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Cuando los hombres olvidan a Dios...

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Alfa y Omega > Nº 667 > Contraportada
 

Qué significa ser conservador es una selección de textos de Russel Kirk, referencia del pensamiento conservador norteamericano en el siglo XX, que acaba de publicar Ciudadela. Entre los ensayos, se encuentra esta reflexión sobre la decadencia de las sociedades

Un libro animado, aunque también deprimente, sobre el tema de la decadencia es Decadence: a Phlilosophical Inquiry [Decadencia: una investigación filosófica] (1948), de C.E.M. Joad, que enumera algunas características de las sociedades decadentes: lujuria, escepticismo, hastío, superstición, preocupación por el yo y sus experiencias. Se trata de sociedades «que promueven y son promovidas por un análisis subjetivista de los juicios morales, estéticos, metafísicos y teológicos». Quien no reconozca la agudeza del análisis de Joad a este respecto, será porque vive una vida especialmente apartada del mundo.
El mordaz ingenio de C. Northcote Parkinson se centra en la historia de la decadencia social, en su The Lay of Longer Life [La ley de la vida más prolongada] (1978). Parkinson distingue seis fases, desde un punto de vista histórico, que las civilizaciones atraviesan en su camino de disolución. En primer lugar, una excesiva concentración política, como en Babilonia, Persépolis, Roma ,Pekín, Delhi, París y Londres.
En segundo lugar, un crecimiento desmesurado de la fiscalidad, convertida en «el método de interferencia del Gobierno en la vida comercial, industrial y social… Los impuestos llevados al límite, y más lejos aún, siempre han sido síntoma de decadencia y preludio al desastre».
En tercer lugar, «el crecimiento de un sistema administrativo pletórico». Esto favorece la constitución de una gran máquina política anónima. «Los hombres que teóricamente detentan el poder, sorprendentemente ejercen muy poca autoridad, ya que están atrapados en una máquina que se mueve lentamente en dirección indefinida».
En cuarto lugar, «la promoción de personas inadecuadas». En el laberinto de la burocracia política, «tener ideas originales sería un obstáculo para el éxito… La sociedad entera, así como su organización, cae en la letargia y la pesadez, se vuelve rutinaria y dócil».
En quinto lugar, «el impulso de gastar en exceso». Después de décadas de gasto público excesivo, «desprovisto del valor para reducir sus gastos, desprovisto de los medios para mejorar sus ingresos (toda vez que los impuestos han sido llevados al límite), el Gobierno contrae una enorme deuda, que deposita sobre los hombros de futuras generaciones».
En sexto lugar, «las opiniones progresistas», es decir, un sentimentalismo fofo que debilita la mente y la voluntad de gran parte de la población de la nación. «Nuestra argumentación no pretende demostrar que las personas bien intencionadas estén equivocadas, sino que su actitud es decadente. Lo que las mueve es el sentimiento, en lugar de la razón, y en sí esto es un síntoma de decadencia. Para ser más preciso, únicamente les importa el presente».
¡Verdades como puños! Pienso que nuestros dos autores están en lo correcto. Y sin embargo, me parece que ninguno señala directamente la causa principal del ruinoso deterioro de las grandes culturas. Un escritor reciente que ha descrito esa causa principal con palabras muy conmovedoras es Alexandr Solzhenitsyn. Citaré sólo un extracto del discurso que pronunció al recibir el Premio Templeton, en 1983: «Hace más de medio siglo, cuando aún era un niño, recuerdo haber oído a muchas personas mayores que daban la siguiente explicación a los grandes desastres que se habían abatido sobre Rusia: Los hombres se han olvidado de Dios, por eso ha sucedido todo esto». Y es que cultura viene de culto...
Russel Kirk

 
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