|
CARTA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II SOBRE LA PEREGRINACIÓN A LOS LUGARES VINCULADOS CON LA HISTORIA DE LA SALVACIÓN LIBRERIA EDITRICE VATICANA CIUDAD DEL VATICANO 1999 -------------------------------------------------------------------------------- A cuantos se preparan a celebrar en la fe el Gran Jubileo 1. Después de años de preparación, nos encontramos ya en el umbral del Gran Jubileo. En estos años se han hecho muchas cosas en toda la Iglesia para preparar este acontecimiento de gracia. Pero, como en vísperas de un viaje, ha llegado el momento de ultimar los preparativos. En realidad, el Gran Jubileo no consiste en una serie de cosas por hacer, sino en vivir una gran experiencia interior. Las iniciativas exteriores sólo tienen sentido en la medida que son expresiones de un profundo compromiso que nace en el corazón de las personas. He querido llamar la atención de todos precisamente sobre esta dimensión interior, tanto en la Carta apostólica Tertio millennio adveniente como en la Bula de convocación del Jubileo Incarnationis mysterium. Ambas han tenido una amplia y cordial acogida. Los Obispos han encontrado en ellas indicaciones significativas y los temas propuestos para los diversos años de preparación han sido largamente meditados. Por todo esto quiero expresar mi gratitud al Señor y un sincero reconocimiento tanto a los Pastores como a todo el Pueblo de Dios. Ahora, la inminencia del Jubileo me sugiere proponer una reflexión, que va unida a mi deseo de hacer personalmente, si Dios quiere, una especial peregrinación jubilar, deteniéndome en algunos de los lugares particularmente vinculados a la encarnación del Verbo de Dios, que es el acontecimiento al que se refiere directamente el Año Santo del 2000. Por tanto, mi meditación lleva a los «lugares» de Dios, a aquellos espacios que Él ha elegido para poner su «tienda» entre nosotros (Jn 1, 14; cf. Ex 40, 34-35; 1 Re 8, 10-13), con el fin de permitir al ser humano un encuentro más directo con Él. De este modo, completo en cierto sentido la reflexión de la Tertio millennio adveniente, donde, con el trasfondo de la historia de la salvación, la perspectiva dominante era la relevancia fundamental del «tiempo». En realidad, en la concreta actuación del misterio de la Encarnación, la dimensión del «espacio» no es menos importante que la del tiempo. 2. A primera vista, hablar de determinados «espacios» en relación con Dios podría suscitar cierta perplejidad. ¿Acaso no está el espacio, al igual que el tiempo, sometido enteramente al dominio de Dios? En efecto, todo ha salido de sus manos y no hay lugar donde Dios no esté: «Del Señor es la tierra y cuanto la llena, el orbe y todos sus habitantes, él la fundó sobre los mares, él la afianzó sobre los ríos» (Sal 2324, 1-2). Dios está igualmente presente en cada rincón de la tierra, de tal modo que todo el mundo puede ser considerado como «templo» de su presencia. Con todo, esto no impide que, así como el tiempo puede estar acompasado por kairoi, momentos especiales de gracia, el espacio pueda estar marcado análogamente por particulares intervenciones salvíficas de Dios. Por lo demás, esta es una intuición presente en todas las religiones, en las cuales no solamente hay tiempos, sino también lugares sagrados, en donde puede experimentarse el encuentro con lo divino más intensamente de lo que sucede habitualmente en la inmensidad del cosmos. 3. En relación con esta tendencia religiosa general, la Biblia ofrece un mensaje específico, situando el tema del «espacio sagrado» en el horizonte de la historia de la salvación. Por una parte, advierte sobre los peligros inherentes a la definición de dicho espacio, cuando ésta se hace en la perspectiva de una divinización de la naturaleza —a este propósito, se ha de recordar la fuerte polémica antiidolátrica de los profetas en nombre de la fidelidad a Yahveh, Dios del Éxodo— y, por otra, no excluye un uso cultual del espacio, en la medida en que esto expresa plenamente la intervención específica de Dios en la historia de Israel. El espacio sagrado se ve así progresivamente «concentrado» en el templo de Jerusalén, donde el Dios de Israel quiere ser venerado y, en cierto sentido, encontrado. Hacia el templo se dirigen los ojos del peregrino de Israel y grande es su alegría cuando llega al lugar donde Dios ha puesto su morada: «¡Qué alegría cuando me dijeron: "vamos a la casa del Señor"! Ya están pisando nuestros pies tus umbrales, Jerusalén» (Sal 121122, 1-2). En el Nuevo Testamento, esta «concentración» del espacio sagrado alcanza su punto culminante en Cristo, que se convierte ahora en el nuevo «templo» (cf. Jn 2, 21), en el que habita la «plenitud de la divinidad» (Col 2, 9). Con su venida el culto está llamado a superar radicalmente los templos materiales para llegar a ser un culto «en espíritu y verdad» (Jn 4, 24). Asimismo, en Cristo, también la Iglesia es considerada «templo» por el Nuevo Testamento (cf. 1 Co 3, 17), como lo es incluso cada discípulo de Cristo, en cuanto habitado por el Espíritu Santo (cf. 1 Co 6, 19; Rm 8, 11). Evidentemente, como demuestra la historia de la Iglesia, todo esto no excluye que los cristianos puedan tener lugares de culto; es necesario, sin embargo, que no se olvide su carácter funcional respecto a la vida cultual y fraterna de la comunidad, sabiendo que la presencia de Dios, por su naturaleza, no puede ser circunscrita a ningún lugar, puesto que los impregna todos, teniendo en Cristo la plenitud de su expresión y de su irradiación. El misterio de la Encarnación, por tanto, transforma la experiencia universal del «espacio sagrado», restringiéndola por un lado y, por otra, resaltando su importancia en nuevos términos. En efecto, la referencia al espacio está implicada en el mismo «hacerse carne» del Verbo (cf. Jn 1, 14). Dios ha asumido en Jesús de Nazaret las características propias de la naturaleza humana, incluida la ineludible pertenencia del hombre a un pueblo concreto y a una tierra determinada. «Hic de Virgine Maria Iesus Christus natus est». Esta expresión colocada en Belén, precisamente en el lugar en que, según la tradición, nació Jesús, adquiere una peculiar resonancia: «Aquí, de la Virgen María, nació Jesucristo». La concreción física de la tierra y de su emplazamiento geográfico está unida a la verdad de la carne humana asumida por el Verbo. 4. Por eso, en la perspectiva del año bimilenario de la Encarnación, siento un deseo muy grande de ir personalmente a orar a los principales lugares que, desde el Antiguo al Nuevo Testamento, han conocido las intervenciones de Dios, hasta llegar a la cima del misterio de la Encarnación y de la Pascua de Cristo. Estos lugares están ya indeleblemente grabados en mi memoria, desde que en 1965 tuve la oportunidad de visitar Tierra Santa. Fue una experiencia inolvidable. Aún hoy hojeo de buena gana las emotivas páginas que escribí entonces. «Llego a estos lugares que Tú has llenado de ti de una vez para siempre... ¡Oh, lugar! ¡Cuántas veces, cuántas veces te has trasformado antes de que de suyo, se hiciera también mío! Cuando Él te llenó la primera vez, no eras aún ningún lugar exterior; eras sólo el seno de su Madre. ¡Oh! saber que las piedras sobre las que caminó en Nazaret son las mismas que su pie tocaba cuando Ella era aún tu lugar, el único en el mundo. ¡Encontrarte a través de una piedra que fue tocada por el pie de tu Madre! ¡Oh lugar, lugar de Tierra Santa, qué espacio ocupas en mi! Por eso no puedo pisarte con mis pasos; debo arrodillarme. Y así dejar constancia de que has sido para mí un lugar de encuentro. Yo me arrodillo y pongo así mi huella. Quedarás aquí con mi huella —quedarás, quedarás— y yo te llevaré conmigo, te transformaré dentro de mí en un lugar de nuevo testimonio. Yo me voy como un testigo que dará testimonio de ti a través de los milenios» (Karol Wojtyla, Poezje. Poems, Wydawnictwo Literackie, Cracovia 1998, p. 169). Cuando escribía estas palabras, hace más de treinta años, no podía imaginar que el testimonio al que entonces me comprometía lo habría dado hoy como Sucesor de Pedro, puesto al servicio de toda la Iglesia. Es un testimonio que me inserta en una larga cadena de personas que desde hace dos mil años han ido en busca de las «huellas» de Dios en aquella tierra, justamente llamada «santa», como recorriéndolas en las piedras, en los montes y las aguas que hicieron de escenario a la vida terrena del Hijo de Dios. Ya desde la antigüedad es conocido el diario de viaje de la peregrina Egeria. ¡Cuántos peregrinos, cuántos santos han seguido su itinerario a lo largo de los siglos! Aún cuando las circunstancias históricas perturbaron el carácter esencialmente pacífico de la peregrinación a Tierra Santa, dándole una fisionomía que, más allá de las intenciones, concuerda bien poco con la imagen del Crucificado, los cristianos más sensatos intentaban sólo encontrar en aquella tierra el recuerdo vivo de Cristo. Quiso la Providencia que, junto con los hermanos de las Iglesias orientales, fueran sobre todo los hijos de Francisco de Asís, santo de la pobreza, de la mansedumbre y de la paz, los que, de parte de la cristiandad de occidente, interpretaran en modo genuinamente evangélico el legítimo deseo cristiano de custodiar los lugares en los que están nuestras raíces espirituales. 5. Con este espíritu tengo intención de recorrer, si Dios quiere, con ocasión del Gran Jubileo del 2000, las huellas de la historia de la salvación en la tierra en la que ésta se ha desarrollado. El punto de partida serán algunos lugares destacados del Antiguo Testamento. Con ello deseo manifestar la conciencia que tiene la Iglesia de su permanente vínculo con el antiguo pueblo de la alianza. Abraham es también para nosotros «padre de la fe» por antonomasia (cf. Rm 4; Ga 3, 6-9; Hb 11, 8-19). En el Evangelio de Juan se leen las palabras que Cristo pronunció un día sobre él: «Abraham se regocijó pensando en ver mi día; lo vio y se alegró» (8, 56). Precisamente a Abraham se refiere la primera etapa del viaje que planeo en mis deseos. En efecto, me gustaría, si ésta es la voluntad de Dios, ir a Ur de los Caldeos, la actual Tal al Muqayyar, en el sur de Irak, ciudad donde, según la narración bíblica, Abraham oyó la palabra del Señor que lo arrancaba de su tierra, de su pueblo, y en cierto modo de sí mismo, para hacer de él el instrumento de un designio de salvación que abarcaba el futuro del pueblo de la alianza e, incluso, todos los pueblos del mundo: «Yahveh dijo a Abram: "Vete de tu tierra, y de tu patria, y de la casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré. De ti haré una nación grande y te bendeciré. Engrandeceré tu nombre; y sé tú una bendición [...]. Por ti se bendecirán todos los linajes de la tierra"» (Gn 12, 1-3). Con estas palabras comienza el gran camino del Pueblo de Dios. En Abraham ponen sus ojos no solamente los que se precian de ser descendencia física suya, sino también cuantos —y son innumerables— se consideran su descendencia «espiritual», porque comparten con él la fe y el abandono sin reservas a la iniciativa salvífica del Omnipotente. 6. Las vicisitudes del pueblo de Abraham se desarrollaron durante centenares de años en muchos lugares del próximo Oriente. Pero han quedado como centrales los acontecimientos del Éxodo, cuando el pueblo de Israel, tras una dura experiencia de esclavitud, se puso en marcha bajo la guía de Moisés hacia la Tierra de su libertad. Aquel camino estuvo marcado por tres momentos, vinculados a lugares montañosos llenos de misterio. En la fase preliminar destaca, ante todo, el monte Oreb, otra denominación bíblica del Sinaí, donde Moisés tuvo la revelación del nombre de Dios, signo de su misterio y de su eficaz presencia salvífica: «Yo soy el que soy» (Ex 3, 14). También a Moisés, al igual que a Abraham, se le pedía confiar en el designio de Dios y ponerse a la cabeza de su pueblo. Comenzaron así los dramáticos acontecimientos de la liberación, que permanecerían en la memoria de Israel como una experiencia basilar para su fe. Durante el camino por el desierto, también el Sinaí fue el escenario en el que se estipuló la alianza entre Yahveh y su pueblo. Este monte queda así unido al don del Decálogo, las «diez palabras» que comprometían a Israel a una vida de total adhesión a la voluntad de Dios. Estas «palabras», en realidad, expresaban los pilares de la ley moral de carácter universal escrita en el corazón de cada hombre, pero que a Israel le fueron consignadas en el marco de un pacto recíproco de fidelidad, con el cual el pueblo se comprometía a amar a Dios, recordando las maravillas realizadas por Él en el Éxodo, mientras que Dios garantizaba su perenne benevolencia: «Yo, Yahveh, soy tu Dios, que te he sacado del país de Egipto, de la casa de servidumbre» (Ex 20, 2). Dios y el pueblo se comprometían recíprocamente. Si en la visión de la zarza ardiente el Oreb, el lugar del «nombre» y del «proyecto» de Dios, había sido sobre todo el «monte de la fe», ahora, para el pueblo peregrino en el desierto, se convierte en el lugar del encuentro y del pacto recíproco, en cierto sentido el «monte del amor». Cuántas veces, a lo largo de los siglos, denunciando la infidelidad del pueblo a la alianza, los profetas la han descrito como una especie de infidelidad «conyugal», una propia y verdadera traición del pueblo-esposa respecto a Dios, su esposo (cf. Jr 2, 2; Ez 16, 1-43). Al final del camino del Éxodo se yergue otra cumbre, el monte Nebo, desde el que Moisés pudo contemplar la Tierra prometida (cf. Dt 32, 49), sin el gozo de estar en ella, pero con la certeza de haberla alcanzado finalmente. Su mirada desde el Nebo es el símbolo mismo de la esperanza. Desde aquel monte, pudo constatar que Dios había mantenido sus promesas. Una vez más, sin embargo, debía abandonarse confiadamente a la omnipotencia divina para el cumplimiento definitivo del designio preanunciado. Probablemente no me será posible detenerme en todos estos lugares durante mi peregrinación. Pero desearía al menos, si Dios quiere, visitar Ur, lugar de los orígenes de Abraham, y hacer después una etapa en el célebre Monasterio de Santa Catalina, en el Sinaí, el monte de la Alianza que resume en cierto modo todo el misterio del Éxodo, paradigma perenne del nuevo Éxodo que tendrá su pleno cumplimiento en el Gólgota. 7. Si éstos y otros itinerarios similares del Antiguo Testamento son tan ricos de significado para nosotros, es obvio que el Año jubilar, conmemoración solemne de la encarnación del Verbo, nos invita a detenernos sobre todo en los lugares en los que se desarrolló la vida de Jesús. Muy intenso es mi deseo de ir ante todo a Nazaret, ciudad unida al momento mismo de la Encarnación y tierra en la que Jesús creció «en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres» (Lc 2, 52). Aquí se oyó el saludo del Angel a María: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo» (Lc 1, 28). Aquí pronunció Ella su fiat al anuncio que la llamaba a ser madre del Salvador y, por obra del Espíritu Santo, seno acogedor para el Hijo de Dios. Y, ¿cómo no acercarme a Belén, donde Cristo vio la luz, donde los pastores y los Magos dieron voz a la adoración de toda la humanidad? En Belén se oyó también, por vez primera, aquel anuncio de paz que, proclamado por los Ángeles, continuaría resonando de generación en generación hasta nuestros días. Jerusalén, el lugar de la muerte en cruz y de la resurrección del Señor Jesús, será una etapa particularmente significativa. Ciertamente, los lugares que evocan la vida terrena del Salvador son mucho más numerosos y hay tantos que merecerían ser visitados. ¿Cómo olvidar, por ejemplo, el monte de las Bienaventuranzas, el monte de la Transfiguración o Cesarea de Filipo, región en la cual Jesús confió a Pedro las llaves del Reino de los cielos, constituyéndole fundamento de su Iglesia (cf. Mt 16, 13-19)? Se puede decir que en Tierra Santa, de norte a sur, todo recuerda a Cristo. Pero deberé contentarme con los lugares más representativos y Jerusalén, en cierto modo, los resume todos. Aquí, si Dios quiere, tengo intención de sumirme en oración, llevando en el corazón a toda la Iglesia. Aquí contemplaré los lugares en los que Cristo ha dado su vida y la ha recuperado después en la resurrección, haciéndose don de su Espíritu. Aquí quisiera gritar una vez más la inmensa y consoladora certeza de que «tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3, 16). 8. Entre los lugares de Jerusalén a los que están más unidos los acontecimientos terrenos de Cristo, es casi obligada la visita al Cenáculo, donde Jesús instituyó la Eucaristía, fuente y cumbre de la vida de la Iglesia. Aquí, según la tradición, estaban reunidos en oración los Apóstoles, junto con María, madre de Cristo, cuando el día de Pentecostés recibieron el Espíritu Santo. Entonces comenzó la última etapa en el camino de la historia de la salvación, el tiempo de la Iglesia, cuerpo y esposa de Cristo, pueblo peregrino en el tiempo, llamada a ser signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano (cf. Lumen gentium, 1). La visita al Cenáculo quiere ser, pues, una vuelta a las fuentes mismas de la Iglesia. El Sucesor de Pedro, que vive en Roma, el lugar donde el Príncipe de los Apóstoles afrontó el martirio, ha de volver constantemente al lugar en el que Pedro, el día de Pentecostés, comenzó a proclamar en voz alta, con la fuerza embriagadora del Espíritu, la «buena noticia» de que Jesucristo es el Señor (cf. Hch 2, 36). 9. La visita a los Santos Lugares de la vida terrena del Redentor introduce, lógicamente, en los lugares que fueron significativos para la Iglesia naciente y conocieron el empuje misionero de la primera comunidad cristiana. Éstos serían muchos, si seguimos la narración de Lucas en los Hechos de los Apóstoles. Pero, en particular, me gustaría poder detenerme en meditación también en dos ciudades singularmente relacionadas con la vida de Pablo, el apóstol de los Gentiles. Pienso ante todo en Damasco, lugar que evoca su conversión. En efecto, el futuro apóstol se dirigía a aquella ciudad como perseguidor cuando Cristo mismo se interpuso en su camino: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?» (Hch 9, 4). El celo de Pablo, una vez conquistado por Cristo, se extendió con una progresión incontenible hasta alcanzar gran parte del mundo entonces conocido. Muchas fueron las ciudades que él evangelizó. En particular, desearía pasar por Atenas, en cuyo Areópago Pablo pronunció un discurso memorable (cf. Hch 17, 22-31). Teniendo en cuenta el papel de Grecia en la formación de la cultura antigua, se comprende por qué aquel discurso puede ser considerado en cierto modo como el símbolo mismo del encuentro del Evangelio con la cultura humana. 10. Abandonándome totalmente a lo que disponga la divina voluntad, me gustaría que, al menos en sus puntos esenciales, puediera llevarse a cabo este proyecto. Se trata de una peregrinación exclusivamente religiosa, tanto por su naturaleza como por su finalidad, y me desagradaría que a este proyecto mío se le atribuyeran otros significados diferentes. Más aún, ya desde ahora lo estoy recorriendo en sentido espiritual, puesto que ir a estos lugares, aunque sólo sea con el pensamiento, significa en cierto modo releer el Evangelio mismo, hacer las rutas que ha seguido la Revelación. Ir con espíritu de oración de un lugar a otro, de una a otra ciudad, en el espacio particularmente marcado por la intervención de Dios, no solamente nos ayuda a vivir nuestra vida como un camino, sino que nos presenta plásticamente la idea de un Dios que nos ha anticipado y nos precede, que se ha puesto él mismo en camino por las sendas de los hombres, que no nos mira desde lo alto sino que se ha hecho nuestro compañero de viaje. La peregrinación a los Santos Lugares se convierte así en una experiencia extraordinariamente significativa, evocada en cierto modo por cualquier otra peregrinación jubilar. En efecto, la Iglesia no puede olvidar sus raíces; más aún, debe volver a ellas continuamente para mantenerse fiel al designio de Dios. Por eso he escrito en la Bula Incarnationis mysterium que el Jubileo, celebrado contemporáneamente en Tierra Santa, en Roma y en las Iglesias locales de todo el mundo, «tendrá, por decirlo de algún modo, dos centros: por una parte la Ciudad donde la Providencia quiso poner la sede del Sucesor de Pedro, y por otra, Tierra Santa, en la que el Hijo de Dios nació como hombre tomando carne de una Virgen llamada María» (n. 2). Esta atención a Tierra Santa, a la vez que expresa el recuerdo obligado de los cristianos, quiere poner de relieve la profunda relación que éstos siguen teniendo con el pueblo judío, del cual Cristo proviene según la carne (cf.Rm 9, 5). En estos últimos decenios, especialmente después del Concilio Vaticano II, se han dado muchos pasos para establecer un diálogo fecundo con el pueblo que Dios ha elegido como primer destinatario de sus promesas y de la alianza. El Jubileo debe ser una ocasión ulterior para hacer crecer la conciencia de los vínculos que nos unen, contribuyendo a disipar definitivamente las incomprensiones que, por desgracia, han marcado tantas veces amargamente a lo largo de los siglos las relaciones entre cristianos y judíos. Además, no podemos olvidar que también para los seguidores del Islam la Tierra Santa es un lugar importante y le tributan una especial veneración. Espero ardientemente que mi visita a los Santos Lugares pueda ofrecer también la oportunidad de un encuentro con ellos, para que, incluso en la claridad del testimonio, se acrecienten los motivos de un conocimiento y estima recíprocos, así como de colaboración en el esfuerzo por dar testimonio del valor del compromiso religioso y el anhelo por una sociedad más conforme al designio de Dios, en el respeto de cada ser humano y de la creación. 11. En este caminar por las tierras que Dios ha elegido para plantar su «tienda» entre nosotros, deseo vivamente ser acogido como peregrino y hermano, no sólo por las comunidades católicas que tendré el gozo de encontrar, sino también por las otras Iglesias que han vivido ininterrumpidamente en los Santos Lugares y los han custodiado con fidelidad y amor al Señor. Esta peregrinación que me preparo a realizar a Tierra Santa con ocasión del Año jubilar, estará marcada, más que en cualquier otro de mis viajes, por el anhelo de la oración dirigida por Cristo al Padre para que todos sus discípulos «sean uno» (Jn 17, 21); una oración que interpela de manera aún más vigorosa si cabe en el momento excepcional que abre el nuevo milenio. Por eso desearía que todos los hermanos de fe, en la docilidad al Espíritu Santo, puedan ver en mis pasos de peregrino en la tierra hollada por Cristo una «doxología» para la salvación que todos hemos recibido, y sería una dicha para mí si pudiéramos reunirnos juntos en los lugares de nuestro origen común, para testimoniar a Cristo que es Uno (cf. Ut unum sint, n. 23) y confirmar el compromiso mutuo hacia el restablecimiento de la plena comunión. 12. No me queda, pues, si no invitar fervientemente a toda la comunidad cristiana a ponerse idealmente en camino para la peregrinación jubilar. Esta podrá celebrarse en las múltiples formas que he indicado en la Bula de convocación. Pero ciertamente serán muchos los que lo vivirán poniéndose concretamente en marcha hacia aquellos lugares que han tenido un relieve particular en la historia de la salvación. En cualquier caso, todos debemos hacer ese viaje interior que tiene por objeto separarnos de lo que, en nosotros y en torno a nosotros, es contrario a la ley de Dios, para ponernos en disposición de encontrar plenamente a Cristo, confesando nuestra fe en él y recibiendo la abundancia de su misericordia. En el Evangelio, Jesús se nos presenta siempre en camino. Parece que tuviera prisa de ir de una parte a otra para anunciar la cercanía del Reino de Dios. Anuncia y llama. Su «sígueme» obtuvo la pronta adhesión de los Apóstoles (cf. Mc 1, 16-20). Sintámonos todos alcanzados por su voz, su invitación, su llamada a una vida nueva. Lo digo sobre todo a los jóvenes, ante los cuales la vida se abre como un camino rico de sorpresas y de promesas. Lo digo a todos: ¡Vayamos tras las huellas de Cristo! Que el viaje que deseo hacer en el Año jubilar pueda representar el viaje de toda la Iglesia, deseosa de estar cada vez más disponible a la voz del Espíritu, para ir con agilidad al encuentro con Cristo, el Esposo: «El Espíritu y la Novia dicen: "¡Ven!"» (Ap 22, 17). Vaticano, 29 de junio, solemnidad de los Santos Pedro y Pablo, del año 1999, vigésimo primero de mi Pontificado. EXHORTACIÓN APOSTÓLICA REDEMPTORIS CUSTOS DEL SUMO PONTÍFICE JUAN PABLO II SOBRE LA FIGURA Y LA MISIÓN DE SAN JOSÉ EN LA VIDA DE CRISTO Y DE LA IGLESIA A los Obispos A los Sacerdotes y Diáconos A los Religiosos y Religiosas A todos los fieles INTRODUCCIÓN 1. Llamado a ser el Custodio del Redentor, «José... hizo como el ángel del Señor le había mandado, y tomó consigo a su mujer» (Mt 1, 24). Desde los primeros siglos, los Padres de la Iglesia, inspirándose en el Evangelio, han subrayado que san José, al igual que cuidó amorosamente a María y se dedicó con gozoso empeño a la educación de Jesucristo, [1] también custodia y protege su cuerpo místico, la Iglesia, de la que la Virgen Santa es figura y modelo. En el centenario de la publicación de la Carta Encíclica Quamquam pluries del Papa León XIII, [2] y siguiendo la huella de la secular veneración a san José, deseo presentar a la consideración de vosotros, queridos hermanos y hermanas, algunas reflexiones sobre aquél al cual Dios «confió la custodia de sus tesoros más preciosos». [3] Con profunda alegría cumplo este deber pastoral, para que en todos crezca la devoción al Patrono de la Iglesia universal y el amor al Redentor, al que él sirvió ejemplarmente. De este modo, todo el pueblo cristiano no sólo recurrirá con mayor fervor a san José e invocará confiado su patrocinio, sino que tendrá siempre presente ante sus ojos su humilde y maduro modo de servir, así como de «participar» en la economía de la salvación. [4] Considero, en efecto, que el volver a reflexionar sobre la participación del Esposo de María en el misterio divino consentirá a la Iglesia, en camino hacia el futuro junto con toda la humanidad, encontrar continuamente su identidad en el ámbito del designio redentor, que tiene su fundamento en el misterio de la Encarnación. Precisamente José de Nazaret «participó» en este misterio como ninguna otra persona, a excepción de María, la Madre del Verbo Encarnado. El participó en este misterio junto con ella, comprometido en la realidad del mismo hecho salvífico, siendo depositario del mismo amor, por cuyo poder el eterno Padre «nos predestinó a la adopción de hijos suyos por Jesucristo» (Ef 1, 5). * * * JUAN PABLO II, carta (1988) Al Reverendo George V. Coyne, S.J. Director del Observatorio Vaticano “Gracia a vosotros y paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo”
INTRODUCCION Mientras se dispone a publicar los trabajos presentados en la Semana de Estudio celebrada en Castelgandolfo los días 21 a 26 de septiembre de 1987, aprovecho la ocasión para expresarle mi gratitud a usted, y por su medio a cuantos contribuyeron a esa gran iniciativa. Confío en que la publicación de estos trabajos asegurará el enriquecimiento ulterior de los frutos de ese esfuerzo. El tricentenario de la publicación de los Principios Matemáticos de la Filosofía Natural de Newton nos ha brindado una ocasión propicia para que la Santa Sede patrocinase una Semana de Estudio que investigara las múltiples relaciones entre la teología, la filosofía y las ciencias naturales. El personaje al que se rinde honor, Sir Isaac Newton, dedicó también buena parte de su vida al estudio de estos problemas, y sus reflexiones sobre ellos pueden verse en sus grandes obras, en sus manuscritos inacabados y en su vasta correspondencia. La publicación de los trabajos de ustedes en la Semana de Estudio, que retoman algunas de las mismas cuestiones examinadas por este gran genio, me ofrece la oportunidad de agradecerles los esfuerzos que han dedicado a un asunto de tan capital importancia. El tema de su congreso, “Nuestro conocimiento de Dios y de la Naturaleza: Física, Filosofía y Teología”, es con toda seguridad un tema crucial para el mundo contemporáneo. Debido a su relevancia, quisiera tratar algunas cuestiones que las relaciones entre las ciencias naturales, la filosofía y la teología plantean a la Iglesia y a la sociedad humana en general.
La Iglesia y la Academia se comprometen mutuamente como dos instituciones muy distintas pero ambas importantes dentro de la civilización humana y la cultura mundial. Tenemos ante Dios responsabilidades enormes para con la condición humana, ya que históricamente hemos ejercido y continuamos ejerciendo un influjo transcendental en el desarrollo de ideas y valores y en el curso de la actividad humana. Ambas poseemos historias que se extienden miles de años hacia atrás: la erudita comunidad académica, que se remonta a los orígenes de la cultura, a la ciudad, la biblioteca y la escuela; y la Iglesia con sus raíces históricas en el antiguo Israel. A menudo hemos entrado en contacto durante estos siglos, apoyándonos mutuamente en algunas ocasiones, y, en otras, enzarzándonos en conflictos innecesarios que han enturbiado nuestras historias. En su congreso nos hemos encontrado de nuevo; y ha sido bien oportuno que, al acercarnos al final del milenio, hayamos iniciado una serie de reflexiones en común acerca del mundo, tal como lo palpamos y tal como modela y cuestiona nuestras acciones. Gran parte de nuestro mundo parece estar fragmentado, en piezas inconexas. Muchas vidas humanas han transcurrido en el aislamiento o en la hostilidad. La división entre naciones ricas y naciones pobres continúa creciendo; el contraste entre las regiones del norte y del sur de nuestro planeta se hace cada vez más marcado e intolerable. El antagonismo entre razas y religiones escinde a los países en bandos en pugna; las animosidades de carácter histórico no dan signos de apaciguamiento. Aun dentro de la comunidad académica persiste la separación entre verdad y valores; y el aislamiento de sus diversas culturas –científica, humanística y religiosa– hace difícil, cuando no imposible, el discurso común.
Pero al mismo tiempo observamos, en amplios sectores de la comunidad humana, una creciente apertura crítica hacia gente de culturas y procedencias diferentes y de diferentes aptitudes y puntos de vista. Cada vez con más frecuencia la gente busca aproximación intelectual y colaboración, y descubre valores y experiencias que tienen en común, incluso dentro de su diversidad. Esta apertura, este intercambio dinámico, es una característica notable de las mismas comunidades científicas internacionales, y se basa en intereses, objetivos y empresas comunes, junto con una profunda conciencia de que las concepciones y logros de uno con frecuencia son esenciales para el progreso del otro. De un modo parecido pero más sutil ha sucedido esto y continúa sucediendo entre grupos más diversos –entre las comunidades que constituyen la Iglesia, e incluso entre la comunidad científica y la propia Iglesia–. Esta tendencia es esencialmente un movimiento hacia un tipo de unión que se resiste a la homogeneización y ansía la diversidad. Tal comunidad está regulada por un propósito común, y por una comprensión mutua que provoca un sentido de participación conjunta. Dos grupos, que quizá parecían no tener inicialmente nada en común, pueden empezar a establecer relaciones entre ellos al descubrir un objetivo que les une, y esto a su vez puede llevarles a campos más amplios de comprensión e interés mutuos. La Iglesia está participando en el movimiento por la unión de todos los cristianos como no lo hiciera nunca en su historia, promoviendo estudios, oración, y discusiones en común, para que “todos sean uno” (Jn 17:21). Se ha esforzado por liberarse de todo vestigio de antisemitismo, y por resaltar sus orígenes dentro del judaísmo y su deuda religiosa para con él. Se ha acercado a las grandes religiones del mundo con reflexión y oración, reconociendo los valores que todos tenemos en común, y nuestra confianza en Dios absoluta y universal.
Dentro de la misma Iglesia hay una sensación creciente de “iglesia mundial”, bien evidente en el último Concilio Ecuménico, en el que obispos nativos de todos los continentes –ya no predominantemente de origen europeo ni aun occidental– asumieron por primera vez su responsabilidad común para con toda la Iglesia. Los documentos surgidos de ese Concilio y los del magisterio han reflejado esta nueva concienciación mundial, tanto en su contenido como en su intento de dirigirse a toda la gente de buena voluntad. Durante este siglo, hemos sido testigos de un dinamismo de reconciliación y unidad que ha tomado muchas formas dentro de la Iglesia. Y no debería sorprendernos tal desarrollo. Al avanzar con tanto énfasis en esta dirección, la comunidad cristiana está realizando con mayor intensidad la actividad de Cristo en ella: “porque en Cristo estaba Dios, reconciliando al mundo consigo” (2 Cor 5:19). Nosotros mismos estamos llamados a proseguir esta reconciliación de los seres humanos, unos con otros y todos con Dios. Nuestra misma naturaleza como Iglesia implica este compromiso por la unidad. I. Condiciones del diálogo: autonomía y apertura Volviendo a la relación entre religión y ciencia, se ha producido un movimiento claro, aunque todavía frágil y provisional, hacia un intercambio entre ambas, nuevo y más matizado. Hemos entablado el diálogo entre ellas a niveles más profundos que antes, y con mayor apertura hacia los puntos de vista de una y otra; hemos comenzado a buscar juntos una comprensión más completa de las disciplinas de una y otra –con sus competencias y limitaciones–, y en especial de las áreas que ambas tienen en común. Al hacer esto, hemos puesto al descubierto cuestiones importantes que nos atañen a ambas partes, y que son vitales para la gran comunidad humana a la que ambas partes servimos. Es crucial que esta búsqueda en común, basada [M5] en apertura e intercambio críticos, no sólo continúe sino que crezca y ahonde en calidad y en alcance. Pues es imposible sobrestimar el impacto que cada una de ellas, religión y ciencia, ejerce y continuará ejerciendo sobre el curso de la civilización y sobre el mundo mismo, y es mucho lo que cada una de ellas puede ofrecer a la otra. Existe, por supuesto, la perspectiva de la unidad de todas las cosas y personas en Cristo, que actúa y está presente en nuestra vida cotidiana –en nuestras luchas, sufrimientos y alegrías, en nuestras búsquedas–, y que es el foco de la vida y el testimonio eclesiales. Esta perspectiva transmite a la gran comunidad un respeto profundo por cuanto es, una esperanza y seguridad de que la bondad, belleza y vida frágiles que percibimos en el universo están dirigiéndose hacia una plenitud y una consumación, que las fuerzas de disolución y muerte no anegarán jamás. Esta perspectiva proporciona también apoyo sólido a los valores que están surgiendo de nuestro conocimiento y aprecio por la creación, y de nosotros mismos como productos, conocedores y administradores de la creación. También las disciplinas científicas, como es obvio, nos están aportando una comprensión de nuestro universo en su totalidad, y de la increíble variedad y riqueza de procesos y estructuras complejamente relacionados, que constituyen sus componentes animados e inanimados. Este conocimiento nos ha facilitado una mayor comprensión de nosotros mismos y de nuestro papel humilde, pero único, dentro de la creación. A través de la tecnología nos ha otorgado también la capacidad de viajar, comunicarnos, construir, curar e investigar de formas que habrían sido casi inimaginables para nuestros antepasados. Tal conocimiento y poder, según hemos descubierto, pueden utilizarse con gran eficacia para elevar y mejorar nuestras vidas, o bien pueden explotarse para rebajar y destruir la vida humana y su entorno, incluso a escala global.
La unidad que, apoyándonos en nuestra fe en Jesucristo como Señor del universo, percibimos en la creación, y la correlativa unidad por la que nos afanamos en nuestras comunidades humanas, parecen reflejarse y aun reforzarse en lo que nos está revelando la ciencia contemporánea. Al contemplar el increíble desarrollo de la investigación científica, detectamos una tendencia básica a descubrir niveles de leyes y procesos que unifican la realidad creada y que, a su vez, han originado la gran diversidad de estructuras y organismos que constituyen el mundo físico y el biológico, e incluso el psicológico y el sociológico. La física contemporánea constituye un notable ejemplo. La búsqueda de la unificación de las cuatro fuerzas físicas fundamentales –gravitación, electromagnetismo, e interacciones nucleares fuerte y débil– ha experimentado un éxito creciente. Esta unificación podría perfectamente fusionar los descubrimientos de los campos subatómico y cosmológico, y aclarar tanto el origen del universo como, eventualmente, el origen de las leyes y constantes físicas que gobiernan su evolución. Los físicos poseen un conocimiento detallado, aunque incompleto y provisional, de las partículas elementales y de las fuerzas básicas a través de las cuales interaccionan a niveles energéticos bajos e intermedios. Actualmente tienen una teoría aceptable que unifica las fuerzas electromagnéticas y las nucleares débiles, junto con teorías de campos de gran unificación, mucho menos adecuadas pero aún prometedoras, que intentan incorporar también la interacción nuclear fuerte. Avanzando en la línea de este mismo desarrollo, hay ya varias sugerencias detalladas para la etapa final, la de la superunificación, es decir, la unificación de las cuatro fuerzas fundamentales, incluyendo la gravitatoria. ¿Acaso no es importante para nosotros caer en la cuenta de que, en un mundo de especialización tan detallada como el de la física contemporánea, existe este movimiento hacia la convergencia?
En las ciencias de la vida también ha sucedido algo similar. Los biólogos moleculares han investigado la estructura de la materia viva, sus funciones y sus procesos de replicación. Han descubierto que los mismos constituyentes básicos intervienen en la composición de todos los organismos vivientes en la tierra y constituyen tanto los genes como las proteínas que estos genes codifican. Ésta es otra impresionante manifestación de la unidad de la naturaleza. Al estimular la apertura entre la Iglesia y la comunidad científica, no estamos imaginando una unidad disciplinar entre teología y ciencia como la que existe dentro de un campo científico dado, o dentro de la misma teología. Mientras continúe el diálogo y la búsqueda en común, se avanzará hacia un entendimiento mutuo y un descubrimiento gradual de intereses comunes, que sentarán las bases para ulteriores investigaciones y discusiones. Qué forma adoptará esto exactamente, lo hemos de dejar al futuro. Lo importante es, como ya hemos recalcado, que el diálogo continúe y crezca en profundidad y alcance. En este proceso debemos superar toda tendencia regresiva a un reduccionismo unilateral, al miedo y al aislamiento autoimpuesto. Lo críticamente importante es, que cada disciplina continúe enriqueciendo, fortaleciendo y desafiando la otra, para que sea más plenamente lo que le toca ser, y para que contribuya a que veamos quiénes somos y en qué estamos convirtiéndonos. Podríamos preguntar si estamos o no preparados para este empeño crucial. ¿Está preparada la comunidad de religiones del mundo, incluida la Iglesia, para entablar un diálogo más a fondo con la comunidad científica, un diálogo en que se mantenga la integridad tanto de la religión como de la ciencia, y se fomente el avance de ambas? ¿Está preparada la comunidad científica para abrirse al cristianismo, [M8] e incluso a todas las grandes religiones del mundo que colaboran con nosotros para construir una cultura más humana y de ese modo más divina? ¿Nos atrevemos a arriesgar la honestidad y el coraje que exige esta tarea? Nos hemos de preguntar, si ambas, ciencia y religión, contribuirán a la integración de la cultura humana, o si lo harán a su fragmentación. Es una elección única, que nos atañe a todos. Porque ya no cabe una simple posición neutral. Si van a crecer y alcanzar su mayoría de edad, las gentes no pueden continuar viviendo en compartimentos estancos, persiguiendo intereses totalmente divergentes desde los que evalúan y juzgan a su mundo. Una comunidad dividida fomenta una visión fragmentada del mundo, mientras que una comunidad de intercambio anima a sus miembros a ensanchar sus perspectivas parciales y formar una nueva visión unificada. Mas la unidad que pretendemos, como ya hemos subrayado, no es identidad. La Iglesia no propone que la ciencia se convierta en religión, o viceversa. La unidad, por el contrario, presupone siempre la diversidad y la integridad de sus componentes. Cada uno de estos miembros debería hacerse, no cada vez menos él mismo, sino más él mismo, en un intercambio dinámico; porque una unidad en la que uno de los elementos se reduce al otro es destructiva, falsa en sus promesas de armonía, y amenazadora para la integridad de sus componentes. Estamos llamados a hacernos uno. No a convertirnos cada uno en el otro. Para ser más específico, tanto la religión como la ciencia deben preservar su autonomía y su peculiaridad. La religión no está basada en la ciencia, ni la ciencia es una extensión de la religión. Cada una debe poseer sus propios principios, sus modos de proceder, sus diversidades interpretativas y sus propias [M9] conclusiones. El cristianismo posee su fuente de justificación dentro de sí mismo, y no espera que la ciencia constituya su principal apologética. La ciencia debe atestiguar su propia valía. Mientras cada una puede y debe apoyar a la otra como dimensiones distintas de una cultura humana común, ninguna debe suponer que constituye una premisa necesaria para la otra. La oportunidad sin precedentes que tenemos hoy es la de lograr una relación interactiva común, en la que cada disciplina conserve su integridad y, sin embargo, esté radicalmente abierta a los descubrimientos y concepciones de la otra. II. Promesas del diálogo: enriquecimiento mutuo Pero ¿por qué es un valor para ambas la apertura crítica y el intercambio mutuo? La unidad implica el esfuerzo de la mente humana por llegar a comprender y el anhelo del espíritu humano por amar. Cuando los seres humanos intentan comprender la multiplicidad que les rodea, cuando intentan dar sentido a su experiencia, lo hacen incluyendo muchos factores en una visión común. Se logra la comprensión cuando muchos datos son unificados por una estructura común. Una cosa ilumina muchas, da sentido a la totalidad. La simple multiplicidad es un caos; una concepción, un modelo único, puede estructurar ese caos y convertirlo en inteligible. Nos dirigimos hacia la unidad, en la medida en que nos dirigimos hacia un sentido en nuestras vidas. La unidad es también la consecuencia del amor. Si el amor es auténtico, no pretende asimilar al otro sino unirse con el otro. La comunidad humana se siente intranquila cuando esa unión no se ha alcanzado, y se llena de gozo cuando se unen los que estaban separados. En los documentos más antiguos de la Iglesia, el realizar comunidad, en el sentido radical de esa palabra, era concebido como la promesa y el objetivo del evangelio: “Lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos, para que también [M10] vosotros estéis en comunión con nosotros; y nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo, Jesucristo. Y os escribimos esto para que nuestro gozo sea completo” (1 Jn 1:3-4). Más adelante, la Iglesia echó mano de las ciencias y las artes, al fundar grandes universidades y construir monumentos de insuperable belleza, de forma que todas las cosas fueran recapituladas en Cristo (Ef 1:10). ¿A qué anima, entonces, la Iglesia con esta unidad relacional entre ciencia y religión? Ante todo y sobre todo, a que lleguen a comprenderse mutuamente. Durante demasiado tiempo se han mantenido alejadas. Se ha definido la teología como un esfuerzo de la fe por alcanzar comprensión, como fides quaerens intellectum. Como tal, debe estar hoy en intercambio vital con la ciencia, del mismo modo que lo ha estado siempre con la filosofía y otros saberes. La teología tendrá que recurrir a los descubrimientos de la ciencia en uno u otro grado, mientras siga siendo principal incumbencia suya: el ser humano, los logros de la libertad, las posibilidades de la comunidad cristiana, la naturaleza de la fe y la inteligibilidad de la naturaleza y de la historia. La vitalidad y trascendencia de la teología para la humanidad se reflejarán profundamente en su capacidad para incorporar estos descubrimientos. Ahora viene una cuestión de delicada importancia, que hemos de matizar con cuidado. No es propio de la teología incorporar indiferentemente cada nueva teoría filosófica o científica. Sin embargo, cuando estos descubrimientos llegan a formar parte de la cultura intelectual de la época, los teólogos deben entenderlos y contrastar su valor en orden a extraer del pensamiento cristiano alguna de las posibilidades aún no realizadas. El hilemorfismo de la filosofía natural de Aristóteles, por ejemplo, fue adoptado por los teólogos medievales, para servirse de él en el examen de la [M11] naturaleza de los sacramentos y la unión hipostática. Esto no significaba que la Iglesia juzgara la verdad o falsedad de la concepción aristotélica, ya que eso no es incumbencia suya. Significaba que ésta era una de las grandes concepciones ofrecidas por la cultura griega, que necesitaba ser comprendida, tomada en serio y contrastada en cuanto a su valor para iluminar diversas áreas de la teología. Los teólogos podrían preguntarse hoy si, con respecto a la ciencia, la filosofía y otras áreas del conocimiento humano contemporáneas, han llevado ellos a cabo este proceso extraordinariamente difícil, con la perfección con que lo hicieron estos maestros medievales. Si las cosmologías antiguas del Cercano Oriente pudieron purificarse e incorporarse a los primeros capítulos del Génesis, la cosmología contemporánea ¿podría tener algo que ofrecer a nuestras reflexiones sobre la creación? Una perspectiva evolucionista ¿arroja alguna luz aplicable a la antropología teológica, el significado de la persona humana como imago Dei, el problema de la Cristología –e incluso sobre el desarrollo de la doctrina misma–? ¿Cuáles son, si hay alguna, las implicaciones escatológicas de la cosmología contemporánea, atendiendo en especial al inmenso futuro de nuestro universo? ¿Puede el método teológico apropiarse con fruto concepciones de la metodología científica y de la filosofía de la ciencia? Cuestiones de este género pueden sugerirse en abundancia. Proseguir su estudio requeriría el tipo de diálogo intenso con la ciencia contemporánea que, en general, ha faltado entre los dedicados a la investigación y enseñanza teológicas. Esto implicaría que al menos algunos teólogos fueran suficientemente versados en ciencias, para hacer un uso autentico y creativo de los recursos que las teorías mejor establecidas pudieran proporcionarles. Tal pericia les prevendría de usar, de forma no crítica y demasiado precipitada con propósitos apologéticos, teorías [M12] recientes como la del big-bang en cosmología. E igualmente impediría que descartasen por completo la relevancia potencial de tales teorías en orden a profundizar la comprensión en áreas tradicionales de investigación teológica. En este proceso de aprendizaje mutuo, podrían servir como recurso clave los miembros de la Iglesia que son científicos activos o bien, en casos especiales, los que son a la vez científicos y teólogos. Ellos pueden proporcionar además un ministerio sacerdotal muy necesario, para quienes luchan por integrar los mundos de la ciencia y de la religión en sus propias vidas intelectuales y espirituales, así como para los que se enfrentan con decisiones morales difíciles, en asuntos de investigación y aplicación tecnológica. Hay que formar y animar tales ministrospuente. Hace tiempo, la Iglesia reconoció la trascendencia de tales vinculaciones al establecer la Academia Pontificia de Ciencias, en la que algunos de los científicos más destacados del mundo se reúnen con regularidad para discutir juntos sus investigaciones y dar a conocer a la comunidad humana hacia dónde se dirigen los descubrimientos. Pero se necesita mucho más. El asunto es urgente. Los avances contemporáneos de la ciencia constituyen un desafío a la teología mucho más profundo que el que constituyó la introducción de Aristóteles en la Europa Occidental del siglo XIII. Y estos avances ofrecen también recursos de potencial trascendencia para la teología. Del mismo modo que la filosofía aristotélica, por el ministerio de estudiosos de la magnitud de Santo Tomás de Aquino, acabó configurando algunas de las más profundas expresiones de la doctrina teológica, ¿acaso no podemos esperar que las ciencias de hoy, junto con todas las formas del conocimiento humano, puedan vigorizar e informar las partes de la empresa teológica que se relacionan con la naturaleza, la humanidad y Dios?
¿Puede también la ciencia beneficiarse de este intercambio? Parece que así debería ser. Pues la ciencia se desarrolla mejor cuando sus conceptos y conclusiones se integran en la gran cultura humana y en su interés por el sentido y el valor últimos. Por ello, los científicos no pueden mantenerse totalmente al margen de los tipos de cuestiones tratadas por filósofos y teólogos. Dedicando a estas cuestiones algo de la energía y el cuidado que prestan a su investigación científica, pueden ayudar a que otros realicen con mayor plenitud los potenciales humanos de sus descubrimientos. Pueden también llegar a apreciar, que estos descubrimientos no pueden ser un sustituto genuino del conocimiento de lo verdaderamente último. La ciencia puede liberar a la religión de error y superstición; la religión puede purificar la ciencia de idolatría y falsos absolutos. Cada una puede atraer a la otra hacia un mundo más amplio, un mundo en el que ambas pueden florecer. Porque lo cierto es que la Iglesia y la comunidad científica interactuarán inevitablemente; entre sus opciones no está incluido el aislamiento. Los cristianos asimilarán inevitablemente las ideas predominantes sobre el mundo, las cuales están hoy profundamente configuradas por la ciencia. La cuestión es si lo harán crítica o irreflexivamente, con profundidad y precisión o con una superficialidad que envilece el evangelio y nos deja avergonzados ante la historia. Los científicos, como todos los seres humanos, tomarán decisiones sobre lo que da sentido y valor últimos a sus vidas y a su trabajo. Y lo harán bien o mal, con la profundidad reflexiva que la sabiduría teológica les pueda ayudar a alcanzar, o con una desconsiderada absolutización de sus resultados más allá de sus límites propios y razonables. Tanto la Iglesia como la comunidad científica han de afrontar esas alternativas inevitables. Haremos nuestras elecciones mucho mejor si vivimos en una [M14] interacción colaboradora, en la que somos llamados continuamente a ser más. Sólo una relación dinámica entre teología y ciencia puede revelar los límites que mantienen la integridad de cada disciplina, de forma que la teología no se profese una pseudociencia y la ciencia no se convierta en una inconsciente teología. El conocimiento que desde cada una poseemos sobre la otra puede ayudarnos a ser más auténticamente nosotros mismos. Nadie puede leer la historia del siglo pasado y no darse cuenta de que la crisis nos acecha a ambas partes. En más de una ocasión las aplicaciones de la ciencia han demostrado ser masivamente destructivas, y con demasiada frecuencia las ideas de la religión han sido estériles. Necesitamos cada uno del otro para ser lo que hemos de ser: lo que estamos llamados a ser. Por tanto, con esta ocasión del tricentenario de Newton la Iglesia, hablando por mi ministerio, se invita a si misma e invita a la comunidad científica a intensificar las relaciones constructivas de intercambio a través de la unidad. Estáis llamados a aprender los unos de los otros, a renovar el contexto en el que se hace la ciencia y a nutrir la inculturación que requiere una teología viva. Cada una de ambas partes tenéis todo que ganar de esta interacción, y la comunidad humana a la que ambas servimos tiene derecho a exigírnoslo. Sobre cuantos participaron en la Semana de Estudio patrocinada por la Santa Sede y sobre cuantos lean y estudien los trabajos aquí publicados, invoco sabiduría y paz en Nuestro Señor Jesucristo e imparto cordialmente mi bendición apostólica. Pero ¿por qué es un valor para ambas la apertura crítica y el intercambiomutuo? La unidad implica el esfuerzo de la mente humana por llegar a comprendery el anhelo del espíritu humano por amar. Cuando los seres humanos intentancomprender la multiplicidad que les rodea, cuando intentan dar sentido a suexperiencia, lo hacen incluyendo muchos factores en una visión común. Se logra lacomprensión cuando muchos datos son unificados por una estructura común. Unacosa ilumina muchas, da sentido a la totalidad. La simple multiplicidad es un caos;una concepción, un modelo único, puede estructurar ese caos y convertirlo eninteligible. Nos dirigimos hacia la unidad, en la medida en que nos dirigimos haciaun sentido en nuestras vidas. La unidad es también la consecuencia del amor. Si elamor es auténtico, no pretende asimilar al otro sino unirse con el otro. Lacomunidad humana se siente intranquila cuando esa unión no se ha alcanzado, y sellena de gozo cuando se unen los que estaban separados.En los documentos más antiguos de la Iglesia, el realizar comunidad, en elsentido radical de esa palabra, era concebido como la promesa y el objetivo delevangelio: “Lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos, para que también [M10]vosotros estéis en comunión con nosotros; y nosotros estamos en comunión con elPadre y con su Hijo, Jesucristo. Y os escribimos esto para que nuestro gozo seacompleto” (1 Jn 1:3-4). Más adelante, la Iglesia echó mano de las ciencias y lasartes, al fundar grandes universidades y construir monumentos de insuperablebelleza, de forma que todas las cosas fueran recapituladas en Cristo (Ef 1:10).¿A qué anima, entonces, la Iglesia con esta unidad relacional entre ciencia yreligión? Ante todo y sobre todo, a que lleguen a comprenderse mutuamente.Durante demasiado tiempo se han mantenido alejadas. Se ha definido la teologíacomo un esfuerzo de la fe por alcanzar comprensión, como fides quaerensintellectum. Como tal, debe estar hoy en intercambio vital con la ciencia, del mismomodo que lo ha estado siempre con la filosofía y otros saberes. La teología tendráque recurrir a los descubrimientos de la ciencia en uno u otro grado, mientras sigasiendo principal incumbencia suya: el ser humano, los logros de la libertad, lasposibilidades de la comunidad cristiana, la naturaleza de la fe y la inteligibilidad de lanaturaleza y de la historia. La vitalidad y trascendencia de la teología para lahumanidad se reflejarán profundamente en su capacidad para incorporar estosdescubrimientos.Ahora viene una cuestión de delicada importancia, que hemos de matizar concuidado. No es propio de la teología incorporar indiferentemente cada nueva teoríafilosófica o científica. Sin embargo, cuando estos descubrimientos llegan a formarparte de la cultura intelectual de la época, los teólogos deben entenderlos y contrastarsu valor en orden a extraer del pensamiento cristiano alguna de las posibilidades aúnno realizadas. El hilemorfismo de la filosofía natural de Aristóteles, por ejemplo, fueadoptado por los teólogos medievales, para servirse de él en el examen de la [M11]naturaleza de los sacramentos y la unión hipostática. Esto no significaba que laIglesia juzgara la verdad o falsedad de la concepción aristotélica, ya que eso no esincumbencia suya. Significaba que ésta era una de las grandes concepcionesofrecidas por la cultura griega, que necesitaba ser comprendida, tomada en serio ycontrastada en cuanto a su valor para iluminar diversas áreas de la teología. Losteólogos podrían preguntarse hoy si, con respecto a la ciencia, la filosofía y otrasáreas del conocimiento humano contemporáneas, han llevado ellos a cabo esteproceso extraordinariamente difícil, con la perfección con que lo hicieron estosmaestros medievales.Si las cosmologías antiguas del Cercano Oriente pudieron purificarse e incorporarsea los primeros capítulos del Génesis, la cosmología contemporánea ¿podríatener algo que ofrecer a nuestras reflexiones sobre la creación? Una perspectivaevolucionista ¿arroja alguna luz aplicable a la antropología teológica, el significadode la persona humana como imago Dei, el problema de la Cristología –e inclusosobre el desarrollo de la doctrina misma–? ¿Cuáles son, si hay alguna, lasimplicaciones escatológicas de la cosmología contemporánea, atendiendo en especialal inmenso futuro de nuestro universo? ¿Puede el método teológico apropiarse confruto concepciones de la metodología científica y de la filosofía de la ciencia?Cuestiones de este género pueden sugerirse en abundancia. Proseguir suestudio requeriría el tipo de diálogo intenso con la ciencia contemporánea que, engeneral, ha faltado entre los dedicados a la investigación y enseñanza teológicas.Esto implicaría que al menos algunos teólogos fueran suficientemente versados enciencias, para hacer un uso autentico y creativo de los recursos que las teorías mejorestablecidas pudieran proporcionarles. Tal pericia les prevendría de usar, de formano crítica y demasiado precipitada con propósitos apologéticos, teorías [M12]recientes como la del big-bang en cosmología. E igualmente impediría quedescartasen por completo la relevancia potencial de tales teorías en orden aprofundizar la comprensión en áreas tradicionales de investigación teológica.En este proceso de aprendizaje mutuo, podrían servir como recurso clave losmiembros de la Iglesia que son científicos activos o bien, en casos especiales, losque son a la vez científicos y teólogos. Ellos pueden proporcionar además unministerio sacerdotal muy necesario, para quienes luchan por integrar los mundos dela ciencia y de la religión en sus propias vidas intelectuales y espirituales, así comopara los que se enfrentan con decisiones morales difíciles, en asuntos deinvestigación y aplicación tecnológica. Hay que formar y animar tales ministrospuente.Hace tiempo, la Iglesia reconoció la trascendencia de tales vinculaciones alestablecer la Academia Pontificia de Ciencias, en la que algunos de los científicosmás destacados del mundo se reúnen con regularidad para discutir juntos susinvestigaciones y dar a conocer a la comunidad humana hacia dónde se dirigen losdescubrimientos. Pero se necesita mucho más.El asunto es urgente. Los avances contemporáneos de la ciencia constituyenun desafío a la teología mucho más profundo que el que constituyó la introducciónde Aristóteles en la Europa Occidental del siglo XIII. Y estos avances ofrecentambién recursos de potencial trascendencia para la teología. Del mismo modo quela filosofía aristotélica, por el ministerio de estudiosos de la magnitud de SantoTomás de Aquino, acabó configurando algunas de las más profundas expresionesde la doctrina teológica, ¿acaso no podemos esperar que las ciencias de hoy, juntocon todas las formas del conocimiento humano, puedan vigorizar e informar laspartes de la empresa teológica que se relacionan con la naturaleza, la humanidad yDios?¿Puede también la ciencia beneficiarse de este intercambio? Parece que asídebería ser. Pues la ciencia se desarrolla mejor cuando sus conceptos yconclusiones se integran en la gran cultura humana y en su interés por el sentido yel valor últimos. Por ello, los científicos no pueden mantenerse totalmente al margende los tipos de cuestiones tratadas por filósofos y teólogos. Dedicando a estascuestiones algo de la energía y el cuidado que prestan a su investigación científica,pueden ayudar a que otros realicen con mayor plenitud los potenciales humanos desus descubrimientos. Pueden también llegar a apreciar, que estos descubrimientosno pueden ser un sustituto genuino del conocimiento de lo verdaderamente último.La ciencia puede liberar a la religión de error y superstición; la religión puedepurificar la ciencia de idolatría y falsos absolutos. Cada una puede atraer a la otrahacia un mundo más amplio, un mundo en el que ambas pueden florecer.Porque |