JOSÉ LUMBRERAS PINO/PERIODISTA

Resurge, por estas fechas abrileñas, lo que la Cristiandad, y Humanidad entera, vivimos, sintiendo el pálpito de lo divino y humano en la sublimal Plaza de St. Pietro: la pasión y tránsito vital hasta el item est de Juan Pablo II, «il Grande», «Papa della Vita», «Papa di tutti» Como hice, un año atrás, en esta misma tribuna, tras vivir (sufrir/gozar) las trascendentes jornadas en torno al escalofriante «il Nostro Santo Padre e tornato a la Casa del Padre» de monseñor Sandri (2.04.05), y del sobrio túmulo ante el que se concentraron y doblegaron (8.04.05) etnias y jerarquías del orbe entero, en el mayor abrazo ecuménico y suprarracial, con aquel coro final de «Santo subito, Santo ya», quisiera compartir algunas reflexiones escritas y cantadas en solfa humanista/cristiana en este primer aniversario de la efeméride.
Pero es tanto lo que se ha expresado estos días conmemorativos, que es difícil exponer algo peculiar. Se me ocurre subrayar una faceta un tanto inédita del humanismo, vida y obra de Juan Pablo II: su amor apasionado por los pobres, enfermos y niños, sobre todo niños que sufren deficiencias (tan injustamente llamados subnormales, anormales, minusválidos, deficientes físicos/psíquicos , y menos lo que algunas instituciones se empeñan en poner de moda: discapacitados). Por mi cuenta y riesgo, sugiero e invito a llamarles «prosensitivos». Y me explicaré, a ver si puedo convencer a alguien. «Discapacitados» somos, de un modo u otro, todos los humanos, que siempre fallamos en «algo»: en lo físico/externo, hay quienes nacen bajísimo/altísimo/gordísimo/delgadísimo, feo a rabiar, chato/narizudo, de piernas corvas/delgadas/gruesas, cejijunto/tuerto Y más aún en deficiencias intrínsecas: corto de intelecto, tímido, desmemoriado, soberbio, malvado, egoísta, explotador , y tantos defectos sociales/morales, según el concepto individual de vida y convivencia.
Qué tipo de deficiencia es más soportable: la del apopléjico, con alguna tara física/psíquica, que sólo exige atención, cuidado y mimo; o la del insoportable por su malgenio, carácter impositivo, maltratador, que imposibilita la convivencia familiar, profesional, social. Prefiero a los no culpables directos y voluntarios de sus taras, al nacer con defectos o por avatares de la vida, y que, repito, lo que más necesitan es amor y sacrificio de quienes les engendraron o integran su entorno, para que su vida sea más llevadera y, en lo posible, dulce. Es palpable que estos 'especiales' seres humanos -que la sociedad racionalista se empeña en marcarles con calificaciones que subrayan sus discapacidades, minusvalías, anormalidades- son especialmente sensibles (de ahí lo de prosensitivos) y sumamente agradecidos, con sus sonrisas y miradas que, en los niños, suelen ser rayos que iluminan a los que tienen para ellos palabras y gestos de amor, que devuelven con creces, hasta crear un clima de íntima y profunda cordialidad y sensibilidad. Cuántos padres, familiares, y gentes sensibles, se sienten ejemplarizados por su dulce 'sufrir'. Como Jesús en la Cruz, o Juan Pablo II en su lecho mortal, ambos en una larga y doliente agonía, que motivó y santificó a los que tienen capacidad de ver y pensar con fe y espiritualidad.
Y llego a mi reflexión principal: estos niños impedidos en algunos de sus sentidos de comunicación (ciego, sordomudo ), en sus órganos vitales (motrices, intelectuales, cerebrales, psíquicos ), hasta los diversos niveles de apoplejía (que en tantos casos afectan profundamente a su vida vegetativa), desarrollan, con capacidades superiores a las normales en los humanos 'sanos', los demás sentidos, órganos y sentimientos. De una madre a su hija: «Ser ciega es una condición, no un defecto, defecto que Dios te compensa dotándote con otras capacidades de orientación y sensibilidad que los llamados normales no tenemos, y que te permitirán conseguir todo lo que quieras de la vida». De todas las deficiencias, es más injusta e inexacta la tan cacareada 'discapacidad' que padecer una minusvalía física, ya que la primera afecta a la capacidad, esencia de la entidad humana. ¿No vemos cómo tantos niños/jóvenes, que nacieron/adquirieron alguna de estas múltiples deficiencias físicas/psíquicas, practican, con nota alta, incluso sobre la media de los autonominados 'humanos normales', actividades intelectuales, culturales, profesionales, sociales y deportivas (haciendo virguerías incluso en sillas de ruedas), que sorprenden a los más exigentes? Y qué decir de los niños que unos llaman 'mongólicos/subnormales', y otros llamamos 'niños del amor', con sensibilidad y amorosidad que ya quisieran tener muchos de los 'normales', y que 'aprenden' a cumplir con eficiencia funciones profesionales y sociales. Menos, en fin, calificativos injustos e hirientes (sobre todo ese de 'discapacitados', que les descalifica en lo más esencial de la entidad humana), y considerémosles como seres 'capacitados' para aprender y desarrollar casi todo, menos aquella tara física o psíquica por genes o enfermedades contraídas, pero que compensan con creces superándose, por encima de lo normal, en las muchas capacidades que forman la integridad del ser y vida humana.
Concluyo con una frase de la encíclica más impactante de la herencia pastoral de Juan Pablo II, que marca la esencia de la Cristiandad y es referente para esta Humanidad desasosegada y racionalista: Redemptor hominis, sobre los pobres y marginados de la sociedad de consumo y bienestar, dominada por el poder del mal, egoísmo y miedo: «El hombre no puede vivir sin amor; resultaría un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio » Y concreta: «Por eso, Cristo Redentor revela plenamente el hombre al mismo hombre Ese profundo estupor respecto al valor y dignidad del hombre se llama Evangelio, es decir Buena Nueva. Se llama también Cristianismo». Y es que el humano Karol Wojtyla fue un apasionado por Dios y por el Hombre, en todas sus grandezas y debilidades. Su protección y amor a pobres y enfermos, y a esos «prosensitivos» a los que la natura privó de alguna de las capacidades humanas, seguro que ¿no ha disminuido! Quien más, quién menos, tiene a su vera, en sus vidas, un ser humano necesitado de Amor, que un cristiano, todo hombre cabal, debe practicar, como el mejor lema para vivir con sentido de trascendencia y santificación.
Uno de los rasgos específicos de la personalidad de Juan Pablo II es el lugar destacado que concedió siempre a la cultura. No es extraño porque el joven Karol Wojtyla bebió abundantemente en las fuentes de la cultura polaca, sobre todos en los años de la ocupación alemana, cuando leer las obras de los grandes poetas del Romanticismo –Mickiewicz, Norwid, Slowacki- casi equivalía a una profesión de fe en la existencia de la nación polaca, reducida a la condición de nación sin Estado entre 1795 y 1918 por los arbitrarios repartos que imponía el credo de las relaciones internacionales de entonces: la injusta balance of power, nueva expresión de la ley del más fuerte para sojuzgar a los débiles. Perdido el soporte territorial que caracteriza a la soberanía, no desapareció, sin embargo, Polonia. Lo atestigua ese dicho popular que repitieron los polacos de varias generaciones: “Polonia existirá mientras nosotros vivamos”.
Algo parecido podría decirse del período comunista que conocieron Polonia y otros países de Europa Central y Oriental. Sin duda, no es casual que muchos de los disidentes del bloque comunista fueran historiadores o filósofos: eran aquellos que supieron mantener viva la llama de la cultura en un mundo que vivía de estadísticas infladas y discursos grandilocuentes, en el que se hablaba constantemente de progreso aunque los progresos, incluso en lo técnico, dejaran mucho que desear. En ese mundo no se amaba realmente la cultura, pues imperaba el prejuicio materialista de que la cultura es tan sólo una superestructura y que lo más importante son las relaciones de producción. No obstante, Juan Pablo II, al inicio de su pontificado, al dirigirse a la Asamblea de la UNESCO (2 de junio de 1980), resaltaba el gran valor de la cultura: “ El hombre vive una vida verdaderamente humana gracias a la cultura (...) la cultura es aquello a través de lo cual el hombre, en cuanto hombre, se hace más hombre, es “más” (...) La nación es, en efecto, la gran comunidad de los hombres que están unidos por diversos vínculos, pero, sobre todo, precisamente por la cultura (...) Soy hijo de una nación que ha vivido las mayores experiencias de la historia, que ha sido condenada a muerte por sus vecinos en varias ocasiones, pero que ha sobrevivido y que ha seguido siendo ella misma. Ha conservado su identidad (...) apoyándose exclusivamente en su cultura. Esta cultura resultó tener un poder mayor que todas las otras fuerzas”[1]. Además de hilo conductor para la supervivencia del espíritu –que no del ídolo-de un pueblo como el polaco, el Pontífice veía la cultura como algo consustancial al hombre, y no como un producto coyuntural de las fuerzas económicas. De ahí que en ese mismo discurso señalara que el porvenir del hombre descansa en la cultura. Esta reflexión de Juan Pablo II nos lleva a preguntarnos sobre el escaso valor que algunos conceden en nuestras sociedades
occidentales a la cultura en nombre de la técnica y de un pragmatismo que dice fundamentarse en la eficacia. Más preocupante es todavía el creciente divorcio entre educación y cultura, con la extendida creencia de que los educadores deben ser personas más de procedimientos y psicologías que de cultura. Esta errónea creencia suele reducir la cultura a una recopilación de informaciones que pueden consultarse ad libitum en las bibliotecas o en la red. La cultura se convierte así en mero saber instrumental, y no parece haber lugar para la “primacía del espíritu”, que el Papa mencionara en aquel histórico discurso.
Podría decirse que la cultura tiene mucho que ver con el conocimiento de sí mismo y, por supuesto, con el conocimiento de un Dios que trasciende al hombre. Por tanto, una cultura en la que no esté presente una dimensión religiosa, más específicamente cristiana en el caso polaco, lleva consigo un vacío espiritual, algo a lo que se refería el cardenal Stefan Wyszynski en 1966, año del milenario del bautismo de Polonia, en unas palabras que fueron recordadas por Juan Pablo II en 2001: “El actual empobrecimiento del pensamiento (...) muestra una decadencia de la cultura, experimentada como consecuencia del abandono de las inspiraciones religiosas”[2]. Así pues, la cultura polaca tiene unas innegables raíces cristianas, tal y como recordara el Papa en su primera visita a su patria polaca, en un encuentro con los jóvenes en Gniezno, el 3 de junio de 1979: “La cultura polaca muestra desde sus comienzos signos cristianos bien evidentes. El bautismo, que durante todo el milenio han recibido las generaciones de nuestros compatriotas, les introducía no sólo en el misterio de la Muerte y la Resurrección de Cristo, no les convertía únicamente en hijos de Dios por medio de la gracia, sino que encontraba un gran eco en la historia del pensamiento y en la creatividad artística, en la poesía, la música, el teatro, las artes plásticas, la pintura y la escultura (...) La inspiración cristiana no deja de ser la fuente principal de la creatividad de los artistas polacos”[3]. Desde una perspectiva más amplia, estas consideraciones serán recalcadas en la Carta del Santo Padre Juan Pablo II a los artistas (1999): “ (...) los temas religiosos son de los más tratados por los artistas de todas las épocas (...) Se ha puesto de relieve también una peculiar relación entre el arte y la revelación cristiana. Esto no quiere decir que el genio humano no hay sido incentivado también por otros contextos religiosos (...) Sin embargo, sigue siendo verdad que el cristianismo, en virtud del dogma central de la Encarnación del Verbo de Dios, ofrece al artista un horizonte particularmente rico de motivos de inspiración” (13)[4].
De esa inspiración cristiana en la cultura y el arte polacos, tan apreciada por Juan Pablo II al considerarla un filón inagotable, trata el presente trabajo. Se aportan algunos ejemplos de cómo el magisterio del Pontífice polaco valoró de un modo especial la relación entre la fe y la cultura. En estos ejemplos las raíces cristianas son innegables, por mucho que la obra y la trayectoria de sus autores no siempre se ajustara al sosiego, pese a las dificultades, que debería caracterizar una auténtica vida cristiana. Después de todo, algunos se inscriben en el torrente emotivo del Romanticismo del siglo XIX, y otros que han vivido en el siglo XX se han dejado llevar por las inquietudes –y las contradicciones- que caracterizan a esos hombres de eterna búsqueda que son los intelectuales y artistas. Encontraremos, en primer lugar, a Henryk Sienkiewicz, el Premio Nobel de Literatura que escribiera Quo Vadis; y a Jerzy Kawalerowicz, renombrado cineasta que adaptó en 2001 esta afamada novela en la que es hasta la fecha la mayor producción del cine polaco. Para concluir, nos centraremos en la figura de un poeta romántico no tan conocido fuera de su país: Cyprian Camil Norwid, uno de los escritores más estimados por el Papa Wojtyla, y sin duda una apreciada fuente de inspiración a lo largo de su vida.
Quo Vadis, el film de Jerzy Kawalerowicz y la novela de Henryk Sienkiewicz
Jerzy Kawalerowicz (n. en 1922)[5] es un director de cine polaco que alcanzó cierta celebridad internacional, tras ser galardonado con el premio especial del jurado del festival de Cannes por Madre Juana de los Ángeles (1961), crónica de los sucesos derivados de unos supuestos casos de posesión diabólica en el convento francés de Loudun a mediados del siglo XVII. El tema ha conocido diversas versiones cinematográficas y literarias, siendo particularmente difundida una novela de Aldous Huxley. En cualquier caso, el común denominador de estas historias es una actitud hipercrítica hacia la Iglesia católica, y el film de Kawalerowicz no es ninguna excepción al respecto. El otro gran éxito del cineasta fue Faraón (1966), adaptación de una novela histórica de Boleslaw Prus, un representante destacado del movimiento positivista polaco de finales del siglo XIX, y que narra la historia de un supuesto faraón llamado Ramsés XIII, enfrentado al gran sacerdote de Amón, que es quien detenta el auténtico poder en Egipto. La novela es una reflexión sobre el poder, mucho más importante que cualquier precisión histórica que resulta secundaria, y se dice que el propio Prus se inspiró en la Alemania del II Reich, una de las potencias que entonces subyugaban a Polonia. Sin embargo, la lectura que se hizo del film de Kawalerowicz fue la de presentar el poder e influencia de la Iglesia católica sobre el pueblo polaco, resultando algo así como una epopeya histórica anticlerical.
Estos antecedentes de la filmografía de Kawalerowicz se presentan como acusado contraste a su fidedigna adaptación de Quo Vadis, la crónica de los tiempos de Nerón que no sólo relata el amor del noble romano Marco Vinicio por Ligia, una muchacha hija de reyes y procedente de un pueblo antecesor de los actuales polacos. Es también un logrado retrato de personajes secundarios de gran fuerza expresiva como Petronio, Nerón, los apóstoles Pedro y Pablo, así como de los primeros cristianos de Roma que murieron víctimas de la persecución desatada contra ellos, tras serles atribuida la responsabilidad del incendio de la Urbe que ordenara el propio emperador en el año 64. La novela de Henryk Sienkiewicz (1846-1916) debe mucho al pintor polaco Henryk Siemiradzki, residente en Roma, y que llamó la atención de su compatriota sobre una capilla situada en la Via Appia, junto a la puerta de San Sebastián, donde se sitúa el escenario de una tradición que habla de una aparición de Jesús al apóstol Pedro. Juan Pablo II hizo referencia a ella en su homilía de inauguración del pontificado, el 22 de octubre de 1978: “Según una antigua tradición (que ha encontrado también una magnífica expresión literaria en una novela de Henryk Sienkiewicz), durante la persecución de Nerón, Pedro quería abandonar Roma. Pero el Señor ha intervenido: le ha salido al encuentro. Pedro se dirige a El diciendo: “Quo Vadis, Domine? (¿Dónde vas, Señor)”. Y el Señor le responde enseguida: “Voy a Roma para ser crucificado por segunda vez”. Pedro volvió a Roma y permaneció aquí hasta su crucifixión”[6].
Esta alusión a la obra de Sienkiewicz no es la única durante el pontificado del Papa polaco, pues volvemos a encontrarla en el discurso dirigido a los jóvenes de Roma el 9 de marzo de 1984, tras la celebración del Miércoles de Ceniza en las catacumbas de San Calixto. Juan Pablo II recordaba un episodio de su vida, que le parecía bastante actual. Sus recuerdos le trasladaron a noviembre de 1946, cuando llegó por primera vez a Roma, recién ordenado sacerdote, para completar sus estudios. Confesó a sus oyentes que llevaba en su pensamiento a Roma “como un sueño, como un ideal”; que se había preparado para aquel encuentro durante los largos años de su formación académica: “Me preparé sobre todo con la lectura de un libro que, aunque fue escrito por un autor polaco, está enteramente dedicado a la Roma de los primeros cristianos: Quo Vadis? En efecto, nos encontramos muy cerca de aquel lugar, conocido por toda la tradición cristiana; en el lugar en el que Cristo ha salido al encuentro de Pedro y le ha pedido volver a Roma precisamente en el período de persecución”. Con todo, Juan Pablo II reconocía que en sus paseos por las calles e iglesias de Roma a finales de 1946, no encontraba la imagen de Roma que se había forjado en su interior, hasta que cambió de escenario: “Finalmente he llegado a las catacumbas, he visitado las primeras basílicas cristianas dónde casi se percibía la presencia de los primeros cristianos, de las primeras generaciones de cristianos. Ha sido entonces cuando he reconocido la Roma que vivía en mi alma”[7]. La imagen de la Roma cristiana en el joven sacerdote Karol Wojtyla debía mucho, sin duda, a la novela de Sienkiewicz, un escritor que trataba de buscar un núcleo espiritual en los acontecimientos históricos, y que se había apartado de la filosofía positivista que abrazara en su juventud. Podríamos decir que el novelista “aprendió”Roma, durante sus seis períodos de residencia en la Ciudad Eterna a partir de 1879, cuando quedó cautivado por la grandiosidad de las ruinas del Foro y se paseaba por las orillas del Tíber leyendo a Tácito. Por su parte, Karol Wojtyla, en los dos años de sus estudios de doctorado, seguiría el consejo del P. Karol Kolowski, rector del Seminario de Cracovia, que le decía que más importante que los estudios de teología -¡también se pueden hacer en otra ciudad!-, era aprender Roma misma[8].
Por lo demás, la novela de Sienkiewicz tiene otras claves: el personaje de Ligia guardaría relación con la tribu de los lugiones que, en la época romana, vivía entre el Oder y el Vístula. La doncella Ligia, convertida al cristianismo, no deja, por tanto, de ser una personificación de la nación polaca. Por lo demás, y según reconocía el propio autor, la persecución de Nerón era asimilable a la desatada por prusianos y rusos contra los polacos, entre otras cosas, por su fidelidad a la Roma católica.[9] . No obstante, con ocasión del preestreno de la película de Kawalerowicz el 30 de agosto de 2001, Juan Pablo II no hizo referencias expresas a Polonia, y sí las hizo a la tradición cristiana y a la actualidad de la narración de Sienkiewicz. En aquella tarde, en el aula Pablo VI, el Papa tenia forzosamente que recordar: “En efecto, estamos en el área del circo de Nerón, donde muchos cristianos sufrieron el martirio, incluido san Pedro. Testigo mudo de aquellos acontecimientos, trágicos y gloriosos, es el obelisco, el mismo obelisco que entonces se hallaba en medio del circo y que, desde el siglo XVI, se yergue en el centro de la plaza de San Pedro, corazón del mundo católico. En la cima del obelisco destaca la cruz, como para recordarnos que el cielo y la tierra pasarán, con los imperios y los reinos humanos, pero Cristo permanece: él es el mismo ayer, hoy y siempre”[10]. El Pontífice también pareció fijarse en las últimas escenas del film, rodadas en el monte Mario, donde se divisa una impresionante vista de la Ciudad Eterna, en la que sigue dominando la magnífica cúpula vaticana. Pedro regresa a Roma, tras su encuentro con el Señor, pero se trata de la Roma actual, con sus múltiples edificaciones y su complicado tráfico. Juan Pablo II lo asoció con el gran Jubileo del 2000: “Y Jesús como entonces, nos respondió: “Venio iterum crucifigi. Vengo para ser crucificado de nuevo”, es decir, vengo a renovar mi don de salvación a todos los hombres, en el alba del tercer milenio. Desde esta perspectiva, cobra un profundo significado la intención del director, al imaginar que san Pedro dirige esa misma pregunta al hombre contemporáneo: “Quo vadis, homo? ¿A dónde vas, hombre”. ¿Vas al encuentro de Cristo, o sigues otros caminos que te llevan lejos de él y de ti mismo?”[11]. Y es que la historia relatada por Quo Vadis, no puede dejar a nadie indiferente: hay que tomar partido. De ahí que el cristianismo no fuera una religión más, que aportara otra divinidad más para añadir al panteón romano. Vinicio, el converso, reconoce en un pasaje de la novela la sorprendente novedad de una religión que exige acomodar la propia conducta a la fe profesada. Nada que ver con la multiplicidad de dioses y templos en los que se ofrecían sacrificios para implorar interesadamente el favor de unas divinidades dispuestas siempre a descargar su furor sobre los hombres. Nada que ver esas religiones con la religión del amor. A este respecto, podemos recordar una breve secuencia del film de Kawalerowicz, en la que Vinicio pregunta a los apóstoles Pedro y Pablo qué aporta de nuevo el cristianismo al mundo, teniendo en cuenta que Grecia alumbró sabiduría y belleza, y Roma construyó un imperio. La respuesta es unívoca y totalmente novedosa, entonces y ahora: “El amor”.
Sin embargo, tanto en la novela como en la película, brillan algunos personajes secundarios que son capaces en bastantes momentos de arrebatar los primeros planos a Ligia, Vinicio y el resto de personajes cristianos. Entre ellos destaca Petronio, el árbitro de la elegancia, el único esteta de la corte de Nerón y también tío de Vinicio, incapaz de comprender la conversión de éste. En una escena del film, como tantas otras muy fiel al libro original, Petronio reprocha airadamente a su sobrino que los cristianos hayan matado su amor por la vida: a los cristianos les parece vanidad el amor, la belleza y el poder. Nunca entenderá el diferente concepto que los cristianos tienen de todas esas cosas. Se diría que Petronio es la imagen fiel del hombre que no quiere elegir entre el bien y el mal, quizás porque él mismo no tenga muy claro dónde empiezan uno y otro. De ahí que rechace tanto al cruel y sanguinario Nerón como a los “aburridos” cristianos, pues su naturaleza se rebela contra la nueva religión. No pretende ser un hombre virtuoso y quizás habría compaginado con el escéptico Pilato. Pese a todo, Petronio cae simpático tanto al lector como al espectador: un lector infantil de Quo Vadis como el destacado escritor francés Henri de Montherlant, reconoció muchos años después cómo le habían cautivado los personajes paganos de la novela, en especial Petronio. Uno de los libros escritos al final de su vida, Le Treiziéme César[12], es precisamente una apología de grandes personajes de la Roma pagana, que se nos proponen implícitamente como modelos, algo que no buscaba Sienkiewicz al escribir Quo Vadis. En sus páginas también cobran una fuerza especial los mártires cristianos, algo que no sucede en otras novelas históricas similares. Juan Pablo II recordaba el ejemplo de esos testigos de Cristo, en sus palabras finales con ocasión del preestreno del film de Kawalerowicz: “Es necesario recordar el drama que experimentaron en su alma, en el que se confrontaron el temor humano y la valentía sobrehumana, el sentido de la soledad ante el odio inmutable y, al mismo tiempo, la experiencia de la fuerza que proviene de la cercana e invisible presencia de Dios y de la fe común de la Iglesia naciente. Es preciso recordar aquel drama para que surja la pregunta: ¿algo de ese drama se verifica en mí? La película Quo vadis? permite volver a esta tradición de pruebas emocionantes y ayuda a reconocerse en ella”[13]. Es, sin duda, el mismo drama que experimenta el personaje de Chilón Chilónides, charlatán y estafador griego que presume de filósofo, el hombre que es capaz de vender la pureza e inocencia de Ligia y de otros cristianos para buscar supuestos poder e influencia... a los pies del César. En otras versiones cinematográficas, anteriores a la de Kawalerowicz, se recalca la perfidia de Chilón, pero no se suele presentar, como en este film polaco, a un hombre tocado por la gracia de la conversión, que sufrirá el martirio tras haber sido bautizado por Pablo de Tarso.
Cyprian Norwid: influencias de un poeta favorito
En Memoria e identidad, su último libro publicado, Juan Pablo II se refiere al siglo XIX como la cima de la cultura polaca: “En ninguna otra época la nación ha producido escritores tan geniales como Adam Mickiewicz, Juliusz Slowacki, Zygmunt Krasinski o Cyprian Norwid[14]”. El Papa cita también a representantes ilustres de la música, las artes plásticas o el teatro que pertenecen al mismo período histórico, para después extraer una conclusión en la que relaciona nación con cultura: “No se puede dejar de constatar que este período extraordinario de madurez cultural durante el siglo XIX preparó a los polacos para el gran esfuerzo que les llevó a recuperar la independencia de su nación, Polonia, desaparecida de los mapas de Europa y del mundo, volvió a reaparecer a partir del año 1918 y, desde entonces, continúa en ellos”[15]. Cabe entender que el triunfo de la nación polaca, que finalmente consigue su independencia, es un triunfo del espíritu, de la fuerza de la palabra, por lo general la de los poemas de sus grandes escritores del XIX. Algunos le llamarían a esto mesianismo o profetismo, pero estos términos no hacen auténtica justicia a sus representantes, y menos todavía el calificativo de visionarios. En otros autores contemporáneos de Europa Occidental –y que suelen ser tachados de románticos y de revolucionarios- se aprecia un afán de hacer tabla rasa del pasado, de continuo desafío y hasta de complacencia en escandalizar la sociedad burguesa; su rechazo del Antiguo Régimen lleva consigo casi inexorablemente el del cristianismo. Todo lo contrario de los poetas románticos polacos, para quienes la revolución supone una vuelta a los orígenes, dada su creencia que el catolicismo es inseparable del carácter específicamente polaco. George Weigel, biógrafo de Juan Pablo II, opina que, en esta tradición singular, ser revolucionario es interesarse muy de cerca por la doctrina y la moral católica[16]. Al niño Karol Wojtyla le atraen los salmos y los cantos religiosos, pero también despierta su sensibilidad la poesía romántica polaca, no tanto por su lirismo afectivo sino sobre todo por su fuerza combativa y su capacidad educadora, tal y como reconoce Alain Vircondelet, un biógrafo de la infancia y juventud de Juan Pablo II[17].
Entre los poetas preferidos del Papa ocupa un lugar preferente Cyprian Camil Norwid (1821-1883), al que consideraba uno de los grandes poetas y pensadores de la Europa cristiana. Norwid, de familia humilde, perdió a sus padres a temprana edad y sería tutelado por su abuela. No terminó sus estudios secundarios, pero su interés por la pintura le llevó a estudiar en una escuela de arte en Varsovia, y poco después viajaría a Italia y Alemania para completar su formación artística. En 1846, encontrándose en Berlín, cometió el error de prestar su pasaporte a un revolucionario ruso, que más tarde fue detenido. Norwid, sospechoso de actividades subversivas, fue encarcelado durante un mes, y en la cárcel contrajo una infección en el oído que le dejó casi totalmente sordo. El incidente tuvo también una consecuencia mucho más trágica para Norwid: nunca se le permitiría volver a su tierra polaca que entonces estaba bajo la soberanía rusa. Tras un breve período de residencia en París, se embarcó para Nueva York en 1852, donde conocería toda clase de penalidades económicas, que le llevarían a regresar a París dos años después. En la capital francesa permaneció hasta su muerte, luchando contra la pobreza y la soledad. En los últimos meses de su vida fue atendido por las religiosas de un asilo de ancianos. Norwid es un autor polifacético: poeta, prosista, dramaturgo, filósofo, pintor y grabador. Fue capaz de expresar sus opiniones de modo muy diverso, aunque sea alguien difícilmente clasificable. No se ajustaba por completo a la poesía de la segunda generación de románticos polacos y combatirá enérgicamente los valores intelectuales y filosóficos del positivismo, una corriente de pensamiento muy difundida por entonces y en la que militara Sienkiewicz, mucho antes de escribir Quo Vadis [18].
Con ocasión de cumplirse el 180º aniversario del nacimiento de Cyprian Norwid, Juan Pablo II recibió en audiencia a los representantes del Instituto del Patrimonio Nacional Polaco, el 1 de julio de 2001. El Papa evocó distintos momentos de su vida para señalar que le unía a Norwid “una estrecha confianza espiritual, desde los años del instituto. Durante la ocupación nazi, los pensamientos de Norwid sostenían nuestra esperanza puesta en Dios, y en el período de la injusticia y del desprecio, con los que el sistema comunista trataba al hombre, nos ayudaban a perseverar en la verdad que nos fue confiada y a vivir con dignidad”[19]. Norwid tuvo una vida difícil, marcada por las contrariedades y los sufrimientos físicos y morales. Juan Pablo II lo clasificaba entre ese reducido número de personas que han sabido definir elocuentemente la scientia crucis, y citaba en el discurso algunos de sus versos: “No te sigas a ti mismo con la cruz del Salvador, sino al Salvador con tu cruz (...) Este es, en definitiva, el secreto de la dirección correcta”. Sobre este particular, el Papa añadió esta reflexión: “Es significativo que, según Norwid, los crucificados deberían estar sin la figura de Cristo, para de esta manera indicar de un modo más evidente el sitio donde debe permanecer un cristiano. De hecho, únicamente aquellos en cuyo interior se desarrolla a diario el drama del Gólgota, pueden decir: la Cruz “se ha convertido para nosotros en la puerta””[20]. Convendría hacer la observación de que un poeta que, en su juventud se sintió atraído por el mundo clásico y tradujo a Horacio, escriba acerca de la cruz, algo que sonaría como necedad en el culto universo de griegos y romanos. Y es que su entusiasmo por la Antigüedad clásica no le impide, como a otros escritores más preocupados por un mero esteticismo, percibir el declive político y moral de aquella civilización. En uno de los poemas más celebrados de Norwid, Mármol blanco, se nos presentan los horrores del espectáculo del anfiteatro: hombres combatiendo hasta morir, o toda clase de personas muertas de variadas maneras ante los ojos inyectados en sangre de un público inmisericorde. El protagonista del poema es Espartaco, el esclavo sublevado contra Roma, que acusa a los romanos de haber renegado de los nobles ideales representados por los dioses: la sabiduría de Minerva, la belleza de Venus... ¿Qué queda de todo eso ante la imagen de “doscientos mil espectadores que rugen a diario en su necesidad de sangre y lágrimas”?[21]
Los escritos de Norwid, tan poco conocidos fuera de Polonia, darían para muchas reflexiones ligadas a Juan Pablo II. Añadamos finalmente que el Pontífice se identifica con el concepto de patriotismo expresado por Norwid en estos versos, y que nada tienen que ver con los nacionalismos excluyentes: “¡Para ser nacional, hay que ser supranacional¡Y para ser humano, ser sobrehumano... ser dos y uno, ¿por qué?”. Sobre este particular, el Pontífice añade en el discurso citado: “Con gran dolor decía Norwid a los polacos que nunca serían buenos patriotas, si antes no se esforzaban, ni más ni menos, en ser hombres”[22]. Es sabido que Juan Pablo II supo contraponer el patriotismo al nacionalismo, conceptos muy diferentes que los nacionalistas han intentado en convertir en sinónimos desde el momento en que han establecido unas rigurosas pautas para indicar quién es patriota y quién no. Sin embargo, el Papa polaco, siguiendo la estela de Norwid y otros compatriotas suyos, distinguirá en Memoria e identidad: “En efecto, el nacionalismo se caracteriza porque reconoce y pretende únicamente el bien de su propia nación, sin contar con los derechos de las demás. Por el contrario, el patriotismo, en cuanto amor por la patria, reconoce a todas las demás naciones los mismos derechos que reclama para la propia, y por tanto, es un amor social ordenado”[23].
Estos son tan sólo algunos ejemplos de la influencia de la cultura polaca, primero en Karol Wojtyla y luego en Juan Pablo II. Son ejemplos ligados a la vida espiritual, a una vida del hombre con la doble dimensión de cuerpo y alma. Son referencias, sin duda, polacas pero en modo absoluto exclusivas, pues son también universales, dadas las raíces cristianas que les sirven de fundamento.
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[1] Discurso del Santo Padre Juan Pablo II a la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, 2 de junio de 1980, enlace 1
[2] Citado en discurso de Juan Pablo II al Senado Académico de la Universidad “Cardenal Stefan Wyszynski” de Varsovia, 15 de diciembre de 2001, enlace 2
[3] Discurso de Juan Pablo II durante el encuentro con los jóvenes de Gniezno, 3 de junio de 1979, enlace 3
[4] Carta del Santo Padre Juan Pablo II a los artistas, 1999, enlace 4
[5] Entrevista con Jerzy Kawalerowicz en Kinoeye, vol. 1, issue number 7, 2001.
[6] Homilía de Juan Pablo II en el inicio de su pontificado, 22 de octubre de 1978 enlace 5
[7] Discurso de Juan Pablo II a los jóvenes de Roma tras la celebración del Miércoles de Ceniza, 9 de marzo de 1984, enlace 6
[8] JUAN PABLO II: Don y Misterio. En el quincuagésimo aniversario de mi sacerdocio, Madrid, 1996, p. 66
[9] Sobre Sienkiewicz y Quo Vadis, puede consultarse el capítulo “Un polaco vuelve a Roma (1896)”, perteneciente a un libro escrito por el autor del presente trabajo. Vid. RUBIO PLO, A.R.: Vidas Romanas. Treinta y tres personajes de la Roma eterna. Madrid, 2004, pp. 187-192.
[10] Discurso del Santo Padre Juan Pablo II con ocasión del preestreno de la película “Quo Vadis”, 30 de agosto de 2001, enlace 7
[11] Discurso con ocasión del preestreno de Quo Vadis...
[12] MONTHERLANT, H. De, Le treiziéme César, París, 1970.
[13] Discurso con ocasión del preestreno de Quo Vadis...
[14] JUAN PABLO II, Memoria e identidad, Madrid, 2005, p. 78.
[15] JUAN PABLO II, Memoria e identidad..., p. 79
[16] WEIGEL, G.: Juan Pablo II, testigo de esperanza, Madrid, 1999, p. 50.
[17] VIRCONDELET, A.: Jean-Paul II. Naissance d’un destin, París, 1998, p. 47.
[18] ADAMIEC, M.: Cyprian Norwid, Virtual Library of Polish Literature, http://monika.univgda.pl/~-literat/autors/norwid.htm
[19] Audiencia a los representantes del Instituto del Patrimonio Nacional Polaco con ocasión del 180º aniversario del nacimiento del poeta Cyprian Norwid, 1 de julio de 2001, enlace 8
[20] Audiencia a los representantes del Instituto del Patrimonio Nacional Polaco...
[21] Comentario y versión del poema en inglés en The Warsaw Voice, March 8,1998, No. 10 (488)
[22] Audiencia a los representantes del Instituto del Patrimonio Nacional Polaco...
[23] JUAN PABLO II, Memoria e identidad..., pp. 87-88.
Por Antonio R. Rubio Plo,
Historiador y analista de relaciones internacionales.
Arvo Net,
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LA FIOSOSFIA PERSONALISTA DE KAROL WOJTYLA
CONGRESO INTERNACIONAL ORGANIZADO POR LA ASOCIACION ESPAÑOLA DE PERSONALISMO
Jaroslaw Merecki: La fenomenología y la experiencia como punto de partida fueron las principales fuentes de la filosofía personalista de Karol Wojtyla
Para Wojtyla el problema del hombre constituye el punto de partida para recuperar la metafísica clásica, y retoma la instancia de la filosofía moderna.
La experiencia, fuente primera de la filosofía del hombre, y el encuentro con la fenomenología son las fuentes de la filosofía de Karol Wojtyla, ha dicho hoy Jaroslaw Merecki, de la Cátedra Wojtyla de la Universidad Lateranense de Roma, en la apertura del Congreso Internacional sobre La filosofía personalista de Karol Wojtyla, organizado por la Asociación Española de Personalismo, que tiene lugar en la Facultad de Filosofía la Universidad Complutense.
Para este discípulo de Wojtyla, la fuente principal del pensador polaco no es el pensamiento de uno u otro filósofo, sino la misma experiencia del hombre. Así, la antropología filosófica de Karol Wojtyla es una antropología radicalmente empírica.
Siguiendo a Wojtyla, la experiencia de cualquier cosa situada fuera del hombre está siempre asociada a la experiencia de sí mismo; el hombre no experimenta nada exterior sin experimentarse de alguna manera a sí mismo.
En la filosofía moderna --aclaró Merecki-- este hecho ha conducido con frecuencia a la negación de la autonomía de la realidad exterior, es decir, al idealismo filosófíco. Si Wojtyla no cae en la trampa del idealismo, se debe precisamente a que permanece hasta el fondo fiel a la experiencia, en la que el horizonte del ser tiene siempre prioridad sobre el horizonte de la conciencia.
El encuentro con la fenomenología
Otra fuente del pensamiento de Wojtyla es la fenomenología, para la cual todo lo que se expresa corpóreamente es objeto de experiencia. Así existe no solo la experiencia sensible, sino también la experiencia estética, moral o religiosa, dijo Merecki.
Wojtyla estrechó sus relaciones intelectuales con Roman Ingarden, discípulo de Edmund Husserl. Tanto, que los discípulos de uno lo eran del otro, y viceversa, a pesar de la actitud distante de Ingarden a propósito de la religión.
Según Husserl, la fenomenología es, ante todo, descripción de todo lo que es inmediatamente dado a la conciencia, es decir, los fenómenos. Pero Ingarden no siguió a Husserl en su deriva idealística.
Wojtyla elabora un proyecto positivo de ética a partir de su debate con Max Scheler, cuyo juicio no es totalmente negativo.
Wojtyla está totalmente de acuerdo con el postulado fundamental de Scheler, según el cual la ética debe partir de la experiencia. El defecto primordial de Scheler consiste en no haber agotado todos los recursos del método fenomenológico a la hora de analizar la experiencia moral, explicó Jaroslaw Merecki.
Hacia la metafísica de la persona
Para Wojtyla --precisó Merecki--, el problema del hombre constituye el punto de partida para recuperar la metafísica clásica, vista precisamente a partir del hombre, es decir, retomando la instancia de la filosofía moderna y reintegrándola en el marco de la metafísica clásica.
La única manera adecuada para Wojtyla de afrontar el problema del hombre es plantear la pregunta radical sobre el ser que encuentra en su explicación última en el carácter Absoluto del Ser.
Juan Manuel Burgos: "Karol Wojtyla es un pensador personalista ontológico de filiación tomista y fenomenológica"
"Karol Wojtyla, según se puede extraer de su libro Persona y acción es un pensador personalista, un personalista ontológico de filiación tomista y fenomenológica", ha dicho Juan Manuel Burgos, presidente de la Asociación Española de Personalismo, en la apertura el congreso que, sobre "La filosofía personalista de Karol Wojtyla" tiene lugar estos días en la Facultad de Filosofía de la Universidad Complutense.
Para Burgos, el sistema que emplea es "un personalismo procedente e integrado en una fenomenología realista". "Todo su pensamiento --y, en particular, el que ofrece en su obra Persona y acción, su obra principal-- gira en torno a la persona".
"Para que una filosofía pueda considerarse personalista --añadió-- debe estructurarse globalmente en torno a la noción de persona o, dicho de otro modo, ésta debe ser la noción esencial en toda su arquitectura antropológica. Esto no sucede en Tomás de Aquino".
"Su carácter novedoso -- ha especificado Burgos-- se encuentra en las siguientes tesis: la insalvable distinción entre personas y cosas y la necesidad de analizar a las personas con conceptos específicos propios; la importancia radical de la afectividad y de la relación interpersonal; la primacía absoluta de los valores morales y religiosos; la importancia de la corporeidad y del tratamiento de la persona como varón y mujer; el personalismo comunitario; la concepción de la filosofía como medio de interacción con la realidad y una concepción no estrictamente negativa de la modernidad filosófica".
Para el presidente de una de las asociaciones españolas de esta correinte filosófica, "Persona y Acción se ajusta perfectamente a la mayoría de los puntos indicados".
"El pensamiento de Karol Wojtyla --terminó diciendo-- encaja perfectamente en los planteamientos no sólo de fondo, sino de detalle de la filosofía personalista. Wojtyla, en definitiva, es un pensador personalista y, precisando más, un personalista ontológico de filiación tomista y fenomenológica".
Presentación de la representación poética de la poesía de Juan Pablo II
"No se entiende al Wojtyla filósofo si no se estudia al Wojtyla poeta", afirma Pilar Ferrer Rodríguez
"La poesía de Karol Wojtyla contiene los mismos conceptos de fondo que hallamos en sus obras filosóficas. Por eso, del estudio de su obra poética se puede concluir que no se entiende al Wojtyla filósofo si no se estudia al Wojtyla poeta", ha afirmado la profesora de la Universidad Católica de Valencia, Pilar Ferrer Rodríguez, en el Congreso que sobre "La filosofía personalista de Karol Wojtyla" tiene lugar estos días en la Facultad de Filosofía del Complutense, organizado por la Asociación Española de Personalismo.
"La obra poética y dramática de Karol Wojtyla se halla presente a lo largo de toda su vida -dijo la profesora Ferrer-y sin embargo es poco conocida entre los lectores de lengua castellana, en parte porque no se ha traducido". "Los verdaderos conocedores de Juan Pablo II consideran imprescindible adentrarse en ella para entender su pensamiento y su visión del arte como comunicación".
Pilar Ferrer recordó que la primera formación de Wojtyla fue la de Filología. Fascinado por la Literatura, escribió poesías y obras de teatro desde su juventud más temprana". Las principales obras de teatro de Wojtyla responden a una nueva forma de cultivar el teatro, centrado únicamente en la fuerza de la palabra, y la poesía le acompañó durante toda su vida, pues ya a los 19 años escribió 'Sobre tu blanca tumba' y 'Magnificat', culminando su obra poética con el 'Tríptico romano'".