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Periodista de Al Jazeera:
Habla en Roma un representante de la emisora árabe más famosa del mundo
ROMA, viernes, 7 abril 2006 (ZENIT.org).- Imad El Atrache, jefe de redacción de la sede de Bruselas del canal Al Jazeera, considera la figura de Juan Pablo II «muy cercana y humana» y afirma que «Juan Pablo II no era sólo el Papa de los católicos».
El periodista, que ha participado en el Congreso «Evento religioso, evento televisivo. Giovanni Paolo II» organizado por la RAI en la Universidad Pontificia Gregoriana, clausurado este viernes, recordó que la emisora televisiva panárabe decidió cubrir sin interrupciones la muerte de Juan Pablo II porqué «estaba claro que se trataba de una noticia mundial de mucho interés también para nosotros».
«Creo que la cobertura mediática que ofrecimos fue grandiosa», confiesa en declaraciones a Zenit.
«En una primera fase de su pontificado Juan Pablo II se preocupó por alentar al pueblo de los católicos para que no tuvieran miedo», consideró.
«A partir de 1985, amplió su mirada a los hombres de todas las religiones. El abrazo a todos los pueblos, independientemente de su credo hizo que su figura sobrepasara las fronteras de su Iglesia y que Juan Pablo II dejara de ser, según nuestro lenguaje periodístico --musulmán-- el Papa de los católicos para ser simplemente "el Papa" », explicó El Atrache.
«En su primera frase del pontificado cometió un error de italiano al decir: "Si me equivoco, me corregiréis". De este modo, se me presentó muy humano a mis ojos de creyente que no soy cristiano, de practicante aunque no católico», explicó el periodista que precedentemente ha trabajado en las relaciones externas de la emisora árabe más conocida en el mundo.
«Era una frase tan ingenua y hábil que trastocaba todo, el Papa que es el guía de los fieles se dejaba guiar por ellos, única y exclusivamente para guiarles mejor», observó.
«Yo, que en primer lugar soy musulmán y después periodista, me quedé fascinado por este Papa, es decir, por un Papa que respeta profundamente la verdad del hombre, que se expresa en el sentido religioso», confesó en este congreso que cuenta con el patrocinio de la Embajada de Polonia ante la Santa Sede.
«Todos los hombres que aceptan y que tienen algo de trascendente en su credo y en cualquier tradición religiosa honran la verdad del hombre y, por tanto, según Juan Pablo II, honran al mismo tiempo a Jesucristo, que es la verdad del hombre», añadió.
«En Marruecos [el 18 de agosto de 1985, ndr.], en un estadio con 45.000 jóvenes, el Papa dijo que los musulmanes y los cristianos pueden colaborar basándose en el mismo Dios amor, pero al mismo tiempo no escondía la grande y profunda diferencia sobre la persona de Jesús y sobre su papel en la historia de la salvación», concluyó.
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LA VIDA DE JUAN PABLO II SE RESUME EN FIDELIDAD Y ENTREGA
CIUDAD DEL VATICANO, 2 ABR 2006 (VIS).-A las 20.30 de esta tarde, miles de personas -muchos de ellos polacos- participaron en la Plaza de San Pedro en un acto de oración y reflexión en memoria de Juan Pablo II, que falleció hace un año.
Al inicio se leyeron varios textos de Karol Wojtyla, intercalados con cantos del coro de la diócesis de Roma.
A las 21,00, Benedicto XVI se asomó a la ventana de su estudio para presidir el rezo del Santo Rosario.
Tras la oración mariana, en torno a las 21,37, hora exacta del fallecimiento de Juan Pablo II, el Papa dijo unas palabras a los presentes.
Benedicto XVI confesó que aunque ya ha transcurrido un año de su muerte, Juan Pablo II "sigue estando presente en nuestra mente y en nuestro corazón; sigue comunicándonos su amor por Dios y su amor por el hombre; sigue suscitando en todos, especialmente en los jóvenes, el entusiasmo del bien y la valentía de seguir a Jesús y sus enseñanzas".
El Papa resumió "la vida y el testimonio evangélico" de Juan Pablo II con dos palabras: "fidelidad y entrega". "Fidelidad total a Dios y entrega sin reservas a su misión de pastor de la Iglesia universal", explicó ante los fieles que le escuchaban con velas encendidas que iluminaban la Plaza de San Pedro.
"Fidelidad y entrega -continuó-, que resultaron todavía más convincentes y conmovedoras en los últimos meses, cuando encarnó en sí mismo lo que escribió en 1984, en la carta apostólica "Salvifici doloris": "el sufrimiento está presente en el mundo para provocar amor, para hacer nacer obras de amor al prójimo, para transformar toda la civilización humana en la "civilización del amor".
Benedicto XVI puso de relieve que "su enfermedad, afrontada con valentía, hizo que todos prestaran más atención al dolor humano, a todo dolor físico y espiritual; dio al sufrimiento dignidad y valor, testimoniando que el ser humano no vale por su eficacia, por su apariencia, sino por sí mismo, porque ha sido creado y amado por Dios".
Con sus palabras y gestos, añadió, "el querido Juan Pablo II no se cansó de indicar al mundo que si el ser humano se deja abrazar por Cristo, no disminuye la riqueza de su humanidad; si le ama con todo su corazón, no le faltará nada. Por el contrario, el encuentro con Cristo hace nuestra vida más apasionante".
"Precisamente porque se acercó cada vez más a Dios en la oración, en la contemplación, en el amor por la Verdad y la Belleza, nuestro querido Papa pudo hacerse compañero de viaje de cada uno de nosotros y hablar con autoridad incluso a quienes están alejados de la fe cristiana", dijo.
El Santo Padre subrayó que en este primer aniversario de su fallecimiento, se nos invita a "acoger nuevamente el patrimonio espiritual que nos ha dejado; nos sentimos estimulados, entre otras cosas, a buscar incansablemente la Verdad, la única que solo colma nuestro corazón, (...) a no tener miedo de seguir a Cristo, para llevar a todos el anuncio del Evangelio, que es fermento de una humanidad más fraterna y solidaria ¡Que Juan Pablo II nos ayude desde el cielo a proseguir nuestro camino!".
Posteriormente, Benedicto XVI se dirigió a los fieles que desde Polonia seguían el acto en conexión vía satélite. "El recuerdo de Juan Pablo II está vivo en nosotros y no se apaga el sentido de su presencia espiritual. ¡Que la memoria del amor particular que nutría por sus connacionales sea siempre para vosotros la luz en el camino hacia Cristo!: "Permaneced fuertes en la fe".
Desde Cracovia, el cardenal Stanislaw Dziwisz agradeció las palabras de Benedicto XVI y aseguró que Juan Pablo II "nos sonríe desde el cielo".
Juan Pablo II: Carismático, viajero y conservador
| Juan Pablo II: Carismático, viajero y conservador |
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| Escrito por Paloma Gómez Borrero |
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Santo Padre. El primer Papa de un país del Este. Fue sacerdote en Cracovia en 1958 antes de ingresar en la curia romana. A Karol Wojtyla se le atribuye el mérito de haber acelerado el fin del comunismo. Ha pasado a la Historia por sus cifras superlativas: 235 viajes pastorales, 1.339 beatificaciones y 482 santificaciones. Su agonía dividió a la Iglesia.
El Viernes Santo de este año se le había agudizado de tal forma el parkinson, y el estado físico de Juan Pablo II pasó a ser tan alarmante, que era impensable que el Papa pudiera, como siempre, presidir el Via Crucis en el Coliseo. No ya sostener la cruz en la última de las 14 estaciones como en la anterior Semana Santa, sino simplemente asistir sentado en el sillón con ruedas. Rezó el Via Crucis en su capilla privada y las imágenes de Juan Pablo II, siempre de espaldas arrodillado en el reclinatorio, en el centro frente al altar, abrazado a la cruz, eran tan elocuentes y dramáticas que, viéndolas, a todos se nos encogió el corazón. En Mundovisión se transmitió el rito de Semana Santa desde el imponente escenario del Coliseo, y se intercalaron las imágenes del Santo Padre, silenciosas, trágicas en su realismo. Juan Pablo II había encomendado al cardenal Josef Ratzinger las meditaciones de las 14 estaciones, y fueron de una belleza y de una profundidad dignas de la inteligencia de un gran teólogo como era el cardenal Prefecto para la Doctrina de la Fe. Creo, sin exagerar, que han sido las reflexiones sobre la Pasión de Cristo más extraordinarias de los 27 años del pontificado Wojtyla. Todos los que transmitimos la ceremonia del Coliseo coincidimos en reconocerlo.
Aquella noche tuve la convicción de que el futuro Papa hablaría "alemán", y he tenido también la impresión de que, pidiéndole a Ratzinger que escribiera las meditaciones de aquel, y que sin duda Karol Wojtyla comprendía que sería su último año llevando la barca de Pedro, deseó que el mundo entero le "descubriera". Tengo la neta idea de que Juan Pablo II, que ha muerto llevándose el nombre del cardenal que saldría Papa (podemos hacer conjeturas sobre si es un chino o uno de Europa del Este, pero nunca lo sabremos). Sí, estoy segura de que tenía un Papa in pectore y era… el cardenal decano. Por ello, cuando el camarlengo (máxima autoridad durante el periodo de sede vacante), Eduardo Martínez Somalo, convocó el cónclave para la elección del nuevo Papa, pensé para mis adentros: si Ratzinger se siente con fuerzas y con salud, "el cardenal de hierro" o "el carabinieri de la Iglesia", podrá ser el sucesor. Estaba segura, no lo dudaba, aunque tenía otros dos candidatos porque cabía la posibilidad de que, con 78 años cumplidos y con el deseo varias veces manifestado a Juan Pablo II de retirarse a su Baviera natal, no aceptara. ¡Y no me equivoqué! El breve cónclave dio fumata blanca en el cuarto escrutinio y el cardenal encargado de anunciar el nuevo Papa, el chileno Medina Estévez, con una sabia dosis de suspense, dio la noticia y el nombre: el 264 sucesor de Pedro era el cardenal Josef Ratzinger, que tomaba el nombre de Benedicto XVI. Él mismo reconocería pocos días después que le había costado aceptar la elección, pero que en la Sixtina, al recontar los votos y anunciar quién había sido designado nuevo Papa, explicó que le pareció "ver los ojos sonrientes de Juan Pablo II" y escuchar, en "ese momento tan especial para mí", cómo le decía: "No tengas miedo".
Con el cardenal Ratzinger hablé, en la puerta de su casa, pocos días después de la hospitalización del papa Wojtyla. Estaba charlando con el dueño de la tienda de recuerdos de la plaza Leonina, y al ver a Su Eminencia, con abrigo negro y boina y la cartera que siempre llevaba consigo, me paré un instante para preguntarle por la gravedad del Santo Padre. El cardenal me contestó: "Sí, el Papa está muy enfermo y tenemos que rezar mucho por él".
Espontáneo y discreto. Con Su Eminencia había coincidido una vez en la trattoria Viridina, en la vecina calle de Borgo Pio, pero sobre todo no olvidaré cuando le conocí. Me había concedido una entrevista en la Congregación para la Doctrina de la Fe y fui con cierta preocupación. El cardenal me imponía y yo no consideraba suficientemente "inteligente" ninguna de las preguntas que pensaba hacerle. Mi sorpresa fue mayúscula. Pero hicimos la entrevista, no en su despacho, sino en la terraza "porque así el cámara se evita el trabajo de tener que poner las luces", y me explicó que no me preocupara por el tiempo porque estaba a mi disposición para responder a las preguntas que yo creyera oportuno hacerle.
Me habló de sus años en Baviera, de sus padres, con una sencillez y una simpatía desarmantes. No me extrañó lo que luego me contaron: que en España, al invitarle a El Escorial a dar una conferencia en los cursos de verano, devolvió el billete de avión en business porque él viajaba "siempre en turista". Y en Salamanca, antes de ir a saludar al Rector y a la plana mayor de la Universidad, quiso acercarse a la casa de su viejo amigo el teólogo Olegario González de Cardedal para ver a su madre, que no se encontraba bien. "Lo primero que quiero hacer es ir a visitar a tu madre", le dijo.
Que Benedicto XVI reservaba muchas sorpresas se comprendió no sólo en sus primeras homilías y discursos como Papa, sino ya en las primeras audiencias de los miércoles y sobre todo en su viaje a Colonia, en las Jornadas Mundiales de la Juventud (JMJ). Una de las veces se puso el casco del nuevo uniforme de bombero que le ofreció el Jefe de Bomberos de la Región del Lazio y otro día sorprendió a todos, incluidos los guardias suizos, cuando habló por teléfono con una monja enferma en un hospital. "Santidad, la religiosa que se ocupa de nosotros me ha pedido que le diga que no nos ha podido acompañar porque está con mucha fiebre y bastante mal, pero que reza mucho por usted", le dijo un joven paralítico que se acercó al Papa. Benedicto XVI le pidió que la llamara y, cuando la tenía en el móvil, le habló unos minutos y ¡la bendijo telefónicamente!
Lo más sorprendente, sin embargo, lo vivimos en el encuentro con los jóvenes en Colonia. Las Jornadas Mundiales de la Juventud, esa iniciativa "inventada" por Juan Pablo II, nos reveló que la sintonía que Karol Wojtyla tuvo siempre con los jóvenes no había desaparecido con Josef Ratzinger. Los papa-boys no eran chicos de Juan Pablo II, eran también de Benedicto XVI. En Alemania, a lo largo del río Rin, en la explanada de Marienfeld, en la plaza de la catedral, el nuevo pontífice se demostró un comunicador extraordinario, eficaz, claro, cercano. Sus discursos han aumentado la claridad de sus mensajes, y supo abordar temas delicados aun cuando eran arduos y dialogar con los jóvenes de forma sencilla. Quizás algunos de los muchachos echaban de menos la espontaneidad, las frases improvisadas, el unirse a sus cantos o hacer la ola con ellos, como hacía Juan Pablo II. Les cuesta acostumbrarse al lenguaje de las palabras más que al de los gestos, pero la experiencia de Colonia ha demostrado que entre Juan Pablo II y Benedicto XVI son más las cosas que les unen que las que separan. Los jóvenes han empezado ya a entonar su nombre con las manos y a gritarle el eslogan que parecía imposible que pudiera heredar otro Papa: "Benedicto, amigo, los jóvenes están contigo".
Ídolo de los jóvenes. Y ahora que esto que parecía imposible o irrealizable es una realidad, quiero recordar a Juan Pablo II precisamente con los jóvenes, a los que llamó "centinelas del mañana", "constructores de la civilización del amor". Con los jóvenes, Juan Pablo II se rejuvenecía, incluso cuando con el pasar de los años, el parkinson le impidió levantarse del sillón y apenas podía hablar. Era, como expuso en Cuatro Vientos en su última visita a España, "un joven de 84 años". El diálogo con los jóvenes estaba a menudo salpicado de sonrisas y de frases con sentido del humor. En las JMJ de Czestojova, al oír a los españoles que le gritaban "¡torero, torero!", pensó que habían venido de Toledo y les saludó riendo: "¡Pero cuántos chicos de Toledo han venido a Polonia! ¡Y qué bonito es Toledo!". Es muy posible que Navarro Valls le explicara lo que significa llamar a una persona "torero" porque, años después, en su último viaje a Madrid, al oírlo, dijo muy contento: "Sí que sé que no son de Toledo".
En Santiago de Compostela siguió con atención la escenificación que le hicieron unos muchachos exponiéndole con música y bailes los peligros y las tentaciones que acechan a los jóvenes de hoy. Escuchaba y comentaba con los cardenales hasta que reparó en una cantinela: "¡Queremos pasta. Nos atrae la pasta!", y entonaban el estribillo "¡pasta, pasta, pasta!", no pudo menos que preguntarle al cardenal Primado, que estaba a su lado: "¿Me puede explicar por qué quieren comer tantos espaguetis?".
A Juan Pablo II no le importaba equivocarse al decir una frase o una palabra, lo importante es que los jóvenes le sintieran padre y amigo, y que entendieran el mensaje de Cristo y siguieran a Jesús con alegría y sin miedo. En la homilía en Batterym, en Manhattan, dos veces, improvisando en inglés, pronunció mal la palabra "rascacielos". Terminó por decirla en italiano y en polaco y, al reirse él mismo, hizo que se levantara entre la multitud un fragoroso aplauso. Me contaron que al comentarlo después, terminado el encuentro, dijo "quizás hoy el Espíritu Santo no ha estado en el Instituto de Idiomas". Fue también en Nueva York, en una misa abarrotada de inmigrantes, muchos clandestinos, que en Estados Unidos se denominan "extranjeros ilegales", afirmó que no se debe utilizar la palabra "extranjero" porque "el vínculo existente entre todos los seres humanos es demasiado fuerte para permitirlo".
A Juan Pablo II le han llamado en EEUU "Wojtyla Super Star"; en América Latina, "goleador de la Iglesia"; en Europa del Norte, "el vikingo de Dios", y para muchos ha sido el "huracán Wojtyla". A Benedicto XVI será difícil que le atribuyan definiciones similares, pero no por ello su pontificado será menos sorprendente y quizá "revolucionario". Se podría comparar el papado de Juan Pablo II al sístole, el movimiento de contracción del corazón y de las arterias. Y el de Benedicto XVI al diástole, el movimiento de dilatación. El pontificado de Juan Pablo II se alargaba para recibir, el del papa Benedicto se contrae para dar. El de Wojtyla ha sido dinámico. Sin duda el de Ratzinger será reflexivo, pero los dos tienen un común denominador: la esperanza de que el mundo se deje sorprender por Cristo.
Paloma Gómez Borrero es periodista y cubrió los 27 años de pontificado de Juan Pablo II como corresponsal en el Vaticano.
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UNA LECCION DE ÉTICA CLINICA DEL PAPA JUAN PABLO II
Las conversaciones de Juan Pablo II con sus medicos en el postoperatorio tras el atentado del 81 revelan su visión ética sobre la relación médico paciente, marcada por el respeto a la dignidad humana y la lucha en que debe involucrarse el profesional para evitar la cosificación del paciente.
Juan Pablo II ha sufrido mucho como enfermo. Nunca ocultó sus enfermedades. Las aprovecho para explicarnos, con su dolor y su doctrina, el valor humano y redentor del sufrimiento. Es una experiencia a la que merece la pena dedicar un par de horas, leer reposadamente, a más de 20 años de haber sido escrita, su carta Apostólica Savicidoloris. El Papa tenía predilección por los enfermos, les hablo muchas veces, los abrazó con afecto paternal y nunca dejó de recordarles sus deberes humanos y cristianos y de defender sus derechos: fue un gran abogado de los derechos de los enfermos.
Quiero, en esta hora de dolo por el Papa, recordar un episodio que nos interesa a todos los médicos. Lo relata André Frossard en uno de sus libros sobre Juan Pablo II. Sucedión en julio de 1981. Por entonces, los derechos de los enfermos eran asunto que provocaba desconfianza de los médicos. La Asociación Médica Mundial promulgaría meses más tarde la mengua Declaración de Lisboa. Tendrían que pasar cuatro años para que la Ley General de Sanidad introdujera en España, con su articulo 10, la teoría de esos derechos; y ocho años para que la Asociación Médica Americana respondiera a la presión popular que los reclamaba en Estados Unidos desde hacía un par de decenios.
El Santo Padre acababa de superar la infección por citomegalovirus que había complicado su postoperatorio tras el atentado del 13 de mayo de 1981. Los médicos eran partidarios de dejar pasar dos o tres meses para proceder, con el paciente plenamente recuperado, a cerrar la colostomia que habían tenido que practicarle. El Papa que se habia hecho informar con detalle de su situación clínica y de la naturaleza de la operación, y que, subjetivamente, se sentía sano y fuerte, quiso en su condición de paciente, hablar con sus médicos.
Solicitó tener con ellos una reunión. Les habló largamente de sus ideas sobre la ética de la relación entre médicos y pacientes como relación entre personas, de la que, lamentablemente, no ha quedado constancia escrita. Y les dijo con mucha dulzura no carente de enrgía: "No olviden que si ustedes son los médicos, yo soy el enfermo, y que debo informarles de mis problemas de enfermo. Lo que quiero decirles es esto: no querría volver al Vaticano sin estar completamente curado. No sé qué puedan ustedes pensar, pero por mi parte puedo asgurarles que me encuentro muy bien (..). Me siento en condiciones de soportar inmediatamente una nueva operación". Les pidió a los médicos que considerasen, a la luz de lo que había dicho y teniendo en cuenta las graves responsabilidades del gobierno de la Iglesia que recaían sobre sus hombros, si era necesario posponer por más de dos meses la operación. Por toda conclusion el Santo Padre les dijo: "Toda mi vida he estado defendiendo los derechos del hombre. Hoy, el homre soy yo". Como es sabido, la intervención se hizo muy pocos días después.
La anécdota pone de relieve lo que es la dignidad humana del paciente, su condición de hombre capaz de dialogar personalmente, de tú a tú, con su médico, no en el sentido coloquial del tuteo, sino en el antropológico de sentirse ante el médico responsable último de si mismo. En la historia del Papa y sus médicos destaca de modo singular cómo la relación entre paciente y médico ha de tener una estructura dialógica e igualitaria, en la que uno y otro se intercambian informaciones, se reconocen como personas igualmente capaces y llegan a acuerdos; es decir, se elevan mutuamente a la condición de seres éticamente maduros y responsables. La anecdota hasta aquí, revela la dignidad humana del paciente.
Pero hay más. Cuando André Fossard pidió al Papa que le hablara más de aquella reunión con sus médicos, el Papa comentó, entre otras cosas, que ciertamente les había dado información para que buscaran la mejor solución para su caso. Pero que en el fondo lo que había querido explicarles era otra cosa y más fundamental: que el enfermo, intimidado por la enfermedad y el tratamiento que ha de recibir, desposeido del dominio de la situación simbolizado en el hecho de dejar su casa e ingresar en un hospital, corre el peligro de deshumanizarse: de abdicar, más que de sus derechos, de su propia subjetividad. Le es muy facil entonces al paciente rendirse en manos del médico, dejar hacer, confiarse al paternalismo sanitario. Pensaba el Papa que ese no es el mejor camino. Que el médico ha de ayudar al paciente a que, en lugar de resignarse a ser "el objeto de un tratamiento", pugne constantemente por volver a ser "el sujeto de su enfermedad".
Con mucha misericordia y agudeza, el Papa añadió que los medicos, a los que falta muchas veces el tiempo que necesitan para tratar con la dignidad que deben a sus pacientes y que se deben asi mismos, no son los responsables únicos de ese estado de cosas. Para Juan Pablo II, se trataba, ante todo, de una cuestión de vida interior del paciente, de su empeño de seguir él siendo persona en el trance de una enfermedad grave o critica. Añadía el Papa que, en los hospitales, los médicos deberían ser mucho más conscientes del peligro que corre el paciente de despersonalizarse, de cosificarse, y que, por ello, deberían ayudarle en sus esfuerzos para volver a apropiarse su personalidad amenzada por la enfermedad. Ese es un caso má, concluía Juan Pablo II, de la cosificación del individuo, un peligro que encontramos por todas partes, pues en el campo de las relaciones sociales se cosifica a gran escala: es uno de los problemas más graves de la filosofía del prsente y de los más graves del mundo moderno.
Antidoto contra la marginación personal
La del Papa es una versión de la dignidad humana del paciente que nada tiene que ver con el formalismo juridico o burocrático del consentimiento informado, en su habiyual versión apresurada del "firme este papel, porque si no lo firma, no le podremos operar". Los derechos de los pacientes, en el contexto humano y cristiano que traza la anecdota del Papa, se presentan como antidoto contra el peligro de dejarse disminuir como personas, de marginarse del cuidado del propio gobierno, de desentenderse uno del destino de su alma.
La anecdota de Juan Pablo II admite explicaciones y extensiones diversas. A mi modo de ver, viene a enseñarnos que los derechos del paciente son, o deberían ser, más allá de una garantía jurídica de participación en decisiones´técnicas apenas comprensibles para la inmensa mayoría de los pacientes, una asistencia human que asegurara al enfermo la capacidad de seguir actuando como persona y como tal de ser reconocido; que otorgara al paciente la prerrogativa de obtebner respuesta a sus preguntas, de no ser tratado como si fuera estúpido, a no sufrir sutiles represalias clandestinas, a no ser victima de perjuicios derivados de la insaciable necesidad de los médicos de procurarse el margen de máxima seguridad posible y ahuyentar asi el riesgo de perder prestigio o de verse envuelto en litigios.
Por GONZALO HERRANZ. Departamento de Humanidades biomédicas. Universidad de Navarra.
Predicador del Evangelio de la Vida.
Muchos han querido ver en el Papa, Juan Pablo II, un hombre que supo utilizar, para bien, los medios de comunicación social, pero no se trata sólo, por supuesto, de un fenómeno mediático. Juan Pablo II utilizó ese instrumento al servicio de los fines trascendentes de la Iglesia, la predicación del Evangelio y la defensa sin fisuras de la dignidad humana, en particular de los más débiles e indefensos (no nacidos, mayores), víctimas inocentes de un materialismo que todo lo mide en términos de beneficio y consumo. La vida y la obra de Carol Wojtyla fueron un ejemplo de valentía, un mensaje de autenticidad frente al oportunismo, el interés utilitario o la ambición por el poder y la riqueza. Supo hablar, en efecto, a la conciencia del mundo y al sentimiento de las gentes de buena fe de cualquier origen y condición.
En lucha contra la enfermedad mortal, el cumplimiento heroico de la propia misión fue un ejemplo muy singular para una época dominada por el imperio de lo efímero. Era sin duda una manera de decir que el sentido del deber y el ejercicio de la responsabilidad están muy por encima de las consideraciones prácticas y las comodidades materiales. Así lo entendieron millones de personas en todo el planeta; en primer término, los muchos miles de peregrinos que acudieron a Roma para dar su último adiós a quien fue aclamado allí mismo como Santo por la congregación de los fieles cristianos.
Enric Barrull Casals, Girona, 23 Abril 2006.
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Sección Actualizada
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