectiva, la Ética se convierte eo ipso en la Metafísica de la moralidad, en la metafísica del deber moral. Otra cosa es que al ético no le interese, en primer lugar, e ser del deber, sino “el aspecto” del deber; no tanto que el deber tenga una entidad, sino qué tipo de entidad. Para alguien que se interesa –precisamente como teórico del ser, metafísico- sobre todo por la existencia de un hecho y no de un contenido, el problema del contenido específico del deber moral pasará inadvertido. Aunque es verdad que éste (contenido del deber moral) está presente en la visión real del ente, aunque de modo más bien confuso, es algo que pueden reconocer todos los verdaderos metafísicos. ¡Éstos nunca intentarán deducir la Ética de la Metafísica! Está claro que la Ética no expresa en profundidad y en su totalidad la explotación de los contenidos de la experiencia del deber moral, si antes no pasa el umbral de la Metafísica. Esta Ética tendría que prescindir de sacar hasta el final de los estratos de su propia fuente de la experiencia. Sería una Ética que prescindiría de sí misma.
¿Es Wojtyla solamente ético o simplemente es un filósofo? Esta contraposición tiene sus límites, es justa sólo hasta cierto punto. No se puede poner el signo de igualdad entre Ética y Filosofía. La Filosofía, no obstante, es también Ética. Quien es ético es, por ese mismo título, filósofo. Pero aquí se trata de algo más. Se trata de qué relación guarda Wojtyla filósofo de moral, con lo “demás”.
¿Quién es filósofo? De memoria cito palabras de Karol Wojtyla: Filósofo es el que experimenta lo que es como es, y el que trata de entender hasta el final lo que experimenta. La experiencia, pues, nos muestra la realidad junto con sus misterios, provocando una serie de preguntas sobre lo que se experimenta. El sustituto de la comprensión a fondo es la última explicación de la realidad experimentada. Lo que experimentamos es el mundo: todo lo que de cualquier manera está al alcance de nuestras posibilidades cognoscitivas: sauces, estrellas… Dentro de este ámbito, hay algo que llamó la singular atención de Karol Wojtyla. Le llamó la atención, no sólo por ser objeto de la experiencia, sino, -simultáneamente- objeto y sujeto de ella. Aquel ser extraordinario es el hombre, la persona humana: “el que experimenta es el hombre y lo que experimenta es también hombre. Hombre en cuanto a sujeto y objeto a la vez. Wojtyla se ha propuesto ser el testigo de la experiencia del hombre, el testigo de la verdad sobre el hombre.
¿Quién es el hombre? Wojtyla acaba de dar una respuesta previa: es alguien único en el mundo, capaz de experimentar todo lo de fuera de sí mismo y así mismo. Ecce homo. Tu y yo. Esta afirmación es la que despierta –más que tranquiliza- la curiosidad y la pasión de conocer. La verdadera respuesta puede proceder precisamente de la experiencia de sí mismo. Pero aquí surge una pregunta: ¿cómo experimentarse a sí mismo, cómo verse a sí mismo, cómo revelarse a sí mismo? ¿Existe un espejo en el que pudiera desvelarse, para mi, mi “mundo”, mi “yo”? Por supuesto que existe un espejo así, una ventana –responde Wojtyla-. Esta ventana son los actos, para mí los míos, para ti los tuyos. Pero antes, hace falta aprender a leer en este espejo de mis acciones, adquirir una cierta agilidad en mirar por esta ventana. Es entonces cuando se me revela a mi, el tuyo a ti, nos revela a nosotros mismos: personas. Con una mediocre capacidad de lectura, se observa a lo sumo como una pintura en el cristal. Con una buena capacidad, la ventana se hace cada vez más transparente para el lector. No se observa despacio la ventana, sino que se ve directamente en ella –aunque no sin ella- el mundo de la persona. Totalmente como en la lectura de una novela. El que sabe leer no se entretiene en las letras. Nadie se fija en los caracteres, en las palabras que la componen, sino que el que lee capta su sentido. Solamente un alfabeto pone su atención en las letras, no ve nada más que ellas, porque no es capaz de llegar a su significado. Wojtyla, como autor de Persona y acto, desea proporcionarnos aquel espejo-ventana en forma del acto (del obrar específicamente humano), y quiere enseñarnos el arte de leer la acción humana. Me preguntas quién eres. Sólo tú mismo puedes verlo: mira en la ventana de tu acción. Ésta es, en cierto sentido, la manera apropiada de entender y leer Wojtyla: el revelador de la persona en sus actos. Enseña a leer el propio acto, como el profesor de canto que enseña a leer la partitura. Se trata de que el alumno adquiera la habilidad de la perfección en la lectura. Respecto al resultado, está tranquilo.
Ya que me preguntas quién eres, te voy a responder… Mira aquí un acto con el que deber cumplir. Debes, aunque no tienes por qué. Puedes no realizarlo. Puedes no cumplir con aquello con lo que deberías cumplir. Cumplir o no, sólo depende de ti. Sólo de ti depende si, haciendo lo que debes de hacer, tú mismo te vas a realizar o perderás la oportunidad de autorrealización. A ti te está prescrita la autorrealización, y sólo tú mismo eres su autor. De ti mismo-dependes, a ti mismo-te sitúas, a ti mismo-te dominas, a ti mismo-te posees…
Quizá el que pregunta se sintiera insatisfecho con esta contestación y alegara: ¿¡pero yo no pregunto qué hago, sino quién soy!? Puede que Wojtyla se sintiera fuertemente preocupado, pero quizá volvería a intentar de nuevo la prueba de la ventana del acto. A ti mismo-te realizas o no te realizas, sobre ti mismo decides, a ti mismo te posees. Nadie te robará a ti mismo, pero tú mismo puedes robarte…
En el caso de que esta respuesta no satisficiera, en el caso de que apareciera con impaciencia la afirmación de que continuamente aparecen estos verbos y, aquí, precisamente se trata del nombre, de algo sustantivo… entonces, Wojtyla, comprendiendo este acostumbramiento, diría: ¡tienes, pues, tus sustantivos! Mira al acto. ¿ Acaso no eres autodependiente, autoconstituyente, autodominante, autoposeyente…? Nadie puede quitarte a ti mismo: sólo tú puedes hacerlo, sólo tú puedes quitarte a ti mismo. Mira tus acciones, tus actos: ahí eres más que nunca autodependencia, autocosntitución, autorresponsabilidad, autorrealización o auto-no-realización, autodominación, autoposesión. Tú nombre no solamente se revela en la acción. Éste, en gran medida, se compone de tu materia. Sí, es verdad, eres realmente quien eres. Pero todavía más: eres… “hacia”. ¿Hacia qué? Eres hacia ti mismo. ¿Hacia qué yo mismo? Esta calidad de ti mismo por la que preguntas, depende de ti, del cumplimiento o no cumplimiento de aquellos multiformes “DEBO” que, en el fondo, constituyen múltiples desafíos y llamamientos al amor, a la aceptación y a la afirmación de la persona. De la persona en los demás y, entre ellos, la afirmación de Aquella persona gracias a la que existen personas, y gracias a la que tú también eres persona.
Sólo en este camino del cumplimiento de aquellos desafíos y llamamientos tú te autorrealizas, te haces tú mismo de manera plana. El camino hacia mí mismo conduce sólo a través del amor, por la elección de la fundamental solidaridad con cada otro, a través del SÍ por el acto para cada persona por el título de su dignidad, a través de la dignidad del otro en cuanto persona. Todo NO puede proceder solamente de aquél SÍ afirmativo, y únicamente a la luz de este sí se justifica y se explica.
Por supuesto, en las condiciones de opresión, que dificultan a la persona su autorrealización en la elección del verdadero bien o amor, aquel SÍ puede expresarse, incluso tiene que expresarse, en forma de NO; en forma de una protesta. El amor se convierte entonces en un “signo de contradicción”. En estos casos, este es, el único modo de testimoniar a favor de la verdad sobre la dignidad del hombre en cuanto persona, el único modo de expresar el amor hacia él y la verdadera preocupación por su bien.
Si tuviera, en cambio –ya para terminar- que definir mi postura sobre Karol Wojtyla en cuanto filósofo, diría: es filósofo de la libertad, en el servicio del amor. Claro que, lo dicho, es una abreviatura muy fuerte. Por tanto, vale la pena destacar, por separado, dos de sus elementos. Primero, “filósofo de la libertad” quiere subrayar el objeto del filosofar wojtyliano: es un analítico de la “interioridad” humana, revelándola, sobre todo, a través del análisis de los actos del autodominio. Segundo, “filósofo del amor” se fija en la autodescripción en el papel del filósofo. Wojtyla, en su papel de filósofo, es un testigo de la dignidad del hombre profundamente preocupado por el total compromiso de la libertar al servicio de la dignidad. Cómo Karol Wojtyla sirve a esta dignidad, cómo expresó y expresa su testimonio respecto a ala verdad de la persona, es cuestión universalmente conocida. Hoy son numerosos los atentados que acechan contra la dignidad humana, atentados dentro de nosotros y fuera de nosotros mismos. Conseguimos como individuaos y como grupos organizados defendernos algunas veces por nosotros mismos: antes la verdad sobre nosotros mismos, ante la oportunidad de ser lo que somos y lo que tenemos que ser. Es, pues, comprensible que este filósofo de la libertad en servicio del amor, testigo de la experiencia integral del hombre, pueda ser –y esto, en nombre de la afirmación de la humanidad –“signo de contradicción”. Y, a mi juicio, algunas veces seguro que lo será.
Tadeusz Styczen SDS
(traducción del polaco de Cristina de Salas)