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JUAN PABLO II
 
 
 



 

 

LOS LIDERES MUNDIALES RELIGIOSOS ESCRIBEN AL G8

 

CIUDAD DEL VATICANO, 18 JUL 2006 (VIS).-Al final de la Cumbre de los ocho países más industrializados del mundo (G8), concluida ayer en San Petersburgo (Rusia), fue leída la declaración de los participantes en la reunión Mundial de Líderes Religiosos, celebrada en Moscú del 3 al 5 de julio.

 

  "Preservemos la paz que Dios nos ha dado", escriben los representantes del cristianismo, judaísmo, islam, budismo y sintoísmo, subrayando la necesidad de que  "la religión siga siendo el fundamento  verdadero y sólido de la paz y del diálogo entre las civilizaciones" y que "nunca se utilice como fuente de división y de conflicto".

 

  La declaración explica los desafíos que debe afrontar la humanidad hoy, desde la defensa de la vida humana en todas sus etapas, hasta la relación entre la justicia y la economía, sin olvidar "el escándalo de la pobreza". El texto condena también cualquier forma de terrorismo y de extremismo, así como de la  violencia que pretende justificarse con motivos religiosos, y deplora al mismo tiempo las actividades de grupos y movimientos pseudo-religiosos "que atentan contra la libertad y el bienestar de los pueblos".

 

  La reunión mundial de los Líderes Religiosos fue organizada por el Consejo Interreligioso de Rusia. La delegación de la Iglesia católica estaba presidida por el cardenal Walter Kasper, presidente del Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos y contó también con la presencia del cardenal Paul Poupard, presidente de los Pontificios Consejos de la Cultura y para el Diálogo Interreligioso, que en su intervención subrayó la importancia de la colaboración entre las autoridades religiosas y civiles de todo el mundo por el bien de la humanidad y la necesidad de afrontar los desafíos de la globalización, respetando siempre la dignidad del ser humano.

 

 

 

 

 

 

 

 

CHINA-VATICANO:
Te quiero mucho, poquito, nada
Por Antoaneta Bezlova

BEIJING, may (IPS) - Los confusos intercambios de las últimas semanas entre China y el Vaticano son una muestra del ambivalente comportamiento de este país hacia la Iglesia Católica.

La fluctuación del Partido Comunista chino entre lo que considera su deber patriótico y su temor a perder el control político siembra dudas sobre el establecimiento de un diálogo formal entre una de las mayores religiones existentes y el país más poblado del mundo.

Los gobernantes chinos quieren tener el reconocimiento de la Santa Sede, el único Estado en Europa que aún reconoce al gobierno de Taiwán y no a la República Popular China.

La eliminación del único respaldo que tiene Taiwán en Europa sería un sonado triunfo para el liderazgo de Beijing, que se refiere a la unificación con esa isla de gobierno independiente a la cual considera una provincia rebelde, como la culminación de una misión patriótica sagrada.

Pero conseguir la bendición del Vaticano tiene un precio que Beijing aún no está preparado a pagar.

Así como los dirigentes chinos se preocupan por la inestabilidad política y la decadencia de los valores tradicionales, el Partido Comunista teme que la Santa Sede pueda socavar su propia autoridad, pues la fe religiosa ha demostrado ser un credo alternativo al comunismo en China.

"Durante años (el Partido Comunista) ha tratado de eliminar el surgimiento de una competencia política poderosa y lo ha hecho con éxito", sostuvo un sacerdote occidental en Beijing que pidió no ser identificado.

"El Partido Democrático duró muy poco y ahora no se lo ve en ningún ámbito. El movimiento espiritual Falun Gong fue proscripto y debió operar en la clandestinidad. Por supuesto que (los dirigentes chinos) se preocupan por la Iglesia Católica y el atractivo que representa para las masas", añadió..

Este miedo tiene un fundamento histórico. A través de los siglos, varios movimientos religiosos, como los llamados Boxer (boxeadores) en Occidente y los "sombreros amarillos" del Tíbet, ayudaron a organizar protestas que fueron instrumentales a la caída de decadentes dinastías.

La desconfianza del Partido Comunista hacia cualquier grupo que pueda hacerse de los corazones y las mentes de la gente común recuerda especialmente el rol desempeñado por la Iglesia Católica y el anterior papa Juan Pablo II (1920-2005) en la caída de los regímenes comunistas en Europa oriental.

China tiene unos 12 millones de católicos pertenecientes a dos instituciones, la Iglesia Patriótica China, autorizada por el gobierno, y otra proscripta y leal a la Santa Sede. La Iglesia permitida por el Estado respeta al Papa en tanto líder espiritual, pero no reconoce su autoridad por encima de las fronteras nacionales.

La elección del papa Benedicto XVI hace un año generó expectativas de que el Vaticano y Beijing establecieran lazos oficiales que se habían roto cuando Mao Zedong (1893-1976) expulsó a la misión papal en 1951, dos años después del triunfo de la revolución comunista en el país.

La Santa Sede se ha mostrado dispuesta a sacrificar sus duraderos lazos diplomáticos con Taiwán arguyendo que "es el momento oportuno" para establecer relaciones diplomáticas con Beijing.

Ye Xiaowen, director general de la Administración Estatal de Asuntos Religiosos, confirmó el mes pasado que hubo conversaciones entre ambas partes tendentes a normalizar las relaciones. Pero desde su anuncio, el proceso de reconciliación se ha enfrentado con varios obstáculos.

En las últimas semanas, la Iglesia Patriótica ordenó dos obispos sin el consentimiento papal, lo que dio pie a amenazas de excomunión del Vaticano. Unilateralmente, consagró un obispo en Wuhu, en la oriental provincia Anhui, y otro en Kunming, en la sudoccidental provincia Yunnan.

La ordenación generó duras acusaciones del Vaticano, que la calificó como "inaceptable actitud de coacción" y denunció lo que consideró una "grave violación a la libertad religiosa".

El 14 de este mes la Iglesia china colocó a un tercer obispo --ordenado sin bendición papal-- al frente de la diócesis de Mindong, en la sudoriental provincia de Fujian. Zhan Silu, de 45 años, era uno de los cinco obispos nombrados por Beijing en 2000 en desafío a la decisión del Vaticano de canonizar a 120 creyentes chinos como mártires el 1 de octubre de ese año, aniversario de la revolución.

La Iglesia china desestimó los cuestionamientos a las ordenaciones.

"Los obispos fueron elegidos por sacerdotes y discípulos de acuerdo a las reglas democráticas después de estrictas evaluaciones", dijo ayer Liu Bainian, destacado líder de la Iglesia Patriótica China, según la agencia de noticias oficial Xinhua.

Sin embargo, los expertos señalan que las ordenaciones de este año violan un acuerdo tácito establecido después de 2000 entre ambas partes, según el cual los aspirantes a un obispado en China deberían contar con la aprobación tanto del Vaticano como de la Iglesia Patriótica.

Esta actitud de Beijing refleja su deseo de mantener un férreo control sobre la religión organizada en China y restringir la influencia extranjera en organizaciones nacionales. El poder de designar obispos es el punto álgido en el conflicto de poder entre ambas partes.

En Vietnam, donde los asuntos religiosos también están rigurosamente controlados, los obispos son nombrados por el gobierno comunista, pero sólo después de contar con la aprobación del Vaticano.

A pesar de preocuparse por la influencia del Vaticano, China también está deseosa de conseguir su bendición y así aislar más a Taiwán.

El gobierno de la isla busca reconocimiento diplomático para reforzar su estatus como país soberano. Actualmente Taiwán sólo es reconocido por 25 naciones, la mayoría de ellas pobres, muchas menos de las 65 con las que contaba en los años 70.

La semana pasada, la Iglesia Patriótica dio a entender que cedería terreno a la Santa Sede en los asuntos religiosos internos sólo después de que ésta reconociera formalmente a la República Popular China.

"Una vez que mejoren las relaciones entre el gobierno chino y el Vaticano, se podrán resolver los temas que atañen a la Iglesia", declaró Liu Bainian a la prensa. (FIN/2006)

 

 


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