
Predicador del Papa: ¿qué suerte reservamos a Cristo en nuestra vida?
Comentario del padre Cantalamessa a la liturgia del próximo domingo
ROMA, viernes 3 de octubre de 2008 (ZENIT.org).- Publicamos el comentario del padre Raniero Cantalamessa, OFM Cap., predicador de la Casa Pontificia, a la liturgia del p´roximo domingo 3 de octubre, XXVII del tiempo ordinario.
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XXVII Domingo del tiempo ordinario
Isaías 5,1-7; Filipenses 4,6-9; Mateo 21, 33-43
Se os quitará el Reino de Dios
El contexto inmediato de la parábola de los viñadores homicidas se refiere a la relación entre Dios y el Pueblo de Israel. Es a éste a quien históricamente Dios ha enviado primero a los profetas y después a su mismo Hijo. Pero como todas las parábolas de Jesús, esta es una "historia abierta". En la relación Dios-Israel se traza la relación entre Dios y la humanidad entera.
Jesús retoma y continua el lamento de Dios en Isaías de la primera lectura. Es ahí donde se debe buscar la clave de lectura y el tono de la parábola. ¿Por qué Dios ha "plantado la viña" y cuáles son los frutos que espera y que viene a buscar a su tiempo? Aquí la parábola se aleja de la realidad. Los viñadores humanos no plantan una viña ni le prodigan sus cuidados por amor a la viña, sino por su beneficio. No así Dios. Él crea al hombre, entra en alianza con él, no por su interés, sino para favorecer al hombre, por puro amor. Los frutos que espera del hombre son el amor hacia él y la justicia hacia los oprimidos: todas ellas cosas que sirven al bien del hombre, no al de Dios.
Esta parábola de Jesús es terriblemente actual aplicada a nuestra Europa y, en general, al mundo cristiano. También en este caso hay que decir que Jesús ha sido "echado fuera de la viña", expulsado por una cultura que se proclama post-cristiana, o incluso anti-cristiana. Las palabras de los viñadores resuenan, si no en las palabras, al menos en los hechos de nuestra sociedad secularizada: "¡Matemos al heredero y será nuestra la herencia!"
Ya no se quiere oir hablar más de raíces cristianas de Europa, de patrimonio cristiano, El hombre secularizado quiere ser el heredero, el dueño. Sartre puso en boca de un personaje suyo estas terribles declaraciones: "Ya no hay nada en el cielo, ni Bien, ni Mal, ni persona alguna que pueda darme órdenes. (...) Soy un hombre, y cada hombre debe inventar su propio camino".
Esta que he indicado es una aplicación, por así decirlo, a "largo alcance" de la parábola. Pero casi siempre las parábolas de Cristo tienen también una explicación de corto alcance, o a nivel individual: se aplican a cada persona, no sólo a la humanidad o a la cristiandad en general. Se nos invita a preguntarnos: ¿qué suerte he reservado yo a Cristo en mi vida? ¿Cómo correspondo al incomprensible amor de Dios hacia mí? ¿Acaso no le he expulsado yo también fuera de los muros de mi casa, de mi vida... es decir, le he olvidado, ignorado?
Recuerdo que un día escuchaba esta parábola durante una Misa, mientras era bastante distraído. Llegado al punto en que se oye al dueño de la viña decir para sí: "A mi hijo le rspetarán", tuve un sobresalto. Entendí que aquellas palabras estaban dirigidas personalmente a mí, en aquel momento. Ahora el Padre celeste estaba a punto de mandarme a mí a su Hijo en el sacramento de su Cuerpo y de su Sangre; ¿había comprendido yo la grandeza del momento? ¿Estaba preparado para acogerle con respeto, como el Padre esperaba? Aquellas palabras me sacaron bruscamente de mis pensamientos...
En la parábola de los viñadores homicidas hay un sentido de amargura, de desilusión. ¡Ciertamente no se trata de una historia con final feliz! Pero al leerla en profundidad, habla del amor increíble de Dios por su pueblo y por cada una de sus criaturas. Un amor que al final, incluso a través de los distintos episodios de extravío y retorno, saldrá siempre victorioso y tendrá la última palabra.
Los rechazos de Dios nunca son definitivos, son abandonos pedagógicos. También el rechazo de Israel que resuena veladamente en las palabras de Cristo: "Se os quitará el Reino de Dios y se entregará a un pueblo que rinda sus frutos", pertenece a este género, como el descrito por Isaías en la primera lectura. Hemos visto, por otra parte, que este peligro acecha también sobre la cristiandad, o al menos sobre vastas partes de ella.
San Pablo escribe en la carta a los Romanos: "¿Es que ha rechazado Dios a su pueblo? ¡De ningún modo! ¡Que también yo soy israelita, del linaje de Abraham, de la tribu de Benjamín! Dios no ha rechazado a su pueblo, en quien de antemano puso sus ojos... ¿Es que han tropezado para quedar caídos? ¡De ningún modo! Sino que su caída ha traído la salvación de los gentiles, para llenarlos de celos. ... Si su reprobación ha sido la reconciliación del mundo, ¿qué será su readmisión, sino una resurrección de entre los muertos?" (Rm 11, 1ss).
En la semana que apenas ha transcurrido, el 29 de septiembre, los hermanos judíos han celebrado su fiesta más importante, el Fin de Año, llamado por ellos Rosh Ha-shanà. Quisiera aprovechar esta ocasión para hacerles llegar mi augurio de paz y de prosperidad. Con el Apóstol Pablo grito yo también: "Que sea la paz en todo el Israel de Dios".
Traducción de Inma Álvarez
Predicador del Papa: “no hay que banalizar la tragedia de la prostitución”
Comentario del padre Cantalamessa a la liturgia del próximo domingo
ROMA, viernes 26 de septiembre de 2008 (ZENIT.org).- Publicamos el comentario del padre Raniero Cantalamessa, OFM Cap. --predicador de la Casa Pontificia-- a la Liturgia de la Palabra del próximo domingo, 28 de septiembre.
XXVI Domingo del Tiempo Ordinario
Ezequiel 18,25-28, Filipenses 2, 1-11; Mateo 21, 28-32
"Las prostitutas os precederán en el reino de los cielos"
"Un hombre tenía dos hijos. Llegándose al primero, le dijo: 'Hijo, vete hoy a trabajar en la viña'. Y él respondió: 'No quiero', pero después se arrepintió y fue. Llegándose al segundo, le dijo lo mismo. Y él respondió: 'Voy, Señor', y no fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre? El primero, le dicen".
El hijo de la parábola que dice "sí" pero no lo hace representa a aquellos que conocían a Dios y seguían su ley, pero después en su actuación práctica, cuando se trataba de acoger a Cristo que era "el fin de la ley", se echaron atrás. El hijo que dice no y hace sí representa a aquellos que en un tiempo vivían fuera de la Ley y de la voluntad de Dios, pero después, ante Jesús, se han arrepentido y han acogido en Evangelio. De aquí la conclusión que Jesús pone ante "los príncipes de los sacerdotes y los ancianos del pueblo": "En verdad os digo que los publicanos y las rameras llegan antes que vosotros al Reino de Dios".
Ningún dicho de Cristo ha sido más manipulado que éste. Se ha acabado por crear a veces una especie de aura evangélica en torno a la categoría de las prostitutas, idealizándolas y oponiéndolas a los llamados "bienpensantes", que serían todos los demás, indistintamente, escribas y fariseos hipócritas. La literatura está llena de prostitutas "buenas". ¡Baste pensar en la Traviata de Verdi, o en la humilde Sonia de Crimen y castigo de Dostoyewski!
Pero esto es un terrible malentendido. Jesús pone un caso límite, como diciendo: "incluso las prostitutas --y es mucho decir-- os precederán en el reino de Dios". La prostitución es vista con toda su seriedad, y tomada como término de comparación para establecer la gravedad del pecado de quien rechaza obstinadamente la verdad.
Hay que darse cuenta, además, de que idealizando la categoría de las prostitutas, se suele idealizar también la de los publicanos, que siempre la acompaña el Evangelio; es decir, los usureros. Si Jesús acerca entre ellas estas dos categorías no es, por otro lado, sin un motivo: unos y otras han puesto al dinero por encima de todo en la vida.
Sería trágico si esta palabra del Evangelio hiciera que los cristianos perdieran el empeño por combatir el fenómeno degradante de la prostitución, que ha asumido hoy proporciones alarmantes en nuestras ciudades. Jesús sentía demasiado respeto por la mujer para no sufrir, él en primer lugar, por lo que ésta llega a ser cuando se reduce a esta situación. Es por ello que él aprecia a la prostituta no por su forma de vivir, sino por su capacidad de cambiar y de poner al servicio del bien su propia capacidad de amar. Como la Magdalena que, tras convertirse, siguió a Cristo hasta la cruz y se convirtió en la primera testigo de la resurrección (suponiendo que fuera una de ellas).
Lo que Jesús quería inculcar con esa palabra suya lo dice claramente al final: los publicanos y las prostitutas se convirtieron con la predicación de Juan el Bautista; los príncipes de los sacerdotes y de los ancianos no. El Evangelio no nos empuja por tanto a promover campañas moralizadoras contra las prostitutas, pero tampoco a tomar a broma este fenómeno, como si no tuviera importancia.
Hoy, por otro lado, la prostitución se presenta bajo una forma nueva, pues consigue producir dinero a patadas sin ni siquiera correr los tremendos riesgos que siempre han corrido las pobres mujeres condenadas a la calle. Esta forma consiste en vender el propio cuerpo, quedándose tranquilamente tras una máquina fotográfica o una cámara de vídeo, bajo la luz de los reflectores. Lo que la mujer hace cuando se presta a la pornografía y a ciertos excesos de la publicidad es vender su propio cuerpo a las miradas en lugar de al contacto. Es prostitución pura y dura, y peor que la tradicional, porque se impone públicamente y no respeta la libertad ni los sentimientos de la gente.
Pero hecha esta necesaria denuncia, traicionaríamos el espíritu del Evangelio si no sacáramos a la luz también la esperanza que esta palabra de Cristo ofrece a las mujeres que, por diversas circunstancias de la vida (a menudo por desesperación), se encuentran en la calle, las más de las veces, víctimas de explotadores sin escrúpulos. El Evangelio es "evangelio", es decir, buena noticia, noticia de rescate, de esperanza, también para las prostitutas. Es más, ante todo para ellas. Jesús quiso que así fuera.
Traducción del original italiano realizada por Inma Álvarez
Predicador del Papa: La Cruz que no aplasta, sino que ensalza
Comentario del padre Cantalamessa a la liturgia del próximo domingo
Predicador del Papa: La paga del Reino es igual para todos
Comentario del padre Cantalamessa a la liturgia del próximo domingo
ROMA, viernes 19 de septiembre de 2008 (ZENIT.org).- Publicamos el comentario del padre Raniero Cantalamessa, OFM Cap. --predicador de la Casa Pontificia-- a la Liturgia de la Palabra del próximo domingo, 21 de septiembre.
XXV Domingo del tiempo ordinario
Isaías 55, 6-9; Filipenses 1,20c-27a; Mateo 20 1-16a
"Id también vosotros a mi viña"
La parábola de los trabajadores enviados a trabajar en la viña en horas distintas del día ha creado siempre grandes dificultades a los lectores del Evangelio. ¿Es aceptable la manera de actuar del dueño, que da la misma paga a quienes han trabajado una hora y a quienes han trabajado una jornada entera? ¿No viola el principio de la justa recompensa? Los sindicatos hoy se sublevarían a quien se comportara como ese patrón.
La dificultad nace de un equívoco. Se considera el problema de la recompensa en abstracto y en general, o en referencia a la recompensa eterna en el cielo. Visto así, se daría efectivamente una contradicción con el principio según el cual Dios "da a cada uno según sus obras" (Rm 2, 6). Pero Jesús se refiere aquí a una situación concreta, a un caso bien preciso: el único denario que se les da a todos es el Reino de los Cielos que Jesús ha traído a la tierra; es la posibilidad de entrar a formar parte de la salvación mesiánica. La parábola comienza diciendo: "El Reino de los cielos es semejante a un propietario que salió a primera hora de la mañana...".
El problema es, una vez más, el de la postura de los judíos y de los paganos, o de los justos y los pecadores, de cara a la salvación anunciada por Jesús. Aunque los paganos (respectivamente, los pecadores, los publicanos, las prostitutas, etc.) sólo ante la predicación de Jesús se han decidido por Dios, mientras que antes estaban alejados ("ociosos"), no por ello ocuparán en el reino un lugar distinto e inferior. Ellos también se sentarán a la misma mesa y gozarán de la plenitud de los bienes mesiánicos. Es más, como ellos se han mostrado más dispuestos a acoger el Evangelio, que no los llamados "justos", se realiza lo que Jesús dice para concluir la parábola de hoy: "los últimos serán primeros y los primeros, últimos".
Una vez conocido el Reino, es decir, una vez abrazada la fe, entonces sí que hay lugar para la diversificación. Entonces ya no es idéntica la suerte de quienes sirven a Dios durante toda la vida, haciendo rendir al máximo sus talentos, respecto a quien da a Dios solo las sobras de su vida, con una confesión remediada, de alguna forma, en el último momento.
La parábola contiene también una enseñanza de orden espiritual de la máxima importancia: Dios llama a todos y llama en todas las horas. El problema, en suma, es la llamada, y no tanto la recompensa. Esta es la forma con que nuestra parábola fue utilizada en la exhortación de Juan Pablo II sobre "vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo"(Christifideles laici). "Los fieles pertenecen a ese pueblo de Dios que está prefigurado por los obreros de la viña... Id también vosotros a mi viña. La llamada no se dirige solo a los pastores, los sacerdotes, los religiosos y las religiosas, sino que se extiende a todos. También los fieles laicos son llamados personalmente por el Señor" (nr.1-2).
Quisiera llamar la atención sobre un aspecto que quizás sea marginal en la parábola, pero que es muy sentido y vital en la sociedad moderna: el problema del desempleo. A la pregunta del propietario: "¿Por qué estáis aquí todo el día parados?", los trabajadores contestan: "Es que nadie nos ha contratado". Esta respuesta podría ser dada hoy por millones de desempleados.
Jesús no era insensible a este problema. Si describe tan bien la escena es porque muchas veces su mirada se había posado con compasión sobre aquellos corros de hombres sentados en el suelo, o apoyados en una tapia, con un pie contra la pared, en espera de ser "fichados". Ese propietario sabe que los obreros de la última hora tienen las mismas necesidades que los otros, también ellos tienen niños a los que alimentar, como los tienen los de la primera hora. Dando a todos la misma paga, el propietario muestra no tener sólo en cuenta el mérito, sino también la necesidad. Nuestras sociedades capitalistas basan la recompensa únicamente en el mérito (a menudo más nominal que real) y en la antigüedad en el servicio, y no en las necesidades de la persona. En el momento en que un joven obrero o un profesional tiene más necesidad de ganar para hacerse una casa y una familia, su paga resulta la más baja, mientras que al final de la carrera, cuando uno ya tiene menos necesidades, la recompensa (especialmente en ciertas categorías sociales) llega a las nubes. La parábola de los obreros de la viña nos invita a encontrar un equilibrio más justo entre las dos exigencias del mérito y de la necesidad.
[Traducción del original italiano por Inma Álvarez]
ROMA, viernes, 12 septiembre 2008 (ZENIT.org).- Publicamos el comentario del padre Raniero Cantalamessa, OFM Cap. --predicador de la Casa Pontificia-- a la Liturgia de la Palabra del próximo domingo, 14 de septiembre, fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz.
La Exaltación de la Santa Cruz
Números 21, 4-9; Filipenses 2, 6-11; Juan 3, 13-17
Igual que Moisés levantó una serpiente en el desierto...
Actualmente la cruz ya no se presenta a los fieles en su aspecto de sufrimiento, de dura necesidad de la vida o incluso como un camino para seguir a Cristo, sino en su aspecto glorioso, como motivo de honor, no de llanto. Ante todo digamos algo sobre el origen de esta fiesta. Recuerda dos acontecimientos distantes en el tiempo. El primero es la inauguración, por parte del emperador Constantino, de dos basílicas, una en el Gólgota, otra en el sepulcro de Cristo, en el año 325. El otro suceso, en el siglo VII, es la victoria cristiana contra los persas, que llevó a la recuperación de las reliquias de la cruz y su devolución triunfal a Jerusalén. Sin embargo con el paso del tiempo la fiesta ha adquirido un significado autónomo. Se ha convertido en una celebración gloriosa del misterio de la cruz, que siendo instrumento de ignominia y de suplicio, Cristo transformó en instrumento de salvación.
Las lecturas reflejan esta perspectiva. La segunda lectura vuelve a proponer el célebre himno de la Carta a los Filipenses, donde se contempla la cruz como el motivo de la mayor "exaltación" de Cristo: "Se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el Nombre que está sobre todo nombre. Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jesús es SEÑOR para gloria de Dios Padre". También el Evangelio habla de la cruz como del momento en el que "el Hijo del hombre ha sino levantado para que todo el que crea tenga por Él vida eterna".
Ha habido, en la historia, dos modos fundamentales de representar la cruz y el crucifijo. Los llamamos, por comodidad, el modo antiguo y el moderno. El modo antiguo, que se puede admirar en los mosaicos de las antiguas basílicas y en los crucifijos del arte románico, es glorioso, festivo, lleno de majestad. La cruz, frecuentemente sola, sin crucifijo, aparece constelada de gemas, proyectada en un cielo estrellado, y bajo ella la inscripción: "Salvación del mundo, salus mundi", como en un célebre mosaico de Rávena.
En los crucifijos de madera del arte románico, este tipo de representación se expresa en el Cristo que reina con vestiduras reales y sacerdotales desde la cruz, con los ojos abiertos, la mirada al frente, sin sombra de sufrimiento, sino radiante de majestad y victoria, ya no coronado de espinas, sino de gemas. Es la traducción del versículo del salmo: "Dios reinó desde el madero"(regnavit a ligno Deus). Jesús hablaba de su cruz en estos mismos términos: como el momento de su "exaltación": "Y yo cuando sea levantado de la tierra atraeré a todos hacia mí" (Jn 12, 32).
La forma moderna comienza con el arte gótico y se acentúa cada vez más, hasta convertirse en el modo ordinario de representar el crucifijo. Un ejemplo extremo es la crucifixión de Matthias Grünewald en el Altar de Isenheim. Las manos y los pies se retuercen como zarzas alrededor de los clavos, la cabeza agoniza bajo un haz de espinos, el cuerpo cubierto de llagas. Igualmente los crucifijos de Velázquez y de Dalí y de muchos otros pertenecen a este tipo.
Los dos modos evidencian un aspecto verdadero del misterio. La forma moderna -dramática, realista, desgarradora- representa la cruz vista, por así decirlo, por delante, "de cara", en su cruda realidad, en el momento en que se muere en ella. La cruz como símbolo del mal, del sufrimiento del mundo y de la tremenda realidad de la muerte. La cruz se representa aquí "en sus causas", esto es, en aquello que, habitualmente, la ocasiona: el odio, la maldad, la injusticia, el pecado.
El mundo antiguo evidenciaba no las causas, sino los efectos de la cruz; no aquello que produce la cruz, sino lo que es producido por la cruz: reconciliación, paz, gloria, seguridad, vida eterna. La cruz que Pablo define "gloria" u "honor" del creyente. La festividad del 14 de septiembre se llama "exaltación" de la cruz porque celebra precisamente este aspecto "exaltante" de la cruz.
Hay que unir, a la forma moderna de considerar la cruz, la antigua: redescubrir la cruz gloriosa. Si en el momento en que se experimentaba la prueba, podía ser útil pensar en Jesús clavado en la cruz entre dolores y espasmos, porque esto hacía que lo sintiéramos cercano a nuestro dolor, ahora hay que pensar en la cruz de otro modo. Me explico con un ejemplo. Hemos perdido recientemente a una persona querida, tal vez después de meses de gran sufrimiento. Pues bien: no hay que seguir pensando en ella como estaba en su lecho, en tal circunstancia, en tal otra, a qué punto se había reducido al final, qué hacía, qué decía, tal vez torturando mente y corazón, alimentando inútiles sentimientos de culpa. Todo esto ha terminado, ya no existe, es irreal; actuando así no hacemos más que prolongar el sufrimiento y conservarla artificialmente con vida.
Hay madres (no lo digo para juzgarlas, sino para ayudarlas) que después de haber acompañado durante años a un hijo en su calvario, cuando el Señor lo ha llamado consigo, rechazan vivir de otra forma. En casa todo debe permanecer como estaba en el momento de la muerte del hijo; todo debe hablar de él; visitas continuas al cementerio. Si hay otros niños en la familia, deben adaptarse a vivir también ellos en este clima tapizado de muerte, con grave perjuicio psicológico. Cada manifestación de alegría en casa les parece una profanación. Estas personas son las que necesitan más descubrir el sentido de la fiesta del 14 de septiembre: la exaltación de la cruz. Ya no eres tú quien lleva la cruz, sino la cruz quien te lleva a ti; la cruz que no te aplasta, sino que te levanta.
Hay que pensar en la persona querida como es ahora que "todo ha terminado". Así hacían con Jesús los artistas antiguos. Lo contemplaban como es ahora, como está: resucitado, glorioso, feliz, sereno, sentado en el mismo trono de Dios, con el Padre que ha "enjugado toda lágrima de sus ojos" y le ha dado "todo poder en los cielos y en la tierra". Ya no entre los espasmos de la agonía y de la muerte. No digo que se pueda siempre dominar el propio corazón e impedir que sangre con el recuerdo de lo sucedido, pero hay que procurar que prevalezca la consideración de fe. Si no, ¿para qué sirve la fe?
[Traducción del original italiano por Marta Lago]
Predicador del Papa: Al corregir, la primera regla es el amor
Comentario del padre Cantalamessa a la liturgia del próximo domingo
ROMA, viernes, 5 septiembre 2008 (ZENIT.org).- Publicamos el comentario del padre Raniero Cantalamessa, OFM Cap. --predicador de la Casa Pontificia-- a la Liturgia de la Palabra del próximo domingo.
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XXIII Domingo del Tiempo Ordinario
Ezequiel 33, 7-9; Romanos 13, 8-10; Mateo 18, 15-20
Si tu hermano llega a pecar...
En el Evangelio de este domingo leemos: "En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: 'Si tu hermano llega a pecar, vete y repréndele, a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado un hermano' ". Jesús habla de toda culpa; no restringe el campo sólo a la que se comete contra nosotros. En este último caso de hecho es prácticamente imposible distinguir si lo que nos mueve es el celo por la verdad o nuestro amor propio herido. En cualquier caso, sería más una autodefensa que una corrección fraterna. Cuando la falta es contra nosotros, el primer deber no es la corrección, sino el perdón.
¿Por qué dice Jesús: "repréndele a solas"? Ante todo por respeto al buen nombre del hermano, a su dignidad. Lo peor sería pretender corregir a un hombre en presencia de su esposa, o a una mujer en presencia de su marido; a un padre delante de sus hijos, a un maestro en presencia de sus alumnos, a un superior ante sus subordinados. Esto es, en presencia de las personas cuyo respeto y estima a uno le importa más. El asunto se convierte inmediatamente en un proceso público. Será muy difícil que la persona acepte de buen grado la corrección. Le va en ello su dignidad.
Dice "a solas tú con él" también para dar a la persona la posibilidad de defenderse y explicar su propia acción con toda libertad. Muchas veces, en efecto, aquello que a un observador externo le parece una culpa, en la intención de quien la ha cometido no lo es. Una explicación sincera disipa muchos malentendidos. Pero esto deja de ser posible cuando el tema se pone en conocimiento de muchos.
Cuando por cualquier motivo no es posible corregir fraternamente, a solas, a la persona que ha errado, hay algo que absolutamente se debe evitar: la divulgación, sin necesidad, de la culpa del hermano, hablar mal de él o incluso calumniarle, dando por probado aquello que no lo es o exagerando la culpa. "No habléis mal unos de otros", dice la Escritura (St 4,11). El cotilleo no es menos malo o reprobable sólo porque ahora se le llame "gossip".
Una vez una mujer fue a confesarse con San Felipe Neri acusándose de haber hablado mal de algunas personas. El santo la absolvió, pero le puso una extraña penitencia. Le dijo que fuera a casa, tomara una gallina y volviera donde él desplumándola poco a poco a lo largo del camino. Cuando estuvo de nuevo ante él, le dijo: "Ahora vuelve a casa y recoge una por una las plumas que has dejado caer cuando venías hacia aquí". La mujer le mostró la imposibilidad: el viento las había dispersado. Ahí es donde quería llegar San Felipe. "Ya ves -le dijo- que es imposible recoger las plumas una vez que se las ha llevado el viento, igual que es imposible retirar murmuraciones y calumnias una vez que han salido de la boca".
Volviendo al tema de la corrección, hay que decir que no siempre depende de nosotros el buen resultado al hacer una corrección (a pesar de nuestras mejores disposiciones, el otro puede que no la acepte, que se obstine); sin embargo, depende siempre y exclusivamente de nosotros el buen resultado... al recibir una corrección. De hecho la persona que "ha cometido la culpa" bien podría ser yo y el que corrige ser el otro: el marido, la mujer, el amigo, el hermano de comunidad o el padre superior.
En resumen, no existe sólo la corrección activa, sino también la pasiva; no sólo el deber de corregir, sino también el deber de dejarse corregir. Más aún: aquí es donde se ve si uno ha madurado lo bastante como para corregir a los demás. Quien quiera corregir a otro debe estar dispuesto también a dejarse corregir. Cuando veáis a alguien que recibe una observación y le oigáis responder con sencillez: "Tienes razón, ¡gracias por habérmelo dicho!", quitaos el sombrero: estáis ante un auténtico hombre o ante una auténtica mujer.
La enseñanza de Cristo sobre la corrección fraterna debería leerse siempre junto a lo que dijo en otra ocasión: "¿Cómo es que miras la brizna que hay en el ojo de tu hermano y no reparas en la viga que hay en tu propio ojo? ¿Cómo puedes decir a tu hermano: 'Hermano, deja que saque la brizna que hay en tu ojo', no viendo tú mismo la viga que hay en el tuyo?" (Lc 6, 41 s.).
Lo que Jesús nos ha enseñado sobre la corrección puede ser también muy útil en cuanto a la educación de los hijos. La corrección es uno de los deberes fundamentales del progenitor: "¿Qué hijo hay a quien su padre no corrige?"(Hb 12,7); y también: "Endereza la planta mientras está tierna, si no quieres que crezca irremediablemente torcida". La renuncia total a toda forma de corrección es uno de los peores servicios que se puede hacer a los hijos, y sin embargo hoy lamentablemente es frecuentísimo.
Sólo hay que evitar que la corrección misma se transforme en un acto de acusación o en una crítica. Al corregir más bien hay que circunscribir la reprobación al error cometido, no generalizarla rechazando en bloque a toda la persona y su conducta. Más aún: aprovechar la corrección para poner en primer plano todo el bien que se reconoce en el chaval y lo mucho que se espera de él, de manera que la corrección se presente más como un aliento que como una descalificación. Este era el método que usaba san Juan Bosco con sus chicos.
No es fácil, en casos individuales, comprender si es mejor corregir o dejar pasar, hablar o callar. Por eso es importante tener en cuenta la regla de oro, válida para todos los casos, que el Apóstol da en la segunda lectura: "Con nadie tengáis otra deuda que la del mutuo amor... El amor no hace mal al prójimo". Agustín sintetizó todo esto en la máxima "Ama y haz lo que quieras". Hay que asegurarse ante todo de que haya en el corazón una disposición fundamental de acogida hacia la persona. Después, lo que se decida hacer, sea corregir o callar, estará bien, porque el amor "jamás hace daño a nadie".
[Traducción del original italiano por Marta Lago]
Predicador del Papa: Es preciso negarse a sí mismo para poder vivir
Meditación sobre el pasaje evangélico del XXII domingo del tiempo ordinario
CIUDAD DEL VATICANO, viernes 29 de agosto de 2008 (ZENIT.org).- Publicamos el comentario del padre Raniero Cantalamessa, OFM Cap., predicador de la Casa Pontificia, a la liturgia del próximo domingo.
XXII Domingo del tiempo ordinario
Jeremías 20, 7-9; Romanos 12, 1-2; Mateo 16, 21-27
Quien quiera venir tras de mí, niéguese a sí mismo
En el evangelio de este domingo escuchamos a Jesús que dice: “Si alguien quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, coja su cruz y me siga. Porque quien quiera salvar su vida la perderá, pero quien pierda su vida por causa mía, la encontrará”.
¿Qué significa “negarse a sí mismo”? Es más, ¿por qué hay que negarse a sí mismo? Conocemos la indignación que suscitaba en el filósofo Nietzsche esta exigencia del Evangelio. Comienzo respondiendo con un ejemplo. Durante la persecución nazi, muchos trenes cargados de hebreos partían desde todas partes de Europa hacia los campos de exterminio. Se les convencía de subir a ellos con falsas promesas de llevarlos a lugares mejores por su bien, mientras que en cambio se les llevaba a la destrucción. A veces sucedía que en alguna parada del convoy, alguien que sabía la verdad gritaba a escondidas a los pasajeros: bajad, huid. Y alguno lo conseguía.
El ejemplo es un poco fuerte, pero expresa algo sobre nuestra situación. El tren de la vida en el que viajamos va hacia la muerte. Sobre esto, al menos, no hay dudas. Nuestro yo natural, siendo mortal, está destinado a terminar. Lo que el Evangelio nos propone cuando nos exhorta a renegar de nosotros mismos y a bajar de este tren, es subir a otro que conduce a la vida. El tren que conduce a la vida es la fe en Él, que ha dicho: “El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá”.
Pablo había realizado este “trasbordo”, y lo describe así: “Ya no soy yo quien vive, sino que Cristo vive en mí”. Si asumimos el yo de Cristo nos convertimos en inmortales porque él, resucitado de la muerte, no muere más. Eso es lo que significan las palabras que hemos escuchado: “El que quiera salvar la propia vida, la perderá; pero el que pierda la vida por mi causa, la encontrara”. Por tanto, está claro que negarse a sí mismo no es una operación autolesionadora y renunciadora, sino el golpe de audacia más inteligente que podemos realizar en la vida.
Pero debemos hacer inmediatamente una precisión: Jesús no nos pide renegar de “lo que somos”, sino de “aquello en lo que nos hemos convertido”. Nosotros somos imagen de Dios, somos por tanto algo “muy bueno”, como dijo Dios mismo en el momento de crear al hombre y la mujer. De lo que tenemos que renegar no es de lo que Dios ha hecho, sino de lo que hemos hecho nosotros, usando mal nuestra libertad. En otras palabras, las tendencias malas, el pecado, todas esas cosas que son como incrustaciones posteriores superpuestas al original.
Hace unos años se descubrieron en el fondo del mar, a lo largo de las costas jónicas, dos masas informes que tenían un ligero parecido con cuerpos humanos, y que estaban recubiertas de incrustaciones marinas. Fueron sacadas a la superficie y limpiadas pacientemente. Hoy son los famosos “Bronces de Riace”(estatuas griegas de gran belleza, que representan a dos varones, y que están datadas en el siglo V antes de Cristo, n.d.t.) custodiados en el museo de Reggio Calabria, y están entre las esculturas más admiradas de la antigüedad.
Son ejemplos que nos ayudan a entender el aspecto positivo que hay en la propuesta del Evangelio. Nosotros nos parecemos, en el espíritu, a esas estatuas antes de su restauración. La bella imagen de Dios que deberíamos ser está recubierta de siete estratos que son los siete pecados capitales. Quizás sea conveniente traerlos a la memoria por si los hemos olvidado: soberbia, avaricia, lujuria, ira, gula, envidia y pereza. San Pablo llama a esta imagen desfigurada “imagen terrestre”, en oposición a la “imagen celeste” que es la semejanza con Cristo.
“Negarse a sí mismo” no es por tanto una operación para la muerte sino para la vida, para la belleza y para la alegría. Consiste también en aprender el lenguaje del verdadero amor. Imagina, decía un gran filósofo del siglo pasado, Kierkegaard, una situación puramente humana. Dos jóvenes se aman. Pero pertenecen a dos pueblos diversos y hablan dos lenguas completamente diversas. Si su amor quiere sobrevivir y crecer, es necesario que uno de los dos aprenda el idioma del otro. En caso contrario, no podrán comunicarse y su amor no durará.
Así, comentaba, sucede entre Dios y nosotros. Nosotros hablamos hablamos el lenguaje de la carne, él el del espíritu; nosotros el del egoísmo, él el del amor. Negarse a sí mismo es aprender la lengua de Dios para poder comunicarnos con él, pero es también aprender la lengua que nos permite comunicarnos entre nosotros. No somos capaces de decir “sí” al otro, empezando por el propio cónyuge, si no somos capaces de decir “no” a nosotros mismos. Ciñéndonos al ámbito del matrimonio, muchos problemas y fracasos de la pareja dependen de que el hombre nunca se ha preocupado de aprender el modo de expresar el amor de la mujer, y la mujer el del hombre. También cuando habla de negarse a sí mismo, el Evangelio, como puede verse, está bastante menos alejado de la vida de lo que la gente cree.
[Traducción del original italiano realizada por Inmaculada Alvarez]
Predicador del Papa: Dios escucha incluso cuando no escucha
Meditación sobre el pasaje evangélico del XX domingo del tiempo ordinario
CIUDAD DEL VATICANO, viernes, 15 agosto 2008 (ZENIT.org).- Publicamos el comentario del padre Raniero Cantalamessa, OFM Cap., predicador de la Casa Pontificia, a la liturgia del próximo domingo.
XX domingo del tiempo ordinario
Isaías 56, 1.6-7; Romanos 11, 13-15.29-32; Mateo 15, 21-28
Una mujer cananea se puso a gritar
Si Jesús hubiera escuchado a la mujer cananea a la primera petición, sólo habría conseguido la liberación de la hija. Habría pasado la vida con menos problemas. Pero todo hubiera acabado en eso y al final madre e hija morirían sin dejar huella de sí. Sin embargo, de este modo su fe creció, se purificó, hasta arrancar de Jesús ese grito final de entusiasmo: "Mujer, grande es tu fe; que te suceda como deseas". Desde aquel instante, constata el Evangelio, su hija quedó curada. Pero, ¿qué le sucedió durante su encuentro con Jesús? Un milagro mucho más grande que el de la curación de la hija. Aquella mujer se convirtió en una "creyente", una de las primeras creyentes procedentes del paganismo. Una pionera de la fe cristiana. Nuestra predecesora.
¡Cuánto nos enseña esta sencilla historia evangélica! Una de las causas más profundas de sufrimiento para un creyente son las oraciones no escuchadas. Hemos rezado por algo durante semanas, meses y quizá años. Pero nada. Dios parecía sordo. La mujer Cananea se presenta siempre como maestra de perseverancia y oración.
Quien observara el comportamiento y las palabras que Jesús dirigió a aquella pobre mujer que sufría, podía pensar que se trataba de insensibilidad y dureza de corazón. ¿Cómo se puede tratar así a una madre afligida? Pero ahora sabemos lo que había en el corazón de Jesús y que le hacía actuar así. Sufría al presentar sus rechazos, trepidaba ante el riesgo de que ella se cansara y desistiera. Sabía que la cuerda, si se estira demasiado, puede romperse. De hecho, para Dios también existe la incógnita de la libertad humana, que hace nacer en él la esperanza. Jesús esperó, por eso, al final, manifiesta tanta alegría. Es como si hubiera vencido junto a la otra persona.
Dios, por tanto, escucha incluso cuando... no escucha. En él, la falta de escucha es ya una manera de atender. Retrasando su escucha, Dios hace que nuestro deseo crezca, que el objeto de nuestra oración se leve; que de lo material pasemos a lo espiritual, de lo temporal a lo eterno, de los pequeño a lo grande. De este modo, puede darnos mucho más de lo que le habíamos pedido en un primer momento.
Con frecuencia, cuando nos ponemos en oración, nos parecemos a ese campesino del que habla un antiguo autor espiritual. Ha recibido la noticia de que será recibido en persona por el rey. Es la oportunidad de su vida: podrá presentarle con sus mismas palabras su petición, pedirle lo que quiere, seguro de que le será concedido. Llega el día, y el buen hombre, emocionadísimo, llega ante la presencia del rey y, ¿qué le pide? ¡Un quintal de estiércol para sus campos! Era lo máximo en que había logrado pensar. A veces nosotros nos comportamos con Dios de la misma manera. Lo que le pedimos comparado a lo que podríamos pedirle no es más que un quintal de estiércol, nimiedades que sirven de muy poco, es más, que a veces incluso pueden volverse contra nosotros.
San Agustín era un gran admirador de la Cananea. Aquella mujer le recordaba a su madre, Mónica. También ella había seguido al Señor durante años, pidiéndole la conversión de su hijo. No se había desalentado por ningún rechazo. Había seguido al hijo hasta Italia, hasta Milán, hasta que vio que regresaba al Señor. En uno de sus discursos, recuerda las palabras de Cristo: "Pedid y se os dará; buscad y encontraréis; tocad y se os abrirá", y termina diciendo: "Así hizo la Cananea: pidió, buscó, tocó a la puerta y recibió". Hagamos nosotros también lo mismo y también se nos abrirá.
[Traducción del original italiano realizada por Jesús Colina]
Predicador del Papa: Cuando la vida es zarandeada por las olas
El pasaje evangélico de la liturgia del domingo
CIUDAD DEL VATICANO, viernes, 8 agosto 2008 (ZENIT.org).- Publicamos el comentario del padre Raniero Cantalamessa, OFM Cap., predicador de la Casa Pontificia, a la liturgia del próximo domingo.
XIX Domingo del Tiempo Ordinario
1 Reyes 19, 9a.11-13a; Romanos 9, 1-5; Mateo14, 22-33
La barca zarandeada por las olas
Los hechos del Evangelio no han sido escritos sólo para ser contados, sino también para ser revividos. A quien les escucha se le invita cada vez a entrar dentro de la página del Evangelio, a convertirse de espectador en actor, a ser parte en causa. La Iglesia primitiva nos da el ejemplo. La manera en que se cuenta el episodio de la tempestad calmada muestra que la comunidad cristiana lo aplicó a su propia situación. En aquella tarde, cuando había despedido a la multitud, Jesús había subido solo al monte para rezar; ahora, en el momento en el que Mateo escribe su Evangelio, Jesús se ha despedido de sus discípulos y ha ascendido al cielo, donde vive rezando e "intercediendo" por los suyos. En aquella tarde echó mar adentro la barca; ahora ha echado a la Iglesia en el gran mar del mundo. Entonces se había levantado un fuerte viento contrario; ahora la Iglesia vive sus primeras experiencias de persecución.
En esta nueva situación, ¿qué les decía a los cristianos el recuerdo de aquella noche? Que Jesús no estaba lejos ni ausente, que siempre se podía contar con él. Que también ahora daba órdenes a sus discípulos para que se le acercaran "caminando sobre las aguas", es decir, avanzando entre las corrientes de este mundo, apoyándose sólo en la fe.
Es la misma invitación que hoy nos presenta: aplicar lo sucedido a nuestra vida personal. Cuántas veces nuestra vida se parece a esa barca "zarandeada por las olas a causa del viento contrario". La barca zarandeada puede ser el propio matrimonio, los negocios, la salud... El viento contrario puede ser la hostilidad y la incomprensión de las personas, los reveses continuos de la vida, la dificultad para encontrar casa o trabajo. Quizá al inicio hemos afrontado con valentía las dificultades, decididos a no perder la fe, a confiar en Dios. Durante un tiempo nosotros también hemos caminado sobre las aguas, es decir, confiando únicamente en la ayuda de Dios. Pero después, al ver que nuestra prueba era cada vez más larga y dura, hemos pensado que no podíamos más, que nos hundíamos. Hemos perdido la valentía.
Este es el momento de acoger y experimentar como si se nos hubieran dirigido personalmente a nosotros las palabras que Jesús dirigió en esta circunstancia a los apóstoles: "¡Ánimo!, que soy yo; no temáis". Es famosa la frase con la que el sacerdote Abundio, en Los novios (I promessi sposi), justifica su miedo y cobardía: "Quien no tiene valentía no se la puede dar". Tenemos que desterrar precisamente esta convicción. ¡Quien no tiene valentía se la puede dar! ¿Cómo? Con la fe en Dios, con la oración, basándose en la promesa de Cristo.
Alguno dirá que esta valentía, basada en la fe en Dios y en la oración, es un pretexto, una huida de las propias posibilidades y responsabilidades. Una manera de descargar en Dios los propios deberes. Es la tesis de fondo de la obra de teatro de Bertolt Brecht, ambientada en Alemania en tiempos de la guerra de los Treinta Años, que tiene como protagonista a una mujer del pueblo llamada, por su capacidad de decisión y valor, "Madre Coraje". En plena noche, las tropas imperiales, tras haber matado a los guardias, avanzan contra la ciudad protestante de Halle para quemarla. En los alrededores de la ciudad, una familia de campesinos, que acoge a la Madre Coraje con la hija muda, Kattrin, sabe que lo único que puede hacer para salvar a la ciudad de la ruina es rezar. Pero Kattrin, en lugar de ponerse a rezar, sube al techo de la casa, y se pone a tocar desesperadamente el tambor hasta que ve que los habitantes se han despertado y están de pie. Es asesinada por los soldados, pero la ciudad se salva.
Con esta crítica, que es la clásica crítica del marxismo, se ataca a quien pretende quedarse con los brazos cruzados, en espera de que Dios lo haga todo. Pero esto no tiene nada que ver con la verdadera fe y la verdadera oración, que es lo contrario de la resignación pasiva. Jesús dejó que los apóstoles remaran contra el viento durante toda la noche y que utilizaran todos su recursos antes de intervenir personalmente.
[Traducción del original italiano realizada por Jesús Colina]
El predicador del Papa comenta el picnic más feliz de la historia
El pasaje evangélico de la liturgia del domingo
CIUDAD DEL VATICANO, jueves, 31 julio 2008 (ZENIT.org).- Publicamos el comentario del padre Raniero Cantalamessa, OFM Cap., predicador de la Casa Pontificia, a la liturgia del próximo domingo.
XVIII Domingo del tiempo ordinario
Isaías 55, 1-3; Romanos 8,35.37-30; Mateo 14, 13-21
Todos comieron y quedaron saciados
Un día Jesús se había retirado en un lugar solitario, en la orilla del mar de Galilea. Pero cuando se disponía a desembarcar, encontró una gran multitud que le esperaba. "Sintió compasión de ellos y curó a sus enfermos". Los habló del Reino de Dios. Ahora bien, mientras tanto se hizo de noche. Los apóstoles le sugirieron que despidiera a la muchedumbre, para que pudieran encontrar algo para comer en los pueblos cercanos. Pero Jesús les dejó de piedra, diciéndoles en alto para que todos escucharan: "Dadles vosotros de comer". "No tenemos aquí más que cinco panes y dos peces", le responden desconcertados. Jesús pide que se los lleven. Invita a todos a sentarse. Toma los cinco panes y los dos peces, reza, da gracias al Padre, después ordena distribuir todo a la multitud. "Comieron todos y se saciaron, y recogieron de los trozos sobrantes doce canastos llenos". Eran unos 5.000 hombres, sin contar mujeres y niños, dice el Evangelio. ¡Fue el picnic más feliz en la historia del mundo!
¿Qué nos dice este evangelio? En primer lugar, que Jesús se preocupa y "siente compasión" de todo el hombre, cuerpo y alma. A las almas les da la palabra, a los cuerpos la curación y la comida. Alguno podría decir: "Entonces, ¿por qué no lo hace también hoy? ¿Por qué no multiplica el pan entre tantos millones de hambrientos que hay sobre la tierra?". El evangelio de la multiplicación de los panes ofrece un detalle que nos puede ayudar a encontrar la respuesta. Jesús no sonó los dedos para que apareciera, como por arte de magia, pan y pescado para todos. Preguntó qué tenían; invitó a compartir lo poco que tenían: cinco panes y dos peces.
Hoy hace lo mismo. Pide que pongamos en común los recursos de la tierra. Sabemos perfectamente que, al menos desde el punto de vista alimenticio, nuestra tierra sería capaz de dar de comer a varios miles de millones de personas más de los actuales. Pero, ¿cómo podemos acusar a Dios de no dar pan suficiente para todos, cuando cada día destruimos millones de toneladas de alimentos que llamamos "excedentes" para que no bajen los precios? Mejor distribución, mayor solidaridad y capacidad para compartir: la solución está aquí.
Lo sé, no es tan fácil. Se da la manía de los armamentos, hay gobernantes irresponsables que contribuyen a mantener a muchas poblaciones en el hambre. Pero una parte de la responsabilidad recae también en los países ricos. Nosotros somos ahora esa persona anónima (un muchacho, según uno de los evangelistas) que tiene cinco panes y dos peces; sólo que los tenemos muy bien guardados y tenemos cuidado para nos entregarlos no vaya a ser que se repartan entre todos.
La manera en que se describe la multiplicación de los panes y de los peces ("levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición y, partiendo los panes, se los dio a los discípulos y los discípulos a la gente") siempre ha recordado la multiplicación de ese otro pan que es el cuerpo de Cristo. Por este motivo, las representaciones más antiguas de la Eucaristía nos muestran un cesto con cinco panes y, al lado, dos peces, como el mosaico descubierto en Tabga, en Palestina, en la iglesia construida en el lugar de la multiplicación de los panes, o en el famoso fresco de las catacumbas de Priscila en Roma.
En el fondo, lo que estamos haciendo en este momento también es una multiplicación de los panes: el pan de la Palabra de Dios. Yo he roto el pan de la Palabra e Internet ha multiplicado mis palabras de manera que más de cinco mil hombres, también en esta ocasión, han comido y han quedado saciados. Queda una tarea: recoger "los trozos sobrantes", hacer llegar la palabra también a quien no ha participado en el banquete. Convertirse en "repetidores" y testigos del mensaje.
[Traducción del original italiano realizada por Jesús Colina]
Predicador del Papa: Un Dios de palabra
Comentario al XV Domingo del Tiempo Ordinario
CIUDAD DEL VATICANO, viernes 11 de julio de 2008 (ZENIT.org).- Publicamos el comentario del padre Raniero Cantalamessa, OFM Cap., predicador de la Casa Pontificia, a la liturgia del próximo domingo.
XV Domingo del Tiempo Ordinario
Lecturas: Isaías 55, 10-11; Romanos 8,18-23; Mateo 13, 1-23
Un Dios de palabra
Las lecturas de este domingo hablan de la Palabra de Dios con dos imágenes entrelazadas: la de la lluvia y la de la semilla. Isaías, en la primera, lectura compara la Palabra de Dios con la lluvia que baja del cielo y no vuelve sin haber regado y hecho germinar las semillas; Jesús en el Evangelio habla de la Palabra de Dios como de una semilla que cae en terrenos distintos y que produce fruto. La Palabra de Dios es semilla porque genera la vida y es lluvia que alimenta la vida, que permite a la semilla germinar.
Hablando de la Palabra de Dios damos a menudo por descontado el hecho más conmovedor de todos, y es el que Dios hable. ¡El Dios bíblico es un Dios que habla! "Habla el Señor, Dios de dioses, no está en silencio", dice el salmo (Sal 50, 1-3); Dios mismo repite a menudo: "Escucha, pueblo mío, quiero hablar" (Sal 50, 7). En esto la Biblia ve la diferencia más clara con los ídolos que "tienen boca pero no hablan" (Sal 114, 5).
Pero, ¿qué significado debemos dar a expresiones tan antropomórficas como "Dios dijo a Adán", "así habla el Señor", "dice el Señor", "oráculo del Señor" y otras parecidas? Se trata evidentemente de un hablar diverso del humano, un hablar a los oídos del corazón. ¡Dios habla como escribe! "Pondré mi ley en sus almas, la escribiré en su corazón", dice en el profeta Jeremías (Jr 31, 33). Él escribe sobre el corazón y también sus palabras las hace resonar en el corazón. Lo dice expresamente él mismo a través del profeta Oseas, hablando de Israel como de una esposa infiel: "Por eso yo voy a seducirla; la llevaré al desierto y hablaré a su corazón" (Oseas 2, 16).
Dios no tiene boca ni aliento humano: su boca es el profeta, su aliento es el Espíritu Santo. "Tu serás mi boca", dice Él mismo a sus profetas. Afirma también "pondré mi palabra en tus labios". Este es el sentido de la célebre frase: "hombres movidos por el Espíritu Santo, han hablado de parte de Dios" (2 Pedro 1, 21). La tradición espiritual de la Iglesia ha acuñado la expresión "locuciones interiores" para esta manera de hablar dirigida a la mente y al corazón.
Y sin embargo, se trata de un hablar en el verdadero sentido del término; la criatura recibe un mensaje que puede traducir en palabras humanas. Tan vivo y real es el hablar de Dios, que el profeta recuerda con precisión el lugar, el día y la hora en que cierta palabra "vino" sobre él. Tan concreta es la Palabra de Dios que de ella se dice que "cae" sobre Israel, como si fuera una piedra (Is 9,7), o como si fuera un pan que se come con gusto: "Se presentaban tus palabras, y yo las devoraba; era tu palabra para mí un gozo y alegría de corazón" (Jeremías 15, 16). Ninguna voz humana llega al hombre con la profundidad con que le llega la palabra de Dios. "Ciertamente, es viva la Palabra de Dios y eficaz, y más cortante que espada alguna de dos filos. Penetra hasta las fronteras entre el alma y el espíritu, hasta las junturas y médulas; y escruta los sentimientos y pensamientos del corazón" (Hebreos 4,12). A veces el hablar de Dios es "un trueno poderoso que descuaja los cedros del Líbano" (Salmo 28), otras veces parece el "murmullo de una brisa ligera" (1 Reyes 19,12). Conoce todos los tonos del hablar humano.
Esta naturaleza interior y espiritual del hablar de Dios cambia radicalmente en el momento en el que "el Verbo se ha hecho carne". Con la venida de Cristo, Dios habla también con voz humana, que se pude oír con los oídos no sólo del alma, sino también del cuerpo.
La Biblia atribuye, como puede verse, a la palabra una dignidad inmensa. No han faltado intentos de cambiar la solemne afirmación con la que Juan inicia su Evangelio: "En el principio existía la Palabra". Goethe hace decir a su Fausto: "Al principio existía la acción", y es interesante ver cómo el escritor llega a esta conclusión. No puedo, dice Fausto, dar a "la palabra" un valor tan alto; quizás debo entenderla como el "sentido"; pero, ¿puede el sentido ser el que todo lo actúa y crea? ¿Entonces debería decirse: "Al principio existía la fuerza"? Pero no, una iluminación repentina me sugirió la respuesta: "Al principio existía la acción".
Pero son intentos de corrección injustificados. El Verbo, o Logos de Juan contiene todos los significados que Goethe asigna a los demás términos. Éste, como se ve en el resto del Prólogo, es luz, es vida, es fuerza creadora.
Dios creó al hombre "a su imagen" precisamente porque lo creó capaz de hablar, de comunicar y de establecer relaciones. Él, que contiene en sí mismo, desde la eternidad, una Palabra, ha creado al hombre dotado de palabra. Para ser, no sólo "a imagen" sino también "a semejanza" de Dios (Génesis 1, 26), no basta que el hombre hable, sino que debe imitar el hablar de Dios. El contenido y motor del hablar de Dios es el amor. Dios habla por el mismo motivo que crea: "Para infundir su amor en todas las criaturas y deleitarlas con los esplendores de su gloria", como dice la Plegaria Eucarística IV. La Biblia, desde el principio hasta el final, no es más que un mensaje de amor de Dios a sus criaturas. Los tonos pueden cambiar, desde el iracundo hasta el tierno, pero la sustancia es siempre y solamente el amor.
Dios se ha servido de la palabra para comunicar la vida y la verdad, para instruir y consolar. Esto nos suscita la pregunta: ¿qué uso hacemos nosotros de la palabra? En su drama "Puertas cerradas", Sartre nos ha dado una imagen impresionante de en qué se puede convertir la comunicación humana cuando falta el amor. Tres personas son introducidas, en breves intervalos, en una habitación. No hay ventanas, la luz está al máximo y no hay posibilidad de apagarla, hace un calor sofocante, y no hay en ella nada más que un asiento para cada uno. La puerta, naturalmente, está cerrada, la campanilla existe pero no suena. ¿Quiénes son estas personas? Son tres muertos, un hombre y dos mujeres, y el lugar en el que se encuentran es el infierno. No hay espejos, y cada uno no puede verse más que a través de las palabras del otro, que le ofrece la imagen más horrible de sí mismo, sin ninguna misericordia, al contrario, con ironía y sarcasmo. Cuando después de un rato sus almas se han desnudado la una a la otra y las culpas de las que se avergüenzan han salido a la luz una a una y disfrutadas por los otros sin piedad, uno de los personajes dice a los otros dos: "Recordad: el azufre, las llamas, las torturas con el fuego. Todo tonterías. No hay ninguna necesidad de tormentos: el infierno son los otros". El abuso de la palabra puede transformar la vida en un infierno.
San Pablo da a los cristianos esta regla de oro a propósito de las palabras: "No salga de vuestra boca palabra dañosa, sino la que sea conveniente para edificar según la necesidad y hacer el bien a los que os escuchen" (Efesios 4, 29). La palabra buena es la que sabe escoger el lado positivo de una acción y de una persona, y que, incluso cuando corrige, no ofende; palabra buena es la que da esperanza. Palabra mala es toda palabra dicha sin amor, para herir y humillar al prójimo. Si la palabra mala sale de los labios, será necesario retractarse. No son del todo ciertos los versos del poeta italiano Metastasio:
"Voce dal sen fuggita / Voz que del seno ha salido
più richiamar non vale; / ya no vale la pena ser retirada
non si trattien lo strale, / no puede detenerse la fecha
quando dall'arco uscì". /cuando ha salido del arco
Se puede retirar una palabra salida de la boca, o al menos limitar su efecto negativo, pidiendo perdón. ¡Qué don, entonces, para nuestros semejantes y qué mejora de la calidad de vida en el seno de la familia y de la sociedad!
[Traducción del original italiano realizada por Inmaculada Álvarez]
Predicador del Papa: "¡Tú eres Pedro!", invitación a reconciliarse con la Iglesia
Comentario del padre Cantalamessa al evangelio de la solemnidad de los santos Pedro y Pablo
CIUDAD DEL VATICANO, viernes 27 de junio de 2008 (ZENIT.org).- Publicamos el comentario del padre Raniero Cantalamessa, OFM Cap., predicador de la Casa Pontificia, a la liturgia del próximo domingo, 29 de junio, solemnidad de los santos Pedro y Pablo.
Hechos 12, 1-11; 2 Timoteo 4, 6-8.17-18; Mateo 16, 13-19
¡Tú eres Pedro!
El Evangelio de este domingo es el Evangelio de la entrega de la llaves a Pedro. Sobre él siempre se ha basado la tradición católica para fundamentar la autoridad del Papa sobre toda la Iglesia. Alguno podría decir: pero, ¿qué tiene que ver el Papa con todo esto? Esta es la respuesta de la teología católica. Si Pedro tiene el papel de ser "fundamento" y "roca" de la Iglesia, dado que la Iglesia sigue existiendo, entonces debe seguir existiendo también el fundamento. Es impensable que prerrogativas tan solemnes ("te daré las llaves del Reino de los cielos") se refirieran sólo a los primeros veinte o treinta años de vida de la Iglesia y que terminaran con la muerte del apóstol. El papel de Pedro se prolonga, por tanto, en sus sucesores.
Durante todo el primer milenio, este oficio de Pedro fue reconocido universalmente por todas las Iglesias, si bien se interpretó de manera diferente en oriente y occidente. Los problemas y las divisiones nacieron con el milenio terminado recientemente. Y hoy también nosotros, católicos, admitimos que no todos estos problemas han nacido por culpa de los demás, de los así llamados "cismáticos": primero los orientales y después los protestantes. El primado instituido por Cristo, al igual que todas las cosas humanas, fue ejercido a veces bien y a veces menos bien. Al poder espiritual se le mezcló, poco a poco, un poder político y terreno, y de este modo se dieron abusos. El mismo Papa, Juan Pablo II, en la carta sobre el ecumenismo, Ut unum sint, ha previsto la posibilidad de revisar las formas concretas con las que se ha ejercido el primado del Papa para permitir la concordia de todas las Iglesias a su alrededor. Como católicos, deseamos que se continúe cada vez con más valentía y humildad por este camino de la conversión y de la reconciliación, especialmente incrementando la colegialidad querida por el Concilio.
Lo que no podemos desear es que el ministerio mismo de Pedro, como signo y factor de la unidad de la Iglesia, se desvirtúe. Sería privarnos de uno de los dones más preciosos que Cristo ha hecho a su Iglesia, así como contraponerse a su voluntad precisa. Pensar que a la Iglesia le basta tener la Biblia y el Espíritu Santo para interpretarla, para poder vivir y difundir el Evangelio, es como decir que a los fundadores de los Estados Unidos les hubiera bastado escribir la constitución norteamericana y mostrar en sí mismos el espíritu con que se debía interpretar, sin prever algún gobierno para el país. ¿Existirían todavía los Estados Unidos?
Algo que podemos hacer desde ahora y todos es allanar el camino a la reconciliación entre las Iglesias, comenzando por reconciliarnos con nuestra Iglesia. "Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia": Jesús dice mi Iglesia, en singular, no mis Iglesias. Él ha pensado y querido una sola Iglesia, no una multiplicidad de Iglesias independientes, o peor aún, una lucha entre ellas. Mí, además de ser singular, es un adjetivo posesivo. Jesús, por tanto, reconoce la Iglesia como suya; dice mi Iglesia, como un hombre diría: mi mujer, o mi cuerpo. Se identifica con ella, no se avergüenza de ella. En los labios de Jesús la palabra Iglesia no tiene nada de esos significados sutiles negativos que nosotros hemos añadido.
En esa expresión de Cristo, se da un fuerte llamamiento a todos los creyentes a reconciliarse con la Iglesia. Renegar de la Iglesia es como renegar de la propia madre. "No puede tener a Dios por Padre --decía san Cipriano-- quien no tiene a la Iglesia por madre". Sería un hermoso fruto de esta fiesta de los santos Pedro y Pablo aprender a decir también nosotros, al hablar de la Iglesia a la que pertenecemos: "¡mí Iglesia!".
[Traducción del original italiano realizada por Jesús Colina]
Predicador del Papa: Hay que tener temor, pero no miedo
Comentario al evangelio del XII Domingo del tiempo ordinario
ROMA, viernes, 20 junio 2008 (ZENIT.org).- Publicamos el comentario del padre Raniero Cantalamessa, OFM Cap., predicador de la Casa Pontificia, a la liturgia del próximo domingo.
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XII Domingo del tiempo ordinario
Jeremías 20, 10-13; Romanos 5, 12-15; Mateo 10, 26-33
¡Tened temor, pero no tengáis miedo!
El Evangelio de este domingo ofrece varias sugerencias, pero todas se pueden resumir en esta frase aparentemente contradictoria: "¡Tened temor, pero no tengáis miedo!". Jesús dice: "No temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed más bien a aquel que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehenna". No debemos tener temor ni miedo de los hombres; de Dios debemos tener temor, pero no miedo.
Por tanto hay una diferencia entre miedo y temor; tratemos de comprender por qué y en qué consiste. El miedo es una manifestación de nuestro instinto fundamental de conservación. Es la reacción a una amenaza para nuestra vida, la respuesta a un verdadero o presunto peligro: desde el peligro más grande, que es el de la muerte, a los peligros particulares que amenazan la tranquilidad o la incolumidad física, o nuestro mundo afectivo.
Según se trate de peligros reales o imaginarios, se habla de miedos justificados y de miedos injustificados o patológicos. Como las enfermedades, los miedos pueden ser agudos o crónicos. Los miedos agudos han sido determinados por una situación de peligro extraordinario. Si estoy a punto de ser atropellado por un coche, o comienzo a sentir que la tierra tiembla bajo mis pies a causa de un terremoto, entonces estoy ante miedos agudos. Estos sustos surgen improvisadamente, sin avisar, y así desaparecen al terminar el peligro, dejando quizá un mal recuerdo. Los miedos crónicos son los que conviven con nosotros, se convierten en parte de nuestro ser, e incluso acabamos encariñándonos de ellos. Los llamamos complejos o fobias: claustrofobia, agorafobia, etc.
El evangelio nos ayuda a liberarnos de todos estos miedos, revelando el carácter relativo, no absoluto, de los peligros que los provocan. Hay algo de nosotros que nadie ni nada en el mundo puede quitarnos o dañar: para los creyentes se trata del alma inmortal, para todos el testimonio de la propia conciencia.
Algo muy diferente del miedo es el temor de Dios. El temor de Dios se aprende: "Venid, hijos, escuchadme: os instruiré en el temor del Señor" (Salmo 33,12); por el contrario, el miedo, no tiene necesidad de ser aprendido en el colegio; la naturaleza se encarga de infundirnos miedo.
El mismo sentido del temor de Dios es diferente al miedo. Es un elemento de fe: nace de la conciencia de quién es Dios. Es el mismo sentimiento que se apodera de nosotros ante un espectáculo grandioso y solemne de la naturaleza. Es el sentimiento de sentirnos pequeños ante algo que es inmensamente más grande que nosotros; es sorpresa, maravilla, mezcladas con admiración. Ante el milagro del paralítico que se alza en pie y camina, puede leerse en evangelio, "El asombro se apoderó de todos, y glorificaban a Dios. Y llenos de temor, decían: 'hoy hemos visto cosas increíbles'" (Lucas 5, 26). El temor, en este caso, es otro nombre de la maravilla, de la alabanza.
Este tipo de temor es compañero y aliado del amor: es el miedo de disgustar al amado que se puede ver en todo verdadero enamorado, también en la experiencia humana. Con frecuencia es llamado "principio de la sabiduría", pues lleva a tomar decisiones justas en la vida. ¡Es nada más y nada menos que uno de los siete dones del Espíritu Santo (cf. Isaías 11, 2)!
Como siempre, el evangelio no sólo ilumina nuestra fe, sino que nos ayuda además a comprender nuestra realidad cotidiana. Nuestra época ha sido definida como una época de angustia (W. H. Auden). El ansia, hija del miedo, se ha convertido en la enfermedad del siglo y es, dicen, una de las causas principales de la multiplicación de los infartos. ¿Cómo explicar este hecho si hoy tenemos muchas más seguridades económicas, seguros de vida, medios para afrontar las enfermedades y atrasar la muerte?
El motivo es que ha disminuido, o totalmente desaparecido, en nuestra sociedad el santo temor de Dios. "¡Ya no hay temor de Dios!", repetimos a veces como una expresión chistosa, pero que contiene una trágica verdad. ¡Cuanto más disminuye el temor de Dios, más crece el miedo de los hombres! Es fácil comprender el motivo. Al olvidar a Dios, ponemos toda nuestra confianza en las cosas de aquí abajo, es decir, en esas cosas que según Cristo, el ladrón puede robar y la polilla carcomer (Cf. Lucas 12, 33). Cosas aleatorias que nos pueden faltar en cualquier momento, que el tiempo (¡la polilla!) carcome inexorablemente. Cosas que todos queremos y que por este motivo desencadenan competición y rivalidad. (el famoso "deseo mimético" del que habla René Girard), cosas que hay que defender con los dientes y a veces con las armas en la mano.
La caída del temor de Dios, en vez de liberarnos de los miedos, nos ha impregnado de ellos. Basta ver lo que sucede en la relación entre los padres y los hijos en nuestra sociedad. ¡Los padres han abandonado el temor de Dios y los hijos han abandonado el temor de los padres! El temor de Dios tiene su reflejo y su equivalente en la tierra en el temor reverencial de los hijos por los padres. La Biblia asocia continuamente estos dos elementos. Pero el hecho de no tener temor alguno o respeto por los padres, ¿hace que sean más libres o seguros de sí los muchachos de hoy? Sabemos que no es así.
El camino para salir de la crisis es redescubrir la necesidad y la belleza del santo temor de Dios. Jesús nos explica precisamente en el evangelio que la confianza en Dios es una compañera inseparable del temor. "¿No se venden dos pajarillos por un as? Pues bien, ni uno de ellos caerá en tierra sin el consentimiento de vuestro Padre. En cuanto a vosotros, hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. No temáis, pues; vosotros valéis más que muchos pajarillos".
Dios no quiere provocarnos temor sino confianza. Justamente lo contrario de aquel emperador que decía: "Oderint dum metuant" (¡que me odien con tal de que me teman!). Es lo que deberían hacer también los padres terrenos: no infundir temor, sino confianza. De este modo se alimenta el respeto, la admiración, la confianza, todo lo que implica el nombre de "sano temor".
[Traducción del original italiano realizada por Jesús Colina]
Predicador del Papa: La Iglesia existe para los cansados y oprimidos
El padre Raniero Cantalamessa comenta la liturgia dominical
ROMA, viernes, 13 junio 2008 (ZENIT.org).- Publicamos el comentario del padre Raniero Cantalamessa, OFM Cap., predicador de la Casa Pontificia, a la liturgia del próximo domingo.
XI Domingo del tiempo ordinario
Éxodo 19, 2-6a; Romanos 5, 6-11; Mateo 9, 36-10,8
En el Evangelio de este domingo nos encontramos con la presentación oficial del colegio apostólico: "Los nombres de los doce apóstoles son éstos: primero Simón, llamado Pedro...". Se menciona claramente el primado de Pedro en el colegio de los apóstoles. No dice: "Primero Pedro, segundo Andrés, tercero Santiago...", como si se tratara simplemente de una serie. Se dice que Pedro es el primero en el sentido fuerte de que es cabeza de los demás, su portavoz, quien les representa. Jesús especificará más tarde, en el mismo Evangelio de Mateo, el sentido de ser "primero", cuando dirá "Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia...".
Pero no quería detenerme a analizar el primado de Pedro, sino más bien el motivo que lleva a Jesús a escoger a los doce y a enviarles. Se describe así: "Jesús al ver a la muchedumbre, sintió compasión de ella, porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor". Jesús vio la muchedumbre y sintió compasión: esto le llevó a escoger a los doce apóstoles y a enviarles a predicar, a curar, a liberar...
Se trata de una indicación preciosa. Quiere decir que la Iglesia no existe para ella misma, para su propia utilidad o salvación; existe para los demás, para el mundo, para la gente, sobre todo para los cansados y oprimidos. El Concilio Vaticano II dedicó un documento entero, la Gaudium et spes, a mostrar cómo la Iglesia existe "para el mundo". Comienza con las conocidas palabras: "Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón".
"Al ver a la muchedumbre, sintió compasión de ella, porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor". Los pastores de hoy, desde el Papa hasta el último párroco de pueblo, se presentan, desde esta perspectiva, como los depositarios y continuadores de la compasión de Cristo. El fallecido cardenal vietnamita F.X. Van Thuan, que había pasado trece años en las prisiones comunistas de su país, en una meditación dirigida al Papa y a la Curia Romana, dijo: "Sueño con una Iglesia que sea una 'puerta santa' siempre abierta, que abrace a todos, llena de compasión, que comprenda las penas y los sufrimientos de la humanidad, una Iglesia que proteja, consuele y guíe a toda nación hacia el Padre que nos ama".
La Iglesia debe continuar, tras su ascensión, la misión del Maestro que decía: "Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso...". Es el rostro más humano de la Iglesia, el que mejor le reconcilia con los espíritus, y que permite perdonar sus muchas deficiencias y miserias. El padre Pío de Pietrelcina llamó al hospital que fundó en San Giovanni Rotondo "Casa de alivio del sufrimiento": un nombre hermosísimo que sin embargo se aplica a toda la Iglesia. Toda la Iglesia debería ser una "casa de alivio del sufrimiento". En parte, hay que reconocer que lo es, a no ser que cerremos los ojos a la inmensa obra de caridad y de asistencia que la Iglesia desempeña entre los más desheredados del mundo.
Aparentemente las muchedumbres que vemos a nuestro alrededor, al menos en los países ricos, no parecen "cansadas y abatidas", como en tiempos de Jesús. Pero no nos engañemos: tras la fachada de opulencia, bajo los techos de nuestras ciudades, hay mucho cansancio, soledad, desesperanza, y a veces incluso desesperación. No parecemos muchedumbres "sin pastor", dado que muchos luchan en todos los países para convertirse en pastores del pueblo, es decir, en jefes y controladores del poder. Ahora bien, ¿cuántos entre ellos están dispuestos a llevar a la práctica el requisito de Jesús: "Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis"?
[Traducción del original italiano realizada por Jesús Colina]
Predicador del Papa: la Palabra de Dios, roca eterna
Comentario del padre Cantalamessa a la liturgia del próximo domingo
ROMA, viernes, 30 mayo 2008 (ZENIT.org).- Publicamos el comentario del padre Raniero Cantalamessa, OFM Cap. --predicador de la Casa Pontificia-- a la liturgia de la Palabra del próximo domingo.
IX Domingo del Tiempo Ordinario
Deuteronomio 11, 18.26-28; Romanos 3, 21-25a.28; Mateo 7, 21-27
La casa en la roca
Todos sabían, en tiempos de Jesús, que es de necios construir la propia casa sobre arena, en el fondo de los valles, en lugar de hacerlo en lo alto de la roca. Después de cada lluvia abundante se forma, en efecto, casi de inmediato un torrente que barre las casitas que encuentra a su paso. Jesús se basa en esta observación, que probablemente había hecho en persona, para construir a partir de ella la parábola de este domingo sobre las dos casas, que es como una doble parábola.
"Así pues todo el que oiga estas palabras mías y las ponga en práctica, será como el hombre prudente que edificó su casa sobre roca; cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos y embistieron contra aquella casa; pero no cayó, porque estaba cimentada sobre roca".
Con simetría perfecta, variando sólo poquísimas palabras, Jesús presenta la misma escena en negativo: "Y todo el que oiga estas palabras mías y no las ponga en práctica, será como el hombre insensato que edificó su casa sobre arena; cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, irrumpieron contra aquella casa y cayó, y fue grande su ruina".
Construir la propia casa sobre arena quiere decir volver a poner las propias esperanzas y certezas en cosas inestables y aleatorias que no se sustraen al tiempo y a los vuelcos de fortuna. Tales son el dinero, el éxito, la propia salud. La experiencia lo pone ante nuestros ojos cada día: es muy poco lo que basta -un pequeño coágulo en la sangre, decía el filósofo Pascal- para que todo se derrumbe.
Construir la casa sobre roca quiere decir, al contrario, fundar la propia vida y las propias esperanzas en aquello que "los ladrones no pueden robar ni la polilla deshacer", sobre lo que no pasa. "Los cielos y la tierra pasarán -decía Jesús--, pero mis palabras no pasarán".
Construir la casa en la roca significa, muy sencillamente, construir en Dios. Él es la roca. Roca es uno de los símbolos preferidos de la Biblia para hablar de Dios: "Nuestro Dios es una roca eterna" (Is 26,4); "Él es la Roca, perfecta es su obra" (Dt 32,4).
La casa construida sobre la roca ya existe; ¡se trata de entrar en ella! Es la Iglesia. No, evidentemente, la que está hecha a base de ladrillos, sino la formada por las "piedras vivas" que son los creyentes, edificados en la "piedra angular" que es Cristo Jesús. La casa en la roca es aquella de la que hablaba Jesús cuando decía a Simón: "Tú eres Pedro y sobre esta piedra (literalmente ‘roca')" edificaré mi Iglesia (Mt 16, 18).
Fundar la propia vida sobre la roca significa por lo tanto vivir en la Iglesia; no quedarse fuera apuntando sólo el dedo contra las incoherencias y los defectos de los hombres de Iglesia. Del diluvio universal se salvaron sólo pocas almas, las que habían entrado con Noé en el arca; del diluvio del tiempo que todo engulle se salvan sólo los que entran en el arca nueva que es la Iglesia (cf. 1 P 3, 20). Esto no quiere decir que todos los que están fuera de ella no se salven; existe una pertenencia a la Iglesia de otro tipo, "conocida sólo a Dios", dice el Concilio Vaticano II respecto a quienes, sin conocer a Cristo, obran según los dictados de la propia conciencia.
El tema de la palabra de Dios, que está en el centro de las lecturas de este domingo y sobre el que se celebrará en octubre el próximo Sínodo de los obispos, me sugiere una aplicación práctica. Dios se ha servido de la palabra para comunicarnos la vida y revelarnos la verdad. ¡Los seres humanos usamos a menudo la palabra para dar muerte y esconder la verdad! En la introducción a su famoso Dizionario delle opere e dei personaggi, Valentino Bompiani relata el siguiente episodio. En julio de 1938 tuvo lugar en Berlín el congreso internacional de los editores, en el que él también participó. La guerra se palpaba ya en el aire y el gobierno nazi se mostraba maestro en la manipulación de las palabras con fines de propaganda. El penúltimo día, Goebbels, que era ministro de Propaganda del Tercer Reich, invitó a los congresistas al aula del Parlamento. Se pidió a los delegados de los distintos países una palabra de saludo. Cuando llegó el turno a un editor sueco, éste subió al estrado y con voz grave pronunció estas palabras: "Señor Dios, debo pronunciar un discurso en alemán. Carezco de vocabulario y de gramática, y soy un pobre hombre perdido en el género de los nombres. No sé si la amistad es femenino o si el odio es masculino, o si el honor, la lealtad y la paz son neutros. Así que, Señor Dios, recobra las palabras y déjanos nuestra humanidad. Tal vez lograremos comprendernos y salvarnos". Estalló un aplauso, mientras Goebbels, que había captado la alusión, salía airado de la sala.
Un emperador chino, interrogado sobre qué era lo más urgente para mejorar el mundo, respondió sin dudar: ¡reformar las palabras! Quería decir: devolver a las palabras su verdadero significado. Tenía razón. Hay palabras que, poco a poco, han sido vaciadas completamente de su significado original y colmadas de un significado diametralmente opuesto. Su uso no puede más que resultar perjudicial. Es como poner en una botella de arsénico la etiqueta "digestivo efervescente": alguien se envenenará. Los Estados se han dotado de leyes severísimas contra los falsificadores de moneda, pero de ninguna contra la falsificación de las palabras. A ninguna palabra le ha ocurrido lo mismo que a la pobre palabra "amor". Un hombre abusa de una mujer y se justifica diciendo que lo ha hecho por amor. La expresión "hacer el amor" frecuentemente representa el acto más vulgar de egoísmo, en el que cada uno piensa en su satisfacción, ignorando totalmente al otro y reduciéndole a simple objeto.
La reflexión sobre la palabra de Dios nos puede ayudar, como se ve, también a reformar y rescatar de la vanidad la palabra de los hombres.
[Traducción del original italiano por Marta Lago]
Predicador del Papa: "Los dos cuerpos de Cristo"
Comentario del padre Cantalamessa a la liturgia del próximo domingo
ROMA, viernes, 23 mayo 2008 (ZENIT.org).- Publicamos el comentario del padre Raniero Cantalamessa, OFM Cap. --predicador de la Casa Pontificia-- a la liturgia de la Palabra del próximo domingo, Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo.
Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo
Deuteronomio 8,2-3.14b-16a; 1 Corintios 10, 16-17; Juan 6, 51-59
Los dos cuerpos de Cristo
En la segunda lectura san Pablo nos presenta la Eucaristía como misterio de comunión: "El cáliz que bendecimos, ¿no es acaso comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo?". Comunión significa intercambio, compartir. La regla fundamental de compartir es ésta: lo que es mío es tuyo, y lo que es tuyo es mío. Probemos a aplicar esta regla a la comunión eucarística y nos daremos cuenta de la "enormidad" del tema.
¿"Qué tengo yo específicamente 'mío' "? La miseria, el pecado: esto es exclusivamente mío. ¿Y qué tiene "suyo" Jesús que no sea santidad, perfección de todas las virtudes? Entonces la comunión consiste en el hecho de que yo doy a Jesús mi pecado y mi pobreza, y Él me da su santidad. Se realiza el "maravilloso intercambio", como lo define la liturgia.
Conocemos diversos tipos de comunión. Una comunión bastante íntima es la que se produce entre nosotros y el alimento que comemos, pues éste se hace carne de nuestra carne y sangre de nuestra sangre. He oído a madres decir a su niño, estrechándole hacia su pecho y besándole: "¡Te quiero tanto que te comería!".
Es verdad que la comida no es una persona viva e inteligente con la que podemos intercambiar pensamientos y afectos, pero supongamos por un momento que lo fuera. ¿acaso no se tendría la perfecta comunión? Pues es lo que precisamente sucede en la comunión eucarística. Jesús, en el pasaje evangélico, dice: "Yo soy el pan vivo, bajado del cielo... Mi carne es verdadera comida... El que come mi carne tiene vida eterna". Aquí el alimento no es una simple cosa, sino una personas viva. Se tiene la más íntima, si bien la más misteriosa, de las comuniones.
Observemos qué sucede en la naturaleza, en el ámbito de la nutrición. Es el principio vital más fuerte el que asimila al menos fuerte. Es el vegetal el que asimila al mineral; es el animal el que asimila al vegetal. También en las relaciones entre el hombre y Cristo se verifica esta ley. Es Cristo quien nos asimila; nosotros nos transformamos en Él, no Él en nosotros. Un famoso materialista ateo dijo: "El hombre es lo que come". Sin saberlo dio una definición óptima de la Eucaristía, gracias a la cual el hombre se convierte verdaderamente en lo que come, esto es, ¡en el cuerpo de Cristo!
Leamos cómo prosigue el texto inicial de san Pablo: "Porque aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan". Está claro que en este segundo caso la palabra "cuerpo" no indica ya el cuerpo de Cristo nacido de María, sino que nos indica a "todos nosotros", indica aquel cuerpo de Cristo más amplio, que es la Iglesia. Esto significa que la comunión eucarística es siempre también comunión entre nosotros. Comiendo todos del único alimento, formamos un solo cuerpo.
¿Cuál es la consecuencia? Que no podemos tener verdadera comunión con Cristo si estamos divididos entre nosotros, nos odiamos, no estamos dispuestos a reconciliarnos. Si has ofendido a tu hermano, decía san Agustín, si has cometido una injusticia contra él, y después vas a recibir la comunión como si nada hubiera pasado, tal vez lleno de fervor ante Cristo, te pareces a quien ve llegar a un amigo al que no ve desde hace mucho tiempo. Corre a su encuentro, le echa los brazos al cuello y se pone de puntillas para besarle en la frente. Pero al hacer esto no se percata de que le está pisando los pies con su calzado embarrado. Los hermanos, en efecto, especialmente los más pobres y desvalidos, son los miembros de Cristo, son sus pies posados aún en la tierra. Al darnos la sagrada forma, el sacerdote dice: "El cuerpo de Cristo", y respondemos: "¡Amén!". Ahora sabemos a quién decimos "Amen", o sea, sí, te acojo: no sólo a Jesús, el Hijo de Dios, sino también al prójimo.
En la fiesta del "Corpus Domini" no puedo ocultar un pesar. Hay formas de enfermedad mental que impiden reconocer a las personas cercanas. Es cuando hay quien grita durante horas: "¿dónde está mi hijo? ¿dónde está mi esposa? ¿qué fue de ellos?", y tal vez el hijo o la esposa están ahí, le toman de la mano y le repiten: "Estoy aquí, ¿no me ves? ¡Estoy contigo!". Así le ocurre también a Dios. Los hombres, nuestros contemporáneos, buscan a Dios en el cosmos o en el átomo; discuten si hubo o no un creador en el inicio del mundo. Seguimos preguntando: "¿Dónde está Dios?", y no nos percatamos de que está con nosotros y se ha hecho comida y bebida para estar aún más íntimamente unido a nosotros. Juan el Bautista debería repetir tristemente: "En medio de vosotros hay uno a quien no conocéis". La solemnidad del "Corpus Domini" nació precisamente para ayudar a los cristianos a tomar conciencia de esta presencia de Cristo entre nosotros, para mantener despierto lo que Juan Pablo II llamaba "estupor eucarístico".
[Traducción del original italiano por Marta Lago]
Predicador del Papa: La Trinidad revela el secreto de relaciones humanas bellas
Comentario del padre Cantalamessa a la liturgia del próximo domingo
ROMA, , viernes, 16 mayo 2008 (ZENIT.org).- Publicamos el comentario del padre Raniero Cantalamessa, OFM Cap. --predicador de la Casa Pontificia-- a la Liturgia de la Palabra del próximo domingo, Solemnidad de la Santísima Trinidad.
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Domingo de la Trinidad
Éxodo 34, 4b-6.8-9; 2 Corintios 13, 11-13; Juan 3, 16-18
La Trinidad, escuela de relación
¿Por qué los cristianos creen en la Trinidad? ¿No es ya bastante difícil creer que existe Dios como para añadirnos el enigma de que es «uno y trino»? A diario aparece quien no estaría a disgusto con dejar aparte la Trinidad, también para poder así dialogar mejor con judíos y musulmanes que profesan la fe en un Dios rígidamente único.
La respuesta es que los cristianos creen que Dios es trino ¡porque creen que Dios es amor! Si Dios es amor debe amar a alguien. No existe un amor al vacío, sin dirigirlo a nadie. Nos interrogamos: ¿a quién ama Dios para ser definido amor? Una primera respuesta podría ser: ¡ama a los hombres! Pero los hombres existen desde hace algunos millones de años, no más. Entonces, antes, ¿a quién amaba Dios? No puede haber empezado a ser amor desde cierto momento, porque Dios no puede cambiar. Segunda respuesta: antes de entonces amaba el cosmos, el universo. Pero el universo existe desde hace algunos miles de millones de años. Antes de entonces, ¿a quién amaba Dios para poderse definir amor? No podemos decir: se amaba a sí mismo, porque amarse a uno mismo no es amor, sino egoísmo, o como dicen los psicólogos, narcisismo.
He aquí la respuesta de la revelación cristiana. Dios es amor en sí mismo, antes del tiempo, porque desde siempre tiene en sí mismo un Hijo, el Verbo, a quien ama con amor infinito, que es el Espíritu Santo. En todo amor hay siempre tres realidades o sujetos: uno que ama, uno que es amado y el amor que les une. Allí donde Dios es concebido como poder absoluto, no existe necesidad de más personas, porque el poder puede ejercerlo uno solo; no así si Dios es concebido como amor absoluto.
La teología se ha servido del término naturaleza, o sustancia, para indicar en Dios la unidad, y del término persona para indicar la distinción. Por esto decimos que nuestro Dios es un Dios único en tres personas. La doctrina cristiana de la Trinidad no es un retroceso, un pacto entre monoteísmo y politeísmo. Al contrario: es un paso adelante que sólo el propio Dios podía hacer que lo diera la mente humana.
La contemplación de la Trinidad puede tener un precioso impacto en nuestra vida humana. Es un misterio de relación. Las personas divinas son definidas por la teología «relaciones subsistentes». Significa que las personas divinas no tienen relaciones, sino que son relaciones. Los seres humanos tenemos relaciones -entre padre e hijo, entre esposa y esposo, etcétera--, pero no nos agotamos en esas relaciones; existimos también fuera y sin ellas. No así el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
La felicidad y la infelicidad en la tierra dependen en gran medida, lo sabemos, de la calidad de nuestras relaciones. La Trinidad nos revela el secreto para tener relaciones bellas. Lo que hace bella, libre y gratificante una relación es el amor en sus diferentes expresiones. Aquí se ve cuán importante es que se contemple a Dios ante todo como amor, no como poder: el amor dona, el poder domina. Lo que envenena una relación es querer dominar al otro, poseerle, instrumentalizarlo, en vez de acogerle y entregarse.
Debo añadir una observación importante. ¡El Dios cristiano es uno y trino! Ésta es, por lo tanto, asimismo la solemnidad de la unidad de Dios, no sólo de su trinidad. Los cristianos también creemos «en un solo Dios», sólo que la unidad en la que creemos no es una unidad de número, sino de naturaleza. Se parece más a la unidad de la familia que a la del individuo, más a la unidad de la célula que a la del átomo.
La primera lectura de la Solemnidad nos presenta al Dios bíblico como «misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad». Éste es el rasgo que reúne más al Dios de la Biblia, al Dios del Islam y al Dios (mejor dicho, la religión) budista, y que se presta más, por ello, a un diálogo y a una colaboración entre las grandes religiones. Cada sura del Corán empieza con la invocación: «En el nombre de Dios, el Misericordioso, el Compasivo». En el budismo, que desconoce la idea de un Dios personal y creador, el fundamento es antropológico y cósmico: el hombre debe ser misericordioso por la solidaridad y la responsabilidad que le liga a todos los vivientes. Las guerras santas del pasado y el terrorismo religioso del presente son una traición, no una apología, de la propia fe. ¿Cómo se puede matar en nombre de un Dios al que se continúa proclamando «el Misericordioso y el Compasivo»? Es la tarea más urgente del diálogo interreligioso que juntos, los creyentes de todas las religiones, deben perseguir por la paz y el bien de la humanidad.
[Traducción del original italiano por Marta Lago]
Predicador del Papa: «Nuestro verdadero cielo es Cristo resucitado»
Comentario del padre Cantalamessa a la liturgia del próximo domingo
ROMA, viernes, 2 mayo 2008 (ZENIT.org).- Publicamos el comentario del padre Raniero Cantalamessa, OFM Cap. --predicador de la Casa Pontificia-- a la Liturgia de la Palabra del próximo domingo, Ascensión del Señor
Ascensión del Señor
Hechos 1, 1-11; Efesios 1, 17-23; Mateo 28, 16-20
«¿Qué hacéis mirando al cielo?»
En la primera lectura, un ángel dice a los discípulos: «Galileos, ¿qué hacéis mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo volverá como le habéis visto marcharse». Es la ocasión para aclararnos las ideas sobre qué entendemos por «cielo». En casi todos los pueblos, por cielo se indica la morada de la divinidad. También la Biblia usa este lenguaje espacial: «Gloria a Dios en lo alto del cielo y paz en la tierra a los hombres».
Con la llegada de la era científica, todos estos significados religiosos de la palabra «cielo» entraron en crisis. El cielo es el espacio en el que se mueve nuestro planeta y todo el sistema solar, y nada más. Conocemos la ocurrencia atribuida a un astronauta soviético, al regreso de su viaje por el cosmos: «¡He recorrido el espacio y no he encontrado por ninguna parte a Dios!».
Así que es importante que intentemos aclarar qué entendemos nosotros, los cristianos, cuando decimos «Padre nuestro que estás en los cielos», o cuando decimos que alguien «se ha ido al cielo». La Biblia se adapta, en estos casos, al modo de hablar popular (también lo hacemos actualmente, en la era científica, cuando decimos que el sol «sale» o «se pone»); pero ella bien sabe y enseña que Dios «está en el cielo, en la tierra y en todo lugar», que es Él quien «ha creado los cielos», y si los ha creado no puede estar «encerrado» en ellos. Que Dios esté «en los cielos» significa que «habita en una luz inaccesible»; que dista de nosotros «cuanto el cielo se eleva sobre la tierra».
Asimismo nosotros, los cristianos, estamos de acuerdo en decir que el cielo, como lugar de la morada de Dios, es más un estado que un lugar. Cuando se habla de él, carece de sentido alguno decir en lo alto o abajo. Con esto no estamos afirmando que el paraíso no existe, sino sólo que a nosotros nos faltan las categorías para poderlo representar. Pidamos a una persona completamente ciega de nacimiento que nos describa qué son los colores: el rojo, el verde, el azul... No podrá decir absolutamente nada, ni otro será capaz de explicárselo, pues los colores se perciben sólo con la vista. Así nos ocurre respecto al más allá y la vida eterna, que están fuera del espacio y del tiempo.
A la luz de lo que hemos dicho, ¿qué significa proclamar que Jesús «subió al cielo»? La respuesta la encontramos en el Credo: «Subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre». Que Cristo haya subido al cielo significa que «está sentado a la derecha del Padre», esto es, que también como hombre ha entrado en el mundo de Dios; que ha sido constituido, como dice san Pablo en la segunda lectura, Señor y cabeza de todas las cosas. En nuestro caso, «ir al cielo» o «al paraíso» significa ir a estar «con Cristo» (Fil 1,23). Nuestro verdadero cielo es Cristo resucitado, con quien iremos a encontrarnos y a hacer «cuerpo» después de nuestra resurrección, y de modo provisional e imperfecto inmediatamente después de la muerte. Se objeta a veces que sin embargo nadie ha vuelto del más allá para asegurarnos que existe de verdad y que no se trata sólo de una piadosa ilusión. ¡No es verdad! Hay alguien que cada día, en la Eucaristía, regresa del más allá para darnos garantías y renovar sus promesas, si sabemos reconocerle.
Las palabras del ángel: «Galileos, ¿qué hacéis mirando al cielo?», contienen también un reproche velado: no hay que quedarse mirando al cielo y especulando sobre el más allá, sino más bien vivir en espera del retorno [de Jesús], proseguir su misión, llevar su Evangelio hasta los confines de la tierra, mejorar la vida misma en la tierra. Él ha subido al cielo, pero sin dejar la tierra. Sólo ha salido de nuestro campo visual. Precisamente en el pasaje evangélico Él mismo nos asegura: «He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo».
[Traducción del original italiano por Marta Lago]
Urge la lectura espiritual de la Biblia, advierte el padre Cantalamessa
En su meditación de Cuaresma al Papa y a la Curia
CIUDAD DEL VATICANO, viernes, 14 marzo 2008 (ZENIT.org).- Es apremiante la lectura espiritual de las Escrituras para que «liberen de verdad para nosotros el Espíritu que contienen», alerta el predicador de la Casa Pontifica en su meditación de Cuaresma ante el Papa.
En la mañana de este viernes, en la capilla Redemptoris Mater del Palacio apostólico del Vaticano, el padre Raniero Cantalamessa O.F.M. Cap. cerró el ciclo de predicaciones de este tiempo litúrgico sobre el tema «Viva y eficaz es la Palabra de Dios» (Hebreos, 4, 12), con el que también ha ofrecido una preparación para el Sínodo de los obispos sobre la Palabra (del 5 al 26 de octubre).
Subrayó la importancia de tomar conciencia de que la Escritura no sólo es «inspirada por Dios», sino que también «respira a Dios», «emana a Dios».
«Después de haber dictado la Escritura, el Espíritu Santo es como si se hubiera encerrado en ella, la habita y la anima sin descanso con su soplo divino», precisó el predicador de la Casa Pontificia.
Pero «¿cómo acercarnos a las Escrituras de manera que "liberen" de verdad para nosotros el Espíritu que contienen?», planteó; y es que actualmente la tendencia, ante la Biblia, es «quedarse en la letra», considerando la Escritura incluso como «el más excelso de los libros humanos», pero «un libro sólo humano».
«La Biblia se explica por muchos estudiosos intencionadamente sólo con el método histórico-crítico», una actitud que incluso se registra en los estudiosos que se profesan creyentes, observó el padre Cantalamessa.
«La secularización de los sagrado en ningún caso se ha revelado tan aguda como en la secularización del Libro Sagrado», lamentó; «el análisis histórico-crítico, aunque se llevara al máximo de la perfección» sólo es «el primer escalón del conocimiento de la Biblia, el relativo a la letra».
En «cierta exégesis exclusivamente científica» «la Biblia se convierte en un objeto de estudio que el profesor debe "dominar"», pero en este caso único «más bien hay que dejarse dominar por ella»; «decir de un estudioso de la Escritura que él "domina" la palabra de Dios, pensándolo bien, es decir casi una blasfemia», reflexionó el predicador del Papa.
«La consecuencia de todo ello es el cierre y "replegamiento" de la Escritura sobre sí misma; vuelve a ser el libro «velado», «porque -dice san Pablo-- ese velo "sólo en Cristo desaparece", cuando existe la "conversión al Señor", o sea, cuando se reconoce, en las páginas de la Escritura, a Cristo», subrayó.
«No se explican de otro modo -en opinión del padre Cantalamessa-- las muchas crisis de fe de estudiosos de la Biblia» o «la pobreza y aridez espiritual» de «algunos seminarios y lugares de formación», pues «la Iglesia ha vivido y vive de lectura espiritual de la Biblia; truncado este canal que alimenta la vida de piedad, la fe, entonces todo se agosta y languidece».
«Una lectura espiritual de las Escrituras» es «una lectura con referencia a Cristo», ya sea del Antiguo o del Nuevo Testamento; «es la lectura más objetiva que existe -recalcó el padre Cantalamessa-- porque se basa en el Espíritu de Dios», realizada «bajo la guía, o a la luz, del Espíritu Santo que ha inspirado la Escritura».
«Se basa en un evento histórico, esto es, en el acto redentor de Cristo que, con su muerte y resurrección, cumple el proyecto de salvación, lleva a cabo todas las imágenes y las profecías, desvela todos los misterios ocultos y ofrece la verdadera clave de lectura de toda la Biblia», resumió.
«¿Podrá la exégesis, agostada por el prolongado exceso de filologismo, reencontrar el impulso y la vida que tuvo en otros momentos de la historia de la Iglesia?», interrogó el predicador apostólico.
Ese «movimiento espiritual» y ese «impulso» de los primeros siglos de la Iglesia, hace décadas, con el Concilio Vaticano II de por medio, «comenzaron a reproducirse, pero no porque los hombres los hubieran programado o previsto, sino porque el Espíritu se puso a soplar de nuevo, inesperadamente, a los cuatro vientos», recordó.
Así, «contemporáneamente a la reaparición de los carismas, se asiste a una reaparición de la lectura espiritual de la Biblia -reconoció-- y es, también esto, un fruto, de los más exquisitos, del Espíritu Santo».
«En la lectura espiritual, más que pretender explicar el texto, atribuyéndole un sentido ajeno a la intención del autor sagrado, se trata, en general, de aplicar o actualizar el texto» porque «las palabras de Dios no son palabras muertas», sino «vivas» y «activas», «capaces de desplegar sentidos y virtualidades escondidas en respuesta a cuestiones y situaciones nuevas», indicó.
«Es una consecuencia» del hecho de que la Escritura «no es sólo "inspirada por el Espíritu", sino que "emana" también el Espíritu y lo hace continuamente, si se lee con fe», concluyó.
Por Marta Lago
La Palabra de Dios es camino para santificarnos, aclara el padre Cantalamessa
En su tercera meditación de Cuaresma al Papa y a la Curia
CIUDAD DEL VATICANO, viernes, 7 marzo 2008 (ZENIT.org).- Camino para santificarnos: es el efecto de la Palabra de Dios, que a su vez requiere de un itinerario hasta dejarnos asimilar por ella, subrayó este viernes, ante el Papa, el padre Raniero Cantalamessa O.F.M. Cap.
Es el recorrido de la lectio divina que, de la mano del apóstol Santiago (St 1,18-25), el predicador de la Casa Pontificia propuso en su tercera meditación de Cuaresma, un tiempo en el que está profundizando en la constatación paulina: «Viva y eficaz es la Palabra de Dios» (Hebreos, 4, 12), también como preparación al Sínodo de los obispos (del 5 al 26 de octubre) sobre la Palabra.
Tres fases sucesivas configuran la lectio divina: «acoger la palabra, meditar la palabra, poner por obra la palabra», sintetizó el padre Cantalamessa.
La primera «abraza todas las formas y modos con que el cristiano entra en contacto con la Palabra de Dios».
La advertencia del predicador de la Casa Pontificia, respecto a esta fase, se dirige al peligro de hacer de «la lectura personal de la Palabra de Dios» «una lectura "impersonal"», cayendo en la «inflación hermenéutica», «mirando» la Palabra como un espejo sin llegar a «mirarse» propiamente en él.
«El otro peligro es el fundamentalismo: tomar todo lo que se lee en la Biblia a la letra, sin mediación hermenéutica alguna», apunta.
En contacto con la Palabra, hay que contemplarla, meditarla. El paso es no escrutar la Palabra, sino dejarse escrutar por ella. Entre los efectos de esta segunda etapa, siguiendo algunos que mencionó el padre Cantalamessa, está el conocimiento que se adquiere de uno mismo --porque se descubre la propia deformidad «respecto a la imagen de Dios y de Cristo»-- y el conocimiento del rostro de Dios.
«Vemos el corazón de Dios» porque «Dios nos ha hablado, en la Escritura, de lo que rebosa su corazón»: «el amor», reflexionó.
Estos dos conocimientos --como decía san Agustín, «que me conozca a mí para humillarme y que te conozca a Ti para amarte»-- permiten «avanzar por el camino de la verdadera sabiduría», prosiguió el predicador del Papa.
Además la Palabra de Dios «asegura a toda alma que lo desea una dirección espiritual fundamental y en sí infalible» con su meditación, «acompañada de la unción interior del Espíritu que traduce la Palabra en buena "inspiración"», recordó el padre Cantalamessa.
Con esta contemplación, la Palabra se hace «la sustancia de nuestra alma», «informa los pensamientos, plasma el lenguaje, determina las acciones, crea el hombre "espiritual"», es Palabra «asimilada» por el hombre, «aunque se trata de una asimilación pasiva (como en el caso de la Eucaristía) --precisó--, esto es, "ser asimilado" por la Palabra, subyugado y vencido por ella, que es el principio vital más fuerte».
Llegados a este punto, todo ha sido inútil si no se pone «por obra la Palabra», esto es, hay que prestarle obediencia, advirtió el predicador apostólico ante Benedicto XVI y sus colaboradores de la Curia, llegando a la tercera etapa de la lectio divina.
La obediencia de Jesús se ejerce «de modo particular en las palabras que están escritas sobre Él y para Él "en la ley, en los profetas y en los salmos"», señaló.
«Las palabras de Dios, bajo la acción actual del Espíritu, se convierten en expresión de la voluntad viva de Dios para mí, en un momento dado». Es la obediencia que todos -laicos, clérigos, religiosos-- «podemos realizar siempre», concluyó.
Por Marta Lago
El riesgo de falsificar la palabra de Dios en la Iglesia, según el predicador del Papa
Segunda meditación de Cuaresma ante Benedicto XVI y la Curia
CIUDAD DEL VATICANO, viernes, 29 febrero 2008 (ZENIT.org).- «Hablar de Cristo», «con sinceridad», «movidos por Dios» y «bajo su mirada»: son las «condiciones del anuncio cristiano», que puede llegar a pervertirse --también en la propia Iglesia-- cuando se «falsifica» la palabra de Dios, advierte el predicador del Papa.
Ante Benedicto XVI y la Curia Romana, en su segunda predicación de Cuaresma --este viernes, en la capilla Redemptoris Mater del Palacio Apostólico del Vaticano-- el padre Raniero Cantalamessa O.F.M. Cap. apuntó las claves para discernir el citado riesgo.
«De toda palabra inútil que hablen los hombres darán cuenta en el día del Juicio» (Mt 12,36): a partir de esta advertencia de Jesucristo, el padre Cantalamessa distinguió: La palabra inútil, «vacía», es la que dice «aquél que debería en cambio pronunciar las "enérgicas" palabras de Dios»; es «la palabra del falso profeta, que no recibe la palabra de Dios y sin embargo induce a los demás a creer que sea palabra de Dios».
«La palabra inútil es la falsificación de la palabra de Dios, es el parásito de la palabra de Dios», recalcó; «se reconoce por los frutos que no produce»; «es estéril, sin eficacia». En cambio «la Palabra de Dios es viva y eficaz» (Hb 4,12).
«Los "hombres que deberán dar cuentas de toda palabra inútil" son los hombres de Iglesia», alertó el padre Cantalamessa.
Siguiendo las cartas paulinas, fue trazando algunos criterios de examen: «Los falsos profetas son aquellos que no presentan la palabra de Dios en su pureza, sino que la diluyen y la agotan en miles de palabras humanas», «en letra muerta, en vana charlatanería»; «se avergüenzan del Evangelio» «y de las palabras de Jesús porque son demasiado "duras" para el mundo, o demasiado pobres y desnudas para los doctos, y entonces intentan "aderezarlas"».
Otro riesgo para la palabra de Dios es su instrumentalización. «No puede ser empleada para discursos de circunstancias, o para envolver de autoridad divina discursos ya hechos y todos humanos»; sería sinónimo de traicionarla, denunció el predicador del Papa.
La preparación al Sínodo de los obispos (del 5 al 26 de octubre) --«La Palabra de Dios en la misión de la Iglesia»-- está orientando estas reflexiones de Cuaresma.
De ahí que el padre Cantalamessa indicara estos puntos y la necesidad de que, en el anuncio, sea «la palabra de Dios, que es el principio vital más fuerte, la que someta y asimile consigo la palabra humana, y no al contrario».
«Por ello es necesario tener el valor de partir con más frecuencia, al tratar problemas doctrinales y disciplinarios de la Iglesia, de la palabra de Dios, especialmente de la del Nuevo Testamento, y de permanecer después ligados a ella, vinculados a ella --señaló--, seguros de que así se llega con mayor seguridad al objetivo, que es el de descubrir, en cada cuestión, cuál es la voluntad de Dios».
Una necesidad que igualmente «se advierte en las comunidades religiosas» --añadió--, por «el peligro de que en la formación que se da a los jóvenes y en el noviciado, en los ejercicios espirituales y en todo el resto de la vida de la comunidad, se emplee más tiempo en los escritos del propio fundador --con frecuencia bastante pobres de contenido-- que en la palabra de Dios».
No se trata de que la predicación de la Iglesia tenga «que reducirse a una secuencia de citas bíblicas», sino de «permanecer ligados a la palabra de Dios», puntualizó el predicador del Papa.
Así lo indican los apóstoles Pablo y Pedro, cuando señalan que hay que «hablar en Cristo» o hablar «como con palabras de Dios».
«No quiere decir repetir materialmente y sólo las palabras pronunciadas por Cristo y por Dios en la Escritura -precisa el padre Cantalamessa--. Quiere decir que la inspiración de fondo, el pensamiento que "informa" y sustenta todo lo demás debe venir de Dios, no del hombre».
Punto de partida imprescindible --recuerda- es «la certeza de fe de que, en toda circunstancia, el Señor resucitado tiene en el corazón una palabra suya que desea hacer llegar a su pueblo»; «es la que cambia las cosas y es la que hay que descubrir», «y Él no deja de revelarla a su ministro, si humildemente y con insistencia se la pide».
«A veces no es siquiera necesario citar explícitamente tal palabra bíblica o comentarla»; «basta con que esté bien presente en la mente de quien habla e informe todo lo que expresa --sintetiza--. Actuando así, habla, de hecho, "como con palabras de Dios"».
Tal orientación es válida tanto «para los grandes documentos del magisterio como para las lecciones que el maestro da a sus novicios, para la docta conferencia como para la humilde homilía dominical», concluye.
Por Marta Lago
Predicador del Papa: La fe cristiana no es creer algo, sino en alguien
Comentario del padre Cantalamessa a la liturgia del próximo domingo
ROMA, viernes, 27 febrero 2008 (ZENIT.org).- Publicamos el comentario del padre Raniero Cantalamessa, OFM Cap. --predicador de la Casa Pontificia-- a la Liturgia de la Palabra del próximo domingo, IV de Cuaresma.
IV Domingo de Cuaresma
I Samuel 16,1b.4a.6-7.10-13; Efesios 5,8-14; Juan 9, 1-41
El ciego de nacimiento
La curación del ciego de nacimiento nos toca de cerca, porque en cierto sentido todos somos... ciegos de nacimiento. El mundo mismo nació ciego. Según lo que nos dice hoy la ciencia, durante millones de años ha habido vida sobre la tierra, pero era una vida en estado ciego, no existía aún el ojo para ver, no existía la vista misma. El ojo, en su complejidad y perfección, es una de las funciones que se forman más lentamente. Esta situación se reproduce en parte en la vida de cada hombre. El niño nace, si bien no propiamente ciego, al menos incapaz todavía de distinguir el perfil de las cosas. Sólo después de semanas empieza a enfocarlas. Si el niño pudiera expresar lo que experimenta cuando empieza a ver claramente el rostro de su mamá, de las personas, de las cosas, los colores, ¡cuántos "oh" de maravilla se oirían! ¡Qué himno a la luz y a la vista! Ver es un milagro, sólo que no le prestamos atención porque estamos acostumbrados y lo damos por descontado. He aquí entonces que Dios a veces actúa de forma repentina, extraordinaria, a fin de sacudirnos de nuestro sopor y hacernos atentos. Es lo que hizo en la curación del ciego de nacimiento y de otros ciegos en el Evangelio.
¿Pero es sólo para esto que Jesús curó al ciego de nacimiento? En otro sentido hemos nacido ciegos. Hay otros ojos que deben aún abrirse al mundo, además de los físicos: ¡los ojos de la fe! Permiten vislumbrar otro mundo más allá del que vemos con los ojos del cuerpo: el mundo de Dios, de la vida eterna, el mundo del Evangelio, el mundo que no termina ni siquiera... con el fin del mundo.
Es lo que quiso recordarnos Jesús con la curación del ciego de nacimiento. Ante todo, Él envía al joven ciego a la piscina de Siloé. Con ello Jesús quería significar que estos ojos diferentes, los de la fe, empiezan a abrirse en el bautismo, cuando recibimos precisamente el don de la fe. Por eso en la antigüedad el bautismo se llamaba también «iluminación» y estar bautizados se decía «haber sido iluminados».
En nuestro caso no se trata de creer genéricamente en Dios, sino de creer en Cristo. El episodio sirve al evangelista para mostrarnos cómo se llega a una fe plena y madura en el Hijo de Dios. La recuperación de la vista para el ciego tiene lugar, de hecho, al mismo tiempo que su descubrimiento de quién es Jesús. Al principio, para el ciego, Jesús no es más que un hombre: «Ese hombre que se llama Jesús, hizo barro...». Más tarde, a la pregunta: «¿Y tú qué dices de él, ya que te ha abierto los ojos?», responde: «Que es un profeta». Ha dado un paso adelante; ha entendido que Jesús es un enviado de Dios, que habla y actúa en nombre de Él. Finalmente, encontrando de nuevo a Jesús, le grita: «¡Creo, Señor!», y se postra ante Él para adorarle, reconociéndole así abiertamente como su Señor y su Dios.
Al describirnos con tanto detalle todo esto, es como si el evangelista Juan nos invitara muy discretamente a plantearnos la cuestión: «Y yo, ¿en qué punto estoy de este camino? ¿Quién es Jesús de Nazaret para mí?». Que Jesús sea un hombre nadie lo niega. Que sea un profeta, un enviado de Dios, también se admite casi universalmente. Muchos se detienen aquí. Pero no es suficiente. Un musulmán, si es coherente con lo que halla escrito en el Corán, reconoce igualmente que Jesús es un profeta. Pero no por esto se considera un cristiano. El salto mediante el cual se pasa a ser cristianos en sentido propio es cuando se proclama, como el ciego de nacimiento, Jesús «Señor» y se le adora como Dios. La fe cristiana no es primariamente creer algo (que Dios existe, que hay un más allá...), sino creer en alguien. Jesús en el Evangelio no nos da una lista de cosas para creer; dice: «Creed en Dios; creed también en mí» (Jn 14,1). Para los cristianos creer es creer en Jesucristo.
[Traducción del original italiano realizada por Marta Lago]
Predicador del Papa: Es necesario redescubrir el sentido de eternidad
Comentario del padre Cantalamessa a la liturgia del próximo domingo
ROMA, viernes, 22 febrero 2008 (ZENIT.org).- Publicamos el comentario del padre Raniero Cantalamessa, OFM Cap. --predicador de la Casa Pontificia-- a la Liturgia de la Palabra del próximo domingo, III de Cuaresma.
III Domingo de Cuaresma
Éxodo 17, 3-7; Romanos 5,1-2.5-8; Juan 4, 5-42
A la samaritana, y a todos los que en alguna medida se reconocen en su situación, Jesús hace una propuesta radical en el Evangelio de este domino: buscar otro «agua», dar un sentido y un horizonte nuevo a la propia vida. ¡Un horizonte eterno! «El agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para la vida eterna». Eternidad es una palabra que ha caído en «desuso». Se ha convertido en una especie de tabú para el hombre moderno. Se cree que este pensamiento puede apartar del compromiso histórico concreto para cambiar el mundo, que es una evasión, un «desperdiciar en el cielo los tesoros destinados a la tierra», decía Hegel.
¿Pero cuál es el resultado? La vida, el dolor humano, todo se hace inmensamente más absurdo. Se ha perdido la medida. Si falta el contrapeso de la eternidad, todo sufrimiento, todo sacrificio, parece absurdo, desproporcionado, nos «desequilibra», nos echa por tierra. San Pablo escribió: «La leve tribulación de un momento nos produce, sobre toda medida, un pesado caudal de gloria eterna». En comparación con la eternidad de la gloria, el peso de la tribulación le parece «ligero» (¡a él, que sufrió tanto en la vida!) precisamente porque es «de un momento». En efecto, añade: «Las cosas visibles son pasajeras, más las invisibles son eternas» (2 Co 4, 17-18).
El filósofo Miguel de Unamuno (que además era un pensador «laico»), a un amigo que le reprochaba, como si fuera orgullo o presunción, su búsqueda de eternidad, respondía en estos términos: «No digo que merezcamos un más allá, ni que la lógica lo demuestre; digo que lo necesitamos, merezcámoslo o no, simplemente. Digo que lo que pasa no me satisface, que tengo sed de eternidad, y que sin ésta todo me es indiferente. Sin ella no existe ya alegría de vivir... Es demasiado fácil afirmar: "Hay que vivir, hay que conformarse con esta vida". ¿Y los que no se conforman?». No es quien desea la eternidad el que muestra que no ama la vida, sino quien no la desea, dado que se resigna tan fácilmente al pensamiento de que aquella deba terminar.
Sería una enorme ganancia, no sólo para la Iglesia, sino también para la sociedad, redescubrir el sentido de eternidad. Ayudaría a reencontrar el equilibrio, a relativizar las cosas,