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"CRUZANDO EL UMBRAL DE LA ESPERANZA":
ALGUNAS CLAVES FILOSÓFICAS
Silvana Capano
Junio 2001
"El Papa, que comenzó Su pontificado con la palabras "¡No tengáis miedo!", procura ser plenamente fiel a tal exhortación, y está siempre dispuesto a servir al hombre, a las naciones, y a la humanidad entera en el espíritu de esta verdad evangélica".
Cruzando el umbral de la Esperanza
INTRODUCCIÓN
A partir de la lectura de la entrevista realizada por Vittorio Messori a Juan Pablo II, recogida en la obra "Cruzando el umbral de la Esperanza", se tomarán en cuenta algunos aspectos centrales para la elaboración de este informe.
Este libro, es sin duda, un testimonio para el hombre contemporáneo, que presenta pistas para prácticamente todos los desafíos que hoy le toca enfrentar. Por su variedad de temas, es una guía en el obrar, iluminando muchos aspectos que hoy aparecen oscurecidos.
Procuraré, en una primera parte, exponer brevemente el contenido de cada uno de los capítulos, para abordar la vastedad de temas tratados.
Luego de esta exposición, presentaré los núcleos temáticos filosóficos que puedo percibir como ejes centrales de todo el libro: una gran preocupación antropológica, que deriva en el concepto de persona, verdad, libertad, y sentido de la vida- ítems unidos a la reflexión sobre el hombre-.
Finalmente, en una segunda parte, abordaré el concepto de Persona en el Sumo Pontífice, y su estrecho vínculo con la búsqueda de la Verdad, y la noción de libertad, en una perspectiva un poco más profunda y radical. Para este último apartado, me ayudaré de algunas nociones presentes el texto "Amor y Responsabilidad"(1979), y en las Cartas Encíclicas "Veritatis Splendor"(1993), y "Redemptor hominis"(1979), ya que observo una estrecha vinculación entre todos las obras.
SÍNTESIS DEL CONTENIDO TEMÁTICO DE TODOS LOS CAPÍTULOS DE LA OBRA "CRUZANDO EL UMBRAL DE LA ESPERANZA"
Tal vez vale la pena comenzar aclarando que la entrevista realizada al Sumo Pontífice, por Vittorio Messori, no tiene una finalidad clericalista, sino que busca "aprovechar la disponibilidad del Santo Padre para intentar plantear el problema de las ´raíces´, de eso sobre lo que se basa todo el resto, y que sin embargo parece que se deja aparte, a menudo dentro de la Iglesia misma, como si no quisiera o no se pudiera afrontar" Desde el inicio, el editor, nos aclara que el objetivo de la entrevista, es hallar la Verdad y la Fe, que aún existe, e indagar acerca de sus raíces, a pesar de las oscuridades que hoy a al Iglesia toda, se nos plantean. Es procurar un retorno a lo esencial, lo central de nuestra Fe.
El Capítulo I, comienza con la cita "No tengáis miedo", invitándonos a experimentar la debilidad y la grandeza del hombre sin tener miedo, al igual que la vivencia del misterio de Dios. Con esta frase, El Papa comenzó su homilía el la plaza de San Pedro, al inicio de su pontificado; y con ella sigue dando testimonio hoy. Nos invita a descubrir la verdad de nosotros mismos, y a tomar conciencia de ella.
Los capítulos II y III, se centran, diría yo en el rezar. El entrevistador pregunta ¿Cómo reza? y ¿Por qué rezar?. El Santo Padre, nos habla del diálogo yo- Tú, que vivenciamos cuando rezamos y el socorro del Espíritu Santo que viene a nuestro encuentro, en esos momentos. Rezamos por la plegaria universal, para que se cumpla en nosotros y el mundo la Salvación, por los que sufren, por los difuntos, ya que nuestra fe se sustenta en la certeza ( no sólo en la creencia) de una vida eterna.
Los capítulos IV, V, y VI, se centran en Dios, y las "pruebas" de su existencia". " Si Dios existe, no es sólo una cuestión que afecte al intelecto; es, al mismo tiempo, una cuestión que abarca toda la existencia humana... el interrogante sobre la existencia del Dios está íntimamente unido a la finalidad de la existencia humana". En estos capítulos, Karol Wojtyla, hace un breve recorrido por toda la historia de la Filosofía, desde Platón a la Modernidad, explicando la ruptura que significó la postura de Santo Tomás, en este tema. Significó romper con el racionalismo intelectual de Dios, convirtiéndolo en un problema existencial, no únicamente racional. Más bien Santo Tomás lo convirtió en una finalidad de la existencia humana. Asimismo, el Positivismo, con su escuela de la "sospecha" volvió a alejar al hombre de Dios: ¿Podemos conocer más allá de los sentidos?, ¿Hay otra ciencia al margen de la verificación empírica?, etc. El entrevistado vuelve la mirada sobre el hombre, señalando que así como los sentidos son una fuente de conocimiento, el rezar ( como experiencia de los transempírico), también es una forma de conocer. En el diálogo yo - Tú, hay una coexistencia, una relación interpersonal.
También en el Capítulo VI, y siguiendo con el tema, El Papa, pasa por las corrientes agnósticas contemporáneas, distinguiéndolas del ateísmo.
En los capítulos siguientes - VII, VIII, y IX-, las preguntas se centran en la persona de Jesús y en la Historia de Salvación. . ¿ No es escandaloso que Jesús sea el Hijo de Dios?. ¿ Por qué el Padre tuvo que sacrificar a su Hijo, en este complicada Historia de Salvación?. Jesús, es el único e irrepetible mediador. No fue un filósofo (como Platón), no fue un sabio (como Sócrates), ni fue un "iluminado" (como Buda). El es único en su especie, y su persona no existe con tales características en ninguna religión o filosofía. No hay más posibilidad en el hombre, ni más amor, que ser redimido por Cristo.
Nuevamente en estos capítulos, el Pontífice, hace alusión al Racionalismo, y la Modernidad, que postulando la autosuficiencia de la Razón, produjeron un paulatino alejamiento del Hombre, respecto de Dios. Con Dios, fuera del Mundo, lo único que le queda al Ser Humano, es su propio entendimiento como guía. Sin embargo, la Historia de Salvación es "sencilla": El Padre amó tanto a los hombres, que envió a su Hijo a salvarlo. Cristo supo reconocer y redimir el pecado en el hombre, la precariedad de nuestra condición humana. Asimismo, esta salvación se encarna en la misma historia del hombre, en cada existencia concreta.
Las preguntas referentes al Mal y la Salvación, concretamente, se centran en las preguntas X y XI. ¿ Por qué hay tanto mal? ¿Dios es impotente ante él?. Aquí el Santo Padre, hace alusión a la actuación del maligno, pero fundamentalmente a la libertad humana. " Dios ha creado al hombre racional y libre y, por eso mismo, se ha sometido a su juicio. La historia de la salvación es también la historia del juicio constante del hombre sobre Dios".
La clave interpretativa de esta historia, está en el "escándalo de la cruz"; el misterio del sufrimiento de toda la humanidad, se expresa en la cruz: máximo signo de solidaridad de Dios con el hombre. Frente a la libertad humana, Dios quiso hacerse impotente - esto forma parte de la coherencia divina-. El Hijo de Dios sufre, para liberar al hombre del Mal radical, y lo hace de una manera definitiva ( no es sólo la liberación de la explotación, la opresión, la injusticia, la enfermedad). Es el triunfo definitivo de la Vida sobre la muerte, la plenitud del Bien. Por este motivo, el cristianismo es una religión esencialmente soteriológica.
Los capítulos XIII al XVIII, se centran a mi juicio, en lo que podríamos llamar la Evangelización y el diálogo con otras religiones. ¿Son las religiones no cristianas un obstáculo para llegar a la Verdad?. En estos capítulos, Wojtyla hace referencia muchas veces al Concilio Vaticano II, como mojón en la historia de la Iglesia respecto a este tema, tomando de documentos emanados del Concilio, varias citas. En todas las religiones hay "semillas del Verbo", en tanto que hay una raíz común: por ejemplo, la creencia en una Verdad Eterna presente en el Confusionismo y Taoismo, etc.
Respecto al Budismo, ella es una religión de salvación, pero es contradictoria al Cristianismo, en cuanto que la primera sostiene una soteriología negativa ( hay que liberarse del mundo, que es fuente del mal y el sufrimiento; supone romper lazos con el mundo). La segunda, por su parte, no sostiene una visión negativa del mundo, sino que en la propia historia concreta se encarna el Verbo para salvar al hombre.
Del Islam, dice el Santo Padre, podríamos rescatar como aspecto positivo la fidelidad en la oración. Tal vez tiene su cara negativa en los fundamentalismos, que igualan la libertad religiosa con la imposición de la "verdadera religión", que es la suya. Tiene diferencias con el cristianismo, en tanto no es una religión de redención.
En el Judaísmo, encontramos a nuestros "hermanos mayores en la fe". El Pontífice postula para nuestras religiones, la defensa de un diálogo fraterno, hallando las raíces del Cristianismo en el antiguo Testamento.
El capítulo XVIII, se centra en los desafíos de nuestro siglo para una nueva evangelización. En los apóstoles hallamos el germen y modelo para cualquier época, rescatando el concepto de evangelización en un sentido amplio: anuncio, catequesis, reflexión sobre la verdad revelada. La evangelización supone un encuentro con la cultura de cada época ( desde las primeras oleadas evangelizadoras pasando por el siglo XV y XVI con Francisco Javier, y hasta el día de hoy). También supone encontrarnos con nuevas generaciones. Cristo es dinámico, siempre joven, mira con esperanza el porvenir. El Sumo Pontífice nos da algunas claves para la nueva evangelización. No es proselitismo, restauración o pluralismo. Es peregrinar junto a las jóvenes generaciones.
Siguiendo con la evangelización, el capítulo XIX, se centra en los jóvenes. Aquí aparece una gran tarea: la adolescencia como el período de los grandes interrogantes, de la personalización, y la etapa en que empieza la construcción del propio sentido de la vida, de la existencia personal. Aquí aparece claramente el valor personalista de Karol Wojtyla, que desarrollaremos más adelante. La noción de persona es central en su filosofía y teología, ligada a la construcción del sentido de sí misma, y el cumplimiento de su vocación. Todos los jóvenes, en tanto personas, tienen un deseo de Amor, en tanto búsqueda de Dios.
Los capítulos XXII y XXIII, se centran en el diálogo ecuménico. "Los hombres se salvan en la Iglesia, pero siempre se salvan gracias a Cristo ( en esto, respecto a los no católicos) lo que nos une es más grande de cuanto nos divide". Nuestra Iglesia Católica no es eclesiocentrista sino "Cristocéntrica". Aquí se sientan las bases de la posibilidad de un profundo diálogo entre cristianos católicos y no católicos. Cristo es la base que posibilita el diálogo. Hay entre los cristianos una complementariedad en formas de entender y practicar la fe.
En este punto, Wojtyla rescata nuevamente, en los siguientes capítulos la importancia del Concilio Vaticano II; en tanto fue de un estilo profundamente ecuménico. No se utilizó las frase: " sea anatema". Fue una experiencia de Iglesia, por sobre todas diferencias, postulando una verdad que no tiene límite alguno y es accesible a todos. Supuso una renovación que se hacía necesaria. El descubrimiento de la Verdad, se separa sin embargo del relativismo moral ( hace alusión a la "Veritatis Splendor", que desarrollaremos más adelante para profundizar en este tema). La Verdad se des-cubre, pero no se crea de acuerdo al contexto, intereses o situación momentánea.
El capítulo XXVIII se centra en la Vida Eterna. El hombre de hoy es poco sensible a lo trascendente, a las finalidades últimas: ¿ son los actuales infiernos temporales? Pensemos en los campos de concentración, las guerras, las catástrofes naturales, las humillaciones, etc. ¿Se puede esperar algo peor?. La escatología, nos dice el Sumo Pontífice, de este modo, se convirtió en algo ajeno, extraño al hombre contemporáneo.; sin embargo la escatología fue iniciada por el mismo Cristo. Su redención y resurrección significó para la humanidad una nueva era más allá de la muerte.
Del capítulo XXIX al XXXI, se trabaja la noción de hombre fundamentalmente y sus derechos. El hombre es persona. "El interés por el hombre como persona estaba presente en mí desde hacía mucho tiempo (...) en Amor y Responsabilidad, formulé el concepto de norma personalista. La persona es un ser para el que la única dimensión adecuada es el amor". Aquí está el núcleo filosófico más importante a mi entender. El concepto de persona, que es trasfondo en todo el libro. El ser humano no es un objeto, y se afirma dándose a otros. Se entrega, pero no egoístamente. Por ello, la defensa de la vida, se convierte en un valor central, y para ello no hay excepciones. Cada uno tiene su vocación y por el mal uso de nuestra libertad, podemos impedir que otro alcance su fin, y eso no nos es permitido desde la norma personalista.
Finalmente, los apartados XXXII y XXXIII se refieren a la mujer. Basándose en la devoción ala Virgen María, que es nuestra inspiración, se postula el asombro y el respeto por el maravilloso misterio de la femineidad. Es imposible ser mujer y no sentirse conmovida por estos capítulos breves, pero muy sustanciosos, en que se reconoce a la mujer como piedra angular para una redefinición y consolidación, de la familia y la sociedad.
La obra termina recogiendo el título y el comienzo. "Amor hecho hombre, Amor crucificado y resucitado, Amor continuamente presente entre los hombres. Es Amor eucarístico. Es fuente incesante de comunión. Él es el único que puede dar plena garantía de las palabras ¡No tengáis miedo!". El no tener miedo se relaciona directamente con el título de esta obra; es el umbral de la esperanza. El Santo Padre, en la última pregunta, distingue las nociones de "miedo" y "temor". El temor, no es el miedo servil de Hegel, sino el que es filial - en tanto todo lo que es ofensa a Dios-Amor. Por este motivo, debemos eliminar el miedo a nosotros mismos, e instaurar el "verdadero temor de Dios". Allí radica la clave de nuestra esperanza.
LA PERSONA COMO CENTRO DE LA REFLEXIÓN: VERDAD, LIBERTAD, SENTIDO DE VIDA
Como ya expresé en la introducción de este trabajo, creo que el núcleo de la reflexión de Juan Pablo II, puede centrarse en la cuestión antropológica. ¿Qué es el hombre?; es una pregunta a la que a cada paso el Sumo Pontífice vuelve una y otra vez. Es el hombre el que busca la verdad interior dentro de sí mismo, y es libre y responsable de sus actos, así como el que halla su propio fin.
Al referirse a la fe, el rezar, el diálogo yo-Tú, la Historia de Salvación, el Mal en el mundo, la evangelización, la vida eterna, los derechos humanos, los jóvenes, la mujer... una y otra vez se vuelve sobre la noción de persona aplicada a diferentes casos, circunstancias, y desde distintos ángulos, pero considero que son diferentes puntos de vista que toman siempre como eje central al ser humano. Es por este motivo, que intentaré esbozar, basándome en la Carta Encíclica "El Redentor del Hombre", la obra "Amor y Responsabilidad" y algunas citas de la entrevista sintetizada en la primera parte, algunos rasgos fundamentales de la persona.
"La Iglesia, por razón de su ministerio y de su competencia... es al mismo tiempo el signo y la salvación del carácter trascendente de la persona humana. Aquí se trata del hombre en toda su verdad, en su plena dimensión. No se trata del hombre ´abstracto´, sino real..." Aquí ya aparecen las primeras nociones de la persona. El Ser Humano es un ser trascendente, pero muy concreto. Está enmarcado en una historia particular, manteniendo el rasgo de singularidad. El hombre no es una abstracción racionalista, o matemática, sino que es un "espíritu encarnado" en el mundo y la historia. Es en este sentido, una realidad única e irrepetible.
"Todo hombre en toda su irrepetible realidad del ser y del obrar, del entendimiento y de la voluntad, de la conciencia y del corazón". Aquí se nos dan capacidades esenciales que tiene toda persona, inherentemente al hecho de ser hombre. Nuestras facultades no se reducen al entendimiento (visión claramente racionalista y positivista que predominó a lo largo de toda la historia de la filosofía moderna) sino que también somos voluntad, conciencia, afectividad y libertad. Este hombre concreto se inclina permanentemente al pecado (porque es libre) pero también aspira permanentemente a la verdad (nos lo dice el Sumo Pontífice claramente cuando nos habla de los jóvenes en su continua búsqueda de Dios, es decir la verdad). La persona se halla ilimitada en su capacidad de desear, aspirar, buscar, procurar lo superior.
También caracteriza a la persona ser un ser en relación interpersonal con otros. Es el amor, su única dimensión posible. Por este motivo, se excluye la posibilidad de tratar a otro como un objeto para satisfacer mis propios deseos y necesidades. En este punto, Karol Wojtyla, trasciende el segundo imperativo categórico de Kant, de nunca usar a otro como medio, sino considerarlo como un fin en sí mismo. "Cada vez que en tu conducta una persona es el objeto de tu acción, no olvides que no has de tratarla solamente como un medio, como un instrumento, sino que ten en cuenta del hecho de que ella misma tiene, o por lo menos debería tener, su propio fin". Aquí se sugiere un rasgo de la persona que a mi juicio es central, y es que cada ser humano tiene un fin. Me parece central el agregado que hace Wojtyla a la máxima kantiana; no sólo no debemos cosificar al otro, sino que la razón de ello es que no podemos impedir que ese ser alcance su propio fin, la finalidad para la cual fue creado, su propia vocación personal. Creo que en esta "norma personalista", hallamos la clave para muchos problemas y desafíos éticos que se nos plantean en el mundo de hoy: el aborto, la eutanasia, la manipulación genética, clonación, congelamiento de embriones, etc.. El propio pontífice hace referencia a esto en el capítulo dedicado a los derechos humanos en el texto "Cruzando el umbral de la esperanza", cuando sostiene la defensa de la vida, sin excepciones, y explica que ni siquiera puede regir en el caso del aborto la norma de defensa legítima, ya que no se aplica a la situación. Es muy categórico en su definición que no da lugar a dos interpretaciones. Nadie tiene derecho a obturar el camino hacia la autorrealización de otro ser. Por ello, amar es opuesto a usar. Este principio se aplica a las relaciones laborales, la relación maestro-alumno, el vínculo hombre-mujer, la amistad; y la relación con toda la naturaleza creada.
"La persona es un ser para el cual la única dimensión adecuada es el amor. Somos justos en lo que afecta a una persona cuando la amamos: esto vale para Dios y vale para el hombre". La única medida para la persona es el amor. Este rasgo de la persona creo que no admite prácticamente comentario. Es la exclusión de toda postura utilitarista, y pragmática. En el amor radica su máxima dignidad. En tanto que es criatura, deseo y expresión del amor de Dios, es amor, y no le cabe otra dimensión, ni otro modo de obrar ( con nosotros mismos, ni para con los demás). Todo lo que hagamos en contra de este principio, será contra nuestra propia naturaleza, esencia, y vocación.
Creo que la dimensión del amor y el tener un propio fin, se unen estrechamente con el sentido de la propia existencia. Uno los conceptos de persona-verdad-libertad-sentido de la vida ( como lo demuestra el subtítulo de este apartado) porque creo que en la medida que el ser humano halla la verdad interiormente, encuentra el sentido de su propia vida; pero en todo este proceso está permanentemente presente la libertad humana, para alcanzar esa vocación o no. Tal como dice J.Pablo II en el libro que hemos trabajado para este informe, Dios nos ha querido tanto que hasta se ha sometido a nuestro propio juicio, y se ha vuelto "impotente" ante nuestra libertad. Tomar conciencia de esto es algo que desconcierta por momentos, al menos a mí me sucede a veces. No llego a comprender con mi pobre y débil entendimiento porqué Dios permite eso, que nosotros mismos le juzguemos, e incluso le neguemos una y otra vez. ¿Cómo cabe tanto amor en una misma persona?.
Tal vez, cabría aún agregar una nota que indisolublemente se une a la libertad y a la búsqueda del sentido de la existencia, y es la responsabilidad. El sentido no nos es impuesto, sino que debemos desvelarlo, buscarlo, quererlo, pedirlo. Tanto lo que se refiere a nosotros, como el diálogo intersubjetivo, requiere una responsabilidad inmensa; en tanto supone el cuidado del verdadero bien ( para uno y el otro). Uno se responsabiliza por el otro y por sí mismo, no de manera limitante y pobre, sino que en el acto hay un enriquecimiento del ser. El hombre está hecho para auto-trascenderse y servir a los demás. Solamente dándose se afirma a sí mismo; no nos realizamos en la libertad egoísta, retaceando nuestra entrega.
Bueno, no me extenderé más en esto. Me he limitado a esbozar algunas características o notas esenciales de la persona, que creo es la columna vertebral del libro.
Ahora doy paso al último problema o tema filosófico que visualizo en la obra. No está desligado de la persona, sino todo lo contrario. Sería uno de los aspectos de la persona: la búsqueda de la verdad. Pero ¿qué es la verdad?, ¿en cuál verdad se sustenta la fe?. Tomo este aspecto, profundamente filosófico y hasta gnoseológico porque creo se plantea muchas veces, en diversos capítulos a lo largo del libro " Cruzando el umbral de la Esperanza". "La verdad no acepta límite alguno; es para todos y para cada uno". Si pensamos en el tema de la evangelización y el ecumenismo ¡qué presencia y guía es esta frase!; la verdad no posee límites culturales, geográficos, religiosos, históricos, etc. Si nos remitimos al Padre que es puro amor ( Verdad y Belleza), si nos adentramos en los jóvenes- que aspiran a ella-, si pensamos en la fe como verdad revelada... todos los temas de la obra se sustentan en la Verdad, o se refieren a ella. Por eso, creo que vale la pena, aunque modestamente, recurrir a algunos aportes de la Carta Encíclica "Veritatis Splendor", que se refiere justamente al problema de la verdad, para poder hacer un abordaje un poco más específico, y complementario a lo ya expuesto. No pretendo desviar el tema, sino enriquecerlo desde otra perspectiva que creo hace nuevos aportes.
El Papa Juan Pablo II, en varias cartas encíclicas, en "Amor y responsabilidad", y en el libro trabajado en esta oportunidad hace varias veces referencia a las amenazas del hombre contemporáneo. Hace alusión al pragmatismo, al utilitarismo, al "relativismo moral" que olvida la posibilidad de una Verdad absoluta. Todas estas corrientes, las identifica a lo largo de la historia, como derivadas del racionalismo y el positivismo, que absolutizaron la razón o las ciencias empíricas, reduciendo el problema a un consenso entre comunidades ( fundamentalmente científicas). El Sumo Pontífice nos dice que fácilmente estas ideas se "infiltran" en nuestra manera de pensar y actuar, y por ello debemos estar atentos a los signos que hoy nos da nuestro tiempo.
Varias consecuencias se derivan de este tipo de posturas. Intentaré esbozarlas, para al mismo tiempo, ir estableciendo distinciones ( y a veces contradicciones) con el dogma de la Iglesia.
En primer lugar, sostiene el Sumo Pontífice, una visión relativista, niega la posibilidad de una verdad objetiva. Si la verdad es una "creación" humana, que depende de factores sociales, culturales y políticos, ella no está para ser aprehendida y des-cubierta ( en su significado etimológico de des- velar, como quitar velos) por el hombre. La verdad surge entonces como "construcción social" que emerge de contextos diferentes y cambia su contenido según el mismo. Pierde asimismo, su carácter universal para pasara ser personal y subjetiva. "El hombre- sostiene Juan Pablo II- debe buscar ( no crear) la verdad y debe juzgar según esta misma verdad (...) El juicio de la conciencia no establece la ley, sino que afirma la autoridad de la ley natural y de la razón práctica con relación a bien supremo ( ...) el juicio de la conciencia es el testigo de la verdad universal" El Pontífice, afirma, en oposición a corrientes relativistas, que la Verdad es afirmada por el hombre que sale a su encuentro. Por ello es misión del ser humano "buscarla" fervientemente, porque así se ordena al Bien supremo, que es su fin último ( la vocación a la que ya nos referimos) .
La verdad, desde esta nueva perspectiva, no admite criterios pragmatistas de lo útil y lo conveniente ( recordemos la norma personalista). Pensar utilitariamente, teniendo en cuenta "lo beneficioso" como único criterio para determinar la verdad, trae como riesgos, quedar atrapados en posturas relativistas y escépticas como segunda consecuencia, íntimamente ligada a la anterior ( concebir una verdad particular, relativa al contexto socio-histórico ). El Pontífice advierte este problema en el mundo de hoy; "...el hombre ya no está convencido de que sólo en la verdad puede encontrar la salvación. La fuerza salvífica de la verdad es contestada y se confía sólo a la libertad, desarraigada de toda objetividad (...) Este relativismo se traduce, en el campo teológico, en desconfianza en la sabiduría de Dios, que guía al hombre con la ley moral". El hombre de hoy no cree en una Verdad objetiva; todo es cuestionable, todo puede ser objeto de discusión y disenso, y amerita, a lo sumo llegar a un "acuerdo".
¿ Qué nos queda entonces después de esto?. Sólo, a nuestro juicio, que prime la mayoría. Ella decide qué es lo verdadero. "¿ Qué es la verdad?" es la pregunta escéptica de Pilato. Pilato se dirige a la mayoría. Él es figura emblemática del relativismo-escéptico. No se apoya ni en los valores ni en la verdad, sino en los procedimientos y en la opinión mayoritaria. ¿ Pero hay en esto algún riesgo?. En nuestra opinión sí lo hay; el peligro que el criterio mayoritario derive en un totalitarismo ( prima el más fuerte). La verdad, al dejar de ser descubierta, es "posesión" de aquellos que han decidido que sea su patrimonio ( a esto creo que se refiere el Sumo Pontífice cuando habla de los fundamentalismos en el capítulo 15); pasando a ser dueños de ella. Así los más débiles en la sociedad, se ven incapaces de responder, pasando a depender, no de la Verdad, sino de aquellos que la "detentan". Apelar al criterio mayoritario nos lleva literalmente a la creación de una nueva divinidad. Dios ( Verdad), se vacía de contenido para dar paso a una nueva divinidad ( la Mayoría).
Una tercera consecuencia que considero, podemos desprender del planteo relativista que entiende la verdad como "acuerdo" humano, es la caída en un concepto vacío de libertad. "... opera un concepto vacío de libertad, que llega al extremo de considerar necesaria la disolución del yo en un fenómeno sin centro y sin naturaleza¨ Podemos preguntarnos ¿ cómo puede suceder esto?. ¿ Cómo el hombre puede llegar a perder su libertad por este concepto equivocado de Verdad?. ¿ Cómo se relacionan la verdad y la libertad? ¿Qué tienen en común?. La respuesta no parece del todo complicada, y se deriva necesariamente de la perspectiva que estamos analizando; si la opinión mayoritaria es el criterio de verdad, se derrumba la finalidad de la libertad, pues ni la esencia de los derechos humanos ni de la libertad resultan cosas evidentes siempre para la mayoría. Hitler, las guerras mundiales, las luchas actuales en le ex-Yugoslavia, el Holocausto, la bomba atómica, los medios masivos de comunicación son prueba de ello. La mayoría puede ser fácilmente manipulable y adoctrinada. Sin embargo, cualquier otra teoría, puede ser vista como dogmatismo que impide la "autodeterminación" del sujeto. Podemos convertirnos en "esclavos" en nombre de la "libertad". Así la persona va perdiendo una de sus notas esenciales: la libertad.
La cuarta consecuencia, depende de la anterior; si el hombre pierde libertad, pierde su finalidad última. "Muchos moralistas católicos, buscan distanciarse del utilitarismo y del pragmatismo, para los cuales la moralidad de los actos sería juzgada sin hacer referencia al verdadero fin último del hombre (...) pero en el ámbito del esfuerzo por elaborar una semejante moral racional existen falsas soluciones". ¿ Qué nos advierte aquí el Sumo Pontífice?. Perder la libertad - porque todo pasa a determinarse por la mayoría- nos lleva a perder el sentido de nuestra propia existencia, en la medida que no visualizamos nuestro fin último, al cual estamos llamados, y que ya expusimos anteriormente. Los propios cristianos, pretendiendo fundamentar una ética en la razón, han caído en perspectivas relativistas, como el consecuencialismo ( criterios de rectitud extraídos del análisis de las consecuencias que se prevé pueden derivarse de la ejecución de una decisión) y el proporcionalismo (proporción entre efectos buenos y malos). Estas perspectivas, si bien reconocen que los valores morales se descubren por la razón natural y por la revelación, niegan la posibilidad de llegar, por ejemplo, a concebir un comportamiento absolutamente malo bajo cualquier circunstancia y en cualquier cultura. En definitiva, niegan la posibilidad de valores enteramente absolutos, ahistóricos y atemporales; llegando a admitir la posibilidad de comportamientos contrarios a los mandamientos de la ley divina y natural. De ese modo, el hombre puede negar su propio fin. El hombre pierde su dimensión trascendental; todo se agota en el plano humano ( contextual, histórico, subjetivo). La ley moral natural, pasa a ser un concepto vacío, carente de sentido para un hombre donde rige el cambio, no la permanencia.
Subrayo lo antes dicho: uno de los riesgos mayores de estas posturas, tan difundidas hoy en día, es que resultan fácilmente admisibles, "infiltrándose" de a poco, en nuestras maneras de pensar y obrar.
Una última crítica al las posturas pragmatistas, que creo puede leerse desde la Encíclica, es que la verdad en esta perspectiva, pierde su dimensión vivencial. La Verdad no es vivida, experimentada, sino meramente construida y acordada en el plano del conocimiento. Los representantes actuales de estas posturas ( como Richard Rorty, por ejemplo) hacen una dura crítica a lo largo de la historia de la filosofía- desde Platón hasta la filosofía analítica-, centrada en que han primado "metáforas oculares", que supusieron que la verdad era copia de la realidad ( un "espejo"); pero ahora, habría que dar paso al acuerdo entre los diferentes seres humanos para definir qué es lo verdadero. Considero, que los mismos autores no superan la visión que pretende traspasar, desde el momento en que en ningún momento se habla de una verdad que es integrada por el hombre a su vida, antes de ser enunciada. Se critica la noción de verdad como "copia", pero quedan presos de una concepción que sigue entendiendo a la verdad como mero "conocimiento", "acuerdo entre hombres".
Sin embargo, del documento pontificio se desprende que la Verdad no sólo es descubierta en el plano gnoseológico, sino que corresponde al hombre conocerla y vivirla. No permanece en el plano meramente especulativo y racional como un teorema matemático "2+2=4"; no es verdad desencarnada, una especulación, lejos de la cotidianeidad. Ella se integra en la vida del hombre y es impulso para su práctica. Ella cambia nuestra vida y re-orientamos nuestro obrar hacia ella. Y es por esto mismo que no posee sustituto útil. El que quiere cambiar la verdad a su "antojo", está perdido. Al hombre no corresponde cambiar la verdad, sino ser cambiado por ella, ajustando sus actos a ella, una vez que la ha encontrado. En virtud de esto Juan Pablo II nos dice que "... el obrar es moralmente bueno cuando las elecciones de la libertad están conformes con el verdadero bien del hombre y expresan así la ordenación voluntaria hacia su fin último, es decir, Dios". De este modo hay unión, continuidad natural entre RAZÓN- VOLUNTAD- OBRAR- FIN ÚLTIMO. La Razón, presenta a la voluntad el bien, para que ella se oriente a él y lo manifieste en su obrar, que, por ser conforme a la Verdad, tiende también al fin último del hombre.
ALGUNAS REFLEXIONES FINALES...
De este modo concluyo el informe, esperando haber podido evidenciar las estrechas relaciones existentes entre la noción de Persona y el problema filosófico de la Verdad. Una mala comprensión del concepto de Hombre, nos puede conducir a posturas que niegan la existencia real de la Verdad; asimismo, una inadecuada comprensión de la Verdad, puede llevarnos a cosificar la Persona, quitándole su dignidad. De este modo, nuestros errores u omisiones en el entendimiento, en la comprensión, rápidamente pueden traducirse en formas de obrar equivocadas, que niegan nuestra propia esencia.
De todas maneras, creo que "Cruzando el umbral de la Esperanza", nos ilumina en muchos interrogantes actuales, sobrevolando una inmensidad de temas que hoy nos desafían como hombres y como cristianos.
Todo esto lo hace, sin perder la esperanza y sin olvidarnos que ¡ no debemos tener miedo! ante estos misterios y desafíos, presentando una visión optimista ( cristiana diría yo) de los retos que tenemos por delante.
Asimismo, y para concluir, diré que esta entrevista, también me posibilitó personalmente, indagar en otros textos que pueden conducirnos a una comprensión más cabal y profunda de los temas "echados sobre la mesa". En este sentido, es un libro profundamente fermental...
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COMENTARIO A "MEMORIA E IDENTIDAD" DE JUAN PABLO II
Memoria e identidad se titula el quinto libro de Juan Pablo II. Lo preceden Levantaos, vamos (publicado en 2004, y comentado en Humanitas 35 ), Tríptico Romano (publicado en 2003 y comentado en Humanitas 31), Cruzando el umbral de la esperanza (publicado en 1994). El libro trata sobre las grandes cuestiones de nuestro tiempo, a través de un análisis de la historia del siglo XX y desde la perspectiva de una antropología teológica cristiana. Resulta evidente la enorme y honda actualidad de su contenido; de ahí el gran interés que concita en el mundo. Publicado primeramente en Italia, donde fue presentado por el Cardenal Ratzinger el día 23 de febrero pasado, la edición se agotó a los tres días; igual cosa sucedió en España, donde fue presentado en Madrid por el Arzobispo, Cardenal Antonio María Rouco Varela. En Chile, su primera edición, publicada por Editorial Planeta el día 27 de febrero, se agotó apenas pasados los dos días de su publicación, y circula actualmente una nueva edición.
Memoria e identidad no es un ensayo, ni menos aun de hechura académica, sino que recoge de modo informal su conversación con dos filósofos polacos, J. Tischner y K. Michalski. No intenta, pues, una teología de la historia del siglo XX, si bien a su manera -coloquial y desenvuelta- contiene sugerencias y atisbos del mayor interés en esa dirección, ya que procura iluminar los acontecimientos de la centuria con la luz de la fe teologal.
Demás está decir que quien habla en estas páginas es un testigo privilegiado, alguien que ha sentido en carne propia las "ideologías del mal" -nazismo, comunismo, "liberalismo moral"-, así como también las esperanzas del siglo, y todo esto en cuanto estudiante, sacerdote, obispo y Papa; y -añadiríamos- desde la ventajosa perspectiva de un centroeuropeo: de un polaco. Esa reciedumbre del testigo y actor, unida a su magisterio pontificio, eleva estas conversaciones muy por encima del mero ensayismo académico.
El problema de Europa -central, oriental, occidental- es un eje temático del libro, también abierto, por lo demás, en clave universal a los cinco continentes. Pero Europa, nos repite él, es una hechura de la fe cristiana, aunque hoy, en pleno proceso de secularización, no siempre reconozca sus propias raíces. Una paradoja notable: incluso hoy sigue siendo Europa un centro de evangelización del mundo, a la vez que en el futuro "la Iglesia en los países europeos pueda necesitar la ayuda de las Iglesias de otros continentes" (algo así como "misioneros africanos evangelizando París", célebre fantasía -no tan fantasiosa- de un obispo negro en un Sínodo reciente).
El Papa sitúa en la Ilustración del siglo XVIII (francesa, inglesa, alemana, ya atea, ya deísta, ya agnóstica) el intento capital de desgarrar a la modernidad de Dios, de Cristo y de la Iglesia, aun reconociendo al siglo de las luces sus frutos positivos, que podríamos resumir en los tres grandes ideales de libertad, igualdad y fraternidad. Lo dramático de esa situación reside en que estos valores, siendo de suyo cristianos en su raíz (¿qué significarían sin el Evangelio?) hayan sido esgrimidos en contra de Cristo, y que sus realizaciones concretas -v.gr. revolución francesa, revolución soviética- hayan actuado tan a menudo en contra de aquellos propios valores que proclamaban. No niega el Papa los estímulos favorables a la justicia que esas revoluciones hayan promovido, incluso en medio de sus enormes crueldades (sobre todo las del caso ruso), pero lamenta en ellas la sombra de la negación de Dios, con la consiguiente relativización de todos los valores morales: "si el hombre por sí solo, sin Dios, puede decidir lo que es bueno y lo que es malo, también puede disponer que un determinado grupo de seres humanos sea aniquilado".
Y ¡qué tremendos grupos fueron aquellos! Duelen al Papa, en primer lugar, los genocidios del Tercer Reich, en particular el exterminio de los judíos; luego los millones de víctimas del Partido Comunista de la Unión Soviética. Tanto el racismo nazi como el marxismo-leninismo (las "ideologías del mal" por excelencia en el siglo XX) ocupan un lugar preponderante en este panorama, pero no son las únicas causas de exterminio que pesan en el corazón del Pontífice: con dolor denuncia, en plena actualidad, "la destrucción legal de vidas humanas concebidas antes del nacimiento". Es curioso que precisamente esta alusión al aborto haya escandalizado a no pocos judíos, como si la mera relación genérica entre el Holocausto, el abortismo y otras formas de exterminio humano moderno fuera una ofensa antisemita, hasta el punto de que las primeras noticias de prensa sobre este libro daban la impresión de que sus páginas no hablaban de otra cosa. ¿Cómo comparar, decían, el Holocausto con el derecho de toda mujer a disponer de su propio cuerpo? Por supuesto, planteadas así las cosas, la mera enumeración de un genocidio junto con un "derecho humano" sería, no ya ofensiva, sino simplemente estúpida. Pero el aborto masivo y "legal", el abortismo, aparece más de una vez en estas páginas, y con una doble connotación muy lejana a todo "derecho": como un nefando crimen contra la vida, y como un crimen legalizado por regímenes ¡democráticos! Nada hay, pues, de qué escandalizarse en esta apasionada defensa de la vida frente a cualquier "cultura de la muerte", del tipo que sea. (Por lo demás, Memoria e identidad contiene numerosas referencias de afecto y delicadeza hacia el pueblo judío).
El aborto, el "matrimonio" de homosexuales, la permisividad ética, la destrucción de la familia y otras penosas figuras morales pertenecen a la estricta actualidad de este libro. Nazismo y comunismo son del pasado; en cambio, el "liberalismo" moral (relativista) es la ideología del mal que domina nuestro presente. El Papa constata el vacío intelectual y el daño práctico del concepto de libertad incondicional, no fundada en la verdad ni orientada al amor: concepto actual, propio de un liberalismo tan simplista como devastador. Y a continuación, precisa las bases del concepto de "libertad desde la verdad" y "libertad para el amor". Lo hace a partir de Aristóteles y pasando por la Sagrada Escritura, hasta llegar a Santo Tomás y el Magisterio de la Iglesia actual, lo que equivale a replantear en forma sumaria las bases mismas del orden moral frente al utilitarismo, el hedonismo y el liberalismo moderno (se entiende que este último término posee aquí un significado propiamente moral).
Un análisis semejante hace el Papa del concepto de democracia, desde los griegos hasta la actualidad, reconociéndole todo su valor, pero recordándole también su fundamento moral imprescindible: el Decálogo. Sin un mínimo de principios morales compartidos, la democracia se revuelve en el vacío. Recuerda el Papa, a manera de contrapunto y advertencia, que fue un parlamento democráticamente constituido el que eligió a Hitler y respaldó su proyecto de invadir Europa, la organización de los campos de concentración y el exterminio judío. Hoy, cuando parlamentos democráticos legalizan el aborto, vuelven a poner ante nuestros ojos el talón de Aquiles de la "democracia relativista", tan distinta del régimen democrático que la sociedad contemporánea necesita.
Dígase algo muy semejante de la relación entre Iglesia y Estado: dos realidades independientes y autónomas en su propio campo, pero llamadas a cooperar al servicio de los mismos hombres. También hoy día la "separación" entre la Iglesia y el Estado se entiende con frecuencia a la manera de los regímenes comunistas: el mundo pertenece al Estado, y a la Iglesia el limbo. ¿No es éste el argumento liberal que amordaza hoy a tantos cristianos a la hora del debate social moral, al prohibirles que -como se dice ligeramente- ellos "impongan" su fe al resto de la sociedad? Duele al Papa que, frente a este chantaje, tantos ciudadanos católicos manifiesten una penosa pasividad, hecha de ignorancia y de poca preparación doctrinal.
Está, por último, el asunto del atentado contra el Papa el 13 de mayo de 1981. Alí Agca era un asesino profesional: fueron otros quienes utilizaron sus servicios. El hombre sabía disparar, y tiró a matar. Cuando el Papa, tras perdonarlo, se reunió con él, su preocupación no era pedir perdón (al parecer, ni siquiera lo hizo), sino averiguar cómo era posible el imposible de que el Papa no hubiera muerto al instante tras los cinco balazos que lo impactaron: ¿qué fuerza lo había salvado? ¿Qué era eso del mensaje de la Virgen de Fátima (en cuyo día ocurrió el atentado)? Por lo visto, hasta el día de hoy se lo pregunta Alí Agca.
Juan Pablo II percibe una gran concentración del mal en el siglo XX. Pero estas páginas están llenas de los motivos de su esperanza actual para la Iglesia y para el mundo. Algunos de esos motivos son pura y simplemente buenos; pero -y esto es quizá lo más notable- otros derivan de los propios males que hemos padecido, porque, dicho en cristiano, la Providencia saca continuamente el bien de realidades malas; o, dicho por el Papa en profano con Goethe -y esa evidencia se trasluce bien en estas páginas-, el diablo es "esa fuerza que desea siempre el mal y que termina siempre haciendo el bien". Juan Pablo II es, pues, un gran optimista, en el sentido más teologal de la palabra.
JOSÉ MIGUEL IBÁÑEZ LANGLOIS Teólogo y poeta. Miembro de número de la Academia de Ciencias Sociales, Políticas y Morales, del Instituto de Chile. Miembro del Consejo de Consultores y Colaboradores de Revista Humanitas.
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Mi interés por Karol Wojtyla y el encuentro con su obra
Por Pilar Ferrer
Conocía el libro de Amor y responsabilidad y lo utilizaba con frecuencia en mi trabajo de docencia e investigación: clases y escritos, pero sabía poco más que el nombre de su autor. Leyendo un ciclo de conferencias que había tenido lugar en Roma me tropecé con un título que me sorprendió "El hombre interior", conferencia que había pronunciado el Cardenal Karol Wojtyla en Roma. Desde entonces comencé a interesarme por el pensamiento de un autor que era prácticamente desconocido en occidente y se encontraba tras el telón de acero.
Pude leer en esa conferencia pronunciada por Karol Wojtyla una descripción del hombre que me sorprendió y me llamó la atención: "El hombre, de modo especial en nuestra época, ocupa el centro de muchas declaraciones programas o manifestaciones, y también de numerosas ciencias y filosofías. Nuestro conocimiento del hombre, es cierto, ha progresado en muchos aspectos; conocemos de modo más preciso el cuerpo humano, el metabolismo y el sistema nervioso, los procesos psíquicos y el subconsciente. Pero ni la ciencia ni la filosofía tienen la audacia de tomar el espíritu humano como objeto de su investigación y de hablar, por tanto, directamente del alma, como hacían aquellos pensadores de hace siete siglos. La filosofía de la conciencia, sobre todo en su versión fenomenológica, -seguía diciendo Wojtyla- ha enriquecido ciertamente nuestro conocimiento de los "fenómenos" empíricos de la espiritualidad humana, pero no se ha decidido a dar aquel paso metafísico desde los síntomas al fundamento. El pensamiento contemporáneo se muestra, en efecto, más propenso a ampliar el campo de la intuición directa, que a sacar conclusiones metafísicas. Esto facilita que se vea la riqueza del espíritu humano, la experiencia entendida como conjunto de lo concretamente vivido por el hombre, nos traslada inmediatamente a la subjetividad del hombre".
La subjetividad, no el subjetivismo, era de lo que trataba el autor y esto fue un foco de luz para mis investigaciones. En el tema de la subjetividad Wojtyla se sitúa muy por encima de la psicología o de la moral para alcanzar lo profundo de la realidad personal.
Seguí buscando y rastreando el pensamiento de Wojtyla y así tras esa búsqueda cayó en mis manos "La educación para el amor", en su versión italiana, poco antes del 16 de Octubre de 1979, fecha en que fue elegido Romano Pontífice. A partir de ese momento me fue más fácil familiarizarme con este autor y pronto conseguí una relación de sus obras publicadas en polaco: en total hasta 196 entre libros y artículos sobre teología, filosofía, poesía, literatura, teatro, etc., me di cuenta que toda su obra forma un todo compacto y exige un esfuerzo para conocerla en profundidad. Es un autor muy personal. No se siente obligado a seguir exactamente lo que otros han hecho; le gusta reflexionar mucho las cosas y ensayar soluciones personales. No le gusta trivializar cuestiones importantes que mueven su búsqueda. Concede poco a la forma y mucho al fondo. Hay que leerlo con tranquilidad. El poner de manifiesto mi contacto con sus mejores conocedores puede dar algunas claves para facilitar su lectura.
Fue, sobre todo, el contacto con los profesores Pior Jaroszynski catedrático de Filosofía de la Cultura de la Universidad de Lublin y Graziano Borgonovo Profesor de Teología Moral de la Facultad de Teología de Lugano, ambos polacos y especialistas en el pensamiento de Wojtyla, cuando tuve la ocasión de contrastar mis conocimientos sobre este autor con sus coetáneos.
El profesor Borgonovo había estudiado entre otras cosas el papel de la experiencia como punto de partida de la ética y la tematización de la noción de experiencia. La experiencia no se limita a la observación de contenidos puramente sensibles, sino que comprende la estructura y el contenido de esa observación. Eso permite sobrepasar el umbral de los fenómenos puesto que el hombre no es un ser puramente sensible.
Pero fue en Pamplona fundamentalmente cuando puede conversar, discutir y contrastar mis opiniones sobre el pensamiento del actual Romano Pontífice en la tesis de Doctorado que realizó en la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra Janusz Gzik sobre Análisis antropológico del amor en Karol Wojtyla. Wojtyla se presenta como gran conocedor de la teología y filosofía perennes por un lado, y de las corrientes filosóficas contemporáneas por otro. Su filosofía es, en cierto sentido, un diálogo entre la tradición tomista y el pensamiento moderno.
El personalismo construido sobre el fundamento del tomismo existencial y la fenomenología, es la perspectiva principal en la que Wojtyla pone la reflexión sobre la persona humana. En sus obras principales explora la realidad del hombre, a partir de la experiencia, con el método fenomenológico y a la luz de la filosofía de Tomás de Aquino. Sin embargo no asume la filosofía tomista en su totalidad. Tomás tiene como fundamento la realidad objetiva del hombre y de su naturaleza, y ésta constituye precisamente el punto de partida de su reflexión. En cambio, para Wojtyla el punto de arranque es el sujeto y la experiencia que tiene de sí mismo en la autoconciencia. Esta manera de pensar permite llegar al núcleo de la persona por vía subjetiva.
Wojtyla reconoce el valor del método fenomenológico de Scheler en el descubrimiento y en la interpretación de la esencia del objeto de la experiencia, sobre todo, cuando se trata de la experiencia de la persona humana. Este método fenomenológico es un instrumento muy útil para los análisis de la interioridad de la conciencia humana que le interesa a nuestro autor. En la reflexión en torno a la realidad humana, el punto de partida lo constituye la experiencia del hombre en la acción. El análisis de la acción humana es la mejor vía para descubrir la verdad del hombre.
Fue Janusz quien al descubrir mi interés por su autor de tesis doctoral me proporcionó los escritos en polaco. Y aunque no fue posible traducirlos entonces al castellano ya que su estancia en España estaba limitada al tiempo de realizar su trabajo de doctorado, sin embargo, discutimos largamente sobre muchos escritos de Wojtyla, concretamente bastantes de los que están recogidos en el libro: K. WOJTYLA, "Mi visión del hombre. Hacia una nueva Ética" Ediciones Palabra, Madrid 1997.
Entonces me di cuenta de que mi intuición de años atrás era cierta, estaba ante un autor que a la larga se vería su talla intelectual. Seguramente se tardará tiempo en conocer a fondo su pensamiento en occidente; en primer lugar no sólo por la dificultad del idioma, sino también por la novedad en el planteamiento de los problemas en torno al hombre y las brechas que abre sobre los que se centra la actual controversia sobre la persona. Una de sus preocupaciones fundamentales parece ser lo que es la persona humana: mostrando las dimensiones espirituales del hombre porque está interesado en fundamentar la ética, especialmente en un mundo dominado por el relativismo cultural. Pude descubrir que la dificultad no estaba en el idioma, como se ha difundido en muchas ocasiones, sino sobre todo en la profundidad y el modo personal de escribir del propio autor.
El trato con Alfred Widler de la Universidad de Santo Tomás en Roma me ayudó a comprender su pensamiento: Una de las dificultades inherentes al texto es que nos encontramos ante los escritos de un filósofo que intenta desarrollar su trabajo de una forma rigurosamente fenomenológica. Podemos decir que él sigue el método realista de fenomenología empleado por casi todos los colegas de Husserl, Roman Ingarden y otros. Decir que los textos son fenomenológicos es decir que imponen una rigurosa disciplina al lector, que debe intentar verificar de acuerdo con su propia experiencia, aquello que Wojtyla propone haber comprendido en su experiencia de modo evidente y esencial. No podemos olvidar que nuestro autor siempre ha preferido observar la experiencia antes que ser un intelectual. Además el texto a menudo carece de ejemplos e ilustraciones. Esto también dificulta su lectura, aunque es una marca de la integridad fenomenológica del autor de estos textos.
El lector se enfrenta a los esfuerzos de un pensador que se maneja perfectamente en sistemas filosóficos que pueden contrastar con los empleados por uno mismo. Esto se pone de manifiesto en su diálogo con Scheler, Kant, Hume, Tomás de Aquino. Además aunque Wojtyla es un fenomenólogo realista, está claro que la sustancia de su filosofía es tomista; no obstante continuamente se esfuerza por expresar sus convicciones en conceptos que puedan ser entendidos por personas en otros sistemas de pensamiento. Al lector de ese texto se le pide que participe en un ejercicio similar. Compensa esforzarse en entender inteligentemente sus textos, que se ofrecen como un conocimiento filosófico genuino.
También conocí a los profesores de Lublin continuadores de su pensamiento, en particular Tadeus Styczen, él quiso hacer la presentación del libro, fue alumno de Wojtyla en la KUL y con frecuencia compañero de esquí y amigo muy especial; en 1963 Wojtyla presidió su tesis doctoral que versaba sobre J. Locke y la ética científica; actualmente es el director del Departamento de ética de Lublin, del que fue director anteriormente K. Wojtyla. En la presentación del libro se explica el objetivo de la Escuela Ética de Lublin y Cracovia.
El pensamiento ético y filosófico de K. Wojtyla se formó en la meditación de Tomás de Aquino y de Max Scheler pero en palabras de Styczen no se limitaba a seguirlos; ya entonces buscaba una síntesis personal dando mucho valor al conocimiento inmediato de la moral que se obtiene directamente de la experiencia. También profundiza en el conocimiento del personalismo, reuniendo en la biblioteca de su departamento, toda la literatura personalista que puede.
El mismo Wojtyla reconoce que su pensamiento antropológico se basa sobre todo en la meditación de su experiencia. Fruto de ésta es el libro Amor y Responsabilidad, en él hace un análisis profundo de la experiencia humana y pide su verificación en la vida. "En aquellos años lo más importante para mí se había convertido en los jóvenes, que me planteaban no tanto cuestiones sobre la existencia de Dios, sino preguntas concretas sobre cómo vivir, sobre el modo de afrontar y resolver los problemas del amor y del matrimonio, además de los relacionados con el mundo del trabajo. Aquellos jóvenes del período siguiente a la ocupación alemana quedaron profundamente grabados en mi memoria; con sus dudas y preguntas, en cierto sentido me señalaron el camino también a mí. De nuestra relación, de la participación en los problemas de su vida nació un estudio, cuyo contenido resumí en el libro titulado "Amor y responsabilidad" (Del libro Cruzando el umbral de la esperanza).
En este libro se juntan las convicciones filosóficas y teológicas, su método fenomenológico y sus preocupaciones pastorales en relación con la formación de los jóvenes, cómo él mismo pone de manifiesto: "El origen de mis estudios centrados en el hombre, en la persona humana, es en primer lugar pastoral, y es desde el ángulo de lo pastoral como, en Amor y responsabilidad, formulé el concepto de "norma personalista". Tal norma es la tentativa de traducir el mandamiento del amor al lenguaje de la ética filosófica" "La persona humana -manifiesta en el libro que escribió cuando habían pasado alrededor de 30 años- es un ser para el que la única dimensión adecuada es el amor. Somos justos en lo que respecta a una persona cuando la amamos: esto vale para Dios y para el hombre" Este enfoque estará presente en toda su doctrina sobre las relaciones humanas.
Mis conversaciones y el trato con los verdaderos conocedores de Wojtyla me ayudaron a situar lo que había conocido sobre sus primeros pasos como escritor: corresponden a la primera parte del libro. Wojtyla colabora en publicaciones periódicas sobre todo en las revistas Znak y Tygodnik Powszchny; este último aparece con una edición de 40.000 ejemplares, en los quioscos siempre está agotada. Sin embargo ejerce una enorme influencia en la población polaca y eso se atribuye al Cardenal que respalda la revista.
Pero Tygodnyk Powszchny no es sólo una revista, sino que representa un círculo de laicos comprometidos con la Iglesia. En relación con él está también la revista Znak, ésta sólo puede ser editada con una tirada limitada de 7.000 ejemplares, el cardenal publica ahí artículos sobre cuestiones culturales, especialmente de Filosofía y teología. Estas revistas surgieron en el año 1945 impulsadas por el cardenal S. Sapieha. En estos ambientes son familares los nombres de Mounier, Maritain, G. Marcel, Bernanos, Peguy etc. Entre los redactores de Znak el francés es la lengua más conocida y Esprit es el modelo en que se inspira la revista.
Wojtyla con sus artículos desempeñó pronto un papel directivo en el seno de los intelectuales que se agrupaban en torno a esas dos revistas. Colabora intensamente en esas revistas y se reúne frecuentemente con los redactores para planear y pensar. Esto le dará una sensibilidad muy acusada hacia las cuestiones culturales.
Quisiera terminar con unas palabras de Buttiglione: "Personalidad multiforme la de Wojtyla, filósofo, místico, teólogo y, sobre todo, pastor, y hombre de acción. Sin embargo, se trata de una multiplicidad que representa un alma profundamente unitaria. Es una unidad que no nace de un esfuerzo de la voluntad que constriñe en un esquema predeterminado lo múltiple que es la vida, sino que crece, más bien, en la fidelidad a un don de Dios, que es en sí mismo admirablemente coherente y que no pide otra cosa más que ser respetado fielmente en la conciencia del hombre".