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JUAN PABLO II
 
 
 



 

Periodistas espían sin éxito las vacaciones del Papa

Según el "vaticanista" de "Il Corriere della Sera", Luigi Accatoli

BRESANONA, jueves 31 julio 2008 (ZENIT.org).- Benedicto XVI sigue de vacaciones en el seminario de Bresanone, en el Tirol italiano, entre oración, estudio y descanso, mientras 260 periodistas y técnicos se encuentran en el exterior al acecho "espiando" estos días de tranquilidad.
Como todas las tardes, informa "L'Osservatore Romano", también este jueves el Papa ha paseado en el jardín del seminario en compañía de su hermano, monseñor Georg Ratzinger, y de su secretario particular, monseñor Georg Gänswein.
Desde el 28 de julio, cuando llegó, el Papa no ha salido del edificio, y para los periodistas las noticias empiezan a escasear.
En su blog, el experto en asuntos vaticanos ("vaticanista", como se dice en Italia) de "Il Corriere della Sera", Luigi Accatoli, se pregunta si vale la pena haber venido a Bresanona.
"La respuesta a esta pregunta habla del nivel de la figura del Papa hoy en el mundo: ¿cómo es posible no estar presentes allí donde se encuentre? ¿Si le pasa algo o hace un acto imprevisto? ", sigue preguntándose.
"La presencia de los periodistas en estas dos semanas en la tranquila Bresanona es una prueba más de la expectativa por todo lo que dice o hace el Papa. Una expectativa que no termina, ni siquiera cuando la situación induce al desaliento".
"Hay poco que espiar del otro lado de la barrera de toldos negros que se han elevado para proteger los paseos benedictinos en el jardín del seminario, pero nosotros estamos preparados para lo que haga falta", concluye el veterano periodista.
En estos momentos se está preparando la primera cita pública con el pontífice en esta ciudad: la oración mariana del Ángelus a mediodía del domingo, 3 de agosto.
Con este motivo, seis convoyes especiales han sido reservados y financiados por la provincia autónoma de Bolzano, a la que pertenece Bresanone, para que estén a disposición de los fieles. Lo mismo sucederá el 10 de agosto.
En total, se espera que unas 16.000 personas se unan a la oración dominical del Papa. 
El Ayuntamiento de Bresanona entregará la ciudadanía honoraria a Benedicto XVI en una ceremonia que tendrá lugar el 9 de agosto en el mismo seminario. La motivación oficial reconoce el compromiso del Papa en la promoción del diálogo entre las religiones.
La “puerta de acceso” al pensamiento teológico del Papa Benedicto XVI

“Introducción al cristianismo”, 40 años después

ROMA, viernes, 6 junio 2008 (ZENIT.org).- "La voz de la fe cristiana. Introducción al cristianismo de Joseph Ratzinger, Benedicto XVI, cuarenta años después", ha sido el tema de un Congreso interdisciplinar celebrado recientemente en Roma.
 
Zenit ha querido hacer un balance de las conclusiones con uno de los organizadores del acontecimiento, que tuvo lugar del 12 al 13 de mayo, en el Ateneo Pontificio "Regina Apostolorum", el padre Juan Pablo Ledesma, L.C., decano de la Facultad de Teología de este centro universitario.

--Según usted, ¿cómo nace la teología del Papa Benedicto?
--Juan Pablo Ledesma: Basta recordar su itinerario formativo. Tras su ordenación sacerdotal, comenzó a trabajar como vicario en una parroquia, y allí se manifestaron sus dotes intelectuales. En 1954 se doctoró en Teología con una tesis sobre el concepto de Iglesia como casa y pueblo de Dios en el pensamiento de san Agustín.
Más tarde obtuvo la capacitación con otra tesis sobre san Buenaventura. Esto muestra su gran cultura y su profundización teológica de las fuentes patrísticas y medievales. Ha enseñado en varias universidades Munich, Tubinga,... En 1961 consiguió la cátedra de Teología Fundamental y en 1964 participó como perito teólogo en el Concilio Vaticano II.

--¿Cuáles son las cualidades que más admira del Papa Benedicto XVI?
--Juan Pablo Ledesma: Son tantas--- Quizás las que más me impresionad son su sencillez y su profundidad. Aún me fascinan sus primeras palabras como Papa: "Siervo de la Viña del Señor... instrumento ineficaz". Estas palabras evocan la regla de san Benito, el sexto grado de la humildad, que es aquel en el que el monje se contenta con las cosas más pobres y ordinarias, y se considera un obrero incapaz e indigno respecto a todo lo que le impone la obediencia.
Me impresionan también las expresiones profundas, sencillas y espontáneas de su amor tan personal a Jesucristo. Es un amor que se manifiesta en sus palabras y en sus gestos, y sobre todo en su manera de celebrar la Eucaristía. Todo, en su persona y en su ministerio, está centrado en Jesucristo.
Me atrae también la manera como el Papa saluda a cada persona. Se entretiene, sin prisas, sabe escuchar, acoger, alentar, sonreír. Es fácil notar la bondad de Cristo en su mirada y en su forma de acoger al prójimo. Me impresiona ver al Papa tocando el piano, saludando a los grandes de la tierra o explicando a los niños cómo Jesús está presente en la Eucaristía con el ejemplo de la corriente eléctrica o el micrófono, para mostrar cómo las cosas invisibles son las más profundas e importantes.
-En pocas palabras, ¿cuáles son las ideas más importantes que rigen el pensamiento de Joseph Ratzinger?
--Juan Pablo Ledesma: Es una respuesta difícil y arriesgada... Me parece que podría ser el concepto de fe. Para él la fe necesita de un "Tu" que la sostenga; necesita de un Tu que nos conoce y nos ama, en modo que podamos fiarnos y confiarnos a él como un "niño amamantado en brazos de su madre". En consecuencia, fe, confianza y amor conforman un todo único, una idéntica realidad indestructible. Esta fe es, para el Papa Benedicto, una fe vivida.
Me gusta mucho su interpretación de la palabra "Amén", que no es solo la respuesta de fe al Credo de la Iglesia. Pronunciar "Amén" significa fe, confianza, abandono, fidelidad y amor. "Amén" no es una partícula que concluye todas las oraciones, sino la adhesión total de la persona que reza, que cree, que ama al Amor revelado (logos-veritas) en cuanto que amor encarnado. Amén, en fin, es la respuesta total y radical al símbolo-credo entero: todo o nada. No hay alternativas, pretextos o medias tintas. Así como la persona es totalidad, la respuesta de la fe y del amor debe ser total: amén es sinónimo de "todo".
Creo que la verdad es también el punto crucial en la mente y en la enseñanza de Joseph Ratzinger. Para él el mayor problema que existe y que afronta el hombre de hoy es la falta de verdad: el relativismo; la negación de la verdad.
-¿Usted detecta alguna relación entre "Introducción al Cristianismo y las dos últimas encíclicas?
-Juan Pablo Ledesma: Tanto en Deus caritas est como en Spe salvi encontramos al mismo pastor, pensador y teólogo que hace los conceptos accesibles. Hace cuarenta años el mismo profesor Ratzinger afirmaba: "El amor genera inmortalidad, y la inmortalidad procede unicamente del amor... Si Él ha resucitado, también nosotros resucitaremos, porque el amor es más fuerte que la muerte... O el amor es más fuerte que la muerte o no lo es". El amor por tanto, si es verdadero amor, debe exigir infinitud, indestructibilidad,... Esta reflexión me parece importante qorque es la base de todo y la clave para entender la escatología que el Papa Benedicto XVI nos ofrece en su Spe salvi.
-Entonces, Amor y escatología, ¿no parece una contradicción?
Juan Pablo Ledesma: Todo lo contrario. El amor -si es verdadero amor- exige el juicio porque también es justo. Un amor que juzga es necesario, porque la injusticia del mundo no puede tener la última palabra. Sería injusto. Un amor que destruyera la justicia sería injusto, no sería amor. Más que el día de rendir cuentas, temido y amenazante, el cristiano sabe que su juez será la Verdad, la Trinidad, el Amor, una Persona que siendo hombre, es también nuestro hermano: Jesucristo. Ante el juicio, estas palabras escritas hace cuarenta años nos consuelan y nos hacen esperar: "El hombre no puede desaparecer totalmente, porque es conocido y amado por Dios. Si todo amor anhela la eternidad, el amor de Dios no solo la ansía, sino que la realiza y la personifica".
-¿Qué aspecto más personal, menos académico, de la personalidad del Papa Benedicto, subrayaría?
Juan Pablo Ledesma: A mí me gusta sobre todo la leyenda del oso de Corbiniano, motivo del lema del Papa Benedicto. Es una antigua leyenda... El santo fundador de la diócesis de Frisinga, el monje Corbiniano se dirigía a Roma. Llevaba consigo una bestia de carga. Un oso le atacó y mató al animal. El santo le riñó y le ordenó llevar su equipaje en lugar del animal. Así llegaron juntos a Roma. El cardenal Ratzinger se aplicaba a sí mismo esto, sirviéndose de las palabras de san Agustín comentando el salmo 72,22: "Me he convertido en un animale de carga, y precisamente por eso estoy contigo". Dios se sirve de él, le utiliza, le carga, pero precisamente por eso Dios está cerca de él.
-¿Cuál es el mensaje del Papa Benedicto para este mundo, para hoy?
Juan Pablo Ledesma: Cada miércoles escuchamos su palabra de Pastor universal de la Iglesia, tantas homilías, discurss, mensajes... Es el mensaje de siempre, con acentos particulares. A mi me gusta mucho aquella expresión en su visita a la abadía de Heiligenkreuz: "Dios no nos ha abandonado en un desierto de la nada... Los ojos de Cristo son la mirada del Dios que nos ama". En otras palabras, su mensaje es el mismo mensaje es el mismo de Cristo en el Evangelio: Jesucristo es el Hijo de Dios. Está siempre presente para los hombres, ayer, hoy y mañana. El Jesús de los Evangelios es el Jesús real, el "Jesús histórico", el Cristo. Dios es amo. En esperanza hemos sido salvados.
Por Gisèle Plantec
Los desafíos de la Iglesia en Cuba, según Benedicto XVI

Discurso a los obispos de la isla en visita «ad Limina Apostolorum»

CIUDAD DEL VATICANO, viernes, 2 mayo 2008 (ZENIT.org).- Publicamos el discurso que dirigió Benedicto XVI este viernes al recibir en visita «ad Limina Apostolorum» a los obispos de la Conferencia Episcopal de Cuba.
Queridos Hermanos en el Episcopado:
1. Con gran gozo les recibo al término de esta visita ad limina, que les ha traído hasta las tumbas de los Apóstoles san Pedro y san Pablo para estrechar aún más los lazos de comunión que siempre han caracterizado la relación de los Obispos cubanos con esta Sede Apostólica. Para mí es un motivo particular de alegría encontrarme con ustedes, queridos Hermanos, que están al cuidado de una Iglesia a la que me siento muy cercano espiritualmente, como ya tuve ocasión de manifestarles en el mensaje que les envié a través del Cardenal Secretario de Estado en su reciente viaje a Cuba.
Agradezco de corazón las amables palabras de adhesión y sincero afecto que me ha dirigido Mons. Juan García Rodríguez, Arzobispo de Camagüey y Presidente de la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba, en nombre de todos ustedes y de sus comunidades diocesanas.
2. Conozco bien la vitalidad de la Iglesia en su amado País, así como su unidad y su entrega a Jesucristo. La vida eclesial cubana ha experimentado un cambio profundo, sobre todo desde la celebración del Encuentro Nacional Eclesial Cubano, hace ahora algo más de veinte años, y muy especialmente con la histórica visita a Cuba de mi venerado Predecesor, el Papa Juan Pablo II. Se ha llevado a cabo una intensa labor pastoral que, a pesar de las muchas dificultades y limitaciones, ha contribuido a fortalecer el espíritu misionero en todas las comunidades eclesiales cubanas. Les invito, pues, a seguir desplegando un audaz y generoso esfuerzo de evangelización que lleve la luz de Cristo a todos los ámbitos y lugares.
En este momento de la historia, la Iglesia en su País está llamada a ofrecer a toda la sociedad cubana la única esperanza verdadera: Cristo nuestro Señor, vencedor del pecado y de la muerte (cf. Spe salvi, 27). Ésta es la fuerza que ha mantenido a los creyentes cubanos firmes en la senda de la fe y del amor.
Todo ello exige que el fomento de la vida espiritual tenga un puesto central en sus aspiraciones y proyectos pastorales. Sólo a partir de una experiencia personal de encuentro con Jesucristo, y con una preparación doctrinal sólida y enraizada en la comunidad eclesial, el cristiano podrá ser sal y luz del mundo (cf. Mt 5, 13), y saciar así la sed de Dios que se advierte cada vez más entre sus conciudadanos.
3. En esta tarea evangelizadora los presbíteros tienen un papel fundamental. Conozco la dedicación y celo pastoral con el que se entregan a sus hermanos, a pesar de su reducido número y aún en medio de grandes obstáculos. Por ello, a través de ustedes quiero expresar a todos los sacerdotes mi gratitud y mi aprecio por su fidelidad y su incansable servicio a la Iglesia y a los fieles. Confío también en que el incremento de las vocaciones, y la adopción al mismo tiempo de justas medidas en este campo, permitan pronto a la Iglesia cubana contar con un número suficiente de presbíteros, así como de los templos y lugares de culto necesarios, para cumplir con su misión estrictamente pastoral y espiritual. No dejen de acompañarlos y alentarlos, a ellos que llevan el peso del día y del calor (cf. Mt 20, 12), y ayúdenles a que con la meditación personal, el rezo de la Liturgia de las Horas, la celebración cotidiana de la Eucaristía, así como con una adecuada formación permanente, mantengan siempre vivo el don recibido con la imposición de las manos (cf. 2 Tm 1, 6).
El incremento de las vocaciones sacerdotales es una fuente de esperanza. Sin embargo, es necesario continuar promoviendo una pastoral vocacional específica que no tenga miedo de animar a los jóvenes a seguir los pasos de Cristo, el único que puede satisfacer sus ansias de amor y de felicidad. Al mismo tiempo, el cuidado y la atención del Seminario deberá ocupar siempre un lugar privilegiado en el corazón del Obispo (cf. PO 5), dedicándole los mejores medios humanos y materiales de sus comunidades diocesanas, y asegurando a los seminaristas, mediante la competencia y dedicación de escogidos formadores, la mejor preparación espiritual, intelectual y humana posible, de modo que puedan hacer frente, identificados con los sentimientos del Corazón de Cristo, al compromiso del ministerio sacerdotal que deberán afrontar.
No puedo dejar de mencionar y reconocer la labor ejemplar de tantos religiosos y religiosas, y les animo a que sigan enriqueciendo al conjunto de la vida eclesial con el tesoro de sus propios carismas y de su entrega generosa. Quisiera también dar las gracias de modo especial a los numerosos misioneros que ofrecen el don de su consagración a toda la Iglesia en Cuba.
4. Uno de los objetivos prioritarios del Plan de Pastoral que ustedes han elaborado es justamente la promoción de un laicado comprometido, consciente de su vocación y misión en la Iglesia y en el mundo. Les invito, por tanto, a promover en sus Iglesias Particulares un auténtico proceso de educación en la fe en los diversos niveles, con la ayuda de catequistas debidamente preparados. Procuren que todos los fieles tengan acceso a la lectura y meditación orante de la Palabra de Dios, así como a la recepción frecuente del sacramento de la Reconciliación y de la Eucaristía.
Fortalecidos así con una vida espiritual intensa y contando con una sólida preparación religiosa, especialmente en cuanto se refiere a la doctrina social de la Iglesia, los fieles laicos podrán ofrecer un testimonio convincente de su fe en todos los ámbitos de la sociedad, para iluminarlos con la luz del Evangelio (cf. LG 38). A este respecto, hago votos para que la Iglesia en Cuba, conforme a sus legítimas aspiraciones, pueda tener un normal acceso a los Medios de Comunicación Social.
5. De un modo especial deseo confiarles la atención pastoral de los matrimonios y las familias. Sé cuánto les preocupa la situación de la familia, amenazada en su estabilidad por el divorcio y sus consecuencias, la práctica del aborto o las dificultades económicas, así como por las separaciones familiares a causa de la emigración u otros motivos. Les animo a redoblar sus esfuerzos para que todos, y especialmente los jóvenes, comprendan mejor y se sientan cada vez más atraídos por la belleza de los auténticos valores del matrimonio y de la familia. Asimismo, es necesario alentar y ofrecer los medios pertinentes para que las familias puedan ejercer su responsabilidad y su derecho fundamental a la educación religiosa y moral de sus hijos.
6. He podido comprobar con gozo la generosidad con que la Iglesia en su querida Nación se entrega al servicio de los más pobres y desfavorecidos, recibiendo por ello el aprecio y el reconocimiento de todo el pueblo cubano. Les exhorto de corazón a seguir llevando a todas las personas necesitadas, a los enfermos, a los ancianos o a los encarcelados, un signo visible del amor de Dios hacia ellos, conscientes de que «la mejor defensa de Dios y del hombre consiste precisamente en el amor» (Deus caritas est, 31). De esta manera, ofrecen a toda Cuba el testimonio de una Iglesia que comparte profundamente sus gozos, esperanzas y penalidades.
7. Queridos Hermanos, quiero agradecerles todo el trabajo que están realizando para que el pequeño rebaño de Cuba se fortalezca y produzca un fruto cada vez más abundante de vida cristiana, como el grano de trigo que cae en tierra (cf. Jn 12, 24). Que la próxima beatificación del Siervo de Dios Padre José Olallo Valdés les dé nuevo impulso en su servicio a la Iglesia y al pueblo cubano, siendo en todo momento fermento de reconciliación, de justicia y de paz.
Les ruego que transmitan mi afectuoso saludo y mi cercanía espiritual a todos, en particular a los Obispos Eméritos, a los sacerdotes, diáconos permanentes, comunidades religiosas, seminaristas y fieles laicos, y díganles que el Papa reza siempre por ellos, al mismo tiempo que les anima a crecer en santidad para dar lo mejor de sí mismos a Dios y a los demás.
A Nuestra Señora de la Caridad del Cobre, cuando se disponen a preparar la celebración del Cuarto Centenario del hallazgo de su venerada imagen, les encomiendo a ustedes y sus intenciones, y le pido que les proteja y les dé fortaleza, al mismo tiempo que les imparto una especial Bendición Apostólica.
[Texto original en español
© Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana]
La caridad intelectual de Joseph Ratzinger, según el filósofo Jesús Villagrasa
ROMA, sábado, 19 enero 2008 (ZENIT.org).-En el contexto de la cancelada visita del Papa Benedicto XVI a la Universidad «La Sapienza» de Roma, Zenit ofrece a sus lectores el artículo «La caridad intelectual de Joseph Ratzinger», publicado por el padre Jesús Villagrasa L.C. en «Ecclesia. Revista de cultura católica» del Ateneo Pontificio «Regina Apostolorum».
El padre Villagrasa, profesor de metafísica en ese centro universitario, ha escrito el libro «Joseph Ratzinger. Personas e ideas de una vida» (El Arca, México D.F. 2006).
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La dimensión pública del ministerio pontificio ha mostrado al mundo la verdadera personalidad de Joseph Ratzinger: amable, cordial y bondadoso, atento y acogedor, honesto y sin intrigas. En razón de su cargo de Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (CDF), los medios de comunicación lo habían presentado como inquisidor retrógrado, dogmático inflexible, azote de teólogos innovadores, inhumano fanático de la ortodoxia. Nada más lejos de la realidad. Posee una inteligencia privilegiada, aguda y analítica, de hondura germana y claridad latina, abierta como pocas. Presentamos una faceta de su rica personalidad: la caridad intelectual; primero, en unas constantes de su identidad espiritual expresadas en su lema y escudo episcopales y, después, en las estaciones y ministerios de su variada biografía.
1. Identidad
Tres figuras llenan su escudo episcopal. La cabeza del moro coronado expresa la apertura de su corazón y ministerio a todo el mundo y «la universalidad de la Iglesia, que no conoce ninguna distinción de raza ni de clase, porque todos nosotros "somos uno" en Cristo» (MV[1] 131). En su primer discurso como Papa, se dirigió a todos los hombres, con sencillez y afecto, «para asegurar que la Iglesia quiere seguir manteniendo con ellos un diálogo abierto y sincero, en busca del verdadero bien del hombre y de la sociedad»[2].
La concha representa la búsqueda de Dios (leyenda del niño y san Agustín) y la peregrinación a la patria celeste, nuestra morada estable. El teólogo busca conocer a Dios con una razón iluminada por la fe, con plena conciencia de que nunca alcanzará la comprensión adecuada del insondable misterio divino. Ratzinger vive «ya y todavía no» en la presencia del Dios Totalmente-Otro que ha querido hacerse carne, recorrer los caminos de nuestra historia y ser adorado en el corazón de la Iglesia: la Eucaristía. Su aguda y tenaz indagación teológica, animada de estupor creyente, lo prepara y lo conduce a la adoración. La concha le recuerda que la vida debe estar animada de búsqueda y adoración constantes.
El oso con la carga al lomo remite a una leyenda de san Corbiniano (680-730), que Ratzinger interpreta a la luz del comentario de san Agustín a los versículos 22 y 23 del salmo 72 (73): «Ut iumentum factus sum apud te et ego semper tecum». San Agustín se veía como un iumentum o animal de tiro bajo el peso del servicio episcopal. Esta imagen, dice a su vez el obispo Ratzinger, «representa mi destino personal». Ambos habían elegido la vida de estudio y Dios los destinó a «cargar» con las múltiples menudencias del ministerio pastoral. Y así, como el instrumento en manos de su dueño, está cerca de Dios. Ratzinger, por obediencia, aceptó dejar la docencia universitaria y la investigación teológica para servir a Cristo al frente de la arquidiócesis de Munich y de la CDF. En tres ocasiones suplicó al Papa Juan Pablo II ser librado de esta carga y otras tantas aceptó continuar su fatigoso camino. El programa de vida de un pastor está plasmado en ese escudo: vivir con el corazón abierto a todos los hombres, como el peregrino que recorre tras las huellas del Buen Pastor los caminos del mundo hacia la casa del Padre, acompañando a sus hermanos y llevando el peso de la misión sin rendirse a la fatiga.
El lema episcopal «Cooperadores de la verdad» expresa la continuidad entre el teólogo y el obispo, «porque, con todas las diferencias que se quieran, se trataba y se trata siempre de lo mismo: seguir la verdad y ponerse a su servicio» (MV 130). La verdad que nos hace libres es Cristo, la Revelación que Dios dirige a la inteligencia, a la voluntad y al corazón del hombre.
Ha querido ser uno más entre los cooperadores de la verdad, que en comunión con otros aporta a la Iglesia su carisma, experiencia y competencia teológica. En la medida que su ministerio episcopal se lo permitía, ha intervenido en el debate de los grandes temas de nuestro tiempo: relaciones Iglesia-mundo e Iglesia- Estado, diálogo interreligioso, ética de las nuevas tecnologías, etcétera. Por esta presencia pública, ya antes de ser elegido Papa, era reconocido como el intelectual más cualificado del catolicismo actual: la presencia de Ratzinger era reclamada cuando la Sorbona programaba un ciclo para analizar los dos mil últimos años de historia, o cuando los filósofos laicos italianos, y en su nombre F. D'Arcais, querían dialogar con el pensamiento católico, o cuando en Alemania se organizaba un diálogo público con el filósofo de más notoriedad, J. Habermas[3].
En sus variadas formas de cooperación, «la voluntad de fondo, el servicio a la verdad, permanece a la base de todo». Ese todo, como obispo, comportaba «despachar correspondencia, leer actas, participar a reuniones, etcétera, cosas muy normales». Tuvo que renunciar a su deseo de participar más en el gran diálogo cultural de nuestro tiempo y de desarrollar su obra personal. «Gran parte de lo que me habría interesado he tenido que dejarlo de lado para empeñarme a fondo en el servicio que se me pedía, en las cosas más propias de mi cargo» (ST[4] 134-135). Su obediencia serena y pronta a los designios divinos lo hacen una persona libre y ecuánime, pacificada, que vive las pequeñas cosas de la vida y del trabajo con amor y que logra liberar la esencia de su vida cristiana de todo lo accidental y secundario, no anulándolo sino redimiéndolo.
El servicio pastoral se concreta, también, en una ingrata forma de caridad intelectual: la corrección. Al hacerlo ha querido hacer patente que quería el bien de los hombres. Como teólogo o pastor, no ha temido encarar a renombrados teólogos y reaccionar con vigor cuando ciertas críticas se dirigían al núcleo central de la doctrina. Se le ha escuchado decir: «la Iglesia es de Dios y no un campo de experimentación para los teólogos», porque en el fondo se trata de reconocer que el teólogo no decide con sus razonamientos qué es la Iglesia, sino que ha de creer firmemente que Dios quiere su Iglesia, y tratar de comprender qué quiere Dios de ella para ponerse a su servicio (cf. ST 92-93).
Otra forma de servicio a la verdad y de caridad intelectual es su capacidad de autocrítica: Ratzinger se pregunta si está actuando y expresándose bien; reconoce abiertamente los propios límites y la competencia de los demás; agradece a Dios, sin falsa humildad, que otros lleven adelante cosas que él no logra hacer. «Poco a poco, uno va conociendo los propios límites y haciéndose más modesto. Descubre que sólo puede aportar algo junto a otros; que además de quienes reflexionan y tienen encomendados ministerios, deben existir otras personas carismáticas que sepan encender la vida; que todo lo que puedo hacer sólo tiene significado en un contexto más amplio y que, por lo tanto, la autocrítica es importante» (ST 129-130). La autocrítica lo ayuda a saberse un cooperador entre otros cooperatores veritatis.
Servir a la verdad es una liberación, mientras que la renuncia a ella conduce a la dictadura de la arbitrariedad. «Si el hombre no puede conocer la verdad, se degrada; si las cosas sólo son el resultado de una decisión, particular o colectiva, el hombre se envilece» (ST 76). La verdad enaltece al hombre y, por la vía de la humildad y la obediencia, lo conduce a la comunión con Dios y con los demás. En Ratzinger, la humilde pasión por la verdad está animada por la caridad pastoral y no por mero intelectualismo académico. Así lo reconocía Juan Pablo ii en la carta que le dirigió con motivo de su 50º aniversario de sacerdocio.
El fin al que, desde los primeros años de sacerdocio, se ha dirigido es servir a la Verdad, tratando de conocerla siempre más a fondo y de darla a conocer siempre más ampliamente. Fue precisamente este anhelo pastoral, constantemente presente en su actividad académica, lo que indujo al Papa Pablo vi de v. m. a elevarle a la dignidad episcopal (20-VI-2001).
Ratzinger ha visto «la raíz de todos los problemas pastorales» en «la pérdida de la capacidad de percepción de la verdad»[5], pues la ceguera ante la verdad no es ajena al mal uso de la libertad. Verdad, bien y libertad forman una trilogía recurrente en sus escritos. «El bien y la verdad son inseparables entre sí. Actuamos bien cuando el sentido de nuestra acción es congruente con el sentido de nuestro ser, es decir, cuando hallamos la verdad y la realizamos. En consecuencia, hacer el bien conduce necesariamente al conocimiento de la verdad. Quien no hace el bien, se ciega también a la verdad»[6].
Porque el bien es inseparable de la verdad, Ratzinger se ha pronunciado contra cierto moralismo que, prescindiendo de la verdad o subordinándola a una vida moral de cortos vuelos, degenera en un cristianismo miope al servicio de los intereses públicos o personales. La utilidad de la fe (que en realidad existe) no se produce cuando sólo se la busca en función de esta utilidad. «La fuerza moral de la fe está ligada a la verdad de nuestro encuentro con el Dios vivo. La grandeza que la fe cristiana llevó a las cuestiones sociales y políticas del mundo nació siempre del amor a Cristo, de la fuerza salvadora de su Pasión. Allí donde el cristianismo se reduce a la moral, muere precisamente como fuerza moral»[7].
Ratzinger no un intelectual «puro»; es un pastor inteligente, que habla un lenguaje que sus "ovejas" reconocen. Como profesor universitario se ha forjado en el serio y riguroso quehacer del pensar. Ha publicado muchas obras que una persona de cultura media puede comprender, sin necesidad de introducciones. La fuerza de su palabra depende más de su vigorosa espiritualidad, que de la ciencia teológica acumulada. Su excelente preparación intelectual está al servicio de una misión esencial de la Iglesia: proponer la fe, clarificarla y defenderla. Hace la apología (aducir razones en defensa de la fe) que requieren nuestros tiempos: la exposición inteligente de los misterios de la fe, adaptada al lenguaje de su tiempo[8], con perspicuitas, lenitas, fiducia, prudentia: claridad, afabilidad, confianza y prudencia (cf. Pablo vi, Ecclesiam suam, 38). No hay en él vana retórica porque está convencido de que la elocuencia del ministro del Evangelio depende de la resonancia que la palabra de Dios tiene en el interior de su alma (cf. ST 294).
Como servidor de la verdad ha buscado «liberar de incrustaciones el verdadero núcleo de la fe para darle energía y dinamismo. Esta intención o impulso es una constante en mi vida» (ST 91). Por su voluntad de servicio a la verdad, no pretende otra «originalidad» que la de nutrirse en las fuentes originarias de la revelación. Esta originalidad anima y da frescura a una teología viva, capaz de dialogar con el hombre de hoy.
No he tratado de crear un sistema propio o una particular teología. Quizá lo específico de mi trabajo podría consistir en que me propongo pensar con la fe de la Iglesia y eso significa sobre todo pensar junto con los grandes pensadores de la fe [...]. Mi teología tiene cierto carácter bíblico y también un carácter que le deriva de los Padres, [...] trato de subrayar los aspectos más relevantes del pensamiento del pasado y, a la vez, de entablar un diálogo con el pensamiento contemporáneo (ST 74-75).
Ratzinger, como buen intelectual, ama los libros, pero mucho más a las personas. Es capaz de una abnegación cotidiana tenaz, nunca llamativa, a favor del bien de la persona y de la comunidad. Personas, ideas y libros: éste sería el orden de prioridad en su vida. La verdad cristiana es una persona: Jesucristo y se resume en el amor a Dios y a los hermanos. La verdad cristiana ha de ser "hecha" en el amor. Al final de la vida, lo único que queda son las personas, su alma inmortal, y lo que se haya sembrado en ellas: «el amor, el conocimiento; el gesto capaz de tocar el corazón; la palabra que abre el alma a la alegría del Señor» (Misa pro eligendo Pontifice 18-IV-2005). Su servicio a la verdad, como teólogo y pastor, es personal; proclamar la «persona» de Cristo, la Verdad que salva a sus hermanos. Cristo es, para Ratzinger, la persona conocida, amada, seguida, anunciada, adorada. No un mero maestro de sana doctrina. El cristianismo no es una teoría; es el seguimiento amoroso de una Persona, de Otro que lleva la iniciativa y es Señor de la Historia.
2. Caridad intelectual en las etapas de su vida
Orígenes. Ratzinger ama el catolicismo encarnado en aquellas personas de su Baviera natal y representado en la figura del humilde y bondadoso san Conrado de Parzham (1818-1894). Aquella gente estaba convencida de que una vida guiada por la fe logra la realización de sus más bellas posibilidades: una santidad sin aspavientos, sencilla, hecha de fe recia, esperanza serena y caridad operante. Como profesor y obispo, ha preferido salir en defensa de la fe de los sencillos y no se ha mostrado complaciente con la arrogancia de algunos teólogos o con la fe «aburguesada» de las sociedades opulentas. Se pone del lado de quien no puede defenderse y podría verse privado de la fe que sostiene su vida. Le hubiera agradado servir como sacerdote a la sencilla gente de su tierra, pero la Providencia lo ha llevado por otros rumbos que le han descubierto el drama de la pobreza más radical: la pobreza de un mundo incrédulo, incapaz de alegrarse, atenazada por el tedio y el sinsentido. La nueva evangelización no puede olvidar a estos pobres necesitados de luz[9].
La escuela. Al llegar a Traunstein, Ratzinger ingresa en el «bachillerato humanístico». No le pasan desapercibidos los cambios introducidos en los programas por las autoridades nacional-socialistas, ni su intención manipuladora. «Rememo­rando aquellos años de estudio, encuentro que la formación cultural basada en el espíritu de la antigüedad griega y lati­na creaba una actitud espiritual que se oponía a la seduc­ción ejercida por la ideología totalitaria» (MV 37). Las dictaduras tratan de limitar los estudios humanísticos que favorecen la formación del sentido crítico y la independencia de juicio; se esfuerzan por presentar este proceso como una «liberación»[10]. Por amor a sus hermanos, Ratzinger ha consagrado su vida a conocer y predicar la Verdad que libera. Joseph entró al seminario menor a la edad de 12 años. Su «primera» vocación había sido la enseñanza, pues desde muy temprana edad deseaba transmitir sus conocimientos (cf. ST 60). Este primer deseo se concilió bien con la idea de ser sacerdote.
Estudios para el sacerdocio. Ratzinger cursó los estudios filosóficos en el seminario de Frisinga donde reinaba un ambiente de gran compañerismo, entusiasmo y vivacidad intelectual. En el corazón de los seminaristas surgían muchas cuestiones relacionadas con la terrible guerra que acababan de vivir. Querían «servir a Cristo en su Iglesia por un tiempo nuevo y mejor, por una Alemania mejor, por un mundo mejor» (MV 54). Pidió estudiar la teología en la Universidad de Munich para penetrar más profundamente en el debate cultural del propio tiempo y prepararse para, eventualmente, dedicarse por completo a la teología científica. La figura de san Agustín lo fascinó entonces por la frescura y vitalidad de su pensamiento y estilo teológicos y, más tarde, por ser un teólogo comprometido a fondo en sus deberes pastorales (cf. ST 68).
Expresión de caridad intelectual es reconocer la competencia de sus profesores y agradecer el ejemplo y la ciencia que le comunicaron. En Mi vida, los méritos de cada uno resaltan sobre sus comprensibles límites humanos, que Ratzinger no esconde. Al anotar algunos límites o errores de su enseñanza, Ratzinger no se detiene en la denuncia, sino que trata de encontrar los gérmenes de verdad que hay en cualquier autor (cf. MV 64). De Gottlieb Söhngen aprendió a pensar a partir de las fuen­tes mismas, a no contentarse con una suerte de positivismo teológico y a plantear con rigor la cuestión de la verdad y la actualidad de lo creído (cf. MV 68).
Coadjutor parroquial. En su primer año de sacerdote ejerció la caridad intelectual en formas sencillas. Impartía dieciséis horas semanales de religión en la escuela a niños de seis cursos diferentes. Disfrutaba haciéndoles comprensible el universo de los abstractos conceptos teológicos (cf. ST 72). Aunque anhelaba dedicarse a la enseñanza universitaria, le costó regresar a las aulas porque suponía romper las relaciones pastorales que habían nacido durante ese año (MV 77). Mientras trabajaba en la tesis de habilitación, en el verano de 1954, fue invitado a impartir un curso de dogmática en el seminario. Hubiera preferido concentrarse en la tesis pero, con caridad intelectual, aceptó. La entusiasta participación de los estudiantes lo sostuvo en el doble trabajo del curso y de la tesis (cf. MV 81). Tras serias dificultades con su director de tesis, Michael Schmaus, en 1957 pudo defender su tesis con éxito. Después de lo vivido, Ratzinger se hizo el propósito de no consentir fácilmente la recusación de tesis doctorales o de habilitación a la libre docencia y de tomar partido por el más débil, siempre que le asistiera la razón. Llegado el momento, este propósito pesará en su decisión de trasladarse de la Universidad de Bonn a la de Münster.
Caridad intelectual es la fatiga oculta del estudiante y del profesor. Los años de duro estudio forjaron en él las cualidades del buen teólogo eclesial: rigor científico, alma creyente, voluntad de buscar y proclamar la verdad; sensibilidad histórica, intuición de lo esencial, capacidad de síntesis, búsqueda de los datos, precisión en la definición de los términos, claridad y coherencia en la exposición sistemática.
Docencia universitaria. El ministerio sacerdotal de J. Ratzinger como profesor de teología duró 25 años, hasta su nombramiento episcopal: primero en la Escuela superior de filosofía y teología de Frisinga (1952-1959); después en las universidades de Munich (1957-1959), Bonn (1959-1963), Münster (1963-1966), Tubinga (1966-1969) y Ratisbona (1969-1977).
En Bonn maduró una relación franca y cordial con sus alumnos. Los estudiantes lo admiraban porque era muy joven, no se limitaba a repetir los manuales e intentaba poner en relación lo que enseñaba con el presente (cf. ST 73). Con un grupo de entusiastas estudiantes, que inicialmente se formó de modo espontáneo, sostuvo coloquios regulares hasta el año 1993. Trataba de comunicar a los doctorandos su rigor y apertura intelectual: les enseñaba a detectar los puntos débiles de una argumentación, a trabajar en equipo y a debatir. «Sabíamos que en las críticas mutuas no nos movía ninguna intención negativa, sino que queríamos ayudarnos, debatiendo los temas analíticamente» (ST 74). En grupo, además, visitaban grandes personalidades: Y. Congar, K. Barth, K. Rahner. La caridad intelectual del profesor se expresa también en la relación con los colegas. En Bonn conoció a Paul Hacker, un gran experto en lenguas, menospreciado por la comunidad académica, a quien Ratzinger estimaba por su indiscutible competencia (cf. MV 94).
Ratzinger y el Concilio Vaticano ii. Como consejero teológico del cardenal Frings, en la primera sesión, y después como perito conciliar, Ratzinger asumió la fatiga de clarificar cuestiones debatidas por los padres conciliares, en particular el problema de la relación entre Escritura, Tradición y Magisterio, planteado a la luz de un presunto descubrimiento de J.R. Geiselmann. Ratzinger, antes de que la «propaganda conciliar» sacara de quicio las consecuencias de la tesis de Geiselmann y afirmara que la exégesis debía ser la última instancia en la Iglesia, estudió minuciosamente las actas de Trento y constató que el paso que Geiselmann consideraba de importancia central no era sino un insignificante aspecto secundario en el debate de Trento (cf. MV 104). Más tarde, expresión de caridad intelectual fue su esfuerzo por una correcta recepción del Concilio. A los pocos años de su conclusión, Ratzinger comenzó a hablar de un «falso espíritu conciliar» (Konzils-Ungeist) y a hacer un balance bastante negativo de su recepción. Frente a las posiciones con­trapuestas de progresistas y conservadores, Ratzinger ha subrayado la rigurosa continuidad del concilio Vaticano ii con los concilios anteriores, de los que re­coge literalmente su doctrina en puntos decisivos. Ratzinger se ha entregado a la defensa de la verdadera interpretación del Concilio y a la salvaguarda de la unidad y continuidad de la Iglesia. Por permanecer fiel a sí mismo y al Concilio, fue considerado «progresista» durante el Concilio y tildado, después, de «conservador».
Más docencia universitaria. Ratzinger vivió el Concilio entre Münster y Roma. En 1966 recomenzó a dar clases en Tubinga. El ambiente universitario aparecía cada vez más agitado y oscuro. En 1968, cambió el «paradigma» cultural y teológico del existencialismo al marxismo; la facultad de teología era el centro ideológi­co del marxismo universitario. Ratzinger, que en su curso de cristolo­gía de 1966-1967 había intentado reaccionar a la reducción existencialista del cristianismo, ahora no sabía cómo reaccionar ante la destrucción de la teología que tenía lugar a través de la instrumentalización política marxista. Esta destrucción «era incomparablemente más radical» porque se basaba sobre una mentira y un abuso de la Iglesia y de la fe (cf. MV 114). Su estancia en Tubinga fue corta en años pero intensa en experiencias que lo iban preparando para ministerios futuros.
En 1969, Ratzinger comienza a enseñar en Ratisbona, donde no faltaban las polémicas, pero «había un respeto recíproco de fondo que es muy importan­te para que un trabajo sea fructífero» (MV 118). Durante este período de intensa actividad científica, colaboró con la Conferencia Episcopal Alemana y la Comisión Teológica Internacional, y se fraguó su separación de la revista Concilium y la fundación de la revista Communio. En los serenos y fecundos años de Ratisbona, Ratzinger experimentó la satisfacción de aportar algo nuevo a la teología. Cuando en el año 1977 todo parecía asentarse, su vida dio un vuelco. En un intervalo de tres meses, Pablo vi lo nombró arzobispo y cardenal.
Arzobispo de Munich y Frisinga. Por sentido de responsabilidad, dudó antes de aceptar el nombramiento. Se veía sin experiencia pastoral y pensaba que, finalmente, había llegado el momento en el que su obra podría aportar algo al conjunto de la reflexión teológica. Aceptó porque comprendió que en la situación extraordinaria que vivía la Iglesia, también los teólogos debían estar dispuestos a asumir el ministerio episcopal. En su ministerio conjugó armoniosamente la seriedad en afrontar los problemas y la serenidad de la fe que descubre la belleza de Dios y de la existencia humana.
Prefecto de la CDF. El 25 de noviembre de 1981, Juan Pablo ii lo nombró Prefecto de la CDF. En razón de este cargo, presidió la Pontificia Comisión Bíblica y la Comisión Teológica Internacional y pudo reforzar sus contactos con los teólogos. La CDF promueve la fe favoreciendo el diálogo entre los teólogos del mundo, alentando las corrientes positivas y ayudando a enderezarse a las otras. Defiende la fe ayudando a distinguir los auténticos progresos teológicos de otras novedades que implican una pérdida de la identidad de la fe católica.
Caridad intelectual es afrontar los problemas y buscar su solución por la vía del diálogo. La tarea ha sido difícil pues en ese período abundaban las tergiversaciones o negaciones de la fe que a él competía promover, exponer y defender. «La función de un cirujano que opera a un hombre enfermo para sanarle no es grata si el que padece la enfermedad no la reconoce. Por ello quizá su primera función tenga que ser esclarecerle los hechos y procesos que padece, que de no ser frenados o extirpados a tiempo acabarían con su vida. Ésa fue la tarea de Ratzinger al frente del dicasterio»[11].
El servicio de clarificar la fe católica es más hermoso que el de señalar errores, pero este tampoco es un deshonor. San Jerónimo hacía este elogio de san Agustín: «Has creado una expresión nueva al cristianismo en la cultura romana, y lo que es más: te detestan todos los herejes». El cardenal Ratzinger quizá se haya consolado con ese pensamiento cuando tuvo que intervenir en algunos «casos sonados», que dieron origen a la publicación de notificaciones sobre algunas obras de conocidos teólogos.
En la medida que sus responsabilidades se lo permitían, Ratzinger intervino como un teólogo más en el debate teológico y cultural del propio tiempo. De este modo, los teólogos y los obispos pudieron conocer mejor los procesos, motivos y razones que orientaban las decisiones que como prefecto debía tomar y que, en ocasiones, el Santo Padre confirmaba con su autoridad. Al pronunciarse como teólogo, se exponía al fuego de la crítica teológica y podía perfilar mejor su pensamiento en aquellos puntos en los que estaba buscando mayor claridad. Todo ello redundaba en beneficio de su tarea, como prefecto, de explicar con términos claros y precisos la doctrina de la Iglesia universal.
Ejercicio de caridad intelectual es saberse limitar a las prioridades y no dedicarse a satisfacer los propios intereses. En una carta a un amigo, un mes antes de su elección papal, escribía: «Hace ya dos años que he decidido abandonar totalmente mi actividad de conferenciante, para poder cumplir aquí debidamente mis deberes; finalmente la edad reduce la capacidad de trabajar y aquí las tareas son cada día mayores»[12].
Caridad intelectual es afrontar las tareas ingratas y difíciles con espíritu elevado y modo gentil. No fue autoritario ni quiso serlo. En la CDF favoreció el modo de trabajar colegial. Cuidó el diálogo a todos los niveles para resolver los asuntos sin recurrir a sanciones. En su misión de corregir, quiso defender a los más débiles sin dañar gratuitamente a nadie y se esforzó por mejorar el ordenamiento jurídico de la CDF para encontrar el justo equilibrio entre los derechos del individuo y el bien de la comunidad (cf. ST 102).
La seriedad de su forma de trabajar es proverbial, sobre todo cuando tiene entre manos asuntos que requieren un estudio profundo. Se mantenía abierto a la crítica y a la colaboración, pero no renunciaba a intervenir cuando era necesario, aunque las medidas fueran impopulares, y siempre en modo correcto, respetando los derechos de las personas y las normas del derecho eclesiástico (cf. ST 112).
Caridad intelectual es, también, la capacidad para revisar las propias opiniones. A los sacerdotes de la diócesis de Aosta dijo que - en el contexto de la pastoral con los fieles divorciados vueltos a casar y que desean recibir la comunión - como Prefecto invitó a diversas Conferencias episcopales y a especialistas a estudiar el problema del sacramento del matrimonio celebrado sin fe: «No me atrevo a decir si realmente se puede encontrar aquí un momento de invalidez, porque al sacramento le faltaba una dimensión fundamental. Yo personalmente lo pensaba, pero los debates que tuvimos me hicieron comprender que el problema es muy difícil y que se debe profundizar aún más» (25-VII-2005). Estas palabras revelan el esfuerzo de quien, ante un problema pastoral, trata de respetar, por una parte, el bien de la comunidad y el bien del sacramento y, por otra, trata de ayudar a las personas que sufren.
Las múltiples facetas de la caridad intelectual han ido apareciendo a través de la biografía de Joseph Ratzinger y siguen resplandeciendo en su ministerio de Pastor Universal de la Iglesia.
[1] J. Ratzinger, Mi vida. Recuerdos 1927-1977, Encuentro, Madrid 1997.
[2] Benedicto XVI, Homilía en la concelebración con los cardenales electores, Capilla Sixtina, 20-IV-2005.
[3] Cf. O. González de Cardedal, Ratzinger y Juan Pablo II, Sígueme, Salamanca 2005, 43.
[4] Traducción nuestra de la edición italiana de J. Ratzinger, Il sale della terra, San Paolo, Milano 1997.
[5] J. Ratzinger, "El problema de fondo. Entrevista de Jaime Antúnez Aldunate", Humanitas 10 (2005) numero especial, 122.
[6] J. Ratzinger, "El problema de fondo...", 123.
[7] J. Ratzinger, "El problema de fondo...", 128-129.
[8] Cf. H.U. von Balthasar, «Ancora un decennio - 1975», in Idem., Il filo di Arianna attraverso la mia opera, Jaca Book, Milano 1980, 54.
[9] Cf. J. Ratzinger, "La nueva evangelización", Ecclesia 10 (1996) 351.
[10] Cf. J. Ratzinger, "Libertad y liberación. La visión antropológica de la Instrucción Libertatis conscientia", Ecclesia 1 (1987) 463-464.
[11] O. González de Cardedal, Ratzinger y Juan Pablo II, 57-58.
[12] Carta del 12 de marzo de 2005 a Olegario González de Cardedal, en O. González de Cardedal, Ratzinger y Juan Pablo II, 61-62.

 
El 70% aprueba la visita papal
11/28/2007
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NUEVA YORK/EDLP — La mayoría de los votantes de la Gran Manzana ve con buenos ojos la próxima visita del Papa Benedicto XVI, según una encuesta divulgada ayer.
De acuerdo con el sondeo de la Universidad Quinnipiac, el 70 por ciento de los electores entrevistados considera que la venida del Santo Padre planificada para el mes de abril, hará mucho bien a la ciudad de Nueva York.
Entre los católicos la respuesta fue del 88 % de aprobación.
En términos generales el 90% de los votantes neoyorquinos tiene una opinión favorable del actual Pontífice.
Según los resultados de la encuesta, al 29% de los neoyorquinos, incluyendo 60% de los católicos, les gustaría asistir a la misa que oficiará el Papa en el Yankee Stadium.
“Bienvenido su Santidad. Los neoyorquinos aplauden sus planes para visitar la ciudad”, dijo en un comunicado, Maurice Carroll, director del Quinnipiac University Poll Institute.
El experto destacó que el sondeo ha sido positivo para la imagen del actual jerarca de la Iglesia Católica considerando que los residentes no lo conocen tan bien en comparación con su predecesor, Juan Pablo II.

 
Reunión extraordinaria en el Vaticano
PD/AgenciasJueves, 22 de noviembre 2007
El papa Benedicto XVI mantendrá mañana un encuentro con los cardenales que lleguen a Roma para la creación de 23 nuevos purpurados para "reflexionar" sobre el Ecumenismo, la relación entre los católicos y las restantes Iglesias.
La oficina de prensa confirmó hoy que aprovechando la presencia de todo el Colegio Cardenalicio, llegado hasta Roma para el segundo consistorio de Benedicto XVI, se realizará una jornada de "oración y reflexión" sobre el Ecumenismo, dijo Efe.
La asamblea se realizará en el Aula Nueva del Sínodo y tras el saludo del Papa, el presidente del Pontificio Consejo para la promoción de la Unidad de los Cristianos, cardenal Walter Kasper, presentará una ponencia sobre el tema "Informaciones, reflexiones y valoración del momento actual del diálogo ecuménico".
Después seguirán las intervenciones de los purpurados sobre este argumento y por la tarde, tras la celebración de las Vísperas, el Pontífice hará una introducción a la que seguirá un debate entre los cardenales sobre la "vida de la Iglesia católica en general" y la jornada concluirá con un discurso de Benedicto XVI.
Este tipo de reuniones extraordinarias, en las que el Papa consultaba cuestiones importantes con el Colegio cardenalicio, fueron retomadas por Juan Pablo II a inicios de los años 80.
El año pasado, en ocasión del primer consistorio, Benedicto XVI también convocó a los purpurados para una reunión extraordinaria sobre la situación de la Iglesia en general.
Como en aquella ocasión, el Pontífice ha pedido que también estén presentes los 23 prelados que serán creados cardenales el día después.
Durante la reunión extraordinaria de mañana, se presentará a los cardenales el llamado "documento de Ravena", publicado hace unos días por el Vaticano, y en el que las "las iglesias ortodoxas reconocen al Obispo de Roma como "Primer Patriarca".
El documento, aprobado por la Comisión Mixta para el Diálogo Teológico entre Católicos y Ortodoxos el pasado octubre en Ravena, ha sido considerado un primer paso en el largo camino hacia la unidad de los cristianos, aunque no cuenta con el apoyo de la Iglesia ortodoxa rusa, que abandonó la reunión.
El Secretario de Estado, cardenal Tarcisio Bertone, explicó hoy en una entrevista en el diario católico "Avvenire", que Benedicto XVI ha elegido el argumento del Ecumenismo, "ya que desde el inicio de su pontificado resaltó la importancia que le daba al diálogo con las otras Iglesias y comunidades cristianas".
«¿Qué espera el pontificado de Benedicto XVI de los hispanos?»
Nuevo libro de Guzmán Carriquiry
ROMA, miércoles, 20 junio 2007 (ZENIT.org).- El Instituto Mexicano de Doctrina Social Cristiana (IMDOSOC) acaba de publicar un nuevo libro del doctor Guzmán Carriquiry, «¿Qué espera el pontificado de Benedicto XVI de los hispanos? Misión de los hispanos en los Estados Unidos a la luz de la catolicidad».
Este libro es el fruto de muchos estudios condensados en las conferencias pronunciadas por el subsecretario del Consejo Pontificio para los Laicos a un grupo selecto de líderes hispanos comprometidos en la vida política y en los negocios, en ocasión de un encuentro promovido en Denver, en agosto de 2006.
En sintonía con diversas declaraciones del Episcopado católico de los Estados Unidos, Carriquiry afronta la presencia creciente y multifacética de los hispanos en los distintos ámbitos de la sociedad norteamericana, considerándola una «bendición de Dios» y un «recurso profético» para la misma vida y destino del país así como para la catolicidad entera.
La visión de Carriquiry, de origen Uruguayo, choca con la de Samuel Huntington, autor de «El Choque de civilizaciones», cuando la presenta como «amenaza» con la de Pat Buchanan, político conservador estadounidense, cuando se refiere a ella como «invasión» barbárica.
La tesis de Carriquiry es que esta presencia cada vez de mayor influencia, involucrada en la «profunda e imprevisible realineación cultural que vivirá esta nación en las próximas décadas», es «una sorpresa inaudita del designio providencial de Dios, que se sirve de un complejo de ‘causas segundas’, como las que llevaron y siguen llevando a millones de latinoamericanos a emigrar a los Estados Unidos».
Es un don «para dar renovado vigor, para reconstruir y revitalizar, en una más completa síntesis católica, la presencia y misión de la Iglesia en ese país» y dar así más completa respuesta «a las evidencias y exigencias de libertad, de regeneración moral y espiritual, de felicidad, que movieron a los ‘padres peregrinos’, a los ‘padres fundadores’, a los pioneros, a las multitudes de inmigrantes, en fin, a todos los seguidores y constructores del ‘sueño americano’».
En una nota enviada a Zenit, el autor no oculta las dificultades y obstáculos que se plantean hoy día a esa presencia hispana, no obstante la proverbial generosidad de acogida de una nación hecha en gran medida por periódicas, masivas y diversificadas olas de inmigración.
Entre ellas, Carriquiry examina las siguientes: la persistente vigencia de la «leyenda negra» sobre América Latina y sus gentes, el arraigado prejuicio anti-católico, la ideología de la presunta incompatibilidad católica con el credo americano, las tenazas entre la «protestantización», el secularismo y la ideología del multiculturalismo.
El autor propone a los hispanos ser conscientes y responsables de su tradición católica, conjugando la que traen consigo desde el barroco popular latinoamericano con la propagada en Florida y Sudeste de los Estados Unidos, que, por otros caminos, arraigó en Maryland, creció por la incorporación de católicos inmigrantes de los más diversos pueblos y naciones, fue templada por persecuciones y hostigamientos, conoció muchos frutos de santidad y caridad y se expresa hoy en la Iglesia con el mayor número de fieles en los Estados Unidos.
Para ello, se requiere «invertir» mucho más en la nueva evangelización y catequesis de los hispanos y en la formación de sus líderes, dentro de los nuevos contextos de vida y cultura, considera el subsecretario del Consejo vaticano.
El libro afronta las políticas de inmigración que se están debatiendo actualmente en los Estados Unidos, pero destaca que los hispanos tienen que hacerse cargo también de muchos otros aspectos de la vida nacional, como los referentes a la cultura de la vida y la familia, a la educación y al trabajo, a la formación del capital humano, a la participación política en el cuadro de una gran tradición democrático-liberal que requiere sólidos fundamentos, a la responsabilidad solidaria a niveles hemisféricos y mundiales.
Si la «pastoral hispana» ha sido y seguirá siendo necesaria y conveniente, doctor Carriquiry destaca que no puede considerarse come un «nicho eclesial» entre otros, donde diversas «comunidades etno-católicas cohabitarían en coexistencia pacífica e incluso con espíritu cordial pero sin mayores interferencias».
Por eso recuerda el discurso de Juan Pablo II en Los Ángeles: «Hoy en la Iglesia de Los Ángeles Cristo es inglés y español, Cristo es chino y es negro, Cristo es vietnamita e irlandés, Cristo es coreano e italiano, Cristo es japonés y filipino, Cristo es nativo de América, de Croacia, de Samoa y de muchos otros grupos étnicos” ¡Es el “único Cristo resucitado, el único Señor y Salvador”, y la Iglesia “el único Cuerpo de Cristo».
«¿Acaso en ese acontecimiento --concluye el doctor Carriquiry en su declaración enviada a Zenit-- no se realiza ya como certeza y promesa el lema que está en la fundación misma de los Estados Unidos: e “pluribus unum”?»
«La luz brilla en las tinieblas. El pensamiento de Benedicto XVI», según un fundador
Entrevista con el padre Luis Torres-Pardo, C.R.
BUENOS AIRES, miércoles, 20 junio 2007 (ZENIT.org).- El padre José Luis Torres-Pardo C.R., fundador del Instituto y de la Obra de Cristo Rey, ha publicado el libro: «La luz brilla en las tinieblas. El pensamiento de Benedicto XVI» (Ediciones Cristo Rey), en el que, a través de numerosas citas extraídas de las obras de Joseph Ratzinger, introduce de modo sistemático en el universo teológico-espiritual-sapiencial de este Papa.
En esta entrevista, el fundador, nacido en Córdoba de España el 30 de septiembre de 1928, residente en Argentina desde hace casi cuarenta años, desvela las claves de esta obra.
--¿Podría decirnos qué es lo que lo ha impulsado a escribir este libro?
--La urgencia de disipar, en lo posible, las tinieblas del pecado, del error, de la incredulidad, de la ignorancia y de la tibieza espiritual.
--Ya existen varios libros acerca del Santo Padre. ¿Cuál sería el aporte específico de esta obra suya que acaba de publicar?
--Intentar una síntesis de su prolífico pensamiento, poniendo de relieve las «claves» y los «énfasis» más acuciantes para esta sociedad neopagana y este catolicismo acobardado y alicaído en que vivimos.
--En su libro hay, proporcionalmente, muy pocas frases suyas, y sí muy largas citas de Joseph Ratzinger. ¿Por qué razón eligió estructurarlo de esa manera?
--Sencillamente porque lo que interesa es su pensamiento, no el mío; el cual (dicho sea de paso, y guardada toda «proporción») sintoniza plenamente con el suyo, junto con un gozo y un ímpetu imposible de explicar.
--El libro consta de más de quinientas citas de Joseph Ratzinger, extraídas de obras suyas siendo joven teólogo o cardenal prefecto, y de numerosos documentos e intervenciones suyas como Sumo Pontífice. Sin embargo, el subtítulo de la obra es «El pensamiento de Benedicto XVI». ¿No sería una contradicción ese subtítulo, dado que gran parte de las citas son anteriores a su pontificado?
--Ciertamente que no, dada la coherencia «in crescendo» de su teología, enraizada en la Palabra de Dios, en la Tradición apostólica y en el Magisterio de la Iglesia… en una palabra: una fe maciza y explicada por una inteligencia superdotada, con la humildad de un niño y la valentía de un guerrero.
--Si tuviese que sintetizar en una palabra el pensamiento de Joseph Ratzinger, ¿cuál elegiría?
--Sin lugar a duda:¡la «verdad»!, de acuerdo al lema por él elegido en su pontificado.
¡Es impresionante la cantidad de veces que, de palabra o por escrito, el Santo Padre pronunció el sustantivo «verdad»!
Pienso que probablemente le habrá influido la lectura y devoción al gran doctor de la Iglesia, san Agustín, su «primer amor teológico», como le llamó Benedicto XVI.
--¿Por qué llama a Benedicto XVI, en el Prólogo de su libro, «el Papa de mi vida»?
--Desde Pío XI (el Papa de la magna encíclica «Quas primas»), bajo cuyo pontificado nací (año 1928), todos los Papas han sido «grandes» y dignos de veneración.
No obstante, he sufrido en «carne viva» la crisis (mal llamada) «postconciliar», resultado de una falsa y malintencionada interpretación de los documentos del Concilio Vaticano II, que el Papa Benedicto calificó de «hermenéutica de la ruptura» entre un antes y un después del Concilio (en lugar de una «hermenéutica de la continuidad»). En este contexto, sobre todo el Santo Padre felizmente reinante fue y sigue siendo para mí un bálsamo y, al mismo tiempo, un fuerte estimulante para llevar adelante a nuestro amado Instituto y Obra de «Cristo Rey».
Por este motivo la quinta y última parte de este libro (el «broche de oro» diría yo) trata específicamente del reinado universal de Cristo, que es precisamente nuestro «carisma» entrañable.
--¿Cómo se podría ayudar a las personas de escasa formación espiritual y doctrinal e influenciadas por los «medios de comunicación» a gustar este libro sobre el Santo Padre?
--Mediante la práctica periódica de los «ejercicios espirituales» según el método del gran san Ignacio de Loyola, contundentes para «des-intoxicarnos» del medio ambiente y para amar apasionadamente a Cristo, a la Virgen y a la Iglesia.
Y, al mismo tiempo, una formación doctrinal permanente, tomando como textos de base el «Catecismo de la Iglesia Católica», el «Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia» y «L’Osservatore Romano».
--¿Qué implicancias tiene para su vida como fundador del Instituto y de la Obra de Cristo Rey el haber escrito este libro? ¿Es una obra carismática? ¿Es un aporte suyo como fundador a las actuales circunstancias de la Iglesia en América Latina?
--¡Desde luego! Mi intención es doble: por un lado, contrarrestar el «triple complejo», que tanto daño está causando a los católicos (clérigos y laicos) no sólo en Latinoamérica, a saber: complejo ante el mundo moderno, complejo ante las demás religiones, y, de una manera especial, el complejo llamado «antirromano» (frialdad u hostilidad hacia el Papa, y pérdida de la «romanidad»).
Y por otro lado, «marcar a fuego», en todos los hijos e hijas que Dios me ha confiado, el amor filial a Roma y al Papa.
Si alguien quisiera saber lo que somos, lo que pensamos y lo que predicamos (con la gracia de Dios), no tiene más que leer atentamente y sin «prejuicios» este libro. Un candidato a ingresar en nuestro Instituto «Cristo Rey» que no aceptase con entusiasmo todo lo que está escrito en este libro, evidentemente no debería ser admitido (menos aún ordenado sacerdote).
Dígase proporcionalmente lo mismo respecto de los laicos, aspirantes a pertenecer, cuánto más a representar, nuestra Obra.
Un programa centrado en «la escucha de la Palabra de Dios»
La paz, uno de los más firmes ejes del gobierno de Benedicto XVI
Álex Navajas

MADRID- Nada más salir al balcón que se abre sobre la Plaza de San Pedro revestido por vez primera como Sumo Pontífice de la Iglesia católica, Benedicto XVI definía las líneas del pontificado que había comenzado hacía unos minutos. Era el 19 de abril de 2005, y el Papa se comprometía, junto a toda la Iglesia, a «la escucha de la Palabra y la voluntad del Señor para que Él conduzca a la Iglesia en esta hora de la historia». Ha pasado, pues, un bienio, durante el que Benedicto XVI ha plasmado esa «escucha del Señor» en unas líneas concretas de actuación.
   Que llegue el mensaje
   En el encuentro navideño de 2006 con la Curia romana, el Santo Padre recordó su encuentro con el filósofo Jürgen Habermas «hace unos años en Munich». «Él dijo que hacían falta pensadores capaces de traducir las convicciones cifradas de la fe cristiana al lenguaje del mundo secularizado para hacerlas así eficaces de nuevo». El Papa, profesor universitario durante años, había adquirido la pericia necesaria para, precisamente, saber hacer llegar el mensaje. La prueba de fuego le llegó unos meses después de su elección. Benedicto XVI invitó a Roma, el 15 de octubre de 2005, a los niños que iban a hacer la Primera Comunión. Cien mil menores respondieron al llamado. Le preguntaron abiertamente al Papa, con confianza. Y él se supo adaptar a su nivel y responder a sus inquietudes.
   La sombra de Juan Pablo II
   Era inevitable. Tras el longevo y fructífero pontificado de Juan Pablo II, las comparaciones con su antecesor parecían ineludibles. Benedicto XVI nunca ha ocultado su cariño y afecto hacia el Pontífice con el que colaboró estrechamente durante casi veinte años. Así lo mostró en su viaje a Polonia, «un íntimo deber de gratitud». «No se reservó nada; se dejó consumir totalmente por la llama de la fe», dijo de él en la tierra que vio nacer a Juan Pablo II.
   Aunque asumió los compromisos adquiridos por su predecesor, Benedicto XVI también abrió nuevas vías. Como primera medida, suprimió de su escudo pontificio la tiara (tocado alto con tres coronas, que usaron los Papas como símbolo de su autoridad) por la mitra. También modificó otro rasgo habitual en Juan Pablo II: la celebración en Roma de las beatificaciones. Lo confió al Prefecto de la Congregación para la Causa de los Santos, quien ahora las celebra en la diócesis que ha promovido la causa de beatificación.
   La paz
   Desde que estalló el conflicto entre Israel y el Líbano, Benedicto XVI se pronunció sobre el mismo dos veces por semana. El Santo Padre se ha referido, a lo largo de estos dos años, a prácticamente todas las guerras que asolan el planeta. Su solicitud por la paz ha sido uno de los ejes de su Pontificado. «Hay una conexión inseparable entre la relación de los hombres con Dios y su relación mutua. La paz en la Tierra no puede lograrse sin la reconciliación con Dios, sin la armonía entre el Cielo y la Tierra», afirmaba el pasado mes de diciembre.
   Los viajes
   Ha bajado el ritmo de viajes de su antecesor, pero no ha mermado el poder de convocatoria. Alemania -en dos ocasiones-, Polonia y España han sido sus destinos hasta el momento.
  
El Papa Benedicto XVI es un fiel servidor que trabaja por la verdad
04/19/2007 Arzobispo John Vlazny  
  

Cuando el Papa Benedicto XVI fue ordenado como obispo en marzo de 1987, él escogió como lema de su carrera episcopal una frase que es importante analizar en estos momentos y fue: “Cooperadores de la verdad”.
Y nada mejor que hablar de este lema, porque el mes de abril que hemos iniciado en la gracia de Dios, es el mes del Papa. El pasado 2 de abril nosotros observamos el segundo aniversario de la muerte de nuestro amado Papa Juan Pablo II.
El lunes 16 de abril el Papa Benedicto XVI celebró su cumpleaños número 80 y el jueves siguiente, el 19 de abril es el segundo aniversario de su elección como sucesor de San Pedro y Obispo de Roma.
Nosotros oramos por ambos hombres en los días venideros, agradecidos de que el Señor ha enviado entre nosotros maravillosos cooperadores de la verdad, maestros fieles de nuestra fe, y verdaderos misioneros con celo y santidad.
El joven de 24 años de edad Joseph Ratzinger, ahora Papa Benedicto XVI, fue ordenado como sacerdote en junio 19 de 1951, día de la fiesta de San Pedro y San Pablo.
Esto parece como si él hubiera sido destinado a vivir en Roma, dotado con la gracia de las órdenes sagradas en una fiesta tan querida por los corazones de la Iglesia de Roma.
Después de muchos años al servicio de su comunidad y como maestro de teología en varias universidades de Alemania, fue nombrado arzobispo de Munich y Freisung por el Papa Pablo VI, en una fecha importante: el 25 de marzo de 1977.
Ese mismo año, se convirtió en cardenal, y un poco más de cuatro años después, el Papa Juan Pablo II lo nombró Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe.
El Papa Benedicto XVI siempre ha tomado su responsabilidad de ser maestro a lo largo de su vida y su compromiso siempre ha liderado su vida con gran seriedad.
Todo esto adquiere una mayor relevancia al ver su servicio como Sumo Pontífice, durante los últimos dos años. Él ha publicado su primera Encíclica titulada: “Dios es Amor”.
Recientemente publicó su exhortación apostólica posterior al Sínodo sobre la Eucaristía, el Sacramento de la Caridad. Él ha sido célebre por sus sermones que llegan muy de cerca al corazón de los italianos. Sus mensajes y prédicas frecuentes, tanto formales como informales, continúan siendo una fuente de inspiración para aquellos que tienen el privilegio de oírlos o leerlos.
El Papa Benedicto XVI no es el viajero del mundo tal como el Papa Juan Pablo II lo fue en vida, convirtiéndose en el Papa Peregrino ante los ojos del mundo. Pero el Papa Benedicto empezó su ministerio veinte años antes que su predecesor.
Él ha visitado Colonia, Munich, Altotting y Regensburg, Alemania y Turquía. Pronto se va a embarcar en un viaje a Brasil para reunirse con los obispos de América Latina.
En todas estas ocasiones él va como maestro de la fe y como misionero del amor. Verdaderamente el Sumo Pontífice es un dulce servidor del Señor, uno por quien oramos para que sea bendecido con buena salud y larga vida.
Nuestra iglesia es en su corazón una reunión de personas hecha por Dios, guiada por los obispos, quienes son sucesores de los apóstoles y que tiene como cabeza al Obispo de Roma, el Papa.
Algunos feligreses o parroquianos no quieren en estos momentos nada que ver con la “Arquidiócesis”. Pero es importante reiterarles que la “Arquidiócesis” es el epicentro a través del cual el obispo lleva a cabo su ministerio.
Sin el obispo no hay iglesia católica. Sin el obispo de Roma, la iglesia no es capaz de lograr su llamado católico o universal.
En la actualidad, especialmente aquí en el estado de Oregón, hay mucha resistencia ante este tipo de instituciones. Después de todo, muchas personas vienen aquí al final del Sendero de Oregón a ser libres de los compromisos institucionales y cualquier tipo de responsabilidad.
Pero la verdadera libertad se logra raramente sin el apoyo de una estructura de cualquier tipo. Una de las estructuras en la Iglesia Católica fue establecida directamente por Cristo cuando él nombro a San Pedro como la roca de la iglesia, la cabeza de los apóstoles. Incluso San Pablo, se refiere a la administración como un regalo del Espíritu Santo.
Cada obispo está a cargo de su propia diócesis. La Arquidiócesis de Portland no es la oficina distrital de la Santa Sede.
Un obispo es igualmente el maestro principal de su diócesis, puede ser responsable de proclamar el evangelio con integridad y claridad.
La oficina de enseñanza de todos los obispos unidos al Papa es llamada “el magisterio”. Ustedes posiblemente han oído esa palabra y pueden haber notado que levanta algunas veces un poco de hostilidad.
Pero es la iglesia con sus obispos la que ha sido encargada de la tarea de interpretar con autoridad lo que está como el significado real de la revelación divina.
Algunas veces, los obispos se reúnen para participar de un Concilio Ecuménico como lo hicieron a comienzos de los años 70s. Lo que ellos enseñan con el Papa en estos escenarios debe ser aceptado con fe por todos. Bajo ciertas circunstancias el Papa puede proclamar una doctrina que es revelada en forma divina y debe ser tomada con seriedad y confianza por todos. Esto es lo que llamamos la infalibilidad Papal.
El Papa
¿Por qué, entonces, es el Papa tan importante para los católicos? La constitución de la iglesia del Concilio Vaticano II, lo explica de esta manera: El Papa “es la fuente y fundamento perpetuo y visible de la unidad de los obispos y de la compañía total de los fieles”.
La unidad de los seguidores de Cristo Jesús es tan importante, pero desafortunadamente en estos tiempos es muy frágil.
Es el Papa, en virtud de su cargo, quien encabeza el camino de nuestros esfuerzos para fortalecer y restaurar la unidad entre todos. El Papa Benedicto XVI implacable perseguidor de la verdad, como pastor y maestro es un gran recurso en los diálogos ecuménicos con otras iglesias cristianas.
Semana Santa
Aprender nuevas formas para llegar a ser personas de fe y relacionarnos con los otros como socios colaboradores en la construcción del reino de Dios, no ocurre sin dolor.
En muchas de nuestras comunidades, especialmente luego del escándalo terrible sobre abuso sexual de menores y de todas las críticas que han sido dirigidas a nuestra iglesia, se necesita la reconciliación.
Cuando el desacuerdo ocurre, uno de los problemas más grandes que tenemos es el de convencernos a nosotros mismos, de que en el orden cristiano, la reconciliación es la meta, no la justificación. Esto sólo ocurre cuando la gente está dispuesta a escuchar, perdonar, y tratar el bien general de la comunidad como algo primordial.
Como católicos, nosotros estamos bendecidos con una vida sacramental. Todas las veces que nos reunimos alrededor de nuestro altar parroquial, nosotros ciertamente recibimos la vida de Jesús la cual nos mueve de la oscuridad a la vida. Jesús se ha descrito a sí mismo como el Pan de Vida, el pan de una vida real, agarrada en las luchas y dolores de un mundo cambiante, una vida confiada a nosotros por Dios Padre, para el trabajo del servicio y el testimonio. Una vida enriquecida y renovada cuando nosotros nos reunimos como una comunidad de creyentes en la celebración de la Eucaristía.
Esta es la vida real del Señor que ascendió al cielo entre nosotros y que hace posible el perdón de los pecados, la reconciliación con los amigos, la sanación, la comodidad y la paz de los enfermos, las vidas comprometidas de los casados, los ordenados y aquellos que han abrazado la vida sacramental.
En verdad, la vida sacramental de la iglesia nos une para el trabajo del Jesús vivo en su misterio de la Semana Santa.
Arzobispo John Vlazny.
Dos años con el «Papa de la palabra»
Los vaticanistas destacan como hitos su mensaje claro, la reforma de la Curia y su capacidad de diálogo
Ángel Villarino

CIUDAD DEL VATICANO- Dos años con Benedicto XVI, dos años para entender cómo respira el «nuevo» Papa. «Éste es un Pontífice que ha centrado en la palabra una parte muy importante de su ministerio, que se basa menos en los gestos y los hechos y más en las palabras. Este Papa elimina todo lo que pueda distraer de la palabra, incluso en sus viajes, que son recordados por las cosas que ha dicho y no por las cosas que ha hecho», asegura a LA RAZÓN el prestigioso vaticanista Sandro Magister. Esta percepción la comparten casi todos los analistas de la Santa Sede, de suerte que si en este momento hubiese que acuñar un sobrenombre para Benedicto XVI, quizá el «Papa de la palabra» sería el apelativo más votado. «Habla mucho con los textos y las homilías las articula con una gran claridad y profundidad. Se esfuerza más en las palabras que con los gestos. También dentro de la propia estructura de la Iglesia ha trazado un camino dialogante», agrega el autor de la biografía más vendida en Italia sobre el nuevo Pontífice, Andrea Tornielli.
   Récords en San Pedro
   Los analistas hablan de la palabra escrita, por sus libros e innumerables documentos (el último, «Jesús de Nazaret», salió a la venta hace tan sólo dos días). Pero también a la palabra hablada, por las incansables homilías, que han traído récords de visitas a las misas de San Pedro, donde las estadísticas dicen que nunca antes un Papa había remolcado tanta gente a escuchar su mensaje. «Antes los peregrinos solían venir una vez, para ver en persona al Papa. Pero ahora hay miles que repiten y vuelven semana tras semana, porque les enriqueció lo que escucharon. Y es porque los mensajes de Benedicto XVI son muy cercanos cuando se viven en primera persona. Cuando él habla no se escucha una mosca», explica un prelado de la Curia, que insiste en la idea de Benedicto XVI como intelectual y teólogo.
   El gusto de Benedicto XVI por el diálogo explica también algunos de los «hitos» de estos dos años de Papado: las conversaciones con el teólogo disidente Hangs Kung o con la periodista atea Oriana Fallaci; los esfuerzos ecuménicos con la Iglesia ortodoxa; los acercamientos a la comunidad hebrea; la campaña diplomática con el islam tras la crisis de Ratisbona...
   ¿Pero qué dicen esas palabras? «En el discurso del Papa hay un elemento importante. Se trata de la búsqueda constante para combinar fe y razón. No se trata de anteponer la razón a la fe o viceversa, sino de conjugarlas. El discurso de Ratisbona, por ejemplo, tiene mucho de eso», asegura Magister. Benedicto XVI, prosigue el vaticanista, nos ha puesto en guardia sobre uno de los peligros más difundidos. «Si se separa la fe y la razón, ambas dos se convierten en prisioneras de la violencia. Un peligro que está fuertemente presente en el mundo islámico de hoy. A veces, el mensaje del Papa entra en conflicto porque no se lee con atención y no se entiende, pero la propuesta es formidable, porque es una propuesta de diálogo», añade.
   Remozar la Curia
   En cuanto a la actividad al frente de la Curia, los analistas observan algunas novedades. La primera, la confianza depositada en el Secretario de Estado, Tarcisio Bertone, purpurado en absoluta sintonía con el Papa. «El Vaticano es menos autónomo que con Juan Pablo II y se ha hecho más funcional a los intereses del Papa. Esto ha traído orden a la Curia. El mejor ejemplo es Bertone, que actúa en absoluta coordinación con Benedicto XVI, alcanzando una centralidad que no desempeñaba ninguna figura durante el pontificado anterior, ya que Sodano trabajaba más por cuenta propia», explica Magister.
   Entre las asignaturas pendientes, concluyen los analistas, quizá destaque la relación con Iberoamérica. «Hay un déficit en la comunicación con este continente», considera Magister. Una rémora que el Papa podría solucionar en breve, durante su visita a Brasil, que dará inicio en unas semanas.
  
Benedicto XVI, un Papa para la posmodernidad por JAUME PUJOL BALCELLS       
Benedicto XVI cumple hoy 80 años y aparece a la venta, en las librerías italianas, alemanas y polacas, el primer volumen de su libro Jesús de Nazaret.
El día de su cumpleaños ha querido hacernos un regalo: un libro en el que, a lo largo de 448 páginas, despliega su indiscutible inteligencia y su profunda formación teológica para darnos a conocer su visión del Dios hecho hombre, Jesucristo.

El interés por la figura de Jesús no es nuevo, pero está muy vivo actualmente. Florecen, desde ópticas muy distintas, trabajos de investigación y ensayos. La aportación que hace ahora el teólogo Joseph Ratzinger - y Papa Benedicto XVI- será, sin lugar a dudas, un punto de referencia imprescindible. Más aún si tenemos en cuenta el itinerario seguido a través de sus escritos y reflexiones.

Joseph Ratzinger es un Papa para la posmodernidad. Quienes le conocieron en su época de profesor en las universidades alemanas dan cuenta de su interés por la investigación teológica, en diálogo con las corrientes del pensamiento contemporáneo. Más adelante tuvo que reducir ese trabajo cuando Pablo VI le encomendó la sede episcopal de Munich. Desde entonces, el teólogo y el pastor caminaron siempre juntos. Cuando Juan Pablo II le confió la Congregación para la Doctrina de la Fe, entró de lleno y sin complejos en los debates del mundo actual, buscando siempre la respuesta positiva de la fe y de la razón, unidas. Con este libro, el Papa expone de forma clara la propuesta cristiana en un contexto cultural en que predomina el relativismo. Sería superficial una lectura que lo interpretase como una reivindicación de las épocas pasadas o un lamento ante la desorientación general de nuestra civilización. Se trata, en cambio, de una apuesta en positivo por exponer el mensaje cristiano. Ésta es una constante en su larga trayectoria.

Lo expresó, por ejemplo, a un grupo de periodistas alemanes, tras su viaje a Valencia: su deseo es que el catolicismo no aparezca como un cúmulo de prohibiciones, sino como una opción positiva, un mensaje que los cristianos proponemos al mundo.

Su aportación en el debate intelectual siempre tiene en cuenta la búsqueda de la verdad, leitmotiv de sus clases universitarias y de su propio escudo episcopal cuando fue nombrado arzobispo de Munich, Cooperador de la verdad.

El pensamiento del teólogo Ratzinger es el de un pastor que quiere a las personas y se hace cargo de la complejidad del momento presente en el que viven. Por eso, se siente con ellos interpelado por sus interrogantes, y busca responderlos con rectitud y sencillez. Esta misma sencillez es la que admiraban en él los romanos cuando le veían hacer cada día a la misma hora su breve recorrido a pie desde su casa hasta la Congregación para la Doctrina de la Fe. La misma que afloró en sus labios al pronunciar las primeras palabras como Papa: "Queridos hermanos y hermanas: después del gran Papa Juan Pablo II, los cardenales me han elegido a mí, un sencillo y humilde obrero de la viña del Señor".

Para Benedicto XVI parece que no hay ninguna dificultad en conjugar altura intelectual con modestia personal. En su autobiografía hace un comentario al respecto, cuando se refiere a su madre con estas palabras: "La luz de su bondad permaneció y para mí se convirtió cada vez más en una demostración concreta de la fe por la que se dejó moldear. No sabría señalar una prueba de la verdad de la fe más convincente que la sincera y franca humanidad que ésta hizo madurar en mis padres y en otras muchas personas que he tenido ocasión de encontrar".

Este empeño suyo por exponer sencillamente la experiencia de la verdad, que es diametralmente opuesto al pensamiento dominante, nos invita a la reflexión. Ahora, con el nuevo libro que nos regala en su 80. º aniversario, el Papa expresa claramente el mensaje que quiere comunicar a nuestro mundo de hoy. El relativismo posmoderno es un callejón sin salida. Pero existe una vía alternativa, un camino abierto: mostrar sencillamente el verdadero rostro de Jesucristo.

JAUME PUJOL BALCELLS, arzobispo metropolitano de Tarragona  (LA VANGUARDIA)

 
Fecha publicación: 2007-04-10
Dos años de pontificado de Benedicto XVI
Por el padre Jesús Villagrasa
ROMA, martes, 10 abril 2007 (ZENIT.org).- El 19 de abril de hace dos años el cardenal chileno Jorge Arturo Medina Estévez anunciaba desde el balcón de la basílica de San Pedro del Vaticano la elección del cardenal Joseph Ratzinger como obispo de Roma con el nombre de Benedicto XVI.
Publicamos el artículo que con motivo de este aniversario ha escrito el padre Jesús Villagrasa, profesor de Filosofía del Ateneo Pontificio «Regina Apostolorum», en la revista científica «Ecclesia», revista de cultura católica.

* * *
El Santo Padre Benedicto XVI cumple dos años de pontificado. En la Misa de inicio solemne del Pontificado, el 24 de abril de 2005, dijo que su verdadero programa de gobierno no era hacer la propia voluntad, ni seguir sus propias ideas, sino ponerse, junto con toda la Iglesia, a la escucha de la palabra y de la voluntad del Señor para que Él conduzca la Iglesia en esta hora de la historia. Muchos esperaban otra cosa, un verdadero «programa de gobierno». En realidad, Benedicto XVI ya había expuesto las prioridades de su solicitud pastoral, sus líneas programáticas, en el discurso a los cardenales electores el precedente día 20: la unidad del Colegio apostólico; la actuación del Concilio Vaticano II; la unidad de los cristianos promovida con gestos concretos que interpelen a las conciencias; el diálogo abierto y sincero con los seguidores de otras religiones y con todas las personas que buscan respuestas a las preguntas fundamentales de la existencia; la caridad hacia todos; el compromiso por la paz y por un auténtico desarrollo social respetuoso de la dignidad de cada persona. Después de dos años, estos trazos de su «programa» van adquiriendo relieve histórico.
En los primeros meses de pontificado, Benedicto XVI llevó a término algunas de las iniciativas de su venerado predecesor. En el discurso a la Curia romana del 22 de diciembre de 2005, Benedicto XVI evocó cinco grandes acontecimientos eclesiales del año que concluía y que lo ligaban al pasado: la pasión y muerte de Juan Pablo II; la Jornada Mundial de la Juventud en Colonia; el Año eucarístico; el 40° aniversario de la clausura del Concilio Vaticano II y, finalmente, su elección a Romano Pontífice. De esos grandes eventos ya nos hemos ocupado .
Como centro espiritual –y no sólo temporal– de estos dos años de Pontificado puede colocarse la Encíclica « firmada el día de Navidad de 2005. Su rico contenido ha sido repetidamente evocado por el Santo Padre a lo largo del año 2006: la valoración del « que ha de dejarse purificar por el « el amor que es siempre un dar y un recibir; Jesús en la Eucaristía que, como amor de Dios encarnado, llega a nosotros corporalmente para continuar su obra en nosotros y a través de nosotros; el Espíritu Santo como potencia interior que armoniza el corazón de los creyentes con el de Cristo y los impulsa a amar a los hermanos como él los ha amado, transformando de este modo la Iglesia en una comunidad de amor; la Iglesia que, además del anuncio del Evangelio y del ministerio de los sacramentos, tiene como tarea específica el servicio de la caridad; la justicia como tarea central de la política: en ese ámbito, los laicos católicos deben actuar bajo su propia responsabilidad pues el compromiso político no es tarea de la Iglesia; ésta contribuye a la percepción de las exigencias de la justicia con su Doctrina social y a través de la formación de las conciencias; ningún ordenamiento estatal justo hace superfluo el servicio de la caridad, que es la obra propia de la Iglesia; la actividad caritativa cristiana es alimentada por la oración, se despliega independientemente de partidos e ideologías y no es un medio para conseguir otros objetivos, aunque sean apostólicos.
Los contenidos del magisterio del Papa Benedicto XVI y los eventos más relevantes de su ministerio durante el año 2006 pueden inicialmente ordenarse siguiendo el esquema del tradicional discurso a los miembros de la Curia romana con motivo de las felicitaciones navideñas (en adelante abreviado con su fecha: «22-XII-2006»). Este discurso estuvo marcado por el tema de la paz: la memoria del Pontífice ha quedado grabada «con la profunda huella de los horrores de la guerra que se ha librado cerca de la Tierra Santa, así como, en general, del peligro de un enfrentamiento entre culturas y religiones, un peligro que se cierne aún como una amenaza sobre nuestro momento histórico. Así, el problema de los caminos hacia la paz se ha convertido en un desafío de la máxima importancia para todos los que se preocupan por el hombre» (22-XII-2006). Expresión de su solicitud por la paz fue su mensaje del 2 de septiembre de 2006 con motivo del XX aniversario del Encuentro Interreligioso de Oración por la Paz en Asís.
El tema de la paz no es ajeno al tema de Dios, pues hay «una conexión inseparable entre la relación de los hombres con Dios y su relación mutua. La paz en la tierra no puede lograrse sin la reconciliación con Dios, sin la armonía entre el cielo y la tierra. Esta correlación del tema de ‘Dios’ con el tema de la ‘paz’ fue el aspecto fundamental de los cuatro viajes apostólicos de este año» (22-XII-2006). Benedicto XVI realizó sólo el viaje internacional en 2005, a Colonia (Alemania), del 18 al 21 de agosto, para participar en la Jornada Mundial de la Juventud. Los cuatro viajes internacionales del 2006 lo llevaron a Polonia del 25 al 28 de mayo; a Valencia (España) del 8 al 9 de julio con ocasión del V Encuentro Mundial de las Familias; a Baviera: Munich, Altötting y Ratisbona del 9 al 14 de septiembre y a Turquía del 28 de noviembre al 1º de diciembre. El viaje a Verona, con ocasión del IV Encuentro Eclesial Italiano, merece ser recordado porque en esa ocasión el Pontífice expresó su pensamiento en materias de su prioritaria solicitud pastoral durante los primeros meses de Pontificado. Completaremos la presentación con las líneas generales de las catequesis papales sobre la Iglesia, las canonizaciones y algunas «novedades» en materia litúrgica.
Polonia: santidad y barbarie
La visita pastoral a Polonia estuvo marcada por el recuerdo del Papa Juan Pablo II. Para su Sucesor se trataba de «un íntimo deber de gratitud» por todo lo que durante el cuarto de siglo de su Pontificado dio a su persona, a la Iglesia y al mundo. «Su don más grande para todos nosotros fue su fe inquebrantable y el radicalismo de su entrega», pues, en verdad, «no se reservó nada; se dejó consumir totalmente por la llama de la fe. Nos mostró cómo, siendo hombre de nuestro tiempo, se puede creer en Dios, en el Dios vivo que se hizo cercano a nosotros en Cristo. Nos mostró que es posible una entrega definitiva y radical de toda la vida y que, precisamente al entregarse, la vida se hace grande, amplia y fecunda» (22-XII-2006). Para recordar una vez más a su Predecesor, el 16 de octubre de 2006 envió un mensaje televisivo a la Iglesia polaca que celebra en esa fecha la «Jornada del Papa» .
Polonia sorprendió a Benedicto XVI con la alegría de la fe. La entusiasta y cordial acogida que le brindó fue expresión de la arraigada fe del pueblo polaco. La gente veía en él al Sucesor de Pedro, a quien está encomendado el ministerio pastoral para toda la Iglesia.
Un momento de fuerte simbolismo e impacto mediático fue la visita del Papa al campo de concentración de Auschwitz-Birkenau, «lugar de la barbarie más cruel, del intento de borrar al pueblo de Israel, de hacer así vana también la elección realizada por Dios, de expulsar a Dios mismo de la historia. Para mí –revela el Papa– fue motivo de gran consuelo ver aparecer en el cielo en ese momento el arco iris mientras yo, ante el horror de aquel lugar, con la actitud de Job, clamaba a Dios, turbado por el temor de su aparente ausencia y al mismo tiempo sostenido por la certeza de que, incluso en su silencio, no deja de existir y de permanecer con nosotros. El arco iris era como una respuesta: Sí, yo existo, y también hoy siguen siendo válidas las palabras de la promesa, de la Alianza, que pronuncié tras el diluvio» (22-XII-2006). El Dios de la vida iba a acompañarlo en su siguiente viaje.
Valencia: familia-vida y secularización
El Santo Padre viajó a Valencia para clausurar el V Encuentro mundial de las familias que se celebró del 1º al 9 de julio de 2006 bajo el lema «La transmisión de la fe en la familia». Los discursos pontificios, centrados en el tema del matrimonio y de la familia, reunieron argumentos tratados, en los meses precedentes, por su intenso magisterio sobre la vida, la familia y la educación. Merecen una mención tres de estas cualificadas intervenciones.
La primera es el discurso a los participantes en la jornada de estudio sobre Europa, organizada el 30 de marzo de 2006 por el Partido Popular Europeo. En esta ocasión, el Santo Padre explicó por qué la Iglesia católica interviene en el ámbito público para defender y promover la dignidad de la persona. Afirmó, también, que entre los «» destacan: la «protección de la vida en todas sus etapas, desde el momento de la concepción hasta la muerte natural»; el «reconocimiento y promoción de la estructura natural de la familia, como unión entre un hombre y una mujer basada en el matrimonio, y su defensa contra los intentos de equipararla jurídicamente a formas radicalmente diferentes de unión que, en realidad, la dañan y contribuyen a su desestabilización, oscureciendo su carácter particular y su irreemplazable papel social» y, finalmente, la «protección del derecho de los padres a educar a sus hijos». Para evitar equívocos, precisó que «estos principios no son verdades de fe, aunque reciban de la fe una nueva luz y confirmación. Están inscritos en la misma naturaleza humana y, por tanto, son comunes a toda la humanidad. La acción de la Iglesia en su promoción no es, pues, de carácter confesional, sino que se dirige a todas las personas, prescindiendo de su afiliación religiosa». Esta acción de la Iglesia resulta tanto más necesaria cuanto más se niegan o tergiversan estos principios, con grave ofensa a la verdad de la persona humana y daño de la justicia misma.
El discurso dirigido el 11 de mayo de 2006 a los participantes en un congreso internacional organizado por el Instituto Juan Pablo II para estudios sobre el matrimonio y la familia –segunda intervención –, inspirándose en las catequesis sobre el amor humano de su Predecesor, el Papa Benedicto XVI recordó dos elementos esenciales de la familia y el matrimonio. Ante todo, que ambos están arraigados en el núcleo más íntimo de la verdad sobre el hombre y su destino: «La diferencia sexual que caracteriza el cuerpo del hombre y de la mujer no es un simple dato biológico, sino que reviste un significado mucho más profundo: expresa la forma del amor con la que el hombre y la mujer llegan a ser –como dice la Sagrada Escritura– una sola carne, pueden realizar una auténtica comunión de personas abierta a la transmisión de la vida y cooperan de este modo con Dios en la procreación de nuevos seres humanos». El segundo elemento consiste en la manera original que Juan Pablo II tenía «de leer el plan de Dios precisamente en la convergencia de la revelación divina con la experiencia humana, pues en Cristo, plenitud de la revelación de amor del Padre, se manifiesta también la verdad plena de la vocación del hombre al amor, que sólo puede encontrarse plenamente en la entrega sincera de sí mismo».
La tercera intervención es el discurso a los participantes en la Asamblea plenaria del Consejo Pontificio para la Familia del 13 de mayo de 2006. Además de confirmar su participación en el Encuentro de Valencia, el Santo Padre adelantó algunos temas: «La familia, fundada en el matrimonio, constituye un ‘patrimonio de la humanidad’, una institución social fundamental; es la célula vital y el pilar de la sociedad y esto afecta tanto a creyentes como a no creyentes. Es una realidad por la que todos los Estados deben tener la máxima consideración». En este discurso, el Papa señaló dos graves fenómenos sociales: el «invierno demográfico» que amplias áreas del mundo están sufriendo, con el consiguiente envejecimiento progresivo de la población, y las «uniones de hecho». No es ningún secreto que «se están acreditando soluciones jurídicas para las así llamadas ‘uniones de hecho’ que, a pesar de rechazar las obligaciones del matrimonio, pretenden gozar de derechos equivalentes. Además, a veces se quiere llegar incluso a una nueva definición del matrimonio para legalizar las uniones homosexuales, atribuyéndoles también el derecho a la adopción de hijos».
En su catequesis valenciana, el Papa Benedicto XVI subrayó el valor de la familia como bien necesario para los pueblos y como manantial y escuela de amor; recordó que la familia, fundada en el matrimonio, es el ámbito donde el hombre puede nacer con dignidad, crecer y desarrollarse de modo integral, y que es tarea de los padres introducir los hijos al ejercicio responsable de la libertad.
Del encuentro de Valencia, el Papa ha recordado sobre todo el testimonio de cónyuges que, bendecidos con muchos hijos, no ocultaron los días difíciles y las crisis pasadas, pero que han encontrado, precisamente en el esfuerzo cotidiano por vivir y sufrir a fondo el «sí» inicial, el camino evangélico del «perderse para encontrase», de la maduración en el amor y de la felicidad. «El sí que se habían dado recíprocamente, con la paciencia del camino y con la fuerza del sacramento con que Cristo los había unido, se había transformado en un gran ‘sí’ ante sí mismos, ante los hijos, ante el Dios creador y ante el Redentor Jesucristo» (22-XII-2006). Estas familias dieron un testimonio de alegría profunda y madura e hicieron más vivo en el corazón del Papa el problema de una Europa que parece no querer hijos. «Para un extraño, esta Europa parece cansada; más aún, da la impresión de querer despedirse de la historia. ¿Por qué están así las cosas? Esta es la gran pregunta». Las respuestas son complejas. Las razones de fondo por las que a muchos europeos les resulta demasiado grande el riesgo de tener hijos parecen ser el temor egoísta a verse obligados a darles algo del propio tiempo y una orientación para el recto vivir; y a eso hay que añadir la gran incertidumbre que siente el hombre con respecto a su futuro y el sentirse incapaz de tomar la decisión definitiva que supone un «sí» pronunciado para toda la vida. El Papa volvió a expresar su preocupación por las leyes de parejas de hecho y por la relativización de la diferencia sexual. «Si nos dicen que la Iglesia no debería entrometerse en estos asuntos, entonces podemos limitarnos a responder: ¿Es que el hombre no nos interesa? Los creyentes, en virtud de la gran cultura de su fe, ¿no tienen acaso el derecho de pronunciarse en todo esto? ¿No tienen –no tenemos– más bien el deber de alzar la voz para defender al hombre, a la criatura que precisamente en la unidad inseparable de cuerpo y alma es imagen de Dios?» (22-XII-2006).
El 8 de julio de 2006, en la Basílica de la Virgen de los Desamparados de Valencia, el Papa entregó un carta al Presidente de la Conferencia episcopal española, mons. Ricardo Blázquez, en la que escribe: «Conozco y aliento el impulso que estáis dando a la acción pastoral, en un tiempo de rápida secularización, que a veces afecta incluso a la vida interna de las comunidades cristianas. Seguid, pues, proclamando sin desánimo que prescindir de Dios, actuar como si no existiera o relegar la fe al ámbito meramente privado, socava la verdad del hombre e hipoteca el futuro de la cultura y de la sociedad. Por el contrario, dirigir la mirada al Dios vivo, garante de nuestra libertad y de la verdad, es una premisa para llegar a una humanidad nueva. El mundo necesita hoy de modo particular que se anuncie y se dé testimonio de Dios que es amor y, por tanto, la única luz que, en el fondo, ilumina la oscuridad del mundo y nos da la fuerza para vivir y actuar (cf. «, 39)». Aunque no lo nombre, el texto del Papa se refiere al proceso de «rápida secularización» favorecido por el gobierno socialista y sus iniciativas de ley . Una semanas antes, el 20 de mayo, recibiendo en audiencia al nuevo embajador de España ante al Santa Sede, el Papa ya había afirmado el derecho de la Iglesia a pronunciarse en ámbito público: «La Iglesia proclama sin reservas el derecho primordial a la vida, desde su concepción hasta su ocaso natural, el derecho a nacer, a formar y vivir en familia, sin que ésta se vea suplantada u ofuscada por otras formas o instituciones diversas». Dios y la secularización iban a ocupar un lugar central en las enseñanzas del Pontífice durante su siguiente viaje internacional.
Baviera: Dios, sacerdocio y diálogo
El viaje del Papa a su tierra natal tuvo por «tema» a Dios y como lema: «Quien cree nunca está solo». En Baviera pronunció 15 discursos, presidió 3 solemnes concelebraciones eucarísticas y dos celebraciones de las Vísperas (unas marianas en Altötting y otras ecuménicas en Ratisbona); encontró al mundo de la cultura en la Universidad de Ratisbona y a los sacerdotes y diáconos permanentes de la diócesis de Colonia.
Al recordar este viaje, el Papa señaló que «la Iglesia debe hablar de muchas cosas: de todas las cuestiones relacionadas con el ser del hombre, con su estructura y su ordenamiento, etc. Pero su tema verdadero, y en varios aspectos único, es ‘Dios’. Y el gran problema de Occidente es el olvido de Dios: es un olvido que se difunde. Estoy convencido de que todos los problemas particulares pueden remitirse, en última instancia, a esta pregunta. Por eso, en ese viaje mi intención principal era poner de relieve el tema de ‘Dios’, consciente de que en algunas partes de Alemania la mayoría de los habitantes no son bautizados y para ellos el cristianismo y el Dios de la fe parecen algo del pasado» (22-XII-2006). Con Dios están relacionados otros dos temas que marcaron estas jornadas bávaras: el sacerdocio y el diálogo.
El sacerdote es el «hombre de Dios». Sólo puede cumplir su misión fundamental de llevar a Dios a los hombres si él mismo viene « Dios, si vive « Dios y « Dios. A la luz de esta visión teocéntrica se comprende la vida y el ministerio de los presbíteros y, en particular, su celibato. Dada la naturaleza de su discurso natalicio a la Curia –un balance anual de la vida de la Iglesia– sorprende la amplitud concedida al celibato sacerdotal. Parece interesarle que se comprenda su naturaleza y motivaciones: vigente en la Iglesia latina, según una tradición que se remonta a una época cercana a la apostólica, el celibato sólo se puede comprender y vivir desde una visión teocéntrica. Las razones puramente pragmáticas, como la mayor disponibilidad para el ministerio, no bastan. El verdadero fundamento del celibato sólo puede ser Dios mismo, única heredad del sacerdote. El celibato «no puede significar quedar privados de amor; debe significar dejarse arrastrar por el amor a Dios y luego, a través de una relación más íntima con él, aprender a servir también a los hombres. El celibato debe ser un testimonio de fe: la fe en Dios se hace concreta en esa forma de vida, que sólo puede tener sentido a partir de Dios. Fundar la vida en él, renunciando al matrimonio y a la familia, significa acoger y experimentar a Dios como realidad, para así poderlo llevar a los hombres. Nuestro mundo, que se ha vuelto totalmente positivista, en el cual Dios sólo encuentra lugar como hipótesis, pero no como realidad concreta, necesita apoyarse en Dios del modo más concreto y radical posible. Necesita el testimonio que da de Dios quien decide acogerlo como tierra en la que se funda su propia vida. Por eso precisamente hoy, en nuestro mundo actual, el celibato es tan importante, aunque su cumplimiento en nuestra época se vea continuamente amenazado y puesto en tela de juicio» (22-XII-2006). La vida célibe requiere, concluye el Papa, una preparación esmerada en el seminario y un acompañamiento continuo del sacerdote por parte del obispo, de amigos sacerdotes y de laicos, que sostengan juntos el testimonio de un celibato sacerdotal vivido con alegría. Este testimonio es muy necesario porque introduce a Dios en nuestro mundo como realidad.
Al dar su testimonio del Dios vivo, la Iglesia desarrolla en diversos círculos un «. El círculo más interior corresponde al diálogo ecuménico, que es una prioridad pastoral del Santo Padre. El 25 de abril de 2005, una semana después de su elección, se reunió con los representantes de las Iglesias y Comunidades cristianas para decirles que el compromiso de la Iglesia por el ecumenismo es «irreversible». En el discurso a los cardenales del 20 de abril precedente había dicho que su personal compromiso con el ecumenismo era «prioritario». El compromiso común de los cristianos en favor de la unidad se hizo evidente durante las Vísperas ecuménicas en la catedral de Ratisbona donde, además de los católicos, el Papa encontró «muchos amigos de la Ortodoxia y del Cristianismo Evangélico. Estábamos todos allí reunidos para rezar los Salmos y escuchar la palabra de Dios, y no es insignificante el hecho de que nos haya sido concedida esta unidad» (22-XII-2006).
El escenario elegido para el diálogo entre la fe y la razón fue la Universidad de Ratisbona, donde Joseph Ratzinger había sido profesor de teología dogmática. En el encuentro navideño con la Curia, el Papa reveló un motivo de su interés por este tema:
«Con ocasión de mi encuentro con el filósofo Jürgen Habermas, hace algunos años en Munich, él dijo que nos hacían falta pensadores capaces de traducir las convicciones cifradas de la fe cristiana al lenguaje del mundo secularizado para hacerlas así eficaces de nuevo. De hecho, resulta cada vez más evidente la gran necesidad que tiene el mundo del diálogo entre la fe y la razón. Manuel Kant, en su tiempo, consideraba que la esencia de la Ilustración se resumía en la expresión ‘’: en la valentía del pensamiento que no permite que ningún prejuicio lo ponga en aprieto. Pues bien, desde entonces la capacidad cognoscitiva del hombre, su dominio sobre la materia mediante la fuerza del pensamiento, ha hecho progresos en aquel tiempo inimaginables. Pero el poder del hombre, que ha aumentado en sus manos gracias a la ciencia, se transforma cada vez más en un peligro que se cierne sobre el hombre mismo y sobre el mundo. La razón orientada totalmente a enseñorearse del mundo no acepta ya límites. Está a punto de tratar al hombre mismo como simple materia de su producción y de su poder. Nuestro conocimiento aumenta, pero al mismo tiempo se produce una progresiva ceguera de la razón con respecto a sus mismos fundamentos, con respecto a los criterios que le dan orientación y sentido. La fe en el Dios que es en persona la Razón creadora del universo debe ser acogida por la ciencia de modo nuevo como un desafío y una oportunidad. Recíprocamente, esta fe debe reconocer nuevamente su intrínseca amplitud y su propia racionalidad. La razón necesita el « que está en el inicio y es nuestra luz; la fe, por su parte, necesita el coloquio con la razón moderna para darse cuenta de su propia grandeza y corresponder a sus responsabilidades. Esto es lo que traté de poner de relieve en mi lección magistral en Ratisbona. No es una cuestión puramente académica; en ella está en juego el futuro de todos nosotros» (22-XII-2006).
La prensa presentó su lección «Fe, razón, universidad. Recuerdos y reflexiones», pronunciada el 12 de septiembre, como si hubiera versado sobre diálogo interreligioso. La Iglesia, ciertamente, quiere seguir construyendo puentes de amistad con los seguidores de todas las religiones pero en Ratisbona «el diálogo entre las religiones se tocó marginalmente y desde un doble punto de vista. La razón secularizada no es capaz de entrar en un verdadero diálogo con las religiones. Si se cierra ante la cuestión de Dios, esto acabará por llevar al enfrentamiento de las culturas. El otro punto de vista se refería a la afirmación según la cual las religiones deben colaborar en la tarea común de ponerse al servicio de la verdad y, por consiguiente, del hombre» (22-XII-2006). El Papa inició su lección con la cita de un diálogo, editado por Th. Khoury, entre el emperador bizantino Manuel II Paleólogo y un docto musulmán, posiblemente del año 1391. Este inciso, aislado de su contexto, fue interpretado por una parte del mundo islámico como «ofensa» a Mahoma y al Islam.
El 16 de septiembre, el cardenal T. Bertone, Secretario de Estado, explicó en una Declaración que el Santo Padre en ningún momento y modo ha pretendido asumir el juicio del emperador bizantino citado por él en el controvertido discurso; sólo lo ha utilizado como una oportunidad para desarrollar en un contexto académico algunas reflexiones sobre la relación entre religión y violencia en general, y para concluir con un claro y radical rechazo de la motivación religiosa de la violencia, independientemente de dónde proceda. Al día siguiente, durante el el Papa dijo estar «vivamente afligido por las reacciones suscitadas» por esa «cita de un texto medieval, que de ningún modo expresa mi pensamiento personal». En la Audiencia del miércoles 20, repitió que el tema tratado fue la cuestión de la relación entre fe y razón:
«Para introducir al auditorio en el carácter dramático y actual del tema, cité algunas palabras de un diálogo cristiano-islámico del siglo XIV, con las que el interlocutor cristiano –el emperador bizantino Manuel II Paleólogo– de forma incomprensiblemente brusca para nosotros, presentó al interlocutor islámico el pro