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PRIMER VIAJE DE JUAN PABLO II A POLONIA
Es casi desconocida la relación que hubiesen podido tener el Papa Luciani (Juan Pablo I) y Juan Pablo II, no solo por el poco tiempo que aquel ejerció como Obispo de Roma si no por la relación que como cardenales ambos hubieran podido tener con anterioridad.
Será difícil conocer exactamente la influencia que Juan Pablo I pudo haberle dejado en herencia a Juan Pablo II. Tal vez más de la que podamos imaginara y todo hace suponer que en la vocación de evangelizar en cualquier rincón de la tierra, Juan Pablo I tuvo mucho que ver.
Veamos algunas declaraciones que se le atribuyen: “iré donde me llamen, a cada país, cada tierra, especialmente a países pobres, donde hay hambre y guerra. Quiero ser el padre, el amigo el hermano que va de peregrino y misionero a encontrar a todos, que lleva la paz, que confirma en la fe a los hijos y hermanos, defensor de la justicia, de los débiles, que abraza a los pobres, a los perseguidos, que consuela a los encarcelados, a los exiliados, a los que no tienen patria, a los enfermos…”
Un hombre de Dios como Juan Pablo II debería quedar turbado por lo que su predecesor no había podido realizar y bien pudiera ser que Juan Pablo II recogiera esta iniciativa que sería novedad en la agenda de un Papa. Llego a decir: “seré un Papa trotamundos”.
Analizando en profundidad los viajes del Papa, observaremos que cada uno de ellos tenía un trasfondo de enorme calado, hemos visto el que realizo a México y ahora nos ocuparemos del segundo viaje de Juan Pablo II a su tierra natal Polonia.
El 2 de junio de 1979 no fue la fecha escogida ni por Juan Pablo II ni por sus colaboradores responsables del viaje de su santidad a su tierra natal. La gran ilusión que le hacía regresar a la tierra de sus padres, a su casa, al lugar en donde se manifestó su excelsa vocación le transformaban en un niño que tenía la ilusión desbordante de convertir su mayor sueño en la más pura realidad. Con la misma intensidad que Juan Pablo II quería llegar a Varsovia, las autoridades gubernamentales ejercían esa misma intensidad para oponerse.
Esta situación no sorprendería a los observadores de uno y otro lado. Juan Pablo II deseaba por muchos motivos viajar cuanto antes a Polonia para transmitir a todo el gran pueblo polaco que Dios le había elegido por alguna razón de peso “liberarles de régimen comunista” y ofrecerles todo el apoyo necesario para la larga transición que ello supondría. El Papa conocía muy bien a sus gentes y la gran fe que tenían, solamente con un mensaje de esperanza lograría devolverles la ilusión y las ganas de luchar para que la voluntad de Wojtyla se convirtiese en realidad.
La otra cara de la moneda estaba fielmente representada por los altos cargos del partido en el poder cuyo secretario Edward Gierek se debatía entre dos frentes, el de sus propios sentimientos como polaco y la enorme presión que Moscú ejerció en la persona de Leonid Brézhnev, desde el mismo día del nombramiento de Juan Pablo II como Obispo de Roma. Después de largas discusiones más o menos tensas se llego a un consenso que tan solo un vicario de Cristo podría asumir con humildad prescindiendo del formato de recibimiento que por fin las autoridades comunistas de Polonia habían decidido dispensarle.
Desde este mismo instante el Gran Papa conseguiría sin que apenas se notase un éxito político sin precedentes para el inicio de la erradicación del comunismo en la zona eslava. Como veremos a continuación el resultado del viaje desde el punto de vista religioso y evangelizador fue un éxito sin precedentes. Las gentes respondieron a su representante en Roma con un fervor, entrega entusiasmo y admiración difícilmente relatables.
Sus primeras palabras dirigidas hacia sus compatriotas fueron de una extrema claridad e identificación con todo el pueblo polaco: “ ¡Queridísimos hermanos y hermanas, compatriotas míos¡ Llego a vosotros como un hijo de esta tierra, de esta nación, y al mismo tiempo por inescrutables designios de la Providencia como sucesor de Pedro en la sede de Roma¡ Os agradezco que no me hayáis olvidado. , desde el día en que fui elegido, no habéis cesado de ayudarme con vuestra oración, manifestándome desde ese momento singular benevolencia.
Os agradezco que me hayáis invitado. Os saludo en el espíritu y os abrazo con el corazón a cada persona que vive en tierra polaca.
Las calles de Varsovia aparecían llenas de gentes y de flores, un perfecto orden se apreciaba en las calles por donde el Papa circulaba hacia la catedral acompañado por el Cardenal Wyzynski, cuando la vio un nudo en la garganta no le impidió pronunciar las siguientes palabras, llenas de fuerza y convicción: < No se puede excluir a Cristo de la historia del hombre en ninguna parte de la tierra. La exclusión de Cristo en la historia del hombre es un acto contra el hombre. Sin Él es imposible entender la historia de los hombres que han pasado y pasarán por esta tierra. La historia de las naciones es sobre todo la historia de los hombres. Y la historia de cada hombre cobra su sentido a la luz de Cristo. En Él se convierte en historia de salvación>.
Cuando se volvió a dirigir al pueblo polaco, esta vez desde la sede del primado de Polonia, se sintió totalmente legitimizado para decir gritando con gran fuerza en su voz: <Este Papa, sangre de vuestra sangre y hueso de vuestros huesos, viene a hablar a toda la Iglesia, a Europa y a todo el mundo, de estas naciones y de esa población tan frecuentemente olvidada. ¿No querrá Cristo que este Papa polaco, que este Papa eslavo, manifieste hoy como debe hacerse en justicia, la unidad espiritual que existe en la Europa cristiana, deudora de las grandes tradiciones de Oriente y de Occidente, que profesa una sola fe, un solo bautismo y que cree en un solo Dios y Padre de todos.
Y quizá por esto Dios le ha escogido, el Espíritu Santo le ha guiado, para que introduzca en la comunión de la Iglesia la comprensión de palabras y lenguas que hasta ahora parecían extrañas a los oídos habituados sonidos romanos, germánicos, anglosajones y franceses.
Con esta contundencia Juan Pablo II consiguió lanzar la primera semilla de lo que sería su influencia política y social a lo largo de todos sus 26 años de irrepetible pontificado.
Juan Pablo II, utilizo nueve días de estancia en Polonia para terminar de entender que eslabones le quedarían sueltos para unificar la vieja Europa erradicando el comunismo y desde su responsabilidad como vicario de Jesucristo en la tierra, comprender algunas amarguras evidentes del pasado. Esta valentía que le caracterizo a lo largo de todo su pontificado –incluso en los últimos días de su existencia- hizo que su persona se hiciera presente en el horror de los campos de concentración y exterminio de Auschwitz-Birkenau. El Papa no se paseo fugazmente por ese infame lugar en busca de protagonismo. Paseo con conocimiento sobre cada rincón que representaba su propia historia, rezo, dejo ramos de flores e incluso se le humedecieron sus vivaces ojos, interpretando el infame holocausto allí perpetrado.
El Santo Padre, como es natural, tuvo la necesidad de acudir a la tumba de su madre, padre y hermanos, donde muy posiblemente oro y vivió momentos de gran fe cristiana que soporto con absoluta entereza.
Podríamos resumir que Juan Pablo II en estos nueve días había conseguido transmitir a casi todo el pueblo polaco una enorme esperanza, una gran valentía y una seguridad tan firme entre sus gentes que nada les detuvo en los difíciles enfrentamientos sindicales que en busca de la paz social aparecerían con posterioridad. Fueron sin duda, nueve días que iniciarían el cambio del mundo.
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PRIMER VIAJE PAPAL A LATINOAMERICA (MEXICO)
Tan solo dos días de pontificado bastaron para que Juan Pablo II tomara una decisión que marcaría sus 26 años como el 264 Obispo de Roma. El 22 de diciembre de 1978 anunció al Colegio Cardenalicio su decisión de viajar a México, con objeto de la celebración de la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano (CELAM).
Se trataba de la primera peregrinación del Papa y no sería casualidad que eligiera una de las iglesias mas perseguidas desde la primera mitad del siglo, por los revolucionarios.
El 26 de enero de 1979 Juan Pablo II llegaba al aeropuerto de México DF y fue recibido sin honores de Jefe de Estado por el Presidente Portillo. Cientos de miles de personas se apostaron entre el aeropuerto y la ciudad, gritando al Santo Padre: "Bienvenido a su casa".
El Papa tenía una enorme responsabilidad cuando acudió a una sesión de la CELAM en donde tendría que explicar que clase de Iglesia iba a ser en América Latina después de Vaticano II y del gran debate sobre "la teología de la liberación" tan acuñada por el propio Juan Pablo II. El problema era mayor porque el modelo en el que se relacionaba la Iglesia Católica con la sociedad, había sido relanzado por el Concilio Vaticano II (las alianzas entre el altar y las juntas militares, no casaban con la Iglesia).
Era muy claro que la Iglesia estaba comprometida con las injusticias con que se enfrentaban los pobres en América Latina, lo que no quedaba nada claro era ¿Cómo lo harían para evitarlo?
Juan Pablo II se encontró con una Iglesia más inclinada a favor de la oligarquía que en prestar mayor protagonismo a los pobres. Las teologías de la liberación, acertaban en plantear una renovación católica de abajo arriba, logrando un mayor equilibrio hasta conseguir devolver la Biblia, al pueblo. El Papa debía afrontar soluciones en el seno de la jerarquía latinoamericana.
Era en la ciudad de Puebla en donde se celebraba la asamblea de la CELAM. Juan Pablo II tuvo una sesión con los obispos latinoamericanos en la que se estableció un lenguaje, sencillo y extremadamente humano, les dijo: "he venido como el hermano que visita a unos hermanos muy queridos" y expresó su admiración por los resultados conseguidos en las dos últimas asambleas, Río de Janeiro 1958 y Medellín (Colombia)1968. Los Obispos habían ido a Puebla como "pastores de la Iglesia". La verdad encomendada a los Obispos era "la verdad sobre Jesucristo" tal y como había confesado Pedro: "tu eres Cristo, el hijo de Dios vivo"
El "reino de Dios" no podía reducirse al "nuevo cambio de estructura" de la sociedad, porque un reino politizado y secularizado devalúa la libertad que busca toda persona.
La tarea de los Obispos como pastores y maestros de la verdad era "defender la dignidad humana como valor del Evangelio que no puede despreciarse sin ofender gravemente al Creador". Como siempre el futuro estaba en manos de Dios quien a su vez ese futuro lo puso en manos de los Obispos. "con nuevo ímpetu evangelizador: "Id, pues-dijo Juan Pablo II a sus hermanos-, y haced discípulos a todas las gentes".
En los estados de Oaxaca y Chiapas Juan Pablo II dijo a sus oyentes que "quería ser su voz" la voz de los que no pueden hablar o son silenciados. Cargó contra las injusticias que habían alterado las vidas de los pobres en América Latina y acuso a los responsables que siguieran oprimiendo a los que no tenían poder.
Todas las intervenciones de Juan Pablo II en México dejaron un claro mensaje sobre lo que el Papa defendió y defendería a lo largo de su mandato,
Este primer viaje de Juan Pablo II a México sirvió, entre otras muchas cosas, para disiparle cualquier duda que pudiese tener acerca del icono que debía resguardar:
Se confirmo la voluntad papal de lanzar la primera encíclica, aquella en la que el Papa expondría el humanismo cristiano que constituía el programa de todo su pontificado.