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CÓMO SE HACE UN SANTO
Durante el Pontificado del Papa Juan Pablo
11 el Cardo Saraiva Martins ha terminado las
causas de casi la mitad de los 1345 beatos y
483 santos proclamados.
¿Quién puede ser santo? ¿Quién puede ser
beatificado? ¿Cómo se procede para elevar a
alguien a los altares? ¿El milagro es de verdad
necesario?
Responde Su Eminencia el Cardo José Saraiva
Martins, Prefecto de la Congregación de
las Causas de los Santos. (Los textos seleccionados
por Domitia Caramazza están tomados
del libro Come si fa un santo, Ed. Piemme,
2005).
¿Quién es el santo?
Todos los santos, cada uno a su modo, han
alcanzado los vértices del amor; cada uno es,
sin embargo, portador de un mensaje específico,
que hay que buscarlo no solamente en el heroísmo
con que ha ejercitado "privadamente"
las virtudes cristianas, sino también en el modo
con que ha llevado a cabo la propia misión en la
tierra. La conciencia de la misión recibida de
Dios, junto con la lucha diaria por realizarla,
explica el heroísmo de los santos. De hecho, el
punto verdaderamente específico de cada causa
de canonización consiste en la verificación de
la radicalidad con que el individuo ha cumplido
la voluntad de Dios, llevando a término la
misión recibida. El santo es un ser profundamente
humano: no tiene un corazón para amar a
Dios y otro para amar a los hombres y al mundo
entero. Tiene los pies en la tierra, a veces tropieza
y cae, pero se levanta y sigue su camino.
La santidad es plenitud de la humanidad. Los
santos "representan al vivo el rostro de Cristo",
como nos ha recordado siempre Juan Pablo 1I.
La santidad es posible alcanzarla y realizarla.
Los santos son aquellos que nos garantizan
exactamente ésto: es posibile vivir la Palabra de
Cristo y ponerla en práctica. La santidad consiste
en la perfecta unión con Cristo. Esa es,
pues, al mismo tiempo, el fruto de la gracia de
Dios y de la libre respuesta del hombre. El
hombre por tanto, está llamado a ser no un al
ter Christus, otro cristo, sino irse Christus, Cristo
mismo. Y Cristo es el hombre perfecto porque
es la misma santidad de Dios encarnada, hecha
tiempo e historia.
A menudo se muestra perplejidad, por diversos
motivos, sobre estas acciones de la Iglesia ...
Alguien ha podido ver en el gran impulso, incluso
numérico, que Juan Pablo 11ha dado a las
beatificaciones y canonizaciones durante su pontificado
una estrategia expansionística de la Iglesia
católica. .
Para otros, la propuesta de nuevos beatos y
santos - tan diferentes por nacionalidad, cultura
y categoría - sería solo una operación de marketing
de la santidad con fines de leadership del
papado en la sociedad civil actual. Hay quien, en
fin, ve en las canonizaciones y en el culto de los
santos un residuo anacronístico de triunfalismo
religioso, lejano e incluso contrario al espíritu y
al dictado del Concilio Vaticano 11.La verdad es
que una lectura exclusivamente sociológica de
este tema corre el riesgo de ser no solamente reductiva,
sino incluso desviada, para la comprensión
de un fenómeno tan característico y original
de la Iglesia católica. Sin embargo, el mismo
Concilio, a veces mal citado, ha querido explícitamente
afirmar la vocación a la santidad de todos
los cristianos y proponerla de nuevo con fuerza
al mundo de hoy.
La santidad de la que hablamos, ¿está a la mano
sólo de algunos privilegiados?
La llamada a la santidad es universal porque
se dirige a todos los hombres y a todas las mujeres
sin excepción alguna. Esto significa que va
dirigida a cada persona concreta en el estado y en
la situación en que vive. Juan Pablo 11ha sido explícito
y categórico en este aspecto. El ha indicado
la santidad de todos como uno de los puntos
fundamentales para la pastoral de la Iglesia del
tercer milenio.
El camino que cada uno tiene que recorrer para
alcanzar la santidad es el cumplimiento fiel de
los propios deberes familiares, profesionales y so-
ciales, es decir vivir en plenitud la vida ordinaria.
Es verdad que la santidad comporta el heroísmo
en la práctica de las virtudes: es igualmente
innegable que la perserverancia fiel en los deberes
cotidianos puede ser más heroica que las gestas,
a veces puramente imaginarias, en que algunos
hacen consistir la santidad.
El santo llega al centro de la libertad, derrocha
alegría por todos los poros y crea en torno a él
un ambiente de serenidad y de paz. No existen
santos con la cara larga, porque de lo contrario su
santidad sería una caricatura de la verdadera
santidad. La santidad es, por su misma naturaleza,
alegre, porque no es otra cosa que la experiencia
de vida, en toda su radicalidad, de la buena
noticia del Reino.
En una sociedad como la actual, ¿es más difícil
aspirar a la santidad?
Hoy, en muchos contextos sociales, se ha llegado
a una concepción más profunda y auténtica
de la santidad. Por eso si se concibe la santidad
como una santidad encarnada, vivida, existencial,
se podría incluso decir que es menos difícil
ser santos. Es siempre, sin embargo, difícil, obviamente,
porque el cristianismo va siempre contracorriente.
contracorriente.
Los santos cristianos son un asombro
que no ha faltado nunca en la vida de la Iglesia
y que no puede pasar desapercibido a un
atento observador laico.
Los nuevos santos no dividen, sino que unen
y hacen bien incluso al diálogo, dentro y fuera de
la Iglesia católica.
¿Qué distingue a los beatos y a los santos "oficiales"
de todos los demás cristianos muertos en
gracia de Dios?
Si el número de los cristianos que han vivido
santamente coincidiese con el de los canonizados
y proclamados beatos, estaríamos obligados a reconocer
que, a lo largo de los dos milenios desde
su fundación, la Iglesia habría fracasado en el
cumplimiento de la misión confiada por Jesucristo.
Pero no es así.
Hay una legión innumerable de personas que
han vivido y muerto santamente y que están en el
Paraíso, gozan de la visión beatífica y son recordadas
todas juntas en la fiesta de Todos los Santos,
ell de noviembre.
Se trata, podríamos decir, de los "soldados
desconocidos" de la santidad, que, «están más
íntimamente unidos a Cristo, consolidan más eficazamente
a toda la Iglesia en la santidad, ennoblecen
el culto que ella ofrece a Dios aquí en la
tierra y contribuyen contribuyen de múltiples
maneras a su más dilatada edificación» (Lumen
gentium, 49).
La canonización declara la santidad de una
persona sin establecer una comparación con la de
quienes están en el cielo.
¿Quién puede ser propuesto para una causa de
canonizaci6n? Y cuándo se puede iniciar el proceso?
Cualquier católico puede ser el protagonista
de una causa, con tal de que haya ejercitado las
virtudes cristianas en grado heroico y goce de fama
de santidad después de su muerte. El grado
heroico consiste en un comportamiento cristiano
fuera de lo común, viviendo con prontitud de ánimo
y con alegría las virtudes teologales (fe, esperanza
y caridad) y las cardinales (prudencia, justicia,
fortaleza y templanza), y además, si es una
persona consagrada, la castidad, la pobreza y la
obediencia. La fama de santidad es la opinión generalizada
que lleva a los fieles a venerado y a
encomendarse a su intercesión. Para iniciar una
causa es necesario esperar al menos cinco años
desde la muerte del candidato. El "actor" de la
causa - que puede ser una diócesis, una congregación
religiosa, un grupo de fieles o incluso una
persona física - para poder introducir formalmente
la causa tiene que dirigirse al obispo diocesano
competente, y éste a su vez a la Congregación
de las Causas de los Santos para consultar
si por parte de la Santa Sede hay algún obstáculo
que se oponga a la causa. Así mismo, trascurridos
30 años desde la muerte, es necesario demostrar
que la causa no ha sido introducida por
motivos vinculados a dificultades reales y no por
negligencia o dolo.
¿Cuál es la diferencia práctica entre la beatificación
y la canonización, entre el beato y el santo?
La beatificación es el primer paso en el camino
hacia la definitiva canonización.
Con la beatificación se declara la santidad de
vida del beato y se permite el culto público en su
honor en el ámbito limitado de una diócesis o de
una institución eclesiástica (por ejemplo, una congregación
religiosa). La canonización es una declaración
particularmente solemne de la santidad
y prescribe el culto público en toda la Iglesia. Así
pues, mientras la primera tiene una dimensión local,
la segunda tiene una dimensión universal.
Tanto la beatificación como la canonización presuponen
la demostración de la heroicidad de las virtudes
practicadas por el beato o el santo.
¿Cuáles son las etapas que ronDan el iter de una
causa de beatificación?
Las causas de beatificación tienen dos fases
fundamentales: una diocesana y otra romana.
La primera consiste en la instrucción que el
obispo competente lleva a cabo para recoger todos
los escritos del siervo de Dios, los testimonios
y los documentos relacionados con su vida,
actividad y virtudes o martirio. A tal fin el obispo
diocesano constituye un tribunal, presidido por él
mismo o por un delegado suyo, y formado por un
promotor de justicia y por un notario.
Los testigos llamados a declarar ocupan una
importancia especial. La mayor parte de ellos es
presentada por el postulador (que es, en un cierto
sentido, el "abogado defensor" de la causa),
pero el tribunal puede convocar otros ex officio.
«Los testigos - establecen las Normae servandae,
es decir las normas del proceso - tiene que
ser oculares; a estos, si es necesario, se pueden
pero todos tienen que se dignos de crédito». La
sinceridad de los testigos es absolutamente necesaria
y es por esto que cada uno de ellos tiene
que confirmar con juramento cuanto ha declarado.
Cuando un siervo de Dios pertenece a un Instituto
de vida consagrada, una buena parte de los
testigos - para que haya el máximo de objetividad
y de perfección - tiene que ser ajena a dicho
Instituto.
Con la reforma legislativa de 1983 los documentos
han adquirido la debida dignidad.
La documentación relativa a la vida del siervo
de Dios y a su causa de beatificación, por encargo
formal del obispo diocesano, es recogida por algunos
expertos en historia y archivística, los cuales,
al final del su trabajo, tienen que expresar su parecer
acerca de la autenticidad y el valor de los documentos,
así como su opinión sobre la personalidad
del siervo de Dios, según lo que se deduce de
los mismos documentos. Todos los actos del procedimiento
instructorio diocesano, por último, se entregan
a la Congregación de las Causas de los Santos,
que los examina, en varias y diferentes instancias,
para comprobar la heroicidad de las virtudes,
el martirio, los posibles milagros.
¿Por qué es necesaria la aprobación de un milagro
antes de la proclamación de un beato o de un
santo?
Los milagros no se examinan nunca antes de
la declaración de las virtudes heroicas.
Quisiera precisar que sólo los milagros atribuidos
a la intercesión del siervo de Dios, después
de su muerte, confirman definitivamente
con autoridad divina la santidad. El número pedido
para la beatificación y la canonización ha
variado en la historia del derecho eclesiástico.
Desde el Año Santo del 1975 se ha comenzado
a dispensar del segundo milagro para la beatificación
y así se ha llegado a la actual praxis
de un solo milagro para la beatificación y de
otro para la canonización. En el milagro, la Iglesia
ve el "sigilo de Dios" sobre la propia reflexión
y sobre el propio trabajo. Las pruebas testificales,
los examenes clínicos, las Consultas
teológicas se llevan a cabo siempre con seriedad
y cuidado, hasta alcanzar la certeza moral: ésta
queda siempre a nivel de valoración o juicio humano.
El milagro es visto como confirmación de
la fe. Si hay católicos que no creen en los milagros
es sólo por un problema de formación y de
información. Y aquí es necesario, como Iglesia,
trabajar más en las parroquias, en las diócesis,
entre la gente, para que los milagros sean una
realidad de la vida de cada día que se deben explicar,
precisamente para aclarar las objeciones
que puede en cualquief'modo surgir en las personas.
¿Cómo se desarrolla el trabajo en la Congregación
de las Causas de los santos?
Las cuestiones más importantes se examinan
y estudian en diferentes órganos colegiales.
Por ejemplo, el Congreso ordinario, que se reúne
todas las semanas, decide sobre la validez
jurídica de las actas del proceso diocesano; la
sesión de los consultores históricos estudia el
valor científico y la suficiencia de la documentación
referente a las causas históricas o antiguas;
la Consulta médica o técnica examina el
aspecto científico de los presuntos milagros
presentados; el Congreso especial de los consultores
teólogos, presidido por el promotor ge-
neral de la fe, expresa su voto acerca de la heroicidad
de las virtudes, del martirio, del presunto
hecho milagroso; la Sesión ordinaria de
los cardenales y obispos, presidida por el prefecto
de la Congregación, juzga acerca de las
materias sobre las que los teólogos han dado su
voto. Las conclusiones de los cardenales y obispos
se ponen en conocimiento del Santo Padre,
que toma la decisión definitiva. Una nueva figura
jurídica, nacida con la legislación del
1983, es la del relator, que de hecho absorbe
las competencias que en un tiempo estaban distribuídas
entre el promotor de la fe y los abogados
de las causas. La tarea está especificada en
la constitución Divinus perfectionis Magister,
que establece que a cada relator, al que se le
asigna el estudio de una concreta causa, corresponde
la preparación de la llamada "Positio"
(Positivo, en latín, y Positiones en plural) sobre
las virtudes o sobre el martirio, aclarando todos
los aspectos de la vida y del comportamiento
del siervo de Dios. En los volúmenes que componen
la Positio están recogidas las pruebas
testificales y documentales y todos los actos jurídicos,
los estudios y los sumarios necesarios
para poder responder a la duda: si consta la heroicidad
de las virtudes o el martirio, o si consta
el milagro en el caso presente y para los efectos
de que se trata. Un colaborador externo,
presentado por la postulación, ayuda al relator
en el propio trabajo. Actualmente los tiempos
para la preparación de las Positiones son más
breves que antes del 1983. Para el reconocimiento
de las virtudes heroicas se promulga un
decreto en presencia del Santo Padre. Desde
ese momento se da al siervo de Dios el título de
"venerable", que, sin embargo, no implica alguna
forma de culto público. Para llegar a la
beatificación es necesario el reconocimiento de
un milagro, atribuido a la intercesión del venerable.
La prueba de un nuevo milagro es necesaria
para proceder a la canonización.
Esta interesante información pertenece al: BOLETIN MENSUAL DE LA POSTULACIÓN DE LA CAUSA DE BEATIFICACIÓN Y CANONIZACIÓN DEL SIERVO DE DIOS JUAN PABLO II.